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Presupuesto para las universidades

El fin de semana un grupo de rectores encabezados por la Asociación Nacional de Universidades (Anuies), acudieron a la Cámara de Diputados para entregar sus estados financieros y solicitar una ampliación de la partida presupuestal destinada a educación superior. Es parte de las estrategias para exigir mayores recursos. Se trata de una práctica que empieza a añejarse; las instituciones educativas deben negociar con los diputados para pedir lo que todos, o casi todos, aceptan que es vital para una nación: preparar a sus jóvenes.

Como se sabe, la iniciativa del Ejecutivo no contempla incrementos para atender problemas y áreas prioritarias de la enseñanza superior pública. El hecho no es novedoso: en la última década ha sido insana costumbre, aunque este año, con ojos optimistas, el panorama pintaba de otro color.

Había, hay múltiples razones para apostarle a la educación, por ejemplo, siete millones 300 mil jóvenes sin empleo y sin escuela, la urgencia de elevar la cobertura en licenciatura y la reforma que hace obligatorio el bachillerato. Pero sin recursos, casi todo es demagogia.

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La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

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Un nuevo proyecto de civilización

En los días del huracán que asoló Colima estaba leyendo, por casualidad y compromisos, tres textos sobre problemáticas contemporáneas, con el común denominador del deterioro de nuestro planeta. Las reflexiones al respecto me resultan imperiosas, por la urgencia del tema y las ideas recogidas.

En uno de los libros a que aludo, “El año I de la era ecológica”, Edgar Morin afirma que en el mundo necesitamos un nuevo proyecto de civilización, capaz de establecer distintas formas de relación entre los seres humanos, los pueblos y entre ambos con la naturaleza. Los ejemplos de la destrucción planetaria son abundantes y la dilación en la respuesta pone en juego la propia sobrevivencia. No se necesita demasiada agudeza para entender estos pasajes de Morin: “la naturaleza vencida supone la autodestrucción del hombre”.

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Después de la tempestad…

“La naturaleza vencida supone la autodestrucción del hombre”, afirma Edgar Morin en las primeras páginas de su libro “El año I de la era ecológica”.

El filósofo francés, uno de los más influyentes y heterodoxos del mundo contemporáneo, en tan solo en ocho palabras nos recuerda la maravilla y la fragilidad humanas, que la naturaleza no es nuestra, que no es infinita y somos miembros de un sistema vital, cuyo daño en una de sus partes, más tarde o más temprano, ha de revertirse contra nosotros.

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Consensos peligrosos

“Manifiesto de economistas aterrados” es un estupendo libro escrito en 2010 por cuatro prestigiados economistas: Philippe Askenazy, Thomas Coutrot, André Orléan y Henri Sterdyniak. Desde las primeras líneas el opúsculo enfoca el centro de su crítica: “La crisis económica y financiera que ha sacudido al mundo en 2007 y 2008 no parece que haya debilitado el dominio de los esquemas de pensamiento que orientan las políticas económicas desde hace treinta años. No se han puesto de ninguna manera en cuestión los fundamentos del poder de las finanzas.” A su juicio, dicha persistencia ahondará la crisis europea, y es alentada por un consenso dominante entre “expertos”, dicen, que sólo justifica “la actual sumisión de las políticas económicas a las exigencias de los mercados financieros.”

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