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La agenda educativa: ¿nueva época?

La agenda pública está preñada de asuntos potencialmente capaces de modificar el panorama educativo nacional. Las decisiones recientes de los actores políticos integran ya un considerable volumen de temas dignos de máxima atención. Destacan, el decreto que hace obligatorio el bachillerato; aunque está acordado tiempo atrás, en la mesa están puestas, sin definiciones estructurales, las implicaciones que la medida tiene y tendrá en los próximos años en aspectos como el financiero o el reclutamiento y capacitación de los profesores que harán frente a la demanda esperable.

Un segundo tema es el de la evaluación universal de los docentes de educación básica. Candente e irresuelto aún, será parte de las negociaciones próximas entre el SNTE y la SEP, de cara a la revisión salarial. El pronóstico es reservado, pues en el ejercicio de fuerzas de los protagonistas llevarán el caso hasta las más altas esferas del poder político, en un escenario atravesado por las elecciones presidenciales.

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La “evaluación universal” de docentes. Apuntes en clave de twitter

La evaluación universal no es la piedra filosofal. Los sistemas educativos no se construyen desde la evaluación; pensarlo equivale a construir una casa desde el techo, pero la cordura no lo aconseja.

¿Por qué entonces la fiebre evaluadora? Vivimos la era de la evaluación, dicen los expertos. Hay razones para la moda.

Una: compramos el discurso de que si no evaluamos, es decir, medimos, no mejoramos.

Dos: porque es más “fácil” aventurar cambios en el sistema de evaluación que en los de aprendizaje. En otras palabras: es más cómodo elaborar baterías de reactivos que transformar prácticas docentes.

Tres: evaluar así, como se concibe, es responsabilizar al docente por el fracaso escolar, asunto colectivo.

Si solo evaluando vamos a cambiar al país, entonces, pensemos lo que hace falta por evaluar. Hagamos un listado parcial.

La evaluación universal podría empezar en la oficina máxima de la SEP, luego, en la del SNTE.

¿Evaluación universal a los periodistas que, aun pagados con recursos privados, realizan una función social?

¿Evaluación universal a los empresarios que, además de arriesgar su dinero, reciben ayudas públicas por distintas vías?

¿Loret de Mola obtendría altas calificaciones en prueba Enlace o pasaría de panzazo?

¿Evaluación universal a diputados? ¿Evaluación universal a funcionarios públicos?

¿Evaluación a los árbitros de fútbol?, ¿a los futbolistas?, ¿a los comentaristas deportivos?, ¿a los «ventaneando»?

Con la evaluación universal muchos no tienen que preocuparse ya: exhibieron ignorancia y demagogia.

Como todos y todas prometen que van a cambiar al país cuando lleguen al poder, soñemos: ¿cuando vivamos en el país de las evaluación universales, quién evaluará a los evaluadores universales?

¿Entonces inventaremos otra historia, otro cuento chino, como dice Oppenheimer?

 

Twitter@soyyanez

Día del libro

23 de abril, Día Internacional del Libro. Del libro y del derecho de autor, agregan algunos medios. Extraños y hasta peligrosos como suelen ser algunos de esos artefactos (recuérdese “¡Indígnate!”, de Sthépane Hessel, de profunda influencia en el movimiento europeo que de allí tomó su nombre), no gozan de la popularidad del día de la amistad, el compadre o la comadre, el maestro y, ya no se diga, del niño o de la madre. En la fecha se suele escribir mucho y recordar las cifras sobre nuestro promedio de lectura. Como vivimos en un país singular, donde no se necesita leer libros para llegar al sitio más alto de lo que sea, nos toca el infortunio de que leemos poco, que nuestros promedios son raquíticos y nos avergüenzan o que, como en todas las cosas de la educación, la culpa es de la alguna vez profesora Gordillo.

En mi caso, no creo en los promedios. Si en este país nuestro hay cerca de seis millones de analfabetos (poco más de cinco, dirán las cifras oficiales), ellos no leyeron un solo libro en el año o en su vida, mientras otros seis millones o más disfrutaron los que les tocaban en aquel reparto ficticio. Tengo varios amigos que pueden leer 15 o 20 libros en una semana. Cada uno, entonces, lee en una semana los que debieran leer otras cuatro o siete personas en un año. Los promedios en lectura esconden una injusta distribución del derecho a disfrutarla.

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El reto del sistema educativo

Los retos del sistema educativo mexicano se resumen en uno: educar con calidad a todos. Pero no entendida la calidad como la satisfacción del cliente, ni como el acatamiento a normas técnicas o burocráticas. Tampoco, como es usual, con base en resultados alcanzados por los estudiantes en exámenes nacionales o internacionales. Porque la educación no es una empresa y porque su objetivo es la formación de ciudadanos, no su entrenamiento para los exámenes de opción múltiple.

Calidad, entonces, definida a partir de cinco atributos, comunes entre los expertos en el tema. Primero, con equidad: no hay educación de calidad en un sistema escolar si acceder a el y culminarlo es privilegio de algunos, normalmente aquellos ubicadas en los estratos medios y altos.

A la equidad su suma la eficiencia y la eficacia, para optimizar recursos y cumplir objetivos, para encontrar medios adecuados a los fines.

Pertinencia y relevancia son rasgos más de una educación con calidad, para atender necesidades sociales, preparar ciudadanos capaces de enfrentar la problemática social y propiciar todos los cambios posibles, en particular, el de cada persona: quizá la más trascendente de todas las funciones de la educación.

Educación de calidad así es imperativo ineludible. No es una disyuntiva. Es el único camino para la escuela. Menos de eso es inadmisible; es, debe ser una de las exigencias primordiales de la ciudadanía a sus candidatos y gobernantes.

En el mar de campañas iniciadas y las que están por llegar es un tema central: ¿escucharemos los mismos discursos y consignas, o encontraremos posturas frescas y esperanzadoras?

¿Será esta la ocasión de dar vuelta a la página de la historia o repetiremos los desaciertos del presente y del pasado?

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Inolvidables primeras veces

1

Me pregunto dónde y cómo vamos perdiendo la curiosidad. ¿La perdemos o solo se esconde por allí, entre algunas de nuestras capas y etapas? Dicen que los bebés y los niños son capaces de reírse cientos de veces por día, mientras los adultos ya somos incapaces. Y al extraviarlas vamos congelando gestos y engrosando las venas por donde transita nuestra vitalidad.

 

2

Hay primeras veces que no olvidamos jamás. Cada uno sabe cuáles, en qué ámbitos y elabora su jerarquía. O no, o nada. De poca memoria y no grandiosa sensibilidad, he sido consciente de la primera caminata entre mi hijo y yo. Solo el acontecimiento me resultó estimulante, además de inédito, como queda claro. Fue hace unos días cuando tuvimos la oportunidad de caminar no sé cuánta distancia. Tal vez dos kilómetros, a la orilla de la playa, escabulléndonos de las olas. Allí íbamos, un padre y un hijo tomados de sus manos. El infante, con enorme determinación, indicando a dónde debíamos llegar. El padre miraba el punto de arranque y calculaba que si cumplíamos la meta, heroica a todas luces, tardaríamos un par de horas y con final impronosticable. Emprender la larga caminata, larga, dicho sea, por la estatura del menor y por nunca recorrida, fue un acontecimiento único, pero más inolvidable que lo hiciéramos en animada conversación –si dicho término puede aplicarse-, solo interrumpida por el nene cuando sus emociones lo asaltaban y volteaba para contarme sus descubrimientos. El motivo de casi todos sus sorprendidos gestos eran los hoyos en la arena, o un pedazo de cualquier basura. Cuando sucedía, me soltaba decidido, se inclinaba y lo miraba, hurgando, buscando descifrarlo o cómo taparlo. Una curiosidad inusitada para un adulto: un niño que una y otra vez, diez o quince veces se agacha sobre sus pies y aprecia sorprendido un nuevo hoyo, en nada distinto –a los ojos del adulto- a los 5, 7 o 9 anteriores. A mí me sorprendía su sorpresa, más que el hoyo, y sus enormes ojos abiertos que miraban los míos para confiarme su hallazgo. Mira papá, un hoyo, decía. Supongo que un adulto normal, normalmente desprovisto del sentido de la curiosidad ni vería los hoyos a su paso, ni siquiera por dónde sus pasos andan. Y entonces se perdería de lo que podría encontrar, o se perdería, nada más.

Dónde se extravió la curiosidad, esa virtud que los adultos dejamos como una de las primeras pieles, que hace a un niño descubrir en la playa un cacharro inservible o una caracola bellísima. Dónde. No lo sé, en todo caso, al extraviarla nos despojamos de la posibilidad de un maravilloso descubrimiento cotidiano acechándonos a cada nuevo paso. Así en la playa, en la primera caminata con tu hijo, como en la vida misma, solo durante el resto de la vida.

 

3

Cuando finalizaba estas líneas unos versos de Juan Gelmán me esperaban en «Violín y otras cuestiones»:

Especialmente ando preocupado

por el tiempo, la vida, otras cositas como ser

morir sin haberse alcanzado a sí mismo.