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Mediodía caliente y mortal

Después de un sábado lejos de redes sociales, volví a Twitter este mediodía caliente para encontrar una noticia que sólo confirma lo que muchos pensábamos: la cifra mortal por la pandemia es peor que la recetada todos los días por los gobiernos federal y estatales.

Según distintos medios y cálculos, la contabilidad ya rebasó las 320 mil personas muertas, para colocarnos al ladito de Brasil y Estados Unidos, aunque, recuerdan los cables noticiosos, con una población menor en nuestro caso.

No sé si hubo dolo o incompetencia en las autoridades del país, repito, federal y estatales. Tal vez ambas: incompetencia dolosa y dolorosa, que se agrava con la irresponsabilidad ciudadana empeñada en negar evidencias, relajada y valemadrista.

Las responsabilidades en esta enorme tragedia no son personales, quiero decir, de pocas personas concretas, aunque hay nombres y apellidos notablemente marcados ya por decisiones, omisiones y explicaciones. Los juicios se volverán más crudos cuando se despejen los brumas que siguen ocultando realidades.

Y como si los más de 320 mil muertos no laceraran, la nueva ola de contagios que ya se advierte podría enlutarnos en el camino hacia las elecciones, mientras escuchamos o leemos a candidatos que peregrinan de espaldas a esta realidad.

¿Tendremos nuevos gobernantes y representantes más honestos y competentes que los que se van o permanecen?

 

¿Para qué queremos educar?

En un libro que se ha convertido en clásico, los profesores Jan Masschelein y Maarten Simons, escribieron un pasaje provocador sobre el significado de la educación:

Educar a un niño tiene que ver con algo fundamentalmente diferente. Tiene que ver con abrir el mundo y con traer el mundo a la vida (las palabras, las cosas y las prácticas que lo configuran)… Tiene que ver con transformar el mundo en algo que le hable.

Me extiendo en la cita porque vale la pena:

Educar… Tiene que ver con encontrar un camino para hacer que la matemática, el inglés, la cocina y la carpintería sean importantes en y por sí mismas.

En efecto, educar es implicarse en el mundo, descubrirlo, aprenderlo. Paulo Freire afirmaba: la lectura de la palabra es la lectura de la realidad.

Pasemos del libro citado, Defensa de la escuela, a la realidad que viven la mayor parte, la grandísima parte de los niños mexicanos que experimentan el confinamiento pedagógico por la pandemia.

¿Ellos logran implicarse en el mundo desde el programa Aprende en casa? ¿Se puede traer el mundo a la vida a través de las pantallas? ¿Pueden las pantallas lograr que aparezcan palabras, cosas y prácticas que conduzcan a los niños a encontrar, descubrir y aprender el mundo?

¿Lo estamos consiguiendo? ¿Estamos educando o sólo escolarizando? ¿Generamos procesos formativos profundos o sólo consagramos rituales?

Habrá quienes sí, pero, me temo, habrá muchos que no. Para ellos, las matemáticas, la historia o la lengua serán materias que deben aprobarse o enseñarse, que deben sortearse para pasar al siguiente año, y no serán ámbitos de formación importante por sí mismos.

Entre muchas cosas que aprendimos con la pandemia es que al currículum, es decir, a los planes de estudio, les sobran contenidos y les falta vida. Esa es una de las tareas pendientes en el regreso a las escuelas.

Volver a las aulas en estos días es una tarea muy importante, pero siguen quedando en el aire las preguntas cruciales: ¿a qué regresarán?, ¿cómo volverán?, ¿a qué escuelas? y ¿para qué prácticas pedagógicas? O más trascendente: ¿para qué queremos educar a nuestros niños? ¿Qué sociedad queremos edificar?

 

Epidemia de generosidad

La pandemia ha sido ocasión involuntaria para exhibir las mejores y peores actitudes de los seres humanos con respecto a los semejantes. También, puso en una pantalla colosal las ineficiencias gubernamentales acumuladas. Expuso sin disfraces la mezquindad e ignorancia de políticos y gobernantes. Un etcétera de regular extensión podría continuar, pero paso al título de esta colaboración.

La epidemia de generosidad merece visibilizarse e inspirarnos confianza en que podemos salir del túnel con algunos centímetros de crecimiento en la escala humanitaria.

En el ámbito médico o científico los esfuerzos son inmensos a lo largo del mundo. La tarea del personal que realiza otras actividades vitales para la salud pública casi no se reconoce, como los servicios de recolección de basura o la gente que se rompe la espalda atendiendo en los supermercados y tiendas pequeñas. Las maestras y maestros, o las madres de familia ocupan un sitio protagónico en el propósito de no perder el tiempo vital de los aprendizajes.

Las instituciones educativas y culturales son otra pieza luminosa en el escenario. Abrieron cursos, espacios y recintos; desarrollaron estrategias que regalan momentos recreativos o formativos de otra manera impensables. La proliferación de actividades abiertas, gratuitas y de alta calidad son cotidianas e imposibles de agendar para el interesado, porque faltan horas.

Instituciones internacionales sumaron voluntades y capacidades. Se abren cursos gratuitos para analizar temas coyunturales. Diseminan inquietudes para comprender y salir adelante con lecciones que transformen distintos ámbitos de la sociedad. La proliferación de libros y documentos de descarga gratuita es otra muestra de este espíritu que aflora en momentos aciagos.

Este fin de semana comencé un curso organizado por la Unesco, con la mejor de las expectativas y agradecido por la oportunidad de convivir con otros participantes, especialmente con poblaciones juveniles de otros países, pues el tema es la educación para la ciudadanía mundial enfocado a esos grupos etarios.

Esta epidemia de generosidad intelectual, cultural y educativa ya es una de las marcas más alentadoras que nos deja un año inolvidable. Ese movimiento planetario de solidaridad humana contrarresta un poco los nefastos saldos mortales de la pandemia.

 

Regreso a clases

En otra de sus osadas declaraciones el presidente de la República aseguró que niños y maestros del país regresarán a las aulas antes del fin del ciclo escolar.

En la tribuna se desgranan los aplausos de la hinchada fervorosa que pide la vuelta a la escuela. Hay razones. Académicos y organismos advierten pérdidas significativas en los aprendizajes, en especial, de los niños y adolescentes de sectores más pobres.

Para el presidente, optimista, es posible vacunar a los maestros y trabajadores de la educación en las próximas semanas, a pesar del arribo lento de las dosis y la dilación en sus aplicaciones.

Mientras tanto, el mundo tiene otros datos. En Europa, por ejemplo, se preparan para una tercera gran ola de contagios como consecuencia de las vacaciones por las semanas Santa y de Pascua. Respiro en el trajín, siempre bienvenido, que podría reventar de nuevo las cifras de contagios y fallecimientos, como sufre Brasil en estos momentos.

Pero las vacunas no son todo para un regreso seguro, paulatino y voluntario.

Conviene preguntarle a la Secretaría de Educación Pública a qué volverán los estudiantes y maestros a las escuelas. No es una pregunta intrascendente. ¿Volverán para seguir con los planes, como si no hubiera pasado nada? ¿Volverán para reforzar temas? ¿Evaluarán con instrumentos confiables los aprendizajes? ¿Regresarán para planear la articulación del ciclo escolar con el próximo? ¿Cada uno hará lo que buenamente considere oportuno?

Por otro lado, sigue vigente la pregunta por las escuelas a que volverían los niños, entre otras cosas, por las condiciones materiales, sanitarias y pedagógicas.

Si los niños regresaran de forma escalonada, ¿cuánto se duplicará el trabajo de los maestros? Un maestro de primaria con 24 estudiantes, por ejemplo, tendría que organizar 3 subgrupos; en bachillerato, con 40 alumnos, el profesor tendría que dividirlos en 4. ¿Cómo lo harán?

La decisión que se tome en este sentido, tendría que ser comunicada de forma clara, unívoca y oportuna, y capacitados los maestros para que el regreso no sea una tortura.

También, la Secretaría de Educación Pública, y en los estados, tendrían que saber ya, y estar trabajando en ello, cuántos maestros contratarán para sustituir a aquellos con salud de riesgo alto. Y cuánto personal se precisa para apoyar las tareas higiénicas en las escuelas que no lo tienen para cumplir las instrucciones difundidas.

Falta explicarnos si otra vez, de nuevo, la base de todo será, únicamente, la pura voluntad de los maestros.

 

 

Las huellas del INEE en Colima

El último día de marzo se cumplirán dos años del cierre de las oficinas del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación en los estados. Como memoria y testimonio del trabajo realizado por un núcleo de cinco personas, al que se incorporaban temporalmente otros colaboradores, escribí un libro que se llama Lecciones y reflexiones. Mi vida en el Instituto, publicado a finales del año pasado por Puertabierta Editores. Aquí les comparto las primeras páginas del libro, de descarga gratuita en la página web de la editorial.

Zygmunt Bauman comienza su libro Esto no es un diario explicando las razones de escribirlo. En la primera entrada, fechada el 3 de septiembre de 2010, recoge un fragmento de José Saramago [Ensayo sobre la ceguera] a quien, confiesa, estaba descubriendo como fuente de inspiración: “Creo que todas las palabras que vamos pronunciando, todos los movimientos y gestos […] que hacemos, cada uno y todos juntos, pueden ser entendidos como piezas sueltas de una autobiografía no intencional que, aunque involuntaria, o por eso mismo, no es menos sincera y veraz que el más minucioso de los relatos de una vida pasada a la escritura y el papel”.

Un diario se escribe en principio para sí, asegura Silvia Adela Kohan. Esa idea nunca se hospedó más de una noche en mi cabeza. Siempre pensé que debía compartir el resultado de este ejercicio de la memoria. Por eso, tuvo más lectores y críticos que ninguno de mis anteriores proyectos, porque, siendo personalísimo, no quería que fuera un diario íntimo, ese artefacto donde, dice Kohan: “escribes tus pensamientos, tus lamentos, recuentas una situación del día y lo haces como registro, sin ir más allá del registro, sabiendo que tu acompañante es el que te inventas y te representa”.

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