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Promesas en el aire

Al cumplirse el primer año del mandato de Barack Obama en los Estados Unidos el balance es desalentador. Pocas promesas cumplió en los primeros doce meses. La prisión de Guantánamo goza de cabal salud, aunque los inquilinos enloquezcan. La guerra contra Afganistán no es menos cruenta ni tiene visos de terminar. El carácter bélico del país es tan fuerte como antes, intimidatorio y prepotente. Con Israel los Estados Unidos mantienen su protectorado y avalan las atrocidades contra el pueblo palestino. Nuestra frontera con ellos no menos impermeable, no se avizora una actitud distinta. Sólo por enunciar algunos botones.

El premio Nobel, otorgado contra la voluntad de muchos de sus dictaminadores, fue un precipitado acto que el propio presidente se encargó de vapulear con un discurso a favor de la guerra, en el mismo acto de condecoración.

Tomo prestado un párrafo de José Saramago para cerrar: “A lo largo de la campaña electoral Barack Obama, ya fuera por vivencia personal o por estrategia política, supo dar de sí mismo la imagen de un padre dedicado. Eso me permite sugerirle que le cuente esta noche una historia a sus hijas antes de que se duerman, la historia de un barco que transportaba cuatro toneladas de medicamentos para socorrer a la población de Gaza en la terrible situación sanitaria en que se encuentran, y que ese barco, Dignidade era su nombre, ha sido destruido por un ataque de las fuerzas navales israelíes con el pretexto de que no tenía autorización para atracar en sus costas (creía yo, ignorante redomado, que las costas de Gaza eran palestinas…). Y que no se sorprenda si una de las hijas, o las dos a coro, le dicen: ‘No te canses, papá, ya sabemos qué es una relación especial, se llama complicidad en el crimen’.”

Brevísima historia de Haití

Kim Ives, periodista haitiana, resumió a Amy Godman la historia de su país: “1804, la primera y última revolución exitosa de esclavos de la historia, la primera república negra del mundo, la primera nación independiente de América Latina, que se convirtió en piedra angular de todas las demás revoluciones. Y tuvieron que pasar 60 años para que el gobierno de Abraham Lincoln la reconociera, después de la Guerra Civil.”

“Luego, en 1915, los marines estadounidenses invadieron el país y se apoderaron del banco central y del gobierno. Se quedaron 19 años, hasta 1934. Después instalaron la Garde d´Haiti, la Guardia de Haití, que operó como un brazo de los marines para proteger los intereses de Estados Unidos en Haití. La ocupación dio a luz en 1957 a la dictadura de Francois “Papa Doc” Duvalier, quien legó su título de presidente vitalicio a su hijo, Jean-Claude Duvalier, cuando murió en 1971.”

“Haití fue el primer país de América Latina que derrotó el esquema electoral promovido por EEUU al elegir para la presidencia a un párroco pobre, Jean Bertrand Aristide. Durante su toma de posesión, el 7 de febrero de 1991, Aristide declaró la segunda independencia de Haití, porque el país quería independizarse del dominio de Estados Unidos y Francia. Y éstos respondieron a los ocho meses con un golpe de Estado. Lo mandaron al destierro. Y así comenzó el terremoto político y económico con el epicentro en Washington y París desde hace 24 años.”

Fuente: Periódico El Comentario

Adhesiones necesarias

Un manifiesto firmado colectivamente en octubre de 2008 por personajes como José Saramago, Federico Mayor Zaragoza y Mário Soares, entre otros, me produjo una inevitable reflexión en estas fechas posnavideñas, luego de celebraciones, regalos, alegrías y tristezas.

Los ilustres firmantes claman por un cambio global y personal, por un giro en la escala de prioridades, para evitar que en lo sucesivo, como ahora, “se privaticen las ganancias y se socialicen las pérdidas”, es decir, que los apoyos extraordinarios, en la economía o en la educación, sirvan para resarcir a las víctimas y no a los culpables.

Ahora, dicen, debemos ser “rescatados” los ciudadanos. Es una vergüenza colectiva, afirman, y me adhiero, que mueran de hambre 60 mil personas al día mientras, en el mismo lapso, se invierte en armas tres mil millones de dólares.

¿Qué clase de mundo estamos construyendo? ¿Y todavía hablamos de humanismo? ¿Tenemos que conformarnos, ad infinitum, con esos pequeños “defectos” de la globalización despiadada y aceptar, resignados, que no hay otra forma de concebir y desarrollar a nuestros pueblos?

A mi, por lo pronto, me parece que es inaceptable, y un acto de ominosa complicidad callarse. Tal vez empezando a llamar cinismo al cinismo, y a todas las cosas por su nombre, empecemos a darle cierta cordura a este mundo que, pese a tanta desgracia, sigue siendo entrañable.

Regreso a clases

Regresaron a clases 34 millones 300 mil estudiantes, informan los periódicos y noticieros de radio y televisión. Parecen muchos. Me corrijo: son muchos, muchísimos, más que la población de varios países de Europa o Latinoamérica. España tiene una población total de 46 millones; Bélgica poco más de 10 millones; Argentina, 40 millones; Ecuador, 13 millones; Bolivia, 10 millones; Chile, poco menos de 17 millones.

Treinta y cuatro millones de estudiantes en el país son una cantidad extraordinaria. Pienso en el loable esfuerzo hecho entre 1910 y 2010, y en lo que se invierte en mantener la maquinaria educativa. Pero no lanzo campanas al vuelo. También pienso en los otros casi 34 millones de mexicanos que debieron cursar educación básica completa, porque así lo dicta la Constitución, pero no lo pudieron hacer, porque fueron expulsados de la escuela o porque nunca se inscribieron. Esos millones, el rezago educativo, dicho técnicamente, son muchos, su existencia es inadmisible, son un lastre que nos hunde apenas empezar el siglo XXI.

Fuente: Periódico El Comentario

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