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Lecciones de dignidad

Terminaba de leer las últimas páginas de la más reciente andanza del capitán Alatriste, personaje del escritor español Arturo Pérez-Reverte (autor de “La reina del sur”), cuando me enteré del ataque contra Michel Ventura, Mitch, británico de nacimiento, mexicano por decisión propia.

Imposible no ser conmovido por su historia final. Imposible no dolerse por la muerte ajena cuando se trata de un hombre así, a quien lo definen sus hechos postreros.

No tuve la suerte de conocerle, mirar sus ojos o estrechar sus manos; de cruzar palabras con él, pero para admirarle, no me hizo falta. Lamento su muerte y me duele por él, por su esposa y por sus hijos.

Dentro de la terrible tragedia del sábado por la noche, hay lecciones imborrables de las que pocos hombres y mujeres pueden ser ejemplo tan contundente.  Y por eso, sólo por eso merecen ser recordados por familiares y la sociedad. Gestos valientes como el suyo confirman que, por fortuna, hay quienes siguen creyendo y practicando valores a veces perdidos, a veces despreciados, como la palabra de honor o la generosidad.

La partida de Mitch suscita interpretaciones diversas; algunas escuché: que una camioneta no vale una vida, que debió mantenerse al margen… pero estoy cierto que para un bravo como él, que pudo elegir entre meterse en su vehículo o enfrentarse, no era disyuntiva. Lo mismo habrá hecho muchas veces antes como bombero, arriesgando su vida por otras desconocidas.

Hombres dispuestos a dignificar el pedazo de tierra que pisan saben que cada día es una oportunidad para actuar o no. En su genética y en su biografía estaba hacer lo que hizo. En la nuestra, por lo menos, agradecerle y, en la medida de cada uno, enaltecerle.

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De política y lectura

Las pifias de encumbrados políticos mexicanos, a propósito de autores y libros, colocaron a la lectura en un sitio inusual en los medios. De manera involuntaria la actividad lectora ocupó alguna relevancia. Pero  las aguas retornarán y leer o no leer seguirá apareciendo como anécdota, en encuestas especializadas, como expresión de males educativos y para mofarse del perfil cultural del mexicano.

En ciertos ámbitos se seguirá discutiendo el tema, se escribirán libros y generarán polémicas acerca de las disposiciones tomadas por la Secretaría de Educación Pública en la materia. Pero no encuentro señales que indiquen un cambio de fondo.

No estoy seguro, por ejemplo, que la decisión de medir el progreso escolar de un niño se deba realizar con base en el número de palabras que pueden recitar en uno o tres minutos. Tampoco creo que el uso del tema en las campañas políticas conduzca a una etapa superior.

Tengo por hipótesis que hoy los jóvenes leen (y escriben) más que antes, si sumáramos correos electrónicos, mensajes cortos por teléfono o en redes sociales. Creo, en síntesis, que leen más, aunque a algunos no les guste el contenido.

Allí está, me parece, una de las claves: comprender la realidad de los niños y jóvenes en un contexto distinto al que fuimos educados en el siglo pasado. Precisar el problema de la lectura e imaginar opciones distintas, incluso las no imaginadas hoy, nos acercaría a una auténtica transformación. Es decir, necesitamos aprender a leer de otra forma la realidad actual o sólo encontraremos soluciones estériles.

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¿Feliz navidad?

Uno de los dos cilindros de gas se agotó la semana anterior. En mi agenda de tareas domésticas anoté el pendiente. La vorágine de los días previos me hizo olvidar el asunto. Hoy, en el inicio de los vacaciones, la música que acompaña al camión repartidor inundó las calles aledañas y lo recordé. Salí a la esquina para esperarlo, dispuesto a tachar de una buena vez el pendiente y continuar las actividades. Uno, le dije, y solícito acercó su camión. Luego de las maniobras mecánicas que hace magistralmente para bajar y subir el tanque, fruto de miles de veces repetida, el nuevo cilindro estaba en su lugar y el viejo en la calle, a punto de instalarse en  el camión. Con el intercambio que sostuvimos mientras buscaba las monedas que debía regresarme, dos palabras, feliz navidad, me golpearon en la cabeza. ¿Feliz navidad?

No sé qué resorte misterioso impulsó una pregunta que no pude controlar y que era inimaginable cinco minutos antes: ¿cuántos cilindros vendes al día? Depende, me respondió, si me va bien todos, 35, si no, 20 o 25. Vino enseguida, ya sin cuestión de por medio, una prolija y, en principio, desconcertante explicación de la situación laboral en su gremio. Me contó, en resumen, la indigna forma de explotación que sufren, agravada por pésimo pago y arbitrariedades inadmisibles. No usó dichas palabras, pero no hacía falta. En pocas palabras despertó mi solidaria indignación: trabajan a destajo; cinco pesos por cilindro, calculé mentalmente, si le va bien, equivale a 175 pesos. Eso gana el repartidor por una jornada laboral que puede durar todas las horas de sol a sol. Con prestaciones que se les regatean al capricho de los patrones que, dijo con molestia e ironía, siguen ganando lo mismo aunque no vendamos.

¿Feliz navidad? ¿Feliz navidad para quiénes?

Fin al receso involuntario

Hace cuatro semanas no salía a correr, como hice habitualmente a lo largo del año, en Colima o donde estuviera. Hoy volví a la unidad deportiva a donde acudo por las mañanas. Tres razones me impulsaron: el inicio de las vacaciones, el alta que me receté luego de un severo cuadro gripal y el encuentro con las páginas de Haruki Murakami y su relato autobiográfico De qué hablo cuando hablo de correr. La primera y la tercera son poderosas razones, ineludibles e inspiradoras. El ejemplo del atleta y novelista japonés me obligó de forma gratamente inesperada. Con la segunda pude sobrevivir en la pista de atletismo, a pesar del frío (sic) colimense, pero faltaban otros alicientes que por fin pudieron reunirse.

El viento fresco de la mañana, el tímido sol, la tranquilidad de una vacía agenda personal, los rostros familiares de los corredores de distintas edades, pero sobre todo la postergada conversación que aguardaba en mí, me regalaron un relajante ejercicio y la oportunidad, reprimida involuntariamente, de regresarle las palabras a la pluma fuente para escribir estas pocas líneas que aquí se despiden.

Si todo está zanjado, como anhelo, habrá concluido esta insoportable huelga de las palabras, por lo menos el resto del año.

El fin del analfabetismo

Hace unos días, el director del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos, Juan de Dios Castro, decretó sentencia mortal al analfabetismo. En cinco años, aseguró, sortearemos un lastre que nos acompañó todo el siglo XX y que hoy representa 6 millones de mexicanas y mexicanos mayores de 15 años en la condición de iletrados.

¿Es temeraria o irresponsable la afirmación del director del INEA? La primera pregunta es cómo haremos para disminuir en media década (sin una inversión cuantiosa) lo que hemos sido incapaces de resolver, lo que ni siquiera aminoramos la década pasada.

Hay dos explicaciones: una, es que con el aumento de la población del país el porcentaje de analfabetas se reducirá, entonces, serán menos del 4 por ciento, la medida establecida por la UNESCO para declarar el fin del analfabetismo. En otras palabras: con cinco millones de analfabetas el gobierno podría limpiarse las manos ondeando la llamada “bandera blanca”.

La otra explicación parece humor negro. Como los analfabetas se concentran en edades superiores a los 60 años, el director del INEA estaría calculando que dentro de un lustro ya habrán muerto muchísimos de quienes no saben leer y escribir.

Mi conclusión del hecho informativo sería divertida en tiempos de analfabetas funcionales, si no fueran dramáticas las implicaciones del rezago social.

Me preocupa, por otro lado, la impunidad de que gozan los funcionarios públicos, con cobertura universal para la ligereza. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar declaraciones vacuas, descuidadas, ofensivas?

Si es verdad que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, ya podría ser hora de la dignidad.

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