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Michael Jackson y Juan Carlitos: una lección elemental

Volvíamos a casa un día cualquiera. En el asiento trasero él escuchaba música, yo me concentraba en sortear los autos en la hora de tráfico pesado por la salida del trabajo. Su voz me distrajo de la imagen al frente, del arroyo vehicular y la puesta del sol.

-Papá, el rey del pop no debió morir.

No supe qué decirle; reaccioné tarde con una pregunta: ¿por qué?

-Porque era muy joven.

-Ah, pues sí. Fue mi respuesta insustancial.

Arremetió en tono triste mientras yo lo miraba por el retrovisor: ¡sabes, cuando escucho esta canción me dan ganas de llorar!

Sonaba This is it, y sus ojos se posaron sobre el cristal de la tableta para mirar la imagen de la portada. Mis ojos iban del retrovisor a la avenida, francamente conmovido.

Ahora lo saqué del silencio con un desorientado ¿por qué?

-Es que esa canción fue la de su última gira, cuando decidió que ya no cantaría más. Por eso se llama así.

Y siguió su monólogo explicándome un montón de cosas sobre Michael Jackson, de las cuales no tenía yo idea, lejos de esos gustos musicales. Lo escuché asombrado por la cantidad de datos que manejaba con soltura, los nombres de los Jackson’s Five, algunos de sus discos y canciones, el infarto, su muerte en soledad. Todo eso lo aprendió solo, mirando la televisión o en internet, como en su momento de otros temas más relevantes para el juicio pedagógico. Mi desviación profesional me condujo a esa cancha.

Sí, concluí, si los maestros en las escuelas lográramos ese viejo anhelo de despertar la curiosidad del niño o el joven, si aprovecháramos sus centros de interés y conectáramos (o intentáramos) siempre la enseñanza con ellos, seguramente otros sentidos tendrían la escuela, la enseñanza y nosotros, quienes adoptamos el oficio docente.

Sí, parece tan fácil.

 

Día internacional de la mujer

Mi madre no llegó a la Universidad, ni siquiera estudió la preparatoria. No era una mujer letrada, no trabajó fuera de casa; jamás arrió banderas feministas, ni reivindicaciones del tipo, pero tenía conceptos tan claros, que a veces no los encuentro en algunas mujeres que se jactan de sus doctos títulos o altos cargos.

Un día, hace 40 años, me regaló una clase que no olvido en fechas así. A mi pregunta extrañada de por qué ella no firmaba como todas las mujeres (léase: Rosa Velazco “de Yáñez”), me respondió tajante: porque no soy propiedad de tu papá. Esa fue la primera y más significativa lección que recibí en la materia. No era una bronca contra mi padre (que podría tenerla, como todas las mujeres), era una convicción.

Desde aquella tarde memorable nunca me sentí dueño de las mujeres que pasaron más o menos fugazmente por mi vida. A las que duraron más tiempo, jamás pedí carnet de santidad, de ninguna especie.

Desde entonces aprendí, en silencio, sin perder jamás la memoria, que las fechas como hoy son solo una hoja del calendario, que lo más importante es la constancia, el día a día, la pretensión de la coherencia.

No estoy seguro de haber sido siempre fiel a las enseñanzas de mi madre,  pero sí que me río, cada vez con más entusiasmo, de todas esas mujeres elegantes y peinadas de salón que “festejan” o “festejaron” este día sin dejar a un lado el apellido del hombre que “las hizo suyas” frente al cura y el juez.

No todas las maestras son ignorantes

Escribo estas líneas apenas observar un video de solo dos minutos y 20 segundos en el cual la reportera, sarcástica sin piedad, exhibe las inadmisibles ignorancias de un grupo de maestras a las cuales entrevista con preguntas que cualquier ciudadano medianamente instruido tendría que conocer: la capital de los Estados de México o Chiapas, el nombre del primer presidente mexicano, una división matemática o el pretérito del verbo amar. Las respuestas fueron, en todos los casos, desacertadas, algunas grotescamente.

El video, de Imagen Televisión, es un buen producto de ese estilo tan habitual para escandalizar y mofarse, aunque sea fugazmente: sin contextos, sin análisis, sin contrapesos, sin respeto a las personas, exhibiendo a las maestras frente a sus alumnos.

Lo que esconde la nota evita la comprensión: ¿cuántas maestras fueron entrevistadas en total? ¿Las tres o cuatro que aparecen, o diez, veinte? ¿Ninguna respondió correctamente alguna pregunta? La conclusión es peligrosa y falsamente simpática: “todas las maestras son ignorantes y no saben ni lo que deben enseñar”; “las maestras son un costal de ignorancia”; “en estas manos se deposita la instrucción de los niños mexicanos”, y perlas de racionalidad semejante.

El desconocimiento de dichas maestras es elemental, y lamentable, tanto como el estilo periodístico, la rudeza de las formas, el descrédito sin piedad, la preeminencia del chisme, la visión miope. Lo que este estilo busca no es acercar elementos para la comprensión, menos la verdad (si existe), solo una nota de impacto, titular de escándalo, un poco de gasolina a la cretina hoguera de la incomprensión.

Es claro: con maestros iletrados, sin una base cultural mínima, el esfuerzo para que la educación sea un proceso de salvación de la barbarie social está prácticamente cancelado, pero no son las maestras las culpables. La responsabilidad es compartida y muchos los interpelados: las instituciones formadoras de maestros, las políticas de contratación que alimentaron las aulas de educación básica, las componendas, las prácticas oscuras y corruptas, las decisiones que se tomaron lejos del interés pedagógico y un largo etcétera que, reitero, no pretende disculpar lo imperdonable.

Admitamos que a la prensa le corresponder encender la luz para apreciar las zonas feas o sucias, o que en su decálogo no tiene como prioridad informar verdades sino noticias; sin embargo, un rincón no es suficiente para descalificar una profesión donde no sobran zafiedad e indiferencia, pero abundan docentes brillantes, comprometidos y generosos.

 

El mundo al revés

El mundo no pinta demasiado bien cuando la escuela tiene que encargarnos como tarea para el fin de semana una actividad en familia; es decir, para que las personas que forman comunidad actúen como tal.

El exceso no es de la escuela, de una escuela en particular. Adviértase el foco de la constatación: quienes hemos cooperado, unos más, otros menos, con mayor o menor alegría, en el desmembramiento dramático de los lazos que constituyen el pegamento social. Vínculos que en otros momentos se construyeron en torno al juego, la tarea compartida en casa, la calle y el grupo de amigos, los abuelos acompañando a los padres en la socialización, los padres con tiempo para la conversación, lejos del incomparable monopolio de las pantallas.

No tengo una visión idílica del pasado, ni pretendo insinuar que todo tiempo ido fue más feliz que el presente, pero sí creo que las condiciones sociales, materiales, laborales y culturales de nuestra época conducen vertiginosas hacia una diáspora egoísta, hedonista y banal.

Si la escuela llama a hijos y padres para sentarse alrededor de un juego de mesa, a ensayar el arte de vivir y dialogar con otras personas, o realizar actividades otrora ordinarias, como comer juntos mirándose a la cara y no cada cual a su pantalla, es que nuestras sociedades perdieron el norte con peligrosa facilidad y enfilan hacia oscuro destino.

¿A dónde vamos a parar?

Educar a los pobres

En el umbral del siglo XXI, Carlos Fuentes sintetizó magistralmente un diagnóstico de los tiempos contemporáneos en conferencia dictada el 5 de marzo de 1996. El novelista mexicano propuso un decálogo para la nueva centuria. Comentaré los desafíos iniciales.

A su juicio, el primer reto es la vida: asegurar la posibilidad de la existencia humana frente al suicidio ecológico y la destrucción planetaria. El segundo, contener la explosión demográfica, especialmente en algunas regiones. Colocó después el fortalecimiento de los derechos de la mujer; enseguida, el replanteamiento de las relaciones geopolíticas del orbe y las asimetrías entre países desarrollados y atrasados. Las cifras de la pobreza en América Latina eran elocuentes: “En el informe que elaboramos los miembros de la Comisión presidida por Patricio Alwyn para la Cumbre sobre el Desarrollo, que tuvo lugar el año pasado en Copenhague, constatamos que en la América Latina la pobreza, lejos de disminuir, va en aumento: 60 millones más de miserables entre 1980 y 1990, hasta llegar en la actualidad a 196 millones de latinoamericanos con ingresos inferiores a los 60 dólares”.

En la década posterior la pobreza disminuyó relativamente, pero sigue lacerando. El informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Panorama social de América Latina 2013, registró una disminución de la pobreza en números relativos, aunque en millones de personas no se reflejó. En 2012, 28.2% de la población latinoamericana era pobre, y la indigencia atrapaba al 11.3%; es decir, 164 millones de pobres y 66 millones de miserables. La evolución es sombría: 18.6% de población en pobreza extrema en 1980 correspondía a 62 millones; mientras que el 11.3% de 2012 equivale a 66 millones.

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