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Privatización y mercantilización de la educación

En el debate por la educación superior mexicana uno de los temas más candentes es la oposición educación pública versus educación privada. Factores internos al sistema educativo, más un entorno de neoliberalización de la vida pública, económica y política son determinantes en los rasgos que observa dicha discusión. Las coordenadas principales se ubican con facilidad: crecimiento demográfico y mayor demanda por acceso a la educación terciaria, contención del presupuesto para la educación pública e incremento de la oferta no regulada de las instituciones de educación superior con fondos particulares, motivaron que en las últimas décadas el incremento del porcentaje de la matrícula privada sea superior al 30%.

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¿Quiénes son los rechazados?

Dos reporteras del periódico mexicano “El Universal” la semana pasada mostraron en toda su crudeza uno de los renglones torcidos que más debieran ocupar a quienes gobiernan y a quienes dirigen la SEP.

Después de una revisión de los resultados de los procesos de admisión en 31 universidades públicas mexicanas, contabilizaron 521 mil jóvenes que no tendrán un espacio en las aulas para el ciclo escolar naciente.

La cifra expresa distintos fenómenos, entre ellos, la presión social derivada del valor de un título universitario y la incapacidad histórica del Estado para crear las oportunidades de ingresar y culminar una carrera profesional en buenas instituciones.

Solo una reforma estructural, con decisiones que no suelen tomarse para favorecer a las mayorías, hará posible empezar a resolver un problema que preocupa unas semanas al año y después se archiva, lejos de las prioridades.

El problema, para mí, no es financiero sino de decisión política.  No es un asunto técnico, sino ético. Si un joven decide no estudiar es respetable, pero no hacerlo debe ser opcional, y no producto del cierre de puertas.

El tema de los rechazados es delicado. La historia personal de cada uno puede ser el pasaporte a la exclusión, o un acicate para reintentarlo hasta lograr el cometido. Pero también es la historia colectiva del rechazo a políticas que no privilegiaron la enseñanza superior pública, ni el derecho constitucional y humano a la educación.

La de los mal llamados rechazados es la historia de la deuda con miles, millones de jóvenes mexicanos.

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No

No sé dónde, ni en qué momento de la personal historia inició esta relación, pero tengo un profundo respeto por las palabras. Confieso, sin embargo, que unas palabras me gustan más que otras. La lista de dichas palabras podría ser larga, quizá interminable, y no quiero hacerla. No hay tiempo ni lectores que lo aguanten. Prefiero una segunda confesión, más breve: no, es una de mis palabras favoritas, así de chiquita como se lee, escucha y escribe, pero tan poderosa como para marcar la diferencia entre una persona y un animal, condenado a repetir sus actos. La palabra no me gusta, porque me gusta decir no, por ejemplo, a la intolerancia, a la estupidez, al cinismo, a la corrupción, a la mentira, a la flojera, a la indolencia, a la violencia, a la soberbia, a la prepotencia, al autoritarismo, a la abyección, a la unanimidad, a la sumisión. De otra forma expresado, me gusta decir no a los intolerantes que dictan la verdad desde la cumbre de un puesto, a los estúpidos por opción, a los cínicos corruptos, a los mentirosos profesionales, a los flojos e indolentes, a los violentos y asesinos, a los soberbios, a los prepotentes y autoritarios, a los abyectos y lacayos, a los sumisos que se tragan su dignidad. Me gusta constatar que tengo derecho a decir no, pero sobre todo, me gusta ejercerlo.

El valor del bachillerato

La semana anterior tuve oportunidad de asistir a algunas de las ceremonias en que se entregaron certificados a unos cuatro mil egresados de bachilleratos de la Universidad de Colima. El simbólico y relevante hecho es propicio para la reflexión sobre el significado de la educación media superior en un país inequitativo, con enormes segmentos sociales excluidos y en distintos grados de pobreza.

Sin pretensiones de exhaustividad, conviene recordar algunas cifras del Sistema Educativo Nacional: en el más pasado ciclo escolar se registró una inscripción de poco más de 34 millones de estudiantes en todos sus tipos y niveles. Una cantidad enorme, más grande que la población de muchos países latinoamericanos, por ejemplo. Sin embargo, también existen 32 millones de mexicanos mayores de 15 años que se encuentran en condición de rezago, sin haber sido beneficiados con el derecho constitucional (y humano) a la educación básica; de esos 32 millones, poco más de 5 millones, según cifras oficiales, en la penosa situación de analfabetismo.

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Vigorizando la academia

La semana anterior, en la sede de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, la Universidad de Colima celebró las “Segundas Jornadas Académicas. Evaluar para mejorar”, un espacio de reflexión y discusión sobre temas torales y de alta sensibilidad en el quehacer académico, particularmente en la docencia y los maestros.

Convocados por la Secretaría Académica, la Dirección General de Desarrollo del Personal Académico y ocho facultades (Filosofía, Economía, Ciencias de la Educación, Ciencias Políticas y Sociales, Telemática, Pedagogía, Psicología y Letras y Comunicación) asistieron 250 profesores de educación media superior y superior a dos intensas jornadas en las que prevaleció la libre discusión.

Las Jornadas, con otro formato y temática, tienen como antecedente un magno evento académico realizado en 2010, con reconocidos expertos españoles y mexicanos.  A partir de aquella experiencia se probaron distintos cambios que van consolidando en el calendario del verano universitario un encuentro entre los propios profesores y con invitados de primera línea, que alientan el intercambio.

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