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La universidad, proyecto cultural

Frente a múltiples problemas sociales como la inequidad, la banalización de formas y contenidos culturales, la pobreza o la violencia, la escuela como institución social -y la universidad, en particular tienen una función vital: construir proyectos educativos capaces de oponerse al desasosiego cultural.

Es urgente la compenetración de la universidad en la sociedad y su participación en la búsqueda de una nueva perspectiva civilizatoria. En ese sentido, el profesor argentino Roberto Follari propone un conjunto de pistas para una inserción distinta de las universidades en el contexto. Comento tres a continuación.

Primera. Enriquecer la cultura institucional rompiendo con el aislamiento. Dice: “Llenemos la universidad con gente de la calle, con exposiciones, conferencias, mesas redondas, cursos breves de difusión con calidad… Es uno de los modos de dejar de ser instituciones fundamentalmente profesionalistas, dirigidas al otorgamiento de credenciales y títulos”.

Segunda. Fortalecer las carreras y áreas humanísticas. La educación es un espacio determinante en la transmisión de valores y bienes simbólicos; de autoconciencia y reflexividad social. Es, también, indispensable para equilibrar la idolatría por la técnica.

Tercera. La universidad tiene que ser un espacio central en la discusión plural, y debe empezar por sí misma. Es la universidad un sitio donde se debe enseñar y practicar la crítica responsable, en donde la sociedad encuentre vías de reflexión y propuestas.

Estas son algunas de las tareas más importantes de las universidades mexicanas. A ellas debemos dedicarnos, aunque a veces se pierden de vista porque se cree que la única válida es repartir títulos. No, la educación no es una mercancía, ni la universidad una fábrica de profesionistas desvinculados de sus realidades. La universidad es, esencialmente, un proyecto cultural.

Fuente: Ángel Guardián

El baile de las cifras

La elaboración de cifras para complacer a quien manda está documentada con suficiencia. En el campo de la educación Manuel Gil Antón es un incisivo experto en desenredar los hilos que se tejen extrañamente; su habilidad y el descaro de los números oficiales ayudaron a desvelar el milenario arte de inventar estadísticas que se mueven o estiran a la medida de lo que se desea y no precisamente como reflejo de hechos reales.

Una nota de la agencia SUN leída el 11 de marzo me impulsó a un ejercicio de contrastación entre estadísticas oficiales, para exponer mis perplejidades y las inconsistencias en los datos.

Dice la nota: “Al presentar un balance de los indicadores del rezago educativo al año 2010 y lanzar la convocatoria de la Jornada nacional 2011…” Juan de Dios Castro Muñoz explicó las buenas nuevas en materia de combate al rezago: en México ya sólo existen 31.6 millones de personas mayores de 15 años en condición de rezago. También habría dicho que en una década un millón de mexicanos abandonaron dicha condición (una década atrás, dijo, eran 32.6). Entre 2000 y 2010 el número de analfabetos, siempre siguiendo la nota, se redujo en poco más de 500 mil personas “al pasar de 5.9 millones a 5.4 millones.” Finalmente, informó la evolución en el rezago: los que no tenían primaria pasaron de 11.7 millones a 9.8 millones, y en secundario aumentó de 14.8 a 16.4 millones.

Sin mucho interés en principio, la nota me sorprendió después. Las cifras del director del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), Juan de Dios Castro, contradecían las que tenía por verídicas desde hace diez años, cuando se publicó el programa educativo en el sexenio de Vicente Fox. Entonces, comparé los datos de Juan de Dios Castro con las de Fox y con el último año de Felipe Calderón: ¡los datos no coinciden! ¿Alguien mintió o se corrigieron los errores?

Vamos a analizar punto por punto. En el Programa Nacional de Educación 2001-2006, es decir, hace una década, el punto de referencia del director general del INEA, las cifras eran las siguientes: los mexicanos en rezago –sin educación básica completa- eran 32.5 millones, repartidos en 5.9 millones de analfabetos, 11.7 sin primaria completa y 14.9 sin secundaria terminada. Felipe Calderón en su cuarto informe, hace meses, actualizó las cifras; textualmente expuso: “el rezago educativo de adultos analfabetas y sin primaria o secundaria terminada comenzó a disminuir desde 2006, ubicándose en 2010 en 33.4 millones.”

Reconstruyamos: el rezago educativo en 2001 era de 32.5, luego aumentó para empezar a disminuir en 2006 y ubicarse en 33.4 millones en 2010, 900 mil más que en 2001. ¡Extraña trayectoria! Entre el programa de Fox y el del cuarto informe de Calderón el rezago aumentó un millón en diez años, pero luego disminuyó entre el cuarto informe de Calderón y diciembre de ese año de 33.4 a 31.6, es decir, un millón 800 mil. ¿Cómo es posible tal comportamiento? Inconsistencia, es el eufemismo que podríamos usar.

Veamos el analfabetismo. Decíamos que en 2001 (con cifras de 2000) era de 5.9 millones. En el cuarto informe de Calderón, de nuevo hace seis meses, dijeron lo siguiente: “En 2010, el índice nacional de analfabetismo de la población de 15 años y más, fue de 7.4%, 0.5 décimas de punto porcentual menos que en 2007, lo que representó que 38,636 personas dejaron esta condición de rezago”. Hay dos interpretaciones: el analfabetismo se redujo en 38 mil personas entre 2007 y 2010, o sólo en 2010. En cualquiera de los dos, el avance es paupérrimo. En cambio, Juan de Dios Castro dijo lo que ya escribimos: que en una década el analfabetismo se redujo en 500 mil. Si multiplicáramos el pírrico avance de 0.5 décimas en 2010 con respecto a 2007, por diez años, entonces la suma serían 380 mil y no 500 mil. 120 mil, dirán, es un pequeño grupo respecto a la población nacional, pero es una porción considerable con respecto a las cifras que comentamos.

¿No tendrían que ser consistentes las cifras oficiales? ¿Qué puede pensar en ciudadano que toma los datos y analiza los elementales aspectos que revela? ¿De qué se trata? ¿Cuáles son los datos reales en estos indicadores? ¿Hay datos reales? ¿Importa la gente que representan tales indicadores? ¿Importa la educación? Twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

El analfabetismo juvenil

Con datos del Censo de Población y Vivienda 2010, el secretario de Educación Pública afirmó que en México sólo el 1.9 por ciento de los jóvenes entre 15 y 29 años son analfabetos.

Junto a otros indicadores, lo presentó como avance en el combate al rezago educativo, esto es, la población que sabe leer, escribir y concluyó su educación secundaria.

Traducido el porcentaje a personas, 1.9 por ciento son 564 mil jóvenes analfabetos, con escasas diferencias entre hombres y mujeres. Parece un avance, como dice el secretario Lujambio, pero dicha cantidad se acerca a los habitantes del Estado menos poblado del país (Baja California Sur).

Así analizada, la cifra no es tan insignificante. Más de medio millón de mexicanos entre su segunda y tercera décadas de vida ya han sido excluidos de cualquier posibilidad de una vida decorosa por medios lícitos. ¡Y sus hijos enfrentarán una condición aún más crítica!

Menos alentador es todavía el panorama cuando sabemos que sólo el 40 por ciento de los jóvenes entre 15 y 24 años asisten a la escuela. Buena parte del resto alimentan el numeroso contingente de quienes no estudian ni trabajan.

De nuevo surgen las preguntas por un tema que ya el rector de la UNAM había colocado en el primer plano. ¿México está aprovechando el llamado bono demográfico? ¿Hay políticas efectivas de inclusión social y de igualdad de oportunidades? ¿Ese medio millón de jóvenes tienen derecho a ser educados?, ¿deben ser educados?

Se dice que vivimos en la sociedad del conocimiento. Bonito discurso, pero imposible para millones en el mundo y México. Lo cierto es que en el siglo XXI hay señales inequívocas de que una franja de la población vive y vivirá como hace cien años. Colima podría ser un caso excepcional.

Fuente: Ángel Guardián

El país de los misterios

No tengo por costumbre escribir sobre libros sino hasta que terminé su lectura, pero esta vez faltaré al hábito aunque me falten varios capítulos. No puedo ni quiero esperar hasta la última página. Lo disfrutado ya es suficiente para compartirlo.

La obra que comento es excepcional, como su autor. Se llaman “Entre siglos. La educación superior en México. Tomo II” (México, Santillana, 2009) y Manuel Gil Antón. El autor fue profesor en la Universidad Autónoma Metropolitana y ahora trabaja en el Colegio de México. “Entre siglos…” son dos tomos que reúnen los artículos escritos en poco más de una década en una columna que llevó por título “El Peón de Marfil”, en el periódico “La Crónica de hoy”. El primero aborda temas generales de educación, el segundo a la enseñanza superior.

Son textos breves, profundos en contenido y magistrales en forma. Escritos para el periódico, para ser leídos sin un conocimiento sesudo de los temas. El ángulo desde el cual mira Gil Antón es inquisitivo y singular, la claridad y precisión contundentes. Se puede leer en la mesa de trabajo o en la cama, se pueden estudiar o nada más disfrutar.

Como no quiero caer en elogios excesivos extraje varios párrafos de distintos apartados y páginas tal como se leen, para presentarlos como si fueran un texto unido; la segunda mitad de mi colaboración la escribirá cada uno, cada una, si así lo desea. Con ustedes, Manuel Gil Antón, El Peón de Marfil.

“Tengo entendido que, en empresas reacias a pagar correctamente sus impuestos, existe más de un libro de contabilidad: el real –siempre oculto- y aquel que le muestran a la Secretaría de Hacienda. Algo semejante ocurre en las instituciones de educación superior. Cuando un investigador requiere datos para su trabajo, llega a la sección correspondiente y pregunta: ‘¿cuántos profesores tienen? ¿Qué grados han obtenido, cuál es su edad y antigüedad en el oficio?’. Suele suceder que a uno le proporcionan números que no coinciden con los reportados en los anuarios de la ANUIES… En consecuencia, es preciso reconstruir los datos plantel por plantel y, al final, se obtiene otra cifra distinta… ¿Quiere los números reales? ¿Los que mandamos a ANUIES? ¿Los que van a la SEP? ¿Los que conoce Hacienda o los destinados al informe del rector?”

“¿Cuántas entidades integran el sistema de educación superior? En unas fuentes se habla de instituciones, en otras de unidades académicas; algunas toman como unidad de registro a las DES –dependencias de educación superior- y no falta la oficina gubernamental que contabiliza escuelas, sin que resulte claro a qué se refiere. Parece baladí el asunto, aunque no lo es: impide determinar la distribución, diversidad y cantidad de espacios en los estudios superiores.”

“¿Cuántos estudiantes hay, entendiendo por ello a quienes, en efecto, están realizando estudios en un momento dado? Una cosa es referirse a todos los inscritos en alguna institución –incluyendo a aquellos que han causado baja pero no de manera formal-, y otra saber, con precisión relativa, la cantidad de muchachos que asisten regularmente a clases.”

“¿Cuántos profesores laboran en el sistema? Es añeja la confusión entre puestos de trabajo y personas: la ‘plantilla’ de plazas no siempre está ocupada y, con frecuencia, un individuo tiene varios contratos de tiempo parcial.”

“¿Qué significa el burdo manejo de las cifras? Establecer una meta es necesario pero, en un sistema democrático, que incluye la rendición de cuentas y la transparencia, no se deben alterar los indicadores con tal de pretender que se ha cumplido o que se está ‘a un tris’ de lograrla… De este modo, al informar, estaríamos en condiciones de comprender los obstáculos que toda proyección humana debe enfrentar y de valorar los cuellos de botella que frenaron el flujo que se preveía factible. Entonces, como ciudadanos, analizaríamos la explicación que acompaña a las cifras y, ponderando los inconvenientes, podríamos aspirar a cumplir el objetivo de ampliar la cobertura en realidad y no sólo en el papel.”

“Hay un supuesto erróneo por parte de las autoridades. Viene de lejos, no es privativo de la administración foxista: su prestigio consiste en hacer que lo previsto –por ellos- se cumpla a rajatabla o se le aproxime lo más posible, so pena de ser mal evaluados. Y este supuesto descansa en otro, más hondo: todo depende de ellos. No hay imponderables en la acción humana ni otras esferas de la vida social que lo alteren, incluyendo la responsabilidad de otros actores, los errores normales en las expectativas, nuestras opciones políticas o el nivel de participación social en el asunto. Todo se juega ‘allá arriba’. Ergo, a ver cómo maquillamos las cifras para que luzcan mejor, conforme a lo planeado.” twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

Ser autor, luego existo

En un libro de Javier Marías sobre fútbol, al que sólo objeto su soberbia madridista, el autor nos recuerda que en la antigüedad los creadores con frecuencia no firmaban sus obras: “Las catedrales románicas y góticas no suelen ser de ningún arquitecto concreto, no sólo porque se construyeron a lo largo de decenios o centurias y bajo la dirección de diferentes maestros, sino sobre todo porque se consideraban un proyecto común y compartido, en el que lo menos importante era lo que hoy entendemos por autoría”.

Dicha práctica, por supuesto, originó problemas con la autoría y a veces se confunde o ignora quién fue el talentoso que los creo.

Hoy el mundo universitario se erige en las antípodas de aquella práctica. Se escribe su nombre a cada espacio por donde se pasa, para la “certificación de la calidad”, como una exigencia burocrática, para ganar puntos en un programa de productividad, previa demostración de que allí estuvimos, fuimos invitados, hablamos, escribimos o participamos.

El afán credencialista de la vida universitaria mexicana –no sé si en otros lugares del mundo se sofisticaron más tales mecanismos- introduce, como ya es natural, prácticas perversas documentadas con cierta profusión. Sólo un ejemplo: nos reunimos cuatro, cada uno escribe un “paper” y al final, todos tenemos cuatro publicaciones. Sin ensuciarnos las manos y sin esfuerzos excesivos multiplicamos nuestra productividad. La honestidad intelectual es punto y aparte, o mejor dicho, es capítulo cerrado.

Cuán extendida está la práctica que comento no lo sé, pero no es invisible y muchos autores ya dieron cuenta de ello con sentido crítico. Que hoy se produce más que nunca no hay duda. Que hoy tenemos más doctores que nunca es inobjetable. Pero no sé si todo eso, que no es poco, nos hizo mejores académicos, mejores profesores, más íntegros y más cultos. ¿O no se trataba de eso? @soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

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