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Educación indígena: mirada desde Colima

Desde el viernes he dedicado algunas horas del fin de semana a la tesis elaborada por Diana León y Carlos Miramontes, jóvenes recién egresados de la licenciatura en pedagogía en la Universidad de Colima. Tengo presente el momento en que nació en su cabeza la idea de emprenderla en un tema inédito entre los proyectos de los pedagogos colimenses. Fue hace dos años, al terminar una conferencia que impartí en nuestra Facultad, durante la cual dediqué unos minutos a comentar el informe entonces muy reciente del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE) sobre la educación indígena.

Las cifras que expuso aquel reporte documentaban lo que ya podía suponerse, se sabía de manera aislada o se ignoraba de esa descuidada parcela del sistema educativa nacional. Los datos contundentes revelaban la magnitud del muro que el país había levantado para aislar a la considerable población indígena.

Conmovidos probablemente por aquella información, Diana y Carlos me esperaron y en el camino a la salida me preguntaron si podríamos trabajar en ese tema, para su proyecto del seminario de investigación. Acepté sorprendido por su interés. La experiencia fue positiva: ambos fueron estupendos estudiantes y muy responsables en su tarea investigativa.

La tesis tiene como título “Análisis de políticas educativas indígenas”, y analiza la respuesta que cuatro estados del país, Guerrero, Chiapas, Oaxaca y Yucatán dieron a las directrices o recomendaciones de política educativa emitidas por el INEE, especialmente a la quinta de seis, a saber: Garantizar centros escolares con infraestructura y equipamiento que respondan a las necesidades de las comunidades indígenas.

Las respuestas estatales podrían intuirse, y su precariedad explica el abandono de la educación indígena y su previsible persistencia; pero del contenido, el proyecto o las conclusiones no me corresponde hablar por ahora, mientras se presenta en el examen profesional.

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El discurso de Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Con esas palabras sencillas, en oración tan potente, José Saramago comenzó su discurso en la recepción del premio Nobel de Literatura en 1998. Lo conocía en partes y solo ahora pude leerlo completo, en la entrada del 7 de diciembre de aquel año, en El cuaderno del año del Nobel.

Hace algunas semanas compré el libro y lo fui leyendo de a poquito, unas páginas un día, luego otras cuentas al siguiente, o dos o tres días después. No me corría prisa, no quería agotarlo, porque no sé se habrá otro milagro y tendremos un nuevo libro del querido escritor portugués.

Cuando leí las últimas páginas sentí una extraña desazón, como si me despidiera de un viejo buen amigo. Así encaré, con cierta nostalgia, las palabras del escritor admirado desde que llegara a mis manos El evangelio según Jesucristo, leído por primera vez en alguna Semana Santa, entre botellas de whisky y la playa de Cuyutlán, viendo ponerse el sol y luego caer la noche, con un puñado de buenos amigos.

Desvaríos pedagógicos

A mitad de la semana estuve en la escuela de Juan Carlitos para participar en una clase “abierta”; La materia, inglés. Los hechos ocurrieron como estaban previstos, supongo: los niños en general respondieron muy bien, se movieron, cantaron, bailaron, dibujaron, crearon un animal fantástico y luego lo describieron, todo en inglés, por supuesto.

Las mamás y papás estábamos de pie, a los lados de la sillería repleta. Apenas cabíamos niños y adultos, pero todos alegres. Me tocó al fondo, en el centro, así que podía mirar las caras de los adultos a izquierda y derecha, y las cabezas de los niños, sus rostros de perfil o cuando pasaban al frente.

He pasado por otras clases abiertas, y esta me pareció de las mejores, especialmente por la concurrencia de adultos y el entusiasmo. La anécdota quedó allí y la guardé como un buen momento.

Ayer por la tarde tuve clases en la Facultad. Analizamos primero un video de Adrián Paenza, matemático argentino, y luego seguimos preparando el diagnóstico que llevarán a cabo los estudiantes. Mientras ellos trabajaban en equipos, unos en el aula, otros afuera, luego cuando regresaron al salón para la sesión plenaria, me vinieron a la cabeza, sin razón aparente, los recuerdos de la clase abierta del miércoles. Imaginé a las mamás y papás de los estudiantes en nuestro salón, sentados atrás, a los lados, mirándonos conversar y escribir, leer, que eso principalmente hicimos.

Varias preguntas surgieron: ¿qué pensarían sus papás viéndolos en un aula universitaria?, ¿qué les parecería la clase, el tema, la dinámica, la conducción del profesor?, ¿pensarían: “qué interesante”, “qué aburrido”, “no lo habría imaginado”?, ¿qué?

Otras dudas me rebulleron. Cerré la divagación deseando que los papás de estos universitarios miraran a sus hijos con el orgullo y cariño con que los mismos papás observan a sus hijos cuando todavía son pequeños. Eso sería suficiente, pensé, para aquella imaginaria clase abierta en la universidad.

Lágrimas entre la basura

Camino casi todas las mañanas. A veces 40 minutos, otras, 75, depende del tiempo y compromisos. Es un ejercicio que mi médico aplaude. Las ventajas para la salud las siento y espero constatarlas largo rato; pero caminar me sirve también para otros fines: ordeno ideas, busco el título o el tema del siguiente artículo, repaso clases o una intervención; frecuentemente examino comportamientos propios. A veces solo salgo en esa búsqueda; en otras, para que la cabeza se despeje o el cuerpo reaccione. Algunas veces camino sin mirar al lado, en otras, buscando.

En ocasiones, absorto, sin lanzar la red, pesco momentos: el conductor en acciones intrépidas con el celular, o hurgando desesperado en la nariz; otras, me enternece el gesto cariñoso de una madre al hijo con Down y el abrazo en mitad de la acera.

Hace días una de esas imágenes me cimbró y quedó dando vueltas en la cabeza, gritándome que intentara describirla. Un hombre inclinado husmeaba en la basura de la esquina, entre un montón de cartones. Lo miré unos instantes y seguí; de pronto se levantó. Era mayor, ciruja de oficio obligado, de 70 años, calculo. Cuando mostró la cara observé sus ojos, con las bolsas infaltables, las arrugas envolviéndolos. Sus ojos y los míos se cruzaron. Nos quedamos así, mirándonos. Él se llevó una toalla de papel a la cara y los limpió. Nuestros pasos se acercaban, los míos a los suyos. Cuando le distancia desapareció lo vi con claridad. Lloraba. Sus ojos lloraban en una mezcla de dolor y pena. Tragué saliva al pasar a su lado y sin conciencia apagué la música del teléfono.

¿Qué maldita sociedad estamos viviendo? ¿Qué clase de sociedad somos, en donde las personas, con siete décadas en la espalda, deben buscarse la vida en un montón de basura?

Red de Evaluación Educativa en Colima

El 11 de febrero, en el Paraninfo de la Universidad de Colima, anunciamos la creación de la Red de Evaluación Educativa de Colima, con las adhesiones, a la fecha, de las instituciones más relevantes del panorama educativo local, entre ellas, por supuesto, la Universidad de Colima y la Secretaría de Educación del Gobierno estatal.

Las expectativas que teníamos cuando concebimos la Red se fortalecen con el entusiasmo y participación de un cada vez más amplio grupo de instituciones y personas interesadas en constituir un espacio plural, propositivo y convergente en el deseo de que la evaluación sea insumo valioso para la comprensión, el diálogo y la toma de decisiones que permitan la mejora en el sistema educativo colimense.

A continuación, expongo algunas partes del documento fundacional, preparado inicialmente por el profesor universitario Antonio Gómez Nashiki, con base en los acuerdos suscritos por las instituciones.

Durante el proceso nacional de difusión de la tercera convocatoria del Fondo INEE/Conacyt (agosto-septiembre de 2018), la Dirección General Adjunta en Colima del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación invitó a las instituciones de educación superior públicas dedicadas a la formación de maestros a conocerla y explorar posibilidades de desarrollar un proyecto conjunto, semilla de un esfuerzo interinstitucional inédito de colaboración académica en distintos planos.

La disposición de las instituciones participantes en las reuniones, el Instituto Superior de Educación Normal de Colima, la Universidad Pedagógica Nacional unidad 061, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y la Universidad de Colima, alimentaron distintas ideas sobre las actividades factibles, entre ellas, la creación de una red académica dedicada a investigar, estudiar y difundir la importancia de la evaluación como ingrediente vital para la comprensión y transformación de los sistemas educativos.

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