Novedades

Discursos y realidades

Hay dos maneras de aumentar la población estudiantil. Una, la común, es la que todos suelen pensar –los que piensan en ello, por supuesto-: que más estudiantes de nuevo ingreso se incorporen a los sistemas, niveles o instituciones educativas. En el caso de México, como en otros países, es imperativo hacerlo, promoviendo opciones y más instituciones educativas, pero también con becas y otros apoyos. Hacerlo es un acto de justicia social, especialmente porque el acceso a la escuela, sobre todo a la media superior y superior, está condicionado por el estatus socioeconómico de la familia. Las estadísticas y elaboraciones sociológicas son reveladoras.

Siendo indispensable que se incremente la matrícula con la llegada de nuevos estudiantes, y que se profundice dicha vía, hay una segunda, descuidada y más complicada: que quienes ingresen no salgan por expulsión o deserción tempranas, derivadas de distintas causas. Sobre esta estrategia hay pocas experiencias gratificantes, por lo menos en México. Ello ha dado pie a muchas estrategias que todavía han sido insuficientes, como los programas de becas o los de tutorías, probablemente porque no han ido a la causa sino a los síntomas.

No aumentar la matrícula por la vía de la retención de estudiantes, equivale a la pretensión de llenar un balde de agua sin reparar un agujero en el fondo del recipiente, que en mayor o menor medida evitará que se cumpla el propósito. No es el mejor símil, pero el hoyo ilustra, en un caso elemental, lo que en la escuela aparece como normal.

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Cada nuevo día

Entre tanto suicida y tanto loco, la naturaleza, sabia como nadie, también nos proveyó de buenos hombres y mujeres, de genios,  soñadores, rebeldes, de mujeres y hombres corrientes que hacen de la vida, a pesar de tanta desgracia, un sitio del cual uno no puede irse sino hasta cumplir el cometido. Inconforme con casi todo, me consuelo con poco, porque lo esencial se reduce a una cuantas cosas, salvadas las necesidades básicas. Por supuesto, no me refiere a las materiales: una gran mansión, al coche más lujoso y nuevo, al salario más alto, a la ropa de moda, al celular más sofisticado. Quiero referirme a otras, a aquellas pequeñas cosas que hacen de cada día una nueva oportunidad.  Aludo a los detalles, fugaces casi siempre que, sin el brillo del dinero, provocan el destello de las sonrisas y la genuina alegría de los corazones o los espíritus: las risas de un niño, de una niña, el aliento frente a la derrota, la mano para ayudar en la caída, un beso, un hombro donde reposa el cansancio, una mirada, una conversación íntima, la esperanza de un nuevo día para intentarlo otra vez. Por eso me gusta hacer un pequeño homenaje a cada día, porque algo deja, algo lo vuelve entrañable. Cada una, cada uno lo responderá a su modo. En mi caso, ahora les comparto el júbilo de saber que, sin esperarlo, apareció una nueva novela de José Saramago, antigua ya, en realidad; la segunda que habría escrito en su entonces moza vida. Claraboya, se llama. Llegará a México, a Colima, más temprano que tarde y, entonces, el escritor portugués volverá sobre sus pasos, o los míos sobre los de él, mejor dicho,  y sentiré que de nuevo lo leo mientras me mira, o que lo leo mientras le miro, con sus ojos vitales y su sonrisa complacida. Gracias, Don José, por este día.

Derecho a soñar

A veces encuentro pocas razones para reír. Hoy es uno de esos días. No es que esté especialmente pesimista. Tampoco me sucedió algo extraordinario. Si acaso, un leve golpe de realidad. Y es que los hechos no dejan de recordarme que el mundo sigue siendo un desmedido cúmulo de imperfecciones, casi todas inadmisibles, algunas vergonzosas. Cómo dejar de lado la epidemia de violencia y la sigilosa forma en que se va alojando en nuestra cabeza, vestida de indiferencia, otras veces de resignación, algunas más de temor. No creo que siendo un humano –bien o mal nacido, que jamás entendí la diferencia- se pueda ser inmune a los problemas del hambre y la miseria, que se enseñorea con más millones que nunca en nuestro país, con cientos de millones en el mundo, cuando, paradójicamente, el mundo produce más riqueza. No creo que se pueda ser indiferente a las gravísimas muestras de intolerancia entre los políticos y los partidos, actitud que conduce al conflicto, a veces a la violencia, siempre al menosprecio, al franco desprecio. No creo que podamos, que debamos ser insensibles ante las violaciones a los derechos humanos, cotidianas en casi todas partes. Las violaciones a todos los derechos son graves, sin duda, pero unas me resultan más dolorosas. Ser excluido de la escuela, no tener un bocado dos o tres veces al día, vivir en el desamparo laboral o sanitario son todas inaceptables. No sé si hay grados entre ellos, pero tiene razón Eduardo Galeano; hay un derecho que no figura en ninguna declaración: el derecho a soñar. Y es verdad, digo, porque sin ese derecho, sin la posibilidad efectiva de seguir soñando, entonces tiene poco sentido despertar cada día, quitarse el hambre o asistir a la escuela. Es el derecho a soñar uno de los rasgos que nos distinguen de los otros animales. Soñamos, entonces existimos. Restituyamos el derecho a soñar o, por lo menos, soñemos con el derecho a soñar para todas y todos.

Cerrando ciclos

El año pasado, la conjunción de voluntades (y responsabilidades) entre la Dirección General de Titulación y la Coordinación General de Docencia de la Universidad de Colima, impulsó un programa especial para que los egresados de la institución obtuvieran su título y cédula profesional, sin importar el año de egreso. El respaldo de las facultades, unas con mejor respuesta, permitió cumplir el objetivo. De los casi 2,200 titulados en 2011, 500 obtuvieron su título como parte del programa referido.

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La generosidad bancaria

Generosos como son los bancos mexicanos me ofrecen una ganga que no dudé un segundo en responder y unas horas en compartir en estas páginas.

Resulta que los señores del banco, Banamex, para ser precisos, me regalaron la oportunidad de un préstamo rápido y sencillo, gracias a mi eficiente manejo de la tarjeta de crédito. Me informan que ya tengo un crédito aprobado hasta por 157 mil pesos. Con emoción, casi lágrimas en los ojos, saqué mi vieja calculadora (algún lector, lectora desprevenido y muy joven dirá: eso qué es) e hice cuentas.

Los 157 mil pesos puedo pagarlos en mensualidades accesibles, dice la bonita publicidad. Solo 53 pesos por cada mil pesos, si pago en 24 meses; 39.76 pesos pagando en 36 meses, y apenas 33.16 en 48 meses, sin IVA, claro, ni la comisión por apertura y su IVA, claro, claro.

En otras palabras, dice mi calculadora (bueno, exactamente no dice nada), si cubro mi deuda en 24 meses tendré que pagar por 157 mil pesos (remember: sin IVA de intereses), solo 199,704  pesos. Si lo hago en 36 meses, entonces ya son 224 mil pesos, y en 48 meses la módica suma de 249,893 pesos. O sea, en cuatro años nada más les daré por la ganga 100 mil pesos.

¡Qué barato! dije (bueno, exactamente no fue eso, pero como en estas páginas no acostumbro usar palabras altisonantes). La publicidad ya está en el bote de basura, y mi esperanza intacta, en espera de nuevas ofertas de estos que piensan en mí.