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Ineptocracia: retrato del presente

Rubén Carrillo, cazador infatigable de autores y lecturas, me envía una imagen. No resisto la idea de compartirla y dejarla asentada en mi Diario. El fondo es negro, en el centro, arriba, una foto del hombre con su mano en la barbilla. Abajo, el texto: Impecable descripción del filósofo y escritor francés Jean d’Ormesson de la palabra que ha inventado, y que describe literalmente la “democracia” actual.

Luego, la definición magistral: “La ineptocracia es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.

No tengo el contexto, pero no será México el motivo de su aporte al diccionario político del siglo 21. Creo.

Sería muy simpática, sin duda, si fuera el guion de una película satírica, o si no tuviera visos de acercarse lenta e inexorablemente al horizonte.

Los rechazados en la 4T

Los desencuentros en materia educativa no cesan desde el comienzo del gobierno federal. Apenas anunciada la iniciativa para modificar el artículo tercero constitucional, el presidente abrió varios frentes y recibió andanadas de un sector combativo, pensante y acostumbrado a marchar contra la corriente: la pretensión de borrar la educación inicial o la embestida contra la autonomía universitaria, disfrazadas de erratas, son ejemplos.

Los episodios se suman con preocupación, aunque desde la oficialidad se desdeñan e, incluso, se asumen con cierta alegría, como estertores del pasado corrupto, oscuro y deleznable que debe enterrarse. Así se observaron el rechazo a las medidas contra las estancias infantiles o los recortes presupuestales a distintos programas federales, para privilegiar los del régimen. Otras protestas fueron francamente despreciadas, como la designación de los miembros del Consejo Técnico y la Junta Directiva del organismo que se encargará de la mejora educativa por parte del Senado, convertido en oficialía de partes de la presidencia, como casi siempre ocurrió, aunque la promesa era transformadora.

La más reciente protesta del personal del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, integrado por una prestigiada membresía científica, parece confirmar que este podría ser el signo del sexenio, si se empeñan en la misma línea de conducción política.

En las próximas semanas otra nube negra asoma en el horizonte: los mal llamados “rechazados” de las universidades, problema añejo, pero que será enfrentado, por vez primera, con otros estilos. Además, el gobierno tiró un chorro de alcohol en la hoguera con decisiones aplaudibles pero que exigen acciones consecuentes: abrió la puerta para la obligatoriedad de la educación superior, cuando el país todavía no garantiza el acceso ni en secundaria o media superior; las becas masivas en bachillerato; estancamiento del presupuesto para las universidades públicas y la creación de la red de universidades Benito Juárez.

Si ya la demanda superaba a la oferta tiempo atrás, este año no será distinto, y es incierto que las instituciones de la tal red resulten atractivas por la precariedad con que nacen. La propia denominación es grandilocuente: ¿universidades con una carrera?, ¿universidades sin realizar todas las funciones sustantivas?, ¿en el siglo 21, universidades sin profesores de tiempo completo, sin relaciones con el mundo académico, sin condiciones apropiadas?

Es prematuro el juicio, pero es inobjetable también, hasta ahora, que faltan señales para avizorar una época promisoria en la educación superior. Por lo pronto, los rechazados de las universidades son otro reto delicado para el gobierno federal; ojalá lo solucionen mirando el futuro, privilegiando el derecho a la educación y no el clientelismo. Pero cuidado: ofrecer instrucción de pobre calidad a los marginados de siempre no será, de ninguna manera, un paso adelante en la necesaria universalización de la enseñanza superior.

Tarde oscura

Mediodía sombrío. Alejandra, colaboradora en la Dirección del Instituto en Colima nos transmitió un mensaje fúnebre procedente de Tabasco: murió Martha Ruth, quien fungió como directora del Instituto en aquella entidad. Justo unas horas después de las maniobras en el Senado para imponer a los integrantes de la Junta de Gobierno y el Consejo Técnico. ¡Un golpe anímico sobre otro!

Con Martha Ruth no forjé amistad cercana. Nunca tomamos un café ni compartimos la hora de los alimentos en las muchas horas que pasamos juntos en las reuniones de directores. Siempre, sin embargo, me causaba admiración verla ingresar a nuestras sesiones, con dificultades inocultables para trasladarse, el ánimo siempre en alto y la energía rebelde contra lo que consideraba injusto.

Es una pérdida dolorosa, una tristeza que inunda las emociones desde la respetuosa relación que sostuvimos. En casa observo esta noche una bolsa de viaje que me regaló en navidad, con un simpático changuito que de inmediato cautivó a mi hijo y se la apropió. Pensaré en ella y esperaré que descanse para siempre en paz.

 

Noche negra

La larga noche culminó como había arrancado el proceso de elección del Consejo Técnico y la Junta Directiva del organismo que sustituirá al INEE: improvisada, apresurada, opaca; para usar adjetivos suaves. Mi expectativa era cautelosa, más tirando al pesimismo. La reposición del proceso luego de los serios cuestionamientos por las irregularidades expuestas no despejó dudas ni limpió la basura.

Para la segunda ronda, el trabajo desde la Comisión de Educación del Senado generó nuevas interrogantes en la conformación de las listas de aspirantes. La cosa se tornó oscura.

La mayoría en el Senado quiso imponer una votación en paquete (cédula, le llaman), cuando los opositores solicitaban votación individual. La deliberación concluyó con la aprobación de las listas palomeadas. Tan montada estaba la trama, que en la madrugada los 12 nuevos miembros de ambas instancias rindieron protesta.

Cerró así el proceso, justo como empezó. El horizonte no parece promisorio para la educación. Espero, fervientemente, estar equivocado.

Fin de cursos y cansancio docente

La docencia es una profesión desgastante. Podrían decir algunos colegas de otras, de todos los oficios: ¿cuál no? Y es verdad. Pero mi ámbito es educativo, y me referiré al maestro, a la educadora, porque son los territorios familiares.Educar implica un desgaste emocional y físico. Estar parado en un salón de clase durante cinco, seis, ocho o más horas diario no es un homenaje a la pereza. Hacerlo con extrema atención, cuidando todos los ángulos del aula, dirigiendo las actividades, explicando, orientando, respondiendo preguntas, implica una descarga considerable de energía. Las emociones no cesan tampoco. Repetirlo el lunes, martes… viernes, durante 18 semanas o 200 días al año, con niños de 4 años o adolescentes de 20, es tarea de extraordinaria complejidad.

No conozco estadísticas en México, pero Francesco Tonucci, excelso educador italiano, afirma en sus conferencias que las enfermedades producidas por la docencia colocan a los maestros entre los grupos más poblados en hospitales psiquiátricos.

La docencia produce dos tipos de cansancio, leí hace muchos años. Uno es el cansancio mortífero, que aniquila energías, que produce sensación de desesperanza e irrelevancia.

Es el cansancio estéril, de quienes lamentan la llegada del domingo, y esperan felices al viernes, para despojarse de la mochila y olvidarse de tareas y estudiantes. El otro es el cansancio de las reuniones fructíferas, de las complicidades productivas, de los acuerdos cumplidos, de los objetivos que desafían al profesional y a la persona, el cansancio que naturalmente desgasta, pero no aniquila, que desafía y revitaliza.

Los maestros nos vamos a cansar siempre, es una conclusión casi unánime. Digo casi, porque tal vez haya quienes afirmen lo contrario. Entonces, podemos elegir: ¿qué tipo de cansancio nos hará volver a casa cada mañana o tarde? El que nos obliga a renegar de cada paso, de las preguntas de los estudiantes y las reuniones del director, o el de quienes, sin olvidar las adversidades del oficio, entienden que la docencia es una profesión de enorme responsabilidad social y que entraña, sobre todo, pasión.

Entender la docencia de esa segunda manera implica asumirla como actitud vital. La lección es vieja: los pesimistas, dijo Fernando Savater, puede ser buenos domadores, pero nunca buenos educadores.

La docencia, no dudo, es una responsabilidad social, una actitud vital y un privilegio, aunque nos cansemos en cada jornada. Quien lo dude, busque otra forma de vida. Los alumnos lo agradecerán.