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Coincidencias extraordinarias

Mis conocimientos estadísticos son elementales. La enumeración de ignorancias podría resultarme abrumadora. Desconozco, por ejemplo, la probabilidad de encontrarse con una persona en un espacio geográfico de varios millones de habitantes, como Ciudad de México. De encontrarse, preciso, sin proponérselo, sin acordarlo, sin saber en qué coordenadas se mueven uno y otro.

Supongo que la respuesta podría elaborarla con relativa facilidad un experto en estadística, pero lo que parece menos probable es que el azar coloque a dos personas en la misma alcaldía, colonia y calle, sobre la misma acera, a la misma hora, minuto y segundos.

El azar me regaló ese privilegio el lunes por la tarde. Caminando de regreso al hotel, distraído, cansado y con la cabeza puesta en las actividades para cerrar el día, una cara familiar, sonrisa franca y bondadosa me distrajo de las fabulaciones. Era José de Jesús, un colega y amigo a quien no veía desde diciembre del año anterior. Nos encontramos de frente en la misma colonia, calle, acera, hora, minuto y segundos. Sonreímos por la fortuna y conversamos unos minutos mientras al lado pasaban absortos muchos transeúntes, varios con audífonos, otros tantos con la vista fija en las pantallas de sus teléfonos. Nos despedimos afectuosos y nos prometimos continuar la conversación telefónica que habíamos interrumpido tres semanas atrás.

Seguí caminando mientras la noche comenzaba a caer, sonreí y me prometí compartir esta coincidencia afortunada.

Días de fiesta

-¡Papá, papá!, gritó excitado mi hijo corriendo hacia la mesa donde trabajaba.

-¿Qué pasa? Lo miré apenas cruzar la puerta. Estaba emocionado.

-Estoy escribiendo un cómic y ya lo voy a imprimir, pero me faltan dos hojas; ¿tienes?

-Claro. Me paré y fue conmigo, hacia el sitio donde se almacenan.

-¿Y por qué hiciste un cómic? Le pregunté.

-Es que pensé: tengo una computadora, estoy leyendo unos cómics, tengo unas ideas y dije: voy a hacer el mío. ¿Qué te parece?

-¡Genial!

-¿Te gustaría verlo?

-¡No me gustaría, me encantaría! Sonreímos.

-Cuando lo termine, te llamo.

No aguanté. Subí a su cuarto. Lo vi en la computadora. Me sorprendió todo. Su emoción, la concentración y la habilidad para recortar imágenes que ilustraran su cómic de Batman y Robin. No lo distraje. Lo felicité, besé su cabeza perdida entre un sombrero negro, y salí sigiloso de su cuarto en penumbra. No he visto su historieta, todavía. Es la número 1, dice, así que pronto tendremos otras. Ojalá.

 

 

Niños diputados por un día

La idea de los cabildos o congresos integrados por niños un día me parece demagógica en extremo casi insoportable. Una suerte de mea culpa, de falsa corrección política, de inclusión fácil, de mercadotecnia política agotada.

Sucede cada año por estas fechas, ante la llegada del 30 de abril. En un síntoma de anemia mental, no hay nada nuevo cada año, a nadie se le ocurre imaginarse (y actuar) algo distinto, creíble, formativo, trascendente más allá de la nota efímera. No digo que no resulte (o pueda serlo) una experiencia inolvidable para los niños elegidos, pero no produce impacto alguno en la sociedad.

En el mundo se han ensayado ideas para atreverse a resonancias o apuestas mayores; por ejemplo, un cabildo infantil permanente, que sesione un día cada mes, una mañana o una tarde, integrado por representantes de las escuelas del municipio, con un encargado de coordinar, tomar notas, llevar seguimiento, ayudar en las gestiones. Ese cabildo llevaría a las sesiones el sentir de sus compañeros de los centros escolares, plantearía problemas, propondría soluciones, en suma, ejercería el derecho de los niños a opinar sobre los temas de interés colectivo.

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Fin de etapa

El viernes pasado estuve en Manzanillo, atendiendo, gustoso, la invitación del Instituto Superior de Educación Normal de Colima, ISENCO. Presenté Elogios de lo cotidiano a los estudiantes de licenciatura, mayoritariamente mujeres. Como siempre que estoy en la también llamada “Normal”, me siento cómodo, en casa. La explicación es fácil: las autoridades me tratan con respeto y afecto; sus maestros, atentos, cuestionan, comentan, dialogan. Cuando el público es estudiantil, como ahora en Manzanillo o antes en Tecomán, me alegran sus caras inquietas y advierto, entre los rasgos a veces infantiles, que allí están los futuros estupendos maestros y educadoras que Colima necesita. Cuando lo pienso, me siento cómplice y en viernes por la tarde saco energía del cansancio o del aturdimiento de la agenda laboral.

Con la visita a Manzanillo cierro el ciclo previsto de presentaciones de Elogios de lo cotidiano. En el calendario me queda una más, en mayo. No soy buen juez, ni me corresponde calificar, pero estoy contento con el libro y la acogida. Punto y aparte.

Otras páginas esperan revisión; muchas, anhelo escribir en los proyectos que me columpian vitalmente.

Respuesta a lector

Un lector escribió un extenso comentario hace algunos días y aunque quise responderle de inmediato, la seriedad de sus argumentos y el respeto que merecen, me llevaron a dilatar la contestación. El texto que lo motiva puede leerse en la entrada del día 19 de marzo. Les comparto mi respuesta.

Gracias por la lectura de la página escrita para mi Diario 2019 el 20 de marzo. Aclaro: no es un artículo, es apenas un comentario al vuelo que confiesa dudas y parcialidad. Agradezco, sobre todo, la prolija exposición que respeto aunque no comparta en algunos casos, y en otro rechace, como la acusación de “perversidad”, que me parece, digamos, excesiva, para ahorrarme un adjetivo malsonante y pasar del intercambio de ideas al lanzamiento desenfrenado de epítetos.

Responderé a aquello donde asumo responsabilidad, y me abstengo frente a las interpretaciones muy libres sobre el contenido original.

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