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La agenda ineludible para el próximo sexenio

Con las diferencias de modos personales, programas ideológicos y prioridades momentáneas, la agenda de la educación en México está delineada para el futuro inmediato. Repaso las tareas que observo.

Primera. El derecho a la educación debe dejar de ser un adorno discursivo, para convertirse en práctica generalizada. Los millones de ninis y las cifras de analfabetismo, rezago, deserción y expulsión de la escuela son elocuentes: no estudian todos los que debieran, no todos los que estudian terminan y la enseñanza para los afortunados no siempre es de calidad. Cumplir el derecho a la educación es la primera de todas las obligaciones.

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Una página triste

Parece que la maldad no tiene límites, que la desmesura en los actos humanos siempre puede inventar un grado supremo de perversidad. Y la mezcla de maldad con ignorancia o fanatismo produce resultados más atroces. Esta mañana escuché con horror (en cualquier palabra cabe apenas una pequeña porción del indescriptible sentimiento experimentado) la noticia en televisión: una familia, si tal calificativo es permitido, en acto inenarrable le sacó los ojos a su pequeño hijo de seis años para conjurar la amenaza de destrucción de la humanidad. Una estúpida amenaza que, como puede imaginarse el lector, solo existía en las mentes alucinadas de una parvada de drogadictos que en el rito macabro usaron una cuchara para cumplir su feroz encomienda. Cruel paradoja: ¡la barbarie en defensa de la humanidad! Escuché la nota hace doce horas ya, pero la sensación me persigue incesante. Seis años tiene el menor, dije, como los que cuenta mi hija, en aquella hora ya en la escuela, no sé si feliz, pero viva y plena. La sensación me estrujó, como ahora. Mientras la conductora del programa de noticias lo anunciaba, las imágenes de los criminales, jóvenes aún, taladraban desde la piel hasta la indignación. El pronóstico del médico era poco alentador: la pérdida de los ojos, por supuesto, infecciones graves y lesiones neuronales. Olvidó el que quizá sea el peor de todos los daños: el provocado en su tierno corazón y que, tal vez, no pueda repararse en ninguna circunstancia, porque no habrá prótesis para curar una desgracia así.

Claroscuros

Muchas veces escuché o leí las quejas sobre los servicios que prestan empresas, sus estilos de cobranza, sus formas de amarrar clientes y de clavarles los colmillos hasta sangrarlos en la economía y reventarles la cordura. Escuché divertido no pocas veces los insultos a aquellas prácticas sabidas y toleradas por las autoridades. No he estado exento: Iusacell hace tiempo y Banamex en otro, son los dos casos que más recuerdo. No me persiguen esas maldiciones, pero cuando sucede, trastornan sin compasión. Ahora pasa con Iusacell y Banamex, de nuevo. La historia es simple, no ha terminado. El pago de mi banda ancha móvil está cargado en automático a la tarjeta de crédito. El banco omitió la transferencia de este mes y se desató la persecución en mi contra, en casa, en la de mi hermana y las amenazas de que me cobrarán hasta donde me esconda. En un día no sé cuántas llamadas recibí. Después de haberme exhibido como deudor moroso, el problema debo resolverlo con prontitud; así lo haré. Sé que no tengo alternativa: con Telcel la experiencia no fue más gratificante y Movistar tampoco fue lo que promete su publicidad. Intentaré llevar la vida en paz, sin alteraciones vanas. Lo mío es, por fortuna, peccata minuta, aunque me vienen a la cabeza aquellos que pregonan la excelencia de la empresa: ¿ese es el espejo que quieren que miremos las universidades o los profesores? Hasta hoy no he encontrado mejor exorcismo que decir, como los personajes del Chapulín Colorado: ¿Y ahora, quién podrá defendernos?

Los claros

Cada oscuro tiene su claro, cada sur su norte. Hay también, en muchas partes, hombres y mujeres que hacen su trabajo gustosos, satisfechos de lo que eligieron –y si no, alegremente resignados, si es posible- y dispuestos a dar lo mejor de sí. Cada vez que encuentro a uno de esos personajes que te hace más fácil el trámite o el mal momento, los agradezco más que maldigo a las empresas. Recuerdo ahora con agrado a la enfermera Elvira, que en el Centro Médico tres días muy temprano me recibió con una sonrisa amable y cumplió eficientemente su labor. En el vigilante del Tribunal Estatal Electoral que una mañana me ayudó a encontrar el rumbo que había perdido. En Don Pedro, el vigilante de la estancia infantil de la Universidad de Colima, que cada mediodía tiene una sonrisa para mi Juancarlos cuando nos despedimos. En Don Sergio, el  buen hombre que cada jornada tiene nuestras oficinas tan limpias como nunca las tuve. En personas que no recuerdo su nombre, pero que una mañana o una tarde resolvieron expeditos los trámites que debía hacer en Corett, en Ciapacov, en el Ayuntamiento de Villa de Álvarez. No dudo que son más los buenos y los que hacen de su trabajo una vocación de servicio. Pienso, entonces, que no todo está perdido, y que aquellos sucesos sirven, infaustamente, para valorar el esfuerzo cotidiano de las personas de carne y hueso como las que desfilaron hoy por mi memoria.

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Debate sin educación

Del debate entre los candidatos presidenciales poco cabía esperar en el tema educativo. Más allá de las capacidades oratorias de cada uno, sus pronunciamientos en la materia no alumbran nada extraordinario, mucho menos espectacular. Después del debate, la opacidad disminuye entusiasmos.

Becas para todos, inglés, mejores resultados en los exámenes, evaluación de profesores, internet y banda ancha son lugares comunes que evidencian una lánguida preocupación por la vitalidad de nuestro sistema educativo.

Unos más que otros, los cuatro estaban obligados. Los más directos, la ex secretaria de Educación Pública, quien por ese hecho tendría o podría llevar ventaja. No la mostró. El candidato del partido de las cúpulas magisteriales no fue original ni su propuesta en el debate se centró en el valor de la educación.

Hace treinta años las políticas educativas construidas en el sexenio de Miguel de la Madrid orientaron un rumbo que, con variaciones menores, continua a pesar de un cambio en el partido gobernante. Las políticas educativas se han plegado a las económicas, al modelo global de desarrollo, por eso la conducción no ha cambiado el horizonte, y por eso tampoco es esperable un giro en los próximos seis años.

Me gustaría estar rotundamente equivocado, pero hasta hoy creo que recogiendo las pocas ideas del pobre debate no se podría diseñar un proyecto educativo distinto, capaz de dar vida a otra educación, no solo para superar puntajes en las pruebas, sino para revitalizar la formación de nuestros niños y jóvenes. No en seis años, por supuesto, pero sí erigiendo las bases de una transformación que sólo puede concebirse transexenalmente.

¿Vamos a ser capaces o damos por perdido ya el primer tercio del siglo XXI?

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Hasta siempre, maestro!

Me gusta recordar a los grandes maestros, siempre.  A los maestros, maestras que son inspiración, luz, esperanza. Y hoy en México es un día especial para ello, pues se festeja el día del maestro. Por eso quiero compartir un fragmento dedicado a un educador entrañable, a Paulo Freire.

 

Menuda estampa nordestina,
hombre humano hombre-honesto hombre al día,
al compás de cada tiempo y lugar históricos,
al ritmo de los hombres y mujeres reales,
de todas partes y de todos los días.
Como el sol del sertâo pernambucano,
lo iluminaste todo.

Abriste entonces con los demás los nuevos cauces
a una educación como práctica de la libertad,
a la pedagogía liberadora,
reproductora de hombres, no del sistema,
funcional a los hombres, no al mercado;
… liberación interior del hombre,
liberación del hombre en relación,
con los otros y la naturaleza.

Pedagogía del oprimido, de los nadie, de los excluidos,
subversiva, por supuesto, y armada, para colmo,
con el arma nuclear e incontrastable de la conciencia.
Por eso tus libros fueron a la hoguera de la dictadura.

Te saludamos de nuevo hoy
con un Até, maestro Paulo Freire!
Hasta siempre, educador entrañable,
nos seguiremos viendo!

Carlos Falaschi, fragmento de Até mais, maestro!