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Dibujitos y letras con Juan Carlos

En una señal inequívoca de su crecimiento y autonomía cada vez desconozco más los gustos de Juan Carlos. Lo confieso con asombro genuino.

Cuando son pequeños los hijos uno puede conocer con cierta facilidad por qué le gustan tales o cuales personajes, aquellas canciones o películas, pero luego, cuando van creciendo y adquiriendo habilidades insospechadas, su abanico se abre de forma esplendorosa y uno queda reducido a testigo a veces perplejo.

Eso, más o menos, me suelo pasar con Juan Carlos. Nunca supe cómo llegó a los Beatles. Llegar en serio, al grado de conocer su historia, su biografía, cómo grabó aquella canción, por qué Lennon aparece descalzo en tal video, y claro, en el auto, cantar las canciones favoritas que, en su caso, son muchas.

A los diez años, su conocimiento musical y aficiones me maravillan: Lennon y los Beatles o Bob Marley, por ejemplo; quizá en un lazo solidario, también canta a Joaquín Sabina y es fan del Titanic. En fin.

Hoy eligió para su Diario de dibujos y letras a John Lennon. Mis palabras salen sobrando; les dejo su parte.

Ampliación de la cuarentena: ¿oportunidad perdida?

Si una parte de nosotros ansiaba que en abril regresáramos a la normalidad; la otra parte, más informada y dura, decía que era imposible. Se concretó hoy. El secretario de Educación Pública, replicando las medidas anunciadas en la conferencia vespertina del gobierno federal, avisó que la suspensión escolar se prolongará hasta el 30 de abril. Entonces, se valorarán las medidas y tomarán nuevas decisiones.

En un mes la situación podría ser caótica y dolorosa. Las infecciones habrán explotado y los muertos estarán sembrados a lo largo del país. No es un deseo, ni cercano, pero así sucederá. Ante lo inevitable es mal consejo cerrar los ojos.

Como ya saben todos, las escuelas prolongarán diez días el regreso. Las primeras semanas, las que corren, han dejado enseñanzas de lo posible y de lo reprobable, de lo bueno y lo no repetible. Pero hay tiempo, creo, para que el sistema educativo en sus distintos niveles aprenda y no perdamos el ciclo escolar con tareas repetitivas e intrascendentes, fastidiando a los estudiantes con actividades planeadas al vapor, sin probarse, sin acompañamiento efectivo y sin la atención debida en casa, porque en casa la vida no se volvió más relajada y sí complicada.

Me temo que ahora la preocupación pedagógica se dividió en dos prioridades que parecen la misma: una, cumplir el calendario y los programas oficiales; para algunas escuelas, dejar tareas y tareas para agotar los temas; la segunda, consiste en procurar una experiencia distinta, inédita, para aprender en un escenario que nadie imaginaba y para el que no estábamos preparados.

Es la vieja disputa entre cronos y kairós, entre el tiempo del reloj y el tiempo vital del aprendizaje. Si fuera un partido de fútbol, los que juegan por el kairós pierden por goleada en el final del primer tiempo.

Se podría recuperar el programa burocráticamente, aunque se aprenda poco, o bien, los niños podrían aprender que, en algunos momentos, hay que hacer tareas y actividades porque es la obligación y nada más. ¿Podremos hacerlo distinto?

Diario de cuarentena dominical

La basura miserable con tintes políticos (nótese el enfado) que circula en redes sociales a propósito del COVID-19 me llevó a la decisión de perder el menor tiempo entre estupideces de esa materia, eludiendo sumarme a la epidemia de insultos y descalificaciones abundantes en Twitter.

A cambio, decidí que mis comentarios, entradas del blog y artículos periodístico, en la medida de lo posible, estarán enfocados a exponer asuntos gratos, reflexivos o entretenidos. No trato de eludir el traumático peso de la realidad, menos, de idealizarla, pero sí, de no alimentar a los agoreros de la catástrofe o la salvación por designios divinos o terrenos. Es propósito apenas. Veré al final el resultado.

Con ese ánimo, evito cualquier película que aborde los asuntos que hoy nos tienen en vilo. En mi tarde dominical decidí abrirle la puerta al tío Netflix. De series no soy partidario, porque dedicarle horas y horas a una trama no va conmigo, me cansa o aburre; repetir los partidos del Nexaca contra Alejibres me aflojera de solo pensarlo; así que le pedí películas de “Aventuras”. Y me tiró un puñado de opciones chafas e innombrables.

Seguí en la línea de aventuras y acción, o algo así, hasta que en la búsqueda encontré “Lorena, la de los pies ligeros”, la historia de la mujer rarámuri que corre y corre y corre y corre y corre y es un ejemplo increíble. Sin dudarlo, la elegí y vi con gusto.

Evitaré los comentarios. Si tienen tiempo y ganas de descubrir una lengua mexicana distinta, o por lo menos de escucharla, se las recomiendo. La historia es un ejemplo, ya lo confesé.

No vamos a salvar a nadie, ni haremos una buena obra, pero tendremos un rato de esparcimiento sano y, tal vez, una lágrima nos limpie los ojos.

¿Morir de amor?

Una noticia terrible me trajo la pregunta a la cabeza: ¿se puede morir de amor?, o ¿se muere de desamor?, ¿se muere de otras causas más profundas, disfrazadas de amor?

La historia ocurrió en Monza, en la región de Lombardía, la más afectada por el coronavirus. Daniela Trezzi era una enfermera de 34 años, destinada a la unidad de cuidados intensivos en el hospital de san Gerardo. En los meses fatídicos de la epidemia, trabajó en tensión extrema. Habrá visto morir a muchos enfermos de COVID-19. Inevitablemente se contagió y el 10 de marzo se fue a su casa para la cuarentena.

La nota periodística dice, recogiendo voces cercanas, que había experimentado mucho estrés por el miedo a contagiar a otros pacientes de su área. En su casa, reconocen desde el hospital, no tuvo cuidado externo y no la asistieron emocionalmente. Se suicidó. No fue el primer caso. En Venecia una semana atrás ocurrió algo semejante con otra enfermera.

¿Daniela murió de amor al prójimo?

En esta pandemia ya hay oficios heroicos, los de enfermerasy médicos, víctimas principales entre los infectados, pues uno de cada diez pertenecen a esas profesiones. Y casos como los de Daniela servirán para aquilatar profesiones y algunos valores que, por ahora, son las únicas vacunas al alcance, como la solidaridad, la gratitud y la compañía.

Otros datos del presidente

Anoche el presidente López Obrador, mediante video, pidió a los mexicanos quedarse en casa para evitar que se disparen las infecciones por COVID-19. Me enteré apenas esta mañana en mi repaso matutino de noticias y celebro que otros datos lo llevaran a tomar la decisión, aunque no deja de resultar contradictorio que su llamado no lo atienda él mismo, y siga su rutina de fin de semana, en actividades que podrían realizarse en otro momento o por otros canales. 

 

No caeré en la tentación de decir qué sí y qué no debe hacer el presidente, desde la opinión como ciudadano, porque esa solo me importa a mí, y a veces poco. Lo que también celebro es que el llamado del presidente bajará una tensión (entre muchas) entre sus admiradores y sus detractores, y ahora casi todos (excepto Raúl Salinas Pliego y otros de su calaña) estamos de acuerdo en que lo mejor, si podemos, es guardarnos en casa; y los que no pueden o no deben, por necesidades o porque cumplen funciones vitales, sepan que tienen la admiración, la gratitud y la solidaridad de los privilegiados cuya peor preocupación, en muchos casos, es que el maldito internet esté lento o no haya fútbol en la tele.

 

Esta mañana en mi actualización de mensajes vía Whatsapp vi un costal de buenas intenciones. Por ejemplo, un cartón edulcorado en donde un puñado de personas sostienen al país con un mensaje que dice, más o menos, que somos muy cabrones y hemos salido de peores. 

 

Luego otro que ya me dio flojera, dice que saldremos adelante y “más unidos”. Lo primero es un hecho, tan cierto como que muchos mexicanos se quedarán en el camino y tendrán un triste destino, sin velorios, sin compañías, sin últimos adioses. Más unidos no, en lo absoluto. A esta batalla mundial llegamos divididos, entramos fragmentados y no veo cómo o en qué momento se dejarán de lado las diferencias, las genuinas y las fanáticas.  

  

Saldremos adelante, sí. Por ahora, dejo constancia de mi admiración, gratitud y solidaridad con quienes no tienen este privilegio.