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Excesos de patriotismo

Festejar la muerte de varias decenas de personas en la tremenda tragedia de Hidalgo es un exceso de patriotismo. Así pienso luego de leer comentarios despiadados en redes sociales. Ni vale la pena recordarlos; algunos son asquerosos.

La muerte de todos ellos, en las circunstancias en que ocurriera, merecen algún respeto por la sola condición humana, que no pierden los peores criminales, los genocidas, los traficantes de personas, quienes envenenan a los jóvenes o explotan naciones con las armas de la bolsa de valores, una pluma o decisiones autoritarias.

Estoy en contra del robo de los bienes públicos por parte de altos funcionarios o ciudadanos; de cualquiera. Adhiero a su combate, aunque difiera de formas. Lo ocurrido en Hidalgo debe ser aclarado con transparencia absoluta. La justicia debe sentenciarse en tribunales, no en tribunas periodísticas, menos en redes sociales.

Me apenan los hechos, el número de muertos que sigue aumentando, pero más me entristece e indigna la calaña de algunos que se enrolan en las filas de los salvadores y desde la comodidad cobarde de las redes disparan sin pudor. Ellos no mataron a los niños y adultos en Tlahuelilpan, pero aniquilan, cada uno con su aporte modesto y cínico, la posibilidad de una convivencia civilizada y democrática, de por sí precaria en los gobiernes anteriores.

Confesiones

Cuando tengo suerte, como hoy, comienzo los preparativos de mi artículo periodístico desde el viernes al terminar la jornada laboral. El artículo lo envío el domingo, pero por la mañana de ese día debe estar listo para las dos o tres revisiones que acostumbro. Los temas a veces no se deciden por distintas razones: exceso de la rutina laboral, ausencia de asuntos públicos interesantes, bloqueo personal… En estas semanas abundan, y la duda se invierte: ¿de qué escribo, con tantos motivos en la mesa?

Una muestra de la diversidad del menú que aguarda en estos días: el paro de los maestros de la Sección 39 del SNTE en Colima, la campaña que lanzó ayer el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, la situación del atraso en los pagos de la Universidad, los anuncios del nuevo gobierno federal sobre la cuarta transformación en el campo educativo, la demanda de los maestros de inglés para atender su situación precaria…

En otro orden, más personal, tengo varios asuntos: el inicio del siguiente semestre escolar en la Universidad y mi retorno a la docencia, la investigación que desarrollo en escuelas de Colima, la presentación de mi nuevo libro, en fin. El menú es amplio. Y mejor que no tenerlo.

Elegí ya. Hablaré de la condición de los maestros de Colima a partir de la declaración de que en Colima no puede haber maestros de primera y de segunda. Estoy absolutamente de acuerdo. No debe haber maestros de segunda y de primera; todos han de ser de primera, pagárseles como tal y exigírselas así. No comparto ahora lo que escribiré, ya lo haré el domingo por la noche.

Como la escuela es tema permanente, las sombras no me abandonan. Una exalumna y hoy colega me cuenta las desgracias que vive una escuela en Cofradía de Ostula, Michoacán. Según las notas periodísticas, un grupo de padres de familia fueron encadenados (ya libres) por tratar de evitar el cierre de la primaria bilingüe Benito Juárez. Las ordenes fueron, presuntamente, de la autoridad comunal de Santa María de Ostula; los ejecutores, policías comunitarios. ¿Habrá algo más que agregar a estas atrocidades?

Emociones encontradas

Comencé la semana con emociones encontradas. Me duele la condición de salud de un querido amigo, Pedro Vives. Apenas el martes pasado habíamos visto una luz en su recuperación después de un problema serio, y vivido una noche estupenda, animados en la conversación y escuchando viejos tangos. Anoche lo vi de nuevo, sonriente con esfuerzo, con la templanza de siempre, pero lo prefiero sentado a la mesa, en su silla de la cabecera, con su humor de siempre y no acostado en la cama.

En las antípodas. Ayer fue un día especial en el periplo profesional. Empecé un proyecto de investigación y escritura que me llevará un par de años. Y pocas veces puedo afirmar, como hoy, que escribí las primeras páginas del libro que más me desafía en estos años.

Hoy pasé una tarde extraordinaria en el taller de un admirado artista y amigo, Mario Rendón, quien me invitó a visitarlo. Recorrimos su taller, me contó la historia de casi todas sus piezas y entre la casa, los distintos espacios, las obras de arte y la conversación siempre generosa del maestro, se me fueron las luces del día y se encendieron los privilegios de disfrutar amistades extraordinarias.

 

Chavela, Joaquín, Mariana Belén y yo

La distancia entre el repertorio musical predilecto de mi hija y el mío se ensancha sin cesar. Es natural y no pretendería cambiarlo. Ella tiene 13 años y sus gustos son tan variados que ni queriendo podría alcanzarla y, para ser sincero, no me gustan algunos de sus afectos, aunque se mantiene en notas aceptables. Con frecuencia, cuando subimos al auto, enciende el radio y casi sin errar identifica canciones y voces. Me deja perplejo. Mientras yo juraría nunca haber escuchado alguna canción, ella la tararea o la canta sin rubor. A veces, para tender un puentecito entre su pentagrama y el mío le preguntó con falsa seguridad: ¿esa es Camila Cabello, cierto? ¿Ésta sí es Selena Gómez? ¿Quién canta, Ariana Grande? No, papá; es la respuesta más común, luego me corrige y en tono didáctico explica diferencias. Camino a la escuela o de regreso, a veces sigue en la música y su hermano conversa conmigo o se suma al coro. Me temo que con Juan Carlitos correré la misma suerte, pero prematuramente.

Anoche la recogí de una fiesta en casa de una de sus amigas. Eran las diez, yo estaba cansado y atribulado con las cosas de adultos. Subí al Corolla, conecté mi iPhone y elegí el concierto más reciente de Joaquín Sabina. Manejé sin prisa, con el viento en la cara, refrescando el humor. La llamé y salió sin dilación de la fiesta; cuando arrancamos seguía escuchando a Sabina en tono audible para conversar. Pon esa canción de nuevo, pidió. Su petición me sorprendió. La regresé con más volumen. Enfilamos a casa y en el camino empezó a cantarla: “quién supiera reír, como llora Chabela…”.

Esa canción me gusta, dijo mirándome con el semáforo en rojo. Ella feliz, como siempre con la música, yo seguí manejando, observando el arroyo vehicular en la noche de antros y sorteando los fantasmas interiores, aunque sonriendo por la complicidad musical de la noche.

Evaluación docente: sí o no. Los maestros de Colima

La reforma educativa de Enrique Peña Nieto fue reducida a la evaluación docente, y más puntualmente, a la evaluación para la permanencia. No fue accidental. La creación del Servicio Profesional Docente atentaba contra intereses y prácticas rancias, contra redes de complicidad noqueadas con el encarcelamiento de la poderosa jefa vitalicia del Sindicato. La intención era aceptable, las formas de implementación fracasaron. La condena gubernamental juzgó, sin derecho a defensa, que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) era el culpable y por eso, explicó el secretario de Educación, se le pretende eliminar. La historia es compleja y no se puede contar en 800 palabras.

La puesta en marcha de la evaluación docente fue desafortunada y dejó secuelas. Se suavizaron las formas, pero prevalecieron inconformidades. Las críticas expertas y las resistencias magisteriales, acentuadas en algunas entidades, anidaron cuestionamientos severos que nunca desaparecieron y fueron aprovechados en la campaña presidencial. El nuevo gobierno propone exterminar con la varita mágica de los 30 millones de votos y el control del Congreso de la Unión el sistema para evaluar docentes. Su alternativa todavía no se esboza: solo se anuncia una evaluación ligada a la formación. La intención por sí sola no basta, por su nivel de vaguedad. Veremos qué propone.

Entre los consensos en los expertos aprecio uno: que el ingreso a la carrera magisterial sea por concurso. Es decir, que desapareciendo el entramado creado con la reforma educativa, persista el examen de ingreso en una versión revisada y probablemente mejorada.

Una de las funciones que desempeñó el INEE en los procesos de evaluación de maestros fue la supervisión en algunas de las sedes de todas las entidades, así como la aplicación de una encuesta de satisfacción anónima y voluntaria. Explora aspectos como la convocatoria y el registro, la atención de las autoridades, la aclaración de dudas, la utilidad de las guías de estudio, la relación entre las guías y los exámenes, los contenidos del examen (claridad de preguntas, aspectos, extensión contextualización), las condiciones de las sedes, el funcionamiento de los equipos y el apoyo de los aplicadores.

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