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Autorretrato. Rompecabezas de recuerdos

Como el mar arroja a la playa la basura después de un tiempo, así van emergiendo del océano los recuerdos de años pasados. No logro identificar ni adivinar qué mareas los traen a la superficie, pero van surgiendo de a poquito, cada vez con más frecuencia. No sé si son los años que van acumulándose, las nostalgias por lo extraviado o que el baúl de reminiscencias llegó al tope.

Los episodios brotan principalmente por la noche, a veces con despertares súbitos o antes de dormir. Entonces me hundo en las imágenes que vienen como fotografías en sepia y las voy reconstruyendo mientras afuera, en la calle o desde los árboles escucho los silencios nocturnos, o persigo figuras entre las sombras del techo. A veces me da por levantarme y sentarme a escribirlos, o me propongo hacerlo tan pronto amanezca.

Fue así como un día apareció clarita la música que mi madre escuchaba cuando lavaba o tendía la ropa en el patio trasero, entre árboles de guayaba, limón, mandarina, mango y alguna vez un durazno que produjo escuálidos frutos. Un día me reencontré acostado en el frío piso granate del cuarto en casa paterna, limpio siempre por la diligencia de Rosa, mi madre; allí pasaba las tardes mirando las paredes repletas de libros que iba comprando compulsivamente, escuchando música en la época en que los discos de vinilo dejaban su sitio a los CD’s.

Cuando escribía un libro muy lejos de casa y la ciudad reapareció aquella antigua conversación con mi padre, que estoy seguro de haberla vivido y no inventado, el instante en que comprendí, con meridiana claridad, que el destino personal solo tenía alguna esperanza cierta en el camino de la escuela.

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Las posadas y yo

Mi pueblo vivía en una fiesta casi perpetua. La iglesia era, en gran medida, la responsable. Por lo que sé, no mucho, la vida cambió sustancialmente. Nosotros a las 11 de la noche estábamos de vuelta en casa, a punto de dormir o descansando, por ejemplo, para no hablar de violencia e inseguridad.

En dos décadas pocas veces he vuelto a caminar sus calles, a pasar días enteros, sentir los cambios de estaciones y temperatura, o sufrir la llegada de la zafra por la contaminación. No sé con precisión cómo será la vida allí ahora, pero sé cómo era entonces, y la recordé con nostalgia en las horas previas a dejar la ciudad por unos días y en víspera de las posadas.

En aquellos tiempos, finales de los ochenta, el calendario festivo comenzaba con las celebraciones de la Sagrada Familia en enero o febrero. Con la Semana Santa el viacrucis era obligado punto de convivencia multitudinaria. Después la fiesta del Cristo de la caña, en mayo, y poco antes la del día de la cruz, en el barrio del mismo nombre; luego los fines de ciclos escolares y la temporada de vacaciones; para septiembre las fiestas patrias y las más importantes, en honor a la virgen de las Mercedes, el día 24.

Para muchos venían los festejos de pueblos vecinos y la feria de Colima, a las que no asistía, salvo equivocación. Con diciembre la virgen de Guadalupe era motivo de rezos y peregrinaciones; concluía con las posadas populares, la cena navideña en familia y la tertulia por el fin de año. Entre ellas había otras, por San Francisco o el día de los músicos, pero de menor calado. Alguna vez, hecha la suma de semanas, me sorprendí: nunca faltaba pretexto para divertirse.

De todas recuerdo con alegría las posadas. Eran una forma de convivencia comunitaria. A cada barrio correspondía organizar la romería uno de los días, y así pasábamos de barrio en barrio, de la Limonera a los Laurales, de la Cebada al centro, entre las 7 y las 10 de la noche, mezclando el sentido religioso, la relación con los amigos y la búsqueda de la pareja.

Organizar la mejor posada era un reto popular, que desafiaba la capacidad de los comités y sus recursos; unos tiraban la casa por la ventana, con la música, los cohetes y los adornos coloridos en las calles.

De las numerosas semanas de ese pueblo en fiestas hoy tengo nostalgias intermitentes. Si el 17 o el 19 de diciembre volviera una noche no sé si me sentiría uno de ellos o totalmente ajeno. En todo caso, estoy casi seguro que mis hijos difícilmente encontrarían asideros. Y no sé si es bueno o no, si esos quiebres en la historia de los pueblos ayudan a cohesionar o son consecuencias de un magro progreso y pesados males sociales.

Volveré pronto, de eso estoy seguro, y ya podré contar lo que vi, viví y sentí.

 

 

Pedagogía del amor

El sábado anterior tuve oportunidad de conversar con un par de queridos colegas, esposos ellos, quienes me compartieron su experiencia en una escuela secundaria pública. Los ecos de la charla nocturna regresan en momentos y me revuelven la cabeza con inquietudes, y el estómago con dardos indignantes e indignados.

La escuela se ubica en una zona populosa de Villa de Álvarez, alimentada por niños de condiciones socioeconómicas precarias que, como puede suponerse, en el hogar carecen de las comodidades que los profesores solemos olvidar o menospreciar por insensibilidad o ignorancia.

En esa escuela, cuyo nombre omitiré, muchos niños llegan sin alimentos en la panza, con mochilas raídas y zapatos desastrados, olvidados o descuidados en el seno familiar, sin dinero para comprar en la tiendita; probablemente sin mayores ilusiones por lo que puedan aprender en su salón de clases.

Aunque sea una obviedad, hay que repetirlo: su frágil condición económica no es exclusiva; es parte de la vivencia cotidiana de miles de escuelas y millones de familias. En esos contextos, la vieja pregunta torna incesante y urgente: ¿es posible educar a los pobres, hijos de pobres? Las viejas respuestas o propuestas deben ser removidas para atisbar alternativas.

Es posible educar a los hijos de los pobres. Sí, sin duda, a condición de que la escuela construya un proyecto pedagógico incluyente, entendiendo que lo pedagógico es sustancialmente político.

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Trump y el desafío para la escuela mexicana

donald-trump-presidente-de-eeuu-2306031w620En Estados Unidos triunfó de manera incontestable el candidato que encarna algunas de la causas más abominables de las sociedades en el siglo XXI, como la xenofobia, el clasismo, la violencia, la intolerancia y el atropello de la dignidad. Sus consecuencias no se limitarán a las grandes esferas de la economía o la política mundiales, también amenazan los ámbitos de la cultura y la educación.

No fue un triunfo inesperado ni un día triste para la democracia. Es así el juego: la democracia política se sostiene con el triunfo de las mayorías dentro de un sistema de reglas. La democracia no gana o pierde en función del gusto personal o preferencias mediáticas; no gana o pierde con base en el perfil simpático o estúpido de los contendientes. Y si triunfa la barbarie ideológica o esperpéntica, como ahora, no perdió el sistema democrático; ganó y nada más, como lo recuerda lúcida y lúdicamente Fernando Savater en su artículo del domingo 13 de noviembre en “El País”.

México es la nación que más severamente criticó durante su campaña el nuevo presidente estadounidense. Su victoria tiene repercusiones pedagógicas que se vislumbran con claridad, si se abren ojos y sensibilidad. Constituye un indeseable pero vigoroso pretexto para transformar a las escuelas, o acelerar su proceso de estructuración como escenarios de formación ciudadana.

Es una verdad de Perogrullo que a la escuela no se va solo a aprender a leer, escribir, resolver operaciones matemáticas y adquirir conocimientos y competencias en ámbitos científicos, históricos o culturales. Todo eso es indispensable, es el piso formativo mínimo en términos cognoscitivos, pero también se asiste para aprender las necesarias funciones de la socialización, el trabajo de colaborar con otros que son y piensan distinto y entrenarse en el ejercicio de la vida pública.

El desarrollo de la autonomía personal, las relaciones humanas y el ejercicio de la ciudadanía son tareas de una importancia tan relevante como las materias, aunque no suelan medirse en exámenes ni se ponderen en calificaciones.

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José Saramago, el entrañable

img_0517Muy temprano Twitter nos recuerda que un 16 de noviembre nació José Saramago. Hoy cumpliría 94 años el hijo de María y José, campesinos pobres en Portugal.

Los recuerdos de mi relación libresca con el premio Nobel de Literatura 1998 se volvieron incontenibles, tanto, que llegarán a las páginas de algunos medios impresos y electrónicos.

La semana anterior, durante entrevista vía telefónica para una revista del Instituto Politécnico Nacional me preguntaron: ¿qué libro recomendaría? La interrogante me parece injusta. ¿Por qué tenemos que elegir un libro, o dos o tres? Cortés, contesté sin dudarlo: El evangelio según Jesucristo de José Saramago. Luego pedí permiso y agregué otros que también leo y releo.

Después de la entrevista, cuando examiné y revisé preguntas y respuestas, cavilé sobre la lista de libros favoritos. La conclusión es lapidaria: me parece injusta y ociosa la tarea de elegir entre tantos y tantos libros como disfruté, en distintas épocas y circunstancias de la vida. Obligado, estoy seguro que entre los libros más queridos escogería por lo menos uno de Saramago.

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