UNA COPA EN EL DESIERTO

Confieso que a veces desfallezco en medio de la pandemia. Que no puedo hacer todo lo que deseo o debo, que me cansan algunas de las nuevas condiciones y mis propias limitaciones. Cuando cierro los ojos porque llegó la noche quiero dormirme de inmediato, y soñar que tal vez al día siguiente el mundo cambió y no se parece al de antes, pero es un poquito mejor. No todo es horror, por supuesto. No lo soportaría. Hay muchos momentos buenos también, aunque me dejen exhausto. No ahondo en ese territorio porque decidí que este Diario no será un muro de lamentos.

Hoy he sido uno de esos días festivos, dentro de esta anormalidad que vivimos, con altas y bajas.

Temprano tuve una charla vía Zoom con las escuelas normales del Estado de México, que celebran su 138 aniversario, invitado por mis amigos de la Escuela Normal de Tecámac, quienes festejan sus 40 años. La respuesta fue superior a todas la predicciones que podría imaginar esta mañana cuando desperté creyendo que estaba en su ciudad. Cuando escribo esta página el video pasa de las tres mil reproducciones y tuvo al terminar la sesión más de 200 comentarios.

Pero apenas tuve tiempo de despedirme de los anfitriones virtuales, pues debía grabar una cápsula para un grupo de colegas argentinos, Pansophia Project, que me invitaron a participar en la difusión de un interesante documento de su autoría. Un minuto apenas, que me consumió los nervios y varias horas. Por suerte, el coordinador ya me notificó que el video aprobó y en breve lo conocerán.

Terminé y vine a sentarme para reposar, pero debía enviar mi última tarea semanal del diplomado de francés. Mientras estaba en ello, de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí me piden el nombre de la charla que tendremos el próximo miércoles. Estoy agotado, pero no hay permiso de reposar: a las 6 tengo sesión virtual con uno de mis equipos de tesis.

Así se me irá el día, entre muchas luces y algunas sombras. Un pedacito de noche me vendría bien en pleno calor del mediodía colimense.

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