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Niños trabajadores

La realidad de la niñez en muchas regiones del mundo es innombrable: niñas y niños obligados a trabajar mientras sus padres no encuentran empleo -o tienen uno de ínfimos ingresos. Elocuente e irrefutable expresión de sociedades injustas. El guión parece escrito por un maestro del terror, pero es la cotidianidad de millones de habitantes de la tierra, enseñoreada entre los latinoamericanos.

A los infantes trabajadores se suman los niños usados en las guerras y recientemente por el narco, para conformar un panorama dramático que ciega o cegará muy pronto las vidas de los más jóvenes, quienes habrán vivido aceleradamente sus años infantiles y saltado de los primeros pasos a la adultez demoledora.

Sólo a guisa de ejemplo. En el caso de nuestro país, un estudio de 2008 de la Confederación Nacional Campesina informaba que la cuarta parte de la fuerza laboral en los campos agrícolas eran niños o adolescentes que aportaban un tercio del ingreso familiar, en condiciones de explotación, muchos de ellos. De acuerdo con la fuente, de seis millones de jornaleros agrícolas una cuarta parte tenían entre 6 y 14 años, había abandonado la escuela y permanecía en la indefensión. De medio millón de menores de 14 años que dejaran sus comunidades para buscar empleo en el campo, apenas 35 mil recibían atención educativa.

Los datos sobre el trabajo infantil y entre adolescentes retratan paisajes escalofriantes. Son las coordenadas del mapa de la pobreza y exclusión, que habrá de perpetuarse por lo menos una generación más, pues una de las primeras consecuencias de convertirse en niños trabajadores es abandonar la escuela, por tanto, la única posibilidad lícita de huir de la miseria. Los otros, los niños de la guerra o del narco tienen un futuro más sombrío.

Fuera de la institución escolar, explotados ya en el mundo del trabajo, los niños de hoy, en muchos casos hombrecitos y mujercitas del presente, son un reto inmenso para construir el futuro con dignidad que, con discursos huecos, se promete el 30 de abril y todos los días se niega. Twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

La elección de carrera

Después del regreso de las vacaciones entraremos a la última etapa del ciclo escolar. Para la mayoría de quienes van a concluir su educación media superior se acerca un momento de definiciones cruciales para su vida y la de su familia: la elección de carrera profesional.

Decisión complicada en un momento nada sencillo por todos los procesos fisiológicos, emocionales y sociales que experimentan los jóvenes; encrucijada de la que, lamentablemente, están excluidos millones y millones de mexicanos que no llegan a ese piso de la pirámide educativa.

Es una decisión que, además, sólo puede ser tomada por una persona: el propio estudiante, aunque un buen acompañamiento familiar, docente o de amigos podría ayudar. Pero me temo que en ese renglón tenemos mucho por aprender y hacer.

Algunos se preguntan si no es excesivo pedirle a una persona que a los 17 o 19 años decida a qué quiere dedicarse el resto de su vida. Puede serlo. Pero hoy los muchachos que deben elegir institución, carrera y, tal vez, cambio de residencia no tienen más tiempo. La hora de las determinaciones se acerca.

Después de las vacaciones ojalá cada uno de ellos elija la mejor opción profesional. La elección de la carrera es uno de los principales predictores del éxito o fracaso escolar. En otras palabras, entre mejor eligen los estudiantes mayor probabilidad tienen de concluir satisfactoriamente.

La recomposición del tejido social en nuestro país, por encima de casi todas las cosas, reclama que sus ciudadanos tengan un oficio y puedan ejercerlo para vivir dignamente, que se sientan plenos y obtengan los satisfactores materiales y espirituales.

Buenos ciudadanos necesita nuestro país, y Colima, y ellos nos los garantiza la escuela, pero sin una buena educación son imposibles.

Fuente: Ángel Guardián

Agenda para las universidades

El jueves anterior presenté una conferencia para ingresar al Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Colima. A continuación compartiré un extracto.

Los desafíos de las universidades son enormes y complejos. Me detendré en algunos de los estratégicos para delinear una agenda de la educación superior mexicana:
1) La UNESCO ha reconocido, recientemente, que no hay educación de calidad sin equidad, y que debemos pasar de la igualdad en el acceso todavía lejana en nuestro país a la igualdad de oportunidades de calidad.
2) Consolidar la noción de la educación como un derecho y no como una mercancía sujeta al libre mercado. La cobertura en la educación superior, por ejemplo, es un asunto de derechos humanos, un desafío ético; tenemos que preguntarnos: ¿los mexicanos deben ser educados, merecen educarse, pueden educarse? Los discursos dictan una respuesta, los hechos desmienten. A Pesar de los avances en la materia, ocupamos sitios secundarios en América Latina, para no compararnos con otros continentes.
3) Revitalización de la academia frente a tres procesos que crecen y pueden aplastarnos: la jubilación de sus académicos (no sólo como dificultad financiera, sino como problema académico); el imperio de la burocracia, que trastoca la relación entre fines y medios, y la pulverización del trabajo colegiado auténtico.
4) Ponderar la relevancia social de la educación en un contexto lacerado por pobreza y violencia. El compromiso social de la universidad es un clamor de varias reuniones internacionales; de las cumbres mundiales de París, por ejemplo.
5) La formación de los profesores que conformarán las plantas docentes en las próximas dos décadas es un asunto clave. Hoy tenemos más doctores que nunca, más investigadores en el Sistema Nacional, la pregunta es si tenemos mejor docencia que antes. El profesorado de tiempo completo, en aras de conquistar el perfil Promep de la SEP, que significa la adscripción a una élite formal, puede ganar el perfil indeseable frente a los alumnos.
6) La evaluación como un discurso técnico está desviando la mirada hacia lo formal, perdiendo de vista lo cualitativo. El frenesí por indicadores y progresos trimestrales es semejante a la pretensión de determinar el número de arcángeles que caben en la cabeza de un alfiler.
7) La universidad es una institución reflexiva y no puede abandonar dicha responsabilidad. Desde la fundación de la Universidad de Bolonia las universidades son sede de discusiones públicas, no pueden plegarse ciegamente a los Estados, aunque de ellos dependen. No es ingratitud, es la función social que les corresponde.

Fuente: Periódico El Comentario

La universidad, proyecto cultural

Frente a múltiples problemas sociales como la inequidad, la banalización de formas y contenidos culturales, la pobreza o la violencia, la escuela como institución social -y la universidad, en particular tienen una función vital: construir proyectos educativos capaces de oponerse al desasosiego cultural.

Es urgente la compenetración de la universidad en la sociedad y su participación en la búsqueda de una nueva perspectiva civilizatoria. En ese sentido, el profesor argentino Roberto Follari propone un conjunto de pistas para una inserción distinta de las universidades en el contexto. Comento tres a continuación.

Primera. Enriquecer la cultura institucional rompiendo con el aislamiento. Dice: “Llenemos la universidad con gente de la calle, con exposiciones, conferencias, mesas redondas, cursos breves de difusión con calidad… Es uno de los modos de dejar de ser instituciones fundamentalmente profesionalistas, dirigidas al otorgamiento de credenciales y títulos”.

Segunda. Fortalecer las carreras y áreas humanísticas. La educación es un espacio determinante en la transmisión de valores y bienes simbólicos; de autoconciencia y reflexividad social. Es, también, indispensable para equilibrar la idolatría por la técnica.

Tercera. La universidad tiene que ser un espacio central en la discusión plural, y debe empezar por sí misma. Es la universidad un sitio donde se debe enseñar y practicar la crítica responsable, en donde la sociedad encuentre vías de reflexión y propuestas.

Estas son algunas de las tareas más importantes de las universidades mexicanas. A ellas debemos dedicarnos, aunque a veces se pierden de vista porque se cree que la única válida es repartir títulos. No, la educación no es una mercancía, ni la universidad una fábrica de profesionistas desvinculados de sus realidades. La universidad es, esencialmente, un proyecto cultural.

Fuente: Ángel Guardián

El baile de las cifras

La elaboración de cifras para complacer a quien manda está documentada con suficiencia. En el campo de la educación Manuel Gil Antón es un incisivo experto en desenredar los hilos que se tejen extrañamente; su habilidad y el descaro de los números oficiales ayudaron a desvelar el milenario arte de inventar estadísticas que se mueven o estiran a la medida de lo que se desea y no precisamente como reflejo de hechos reales.

Una nota de la agencia SUN leída el 11 de marzo me impulsó a un ejercicio de contrastación entre estadísticas oficiales, para exponer mis perplejidades y las inconsistencias en los datos.

Dice la nota: “Al presentar un balance de los indicadores del rezago educativo al año 2010 y lanzar la convocatoria de la Jornada nacional 2011…” Juan de Dios Castro Muñoz explicó las buenas nuevas en materia de combate al rezago: en México ya sólo existen 31.6 millones de personas mayores de 15 años en condición de rezago. También habría dicho que en una década un millón de mexicanos abandonaron dicha condición (una década atrás, dijo, eran 32.6). Entre 2000 y 2010 el número de analfabetos, siempre siguiendo la nota, se redujo en poco más de 500 mil personas “al pasar de 5.9 millones a 5.4 millones.” Finalmente, informó la evolución en el rezago: los que no tenían primaria pasaron de 11.7 millones a 9.8 millones, y en secundario aumentó de 14.8 a 16.4 millones.

Sin mucho interés en principio, la nota me sorprendió después. Las cifras del director del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), Juan de Dios Castro, contradecían las que tenía por verídicas desde hace diez años, cuando se publicó el programa educativo en el sexenio de Vicente Fox. Entonces, comparé los datos de Juan de Dios Castro con las de Fox y con el último año de Felipe Calderón: ¡los datos no coinciden! ¿Alguien mintió o se corrigieron los errores?

Vamos a analizar punto por punto. En el Programa Nacional de Educación 2001-2006, es decir, hace una década, el punto de referencia del director general del INEA, las cifras eran las siguientes: los mexicanos en rezago –sin educación básica completa- eran 32.5 millones, repartidos en 5.9 millones de analfabetos, 11.7 sin primaria completa y 14.9 sin secundaria terminada. Felipe Calderón en su cuarto informe, hace meses, actualizó las cifras; textualmente expuso: “el rezago educativo de adultos analfabetas y sin primaria o secundaria terminada comenzó a disminuir desde 2006, ubicándose en 2010 en 33.4 millones.”

Reconstruyamos: el rezago educativo en 2001 era de 32.5, luego aumentó para empezar a disminuir en 2006 y ubicarse en 33.4 millones en 2010, 900 mil más que en 2001. ¡Extraña trayectoria! Entre el programa de Fox y el del cuarto informe de Calderón el rezago aumentó un millón en diez años, pero luego disminuyó entre el cuarto informe de Calderón y diciembre de ese año de 33.4 a 31.6, es decir, un millón 800 mil. ¿Cómo es posible tal comportamiento? Inconsistencia, es el eufemismo que podríamos usar.

Veamos el analfabetismo. Decíamos que en 2001 (con cifras de 2000) era de 5.9 millones. En el cuarto informe de Calderón, de nuevo hace seis meses, dijeron lo siguiente: “En 2010, el índice nacional de analfabetismo de la población de 15 años y más, fue de 7.4%, 0.5 décimas de punto porcentual menos que en 2007, lo que representó que 38,636 personas dejaron esta condición de rezago”. Hay dos interpretaciones: el analfabetismo se redujo en 38 mil personas entre 2007 y 2010, o sólo en 2010. En cualquiera de los dos, el avance es paupérrimo. En cambio, Juan de Dios Castro dijo lo que ya escribimos: que en una década el analfabetismo se redujo en 500 mil. Si multiplicáramos el pírrico avance de 0.5 décimas en 2010 con respecto a 2007, por diez años, entonces la suma serían 380 mil y no 500 mil. 120 mil, dirán, es un pequeño grupo respecto a la población nacional, pero es una porción considerable con respecto a las cifras que comentamos.

¿No tendrían que ser consistentes las cifras oficiales? ¿Qué puede pensar en ciudadano que toma los datos y analiza los elementales aspectos que revela? ¿De qué se trata? ¿Cuáles son los datos reales en estos indicadores? ¿Hay datos reales? ¿Importa la gente que representan tales indicadores? ¿Importa la educación? Twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario