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¿Crisis en las escuelas particulares?

Dos notas periodísticas leí esta tarde sobre el impacto de la pandemia en la matrícula de las escuelas privadas. Primero, de La Jornada, con base en las declaraciones de padres de familia y el presidente de la Asociación Nacional de Escuelas Privadas. La segunda, de El Financiero, recoge las opiniones de Miguel Székely, exsubsecretario de Educación Media Superior, y Yoloxóchitl Bustamente, quien también ocupó ese cargo y es actualmente secretaria de Educación de Guanajuato.

En ambas se informa el cierre de escuelas, disminución de matrículas, incapacidad de las familias de costear los pagos y nula accesibilidad de los dueños de los colegios para diseñar esquemas que eviten la desbandada.

Los exsubsecretarios alertan que la migración de alumnos de escuelas privadas a públicas es inevitable, e imposible de negar porque se trata de un derecho constitucional, pero que los sistemas educativos públicos no tienen espacios ni están preparándose.

Las conclusiones eran previsibles por el enorme impacto económico que está dejando la crisis derivada del coronavirus, aunque los gorjeos oficiales insistan en minimizarlo.

En Colima también hace aire. Por mensajes directos me consultaron varias personas y me enviaron mensajes que circulan por WhatsApp, con inconformidades de padres de familia que solicitan una actitud distinta a las autoridades de colegios. No tengo detalles ni ánimo de ventilarlos.

Después del tendal de muertos veremos muchos otros cadáveres, entre empresas y empleos, que no verán el otoño. Terrible será, además, la cantidad de alumnos de escuelas públicas (ocurrirá con los de privadas, supongo, pero en menor grado) que no volverán nunca más a las aulas.

La educación del presente y el futuro

La lección 19 del libro 21 lecciones para el siglo 21, de Yuval Noah Harari, está dedicada a la educación. Si he leído casi todo con sumo interés, me detuve con especial cuidado, pero no es el campo donde más profunda o creativa resulta la obra. De entre sus ideas, una se me quedó dando vueltas por la cabeza. Escribe: “Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar ‘las cuatro ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. De manera más amplia, tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida”.

No hay novedad tampoco en el énfasis de los “pedagogos expertos”, pero sí me pregunté: ¿cuánto de todo ello está incluido hoy en el proyecto educativo?, ¿cuánta pericia tenemos los profesores y maestras en promover esas cuatro “ces” en las escuelas?, ¿cuánto pondremos en práctica, nosotros mismos, a la hora de planear los próximos cursos en estos tiempos de pandemia?

Si hiciéramos un balance, supongo que todos (o casi) estaríamos de acuerdo en que esas “ces” compendian una parte de los saberes y prácticas deseables para el siglo 21, entonces, la pregunta sería: ¿cuánto estamos concretando ya en los salones de clase y cuánto podremos desarrollar a través de las pantallas? Preguntas, nada más.

Colima negro

Casi todos los días, en las últimas semanas, las noticias de la pandemia en Colima son terribles, pero a veces empeoran un poquito. Como hoy. Ayer se registró la más alta cantidad de personas muertas: 11. Y se suman 25 infectadas. La otra parte de la pinza maldita se cierra. La secretaria de Salud repite lo que ella y el gobernador vienen diciendo hace rato: que la capacidad hospitalaria puede colapsarse, como lo hizo en algunos momentos del fin de semana. Hoy de nuevo es nota principal, pero parece que la reiteración causa poco impacto, por indiferencia y desgaste de la credibilidad gubernamental ante un mensaje soso en las formas.

El futuro inmediato es sombríamente funesto para los colimenses. Los muertos por COVID-19 ya tienen nombres y apellidos, ya no son lejanos. Cuando sucede, la muerte adquiere una dimensión diferente, dolorosa en la piel.

Los rostros de los conocidos y las familias destrozadas tendrían que ser un mensaje contundente: o paramos la indolencia ciudadana o en una semana los muertos sumarán cada día dos dígitos.

Hay que decirlo con sus letras: sería terriblemente injusto que alguien, cuidándose cinco meses, no tenga una cama en el hospital porque otros siempre llegaron primero al concurso de los hijos de puta.

Vuelta al trabajo

La pandemia en Colima sigue incrementando la contabilidad de infectados y fallecidos. Aunque la primera prioridad es la vida, la salud de todos, en las calles se cruzan el analfabetismo ciudadano y la ineficacia gubernamental.

Ayer se terminaron las vacaciones para la comunidad académica de la Universidad de Colima. Volvimos a las tareas del quehacer universitario. La gran mayoría lo haremos desde casa. Las aulas, las oficinas y nuestros cubículos seguirán vacíos. La justificación es evidente.

Los profesores e investigadores ya comenzamos, como las autoridades. Pronto empezaremos el trabajo colegiado para el semestre siguiente.

Aunque la Universidad fue pionera en varias materias tecnológicas, en México y la región, no logramos incrustarla en los planes de estudio o en las prácticas de enseñanza. No de manera suficiente.

Hoy el desafío es enorme. Como para todas las universidades. En muy poco tiempo tendremos que migrar a modalidades distintas, que ya ensayamos entre abril y junio, con buenos y no tan buenos resultados.

Esa experiencia es valiosa. Debemos aprender de ella, valorar aciertos, errores y reconocer las difíciles condiciones de muchos de los estudiantes. Sobre esa base será posible atisbar caminos para orientar los procesos formativos por venir.Tres retos, por lo menos, aprecio en el horizonte de la Universidad: primero, lograr que los estudiantes sigan en las escuelas, que nadie se quede fuera, porque si el abandono escolar es cruel, ahora podría ser implacable y con efectos irreversibles. La historia nos marca. Por cada cien niños que ingresan a la escuela primaria, sólo 24 egresan de las universidades. Tenemos que parar esa sangría, y la pandemia es pólvora para esos fuegos.

En segundo lugar, debemos construir proyectos pedagógicos adecuados a cada circunstancia, que recuperen los contenidos y objetivos más valiosos de los planes de estudio, evitando las tentaciones baratas y trazando itinerarios metodológicos factibles.

Por último, que seamos capaces de diseñar esquemas de comunicación efectivos, entre estudiantes y profesores, profesores y directivos. Comunicación y acompañamiento emocional son más indispensables que nunca.

El imperativo es claro: en momentos de perplejidad es de las universidades de donde cabe esperar algunas luces que iluminen el paisaje.

Es de las universidades de donde tenemos que esperar mejores resultados en un contexto como el que enfrentamos, porque en ellas, se congregan muchos de los hombres y mujeres con las más altas formaciones escolares, por tanto, quienes mayor compromiso social tienen con los otros.

Vuelta al trabajo con Paulo Freire

En la vuelta al trabajo universitario, entre otras actividades, dediqué un par de horas a la lectura del libro Paulo Freire. Crónica de sus años en Chile, escrito y preparado por Marcela Gajardo, chilena y amiga del más grande educador latinoamericano.

En sus primeras 30 páginas he disfrutado, con una escritura ágil, las vivencias y pasajes de las cartas de Paulo Freire, con las ventajas que incorpora el libro digital, como ligas que conducen del cuerpo a los anexos, con imágenes de textos manuscritos por la mano del extraordinario profesor brasilero.

La dimensión más profundamente humana del personaje no nos es ajena, porque así concibió y practicó su pedagogía, pero descubre ángulos del trabajo intelectual y político en los años en que escribió los dos libros que lo catapultaron del nordeste pobre de Brasil a lo más alto de la pedagogía mundial.

Un texto delicioso y personalísimo. Una buena manera de volver a la Universidad.