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La educación prohibida

 Les invito al cine. La película se llama “La educación prohibida” y puede verse en el canal de videos Youtube. No tiene costo y, aunque dura más que un partido de futbol, es una buena inversión. No es una película como las que se ven en el cine o en la tele, con una historia de amor entre hombres y mujeres, o de muertes por montones; tampoco de aventuras, suspenso o terror, menos de héroes fantásticos.

Hay un poco de todo ello: la profesión de educar es un oficio que reclama pasión, y los educadores, como dice Fernando Savater, deben ser optimistas, creer que su tarea tendrá un efecto positivo sobre otras personas. Educar también es una aventura que, así asumida, es fascinante y desafiante. No es un oficio de héroes, pero trata de evitar el horror de la mala educación que se convierte en mutilación de la curiosidad.

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Ejercicios necesarios en la Universidad

Dos semanas atrás la Universidad de Colima convocó a la realización de un foro para analizar su proceso de internacionalización, a partir de dos temas: la movilidad y la calidad. Participé en la organización y escuché los debates en dos de las mesas de trabajo, una con estudiantes y profesores; la otra, con profesores. Posteriormente, al cierre del foro, escuché las relatorías y pude tener una visión general; por eso decidí comentar aquí algunas ideas en torno al hecho y los temas.

En principio, la convocatoria tuvo una respuesta satisfactoria, por el número y calidad de los participantes, así como por la cantidad y nivel de las ponencias presentadas en las cuatro mesas de trabajo. Entre los estudiantes y profesores percibí una valoración positiva de los avances de la Universidad en el tema de la movilidad, no exenta de cuestionamientos válidos y pertinentes. Aunque persiste la pregunta por el sentido de movilizarse, las ventajas expresadas son insoslayables.

Queda claro, sin embargo, que el proceso de internacionalización de la Universidad, inevitable hoy para las universidades del mundo en desarrollo, no se puede reducir solo a la movilidad semestral de estudiantes y a estancias cortas o viajes académicos de los profesores. Está fuera de discusión que en el proceso debe involucrarse la institución en su conjunto. También está claro que no se puede internacionalizar una universidad sin una base de calidad adecuada, y que para hacerlo se requiere, primero, respuestas efectivas y pertinentes al entorno local.

Escuchar en la mesa de profesores las ponencias y los intercambios fue interesante, enriquecedor e ilustrativo de cuánto hemos avanzado, probablemente sin darnos cuenta. En ejercicios de tal naturaleza, de discusión e intercambio entre profesores universitarios, cabe esperar todo, menos elogios vanos, sí, en cambio, señalamientos críticos de lo que no funciona adecuadamente, y aunque no es lo más común, compromisos compartidos entre los profesores y de ellos con la institución.

De todo eso hubo un poco en el foro que comento, pero la parte que me resultó más sugerente, para analizar y asumir tareas inmediatas, fue el resumen con las opiniones vertidas en las mesas con estudiantes de otras instituciones y países que toman cursos en Colima. Ellos, desde otra experiencia y otros referentes, son un valioso espejo para mirar nuestras imperfecciones. De ese grupo me llevo, esta vez, la gran lección de los pendientes que tiene la Universidad de Colima de cara a un mundo de competencias donde la mediocridad y la irresponsabilidad deparan un lugar solo al lado del camino. Allí está el gran reto para los siguientes años.

 

Los exámenes no son la solución

Invitado por el programa “No la chifles que es cantada”, de la estación radiofónica de la Universidad de Colima, regresé a dos de los temas que más me interesan y ocupan. Se trata de dos cuestiones altamente sensibles en la sociedad y sobre los cuales me parece que subsisten preocupantes confusiones, confirmadas en notas periodísticas y análisis superficiales. Por eso me pareció afortunada la elección de los temas por parte de las conductoras, encabezadas por Ana Luz Quintanilla. Me refiero a la escuela pública mexicana y la calidad de la educación.

Del primero no me cansaré de repetir, hasta que las evidencias me abrumen en sentido contrario, que a pesar de todo la escuela pública en México sí educa. Es verdad y nadie puede defenderla a ciegas: está plagada de defectos, de males alentados por políticas erróneas, de vicios que crearon el sindicalismo y la propia práctica docente; es verdad que no es la escuela que quisiéramos, pero tampoco será posible que cerremos todas las escuelas, contratemos otro millón de maestros e importemos alumnos de Finlandia o Corea del Sur. Esta es nuestra escuela, y con sus peculiaridades y mil problemas, tenemos que reconstruirla, con un proyecto distinto, que es urgente y posible. Falta la determinación política de los principales actores, el gobierno y el sindicato, pero la sociedad civil podría ser un acicate preciso.

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El rezago educativo en Colima

El 8 de septiembre, al conmemorar el Día Internacional de la Alfabetización, el Instituto Estatal de Educación para Adultos informó que en Colima existen 23 mil 865 personas analfabetas y 61 mil con primaria incompleta. En  total, el organismo estima que 179 mil colimenses mayores de 15 años sufren rezago educativo, el 38.35 por ciento de la población.

En marzo pasado, el director del Instituto había declarado que 94 mil colimenses tienen secundaria incompleta. Las estadísticas no son edificantes. A pesar de las condiciones del Estado, el rezago escolar de Colima es ligeramente mejor al nacional.

La dimensión del rezago en México es digna de análisis frente a la aprobación del decreto que establece la obligatoriedad del bachillerato. Para alcanzar su universalización habría que considerar a los millones de ciudadanos que no terminaron la secundaria, esos 94 mil en Colima. Es un esfuerzo descomunal, cierto, pues si se lograra que el diez por ciento terminara secundaria y luego fuera al bachillerato, necesitaríamos solo en nuestro estado una infraestructura semejante a la que hoy tiene la Universidad de Colima con sus 32 bachilleratos.

Si esa es la magnitud del reto, hay preguntas inquietantes: ¿conviene escolarizar a los millones de rezagados en este país? ¿Hay voluntad –y recursos, por tanto- para esa tarea?

Pero cuidado, el analfabetismo no es un problema lingüístico, pedagógico o metodológico. El analfabetismo es una cuestión política. Y, como afirmara Paulo Freire, constituye una manifestación de sociedades injustas; en otras palabras, debemos terminar con el, por supuesto, pero sobre todo debemos terminar con la injusticia que impide que todas y todos puedan leer y escribir.

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Alfabetización: ¿qué festejamos, qué lamentamos?

El 8 de septiembre es el Día Internacional de la Alfabetización. Para la ocasión los medios exhiben las cifras, los expertos opinan y algunas autoridades justifican o cuestionan los datos. He seguido puntualmente las noticias en los últimos años y este no fue distinto. Un breve repaso a continuación.

En un comunicado reproducido por La Jornada (07.09.12), Hugo Casanova, investigador del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM, afirmó que ahora hay más analfabetos que hace diez años. Sus números contradicen los oficiales: “Las variaciones son mínimas pero preocupantes; por ejemplo, en 2000-2005 teníamos cinco millones 742 mil, y cinco millones 747 mil, respectivamente. En 2010, sumaban cinco millones 948 mil”.

Otras de sus cifras mueven a la reflexión e infieren hipótesis sobre el fin del problema: en 1895, asegura, los analfabetos eran ocho millones y medio; en 1900, siete millones y medio y los mencionados casi seis millones en 2010. En el siglo XIX aquella cifra representaba el 80 por ciento de la población y ahora entre 7.6 y 6.2 por ciento, según la fuente. Hay avances, por supuesto, pues en el 2000 había 56 millones de alfabetizados y ahora son 72 millones.

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