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No

No sé dónde, ni en qué momento de la personal historia inició esta relación, pero tengo un profundo respeto por las palabras. Confieso, sin embargo, que unas palabras me gustan más que otras. La lista de dichas palabras podría ser larga, quizá interminable, y no quiero hacerla. No hay tiempo ni lectores que lo aguanten. Prefiero una segunda confesión, más breve: no, es una de mis palabras favoritas, así de chiquita como se lee, escucha y escribe, pero tan poderosa como para marcar la diferencia entre una persona y un animal, condenado a repetir sus actos. La palabra no me gusta, porque me gusta decir no, por ejemplo, a la intolerancia, a la estupidez, al cinismo, a la corrupción, a la mentira, a la flojera, a la indolencia, a la violencia, a la soberbia, a la prepotencia, al autoritarismo, a la abyección, a la unanimidad, a la sumisión. De otra forma expresado, me gusta decir no a los intolerantes que dictan la verdad desde la cumbre de un puesto, a los estúpidos por opción, a los cínicos corruptos, a los mentirosos profesionales, a los flojos e indolentes, a los violentos y asesinos, a los soberbios, a los prepotentes y autoritarios, a los abyectos y lacayos, a los sumisos que se tragan su dignidad. Me gusta constatar que tengo derecho a decir no, pero sobre todo, me gusta ejercerlo.

El valor del bachillerato

La semana anterior tuve oportunidad de asistir a algunas de las ceremonias en que se entregaron certificados a unos cuatro mil egresados de bachilleratos de la Universidad de Colima. El simbólico y relevante hecho es propicio para la reflexión sobre el significado de la educación media superior en un país inequitativo, con enormes segmentos sociales excluidos y en distintos grados de pobreza.

Sin pretensiones de exhaustividad, conviene recordar algunas cifras del Sistema Educativo Nacional: en el más pasado ciclo escolar se registró una inscripción de poco más de 34 millones de estudiantes en todos sus tipos y niveles. Una cantidad enorme, más grande que la población de muchos países latinoamericanos, por ejemplo. Sin embargo, también existen 32 millones de mexicanos mayores de 15 años que se encuentran en condición de rezago, sin haber sido beneficiados con el derecho constitucional (y humano) a la educación básica; de esos 32 millones, poco más de 5 millones, según cifras oficiales, en la penosa situación de analfabetismo.

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Vigorizando la academia

La semana anterior, en la sede de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, la Universidad de Colima celebró las “Segundas Jornadas Académicas. Evaluar para mejorar”, un espacio de reflexión y discusión sobre temas torales y de alta sensibilidad en el quehacer académico, particularmente en la docencia y los maestros.

Convocados por la Secretaría Académica, la Dirección General de Desarrollo del Personal Académico y ocho facultades (Filosofía, Economía, Ciencias de la Educación, Ciencias Políticas y Sociales, Telemática, Pedagogía, Psicología y Letras y Comunicación) asistieron 250 profesores de educación media superior y superior a dos intensas jornadas en las que prevaleció la libre discusión.

Las Jornadas, con otro formato y temática, tienen como antecedente un magno evento académico realizado en 2010, con reconocidos expertos españoles y mexicanos.  A partir de aquella experiencia se probaron distintos cambios que van consolidando en el calendario del verano universitario un encuentro entre los propios profesores y con invitados de primera línea, que alientan el intercambio.

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Gracias por este primer año!

Como se cumplen años una vez cada 365 días, no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir a propósito del primer aniversario de que lanzamos la página web que recoge mis colaboraciones periódicas, algunas de las recientes publicaciones y los apuntes de este Cuaderno.

Ni la gente que me apoya con la administración del sitio, ni yo, habíamos reparado en el hecho. Un poquito tarde, pero aquí estoy para contarlo y, por genuino sentimiento de gratitud, decirles que estar aquí durante estos meses, días y “entradas” me resulta valioso solo por la posibilidad del encuentro con sus comentarios. Porque es verdad que se escribe por distintos motivos: como oficio, como una pasión, como pasatiempo… Pero no es ninguno de esos el que me alienta. Por eso, que me lean e incluso lo comenten en la propia página o en redes sociales le da sentido a esta bendita posibilidad.

Entre los visitantes que me dispensan su tiempo (entre menos lectores, más los aprecio), destaco a un grupo de estudiantes de la Facultad de Telemática (Universidad de Colima), que durante los dos semestres escolares, en la materia de un estimado profesor, Arthur Edwards (¡gracias colega!), tienen como tarea leer mis colaboraciones y escribir sus opiniones en inglés (por ser la materia). Inicialmente me empeñé en leer y responder a cada uno de sus comentarios, pero la abrumadora cantidad me hizo desistir de la sana pero imposible intención de cumplir el cometido. Hoy les agradezco sus opiniones (a veces solidarias, a veces indignadas, siempre curiosas) sobre temas que no son los más comunes para ellos, a juzgar por lo que me dicen. Son ellos, ustedes, todos, estimulante razón para la persistencia en afanes.

Gracias a cada una, a cada uno de quienes han visitado este sitio inspirado en la esperanza del poder transformador de la educación y en la inestimable valía de quienes se dedican a la tarea educadora.

¡Hasta pronto, hasta siempre, hasta cuando queráis!

 

Una nueva generación de políticas para la educación superior

Durante la campaña electoral pasada escuchamos de todos los actores políticos, en mayor o menor medida, declaraciones en torno a la relevancia de la educación. Sobre el ámbito de la educación superior, en específico, se insistió en su importancia para la transformación económica y política del país con adjetivos desmesurados respecto a las propuestas. No es novedad: prevalecen discursos demagógicos, semivacíos y propuestas poco originales; por ello, poco se podría rescatar de las miles de proclamas vertidas.

Para el caso de la educación superior la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, Anuies, como en las dos elecciones presidenciales previas, preparó un documento que entregó a los candidatos, obteniendo de ellos aquiescencia y compromisos de apoyo, durante las reuniones celebradas en la sede del organismo. Se llama “Inclusión con responsabilidad social. Una nueva generación de políticas de educación superior”. Contiene cinco pequeños apartados: “Avances y limitaciones en las políticas de educación superior”, “La inclusión social como principio rector de las políticas de educación superior”, “Ejes estratégicos y propuestas”, “Acciones prioritarias” y “Corolario”.

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