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¡San Andrés, sálvanos!

Arturo Herrera, secretario de Hacienda, declaró ayer en reunión con los diputados de Morena que 2021 será el peor desde 1932. ¡Santa cachucha! No lo invento yo, aquí están las notas de dos medios que lo consignan:

https://www.jornada.com.mx/ultimas/politica/2020/08/29/en-2021-mexico-vivira-la-crisis-mas-fuerte-desde-1932-arturo-herrera-1376.html

https://www.eluniversal.com.mx/nacion/en-2020-se-acabaran-los-guardaditos-del-pais-arturo-herrera

No sé qué dirá el presidente mañana, pero el panorama se percibe desolador. Y si los anuncios oficiales suelen ser cautelosos, podríamos aventurar que el impacto podría ser todavía más brutal.

Según explican las notas de prensa, los “guardaditos” y la cobertura del precio del petróleo amortiguaron este año el golpe económico, pero el siguiente no habrá más y entonces sí, por enésima ocasión, como nos hemos acostumbrado, con gobiernos populistas, autoritarios, neoliberales o transformadores, unos más corruptos y transparentes que otros, habrá que ajustarse el cinturón y rezar para que algún santo nos socorra, porque al gobierno federal de hoy se le irá la mitad del sexenio en tratar de amainar las tempestades sanitaria y financiera.

Ojalá me equivoque, sobre todo, que san Andrés corrija a Arturo Herrera con la fuerza de la razón y la contundencia de los otros datos.

Docencia y evaluación: par indivisible

La primera actividad que haría, o qué haré cuando comencemos las clases en la Universidad, es una evaluación de la experiencia de la contingencia. Lo que en la UdeC se llamó Programa de Continuidad Académica.

No se puede planear el siguiente semestre, menos en estas circunstancias, sin la comprensión de lo sucedido, sin escuchar la opinión de los implicados, estudiantes y docentes. En otros niveles educativos, como los de la educación básica, es indispensable la opinión de mamás y papás; de ellas, sobre todo.

La evaluación es una tarea primordial. Pero cuidado: cuando digo evaluación no estoy pensando en exámenes, pruebas, calificaciones, reprobaciones. Aludo a su sentido más profundo o completo: recoger evidencia de todo tipo para comprender y procurar cambios.

Sobra decir ahora que el ciclo escolar previo terminó de formas inauditas, así que le exigencia evaluativa se impone con mayor fuerza. ¿Qué sucedió en este grupo, en esta escuela, en esta carrera, con cada niño o joven? La pregunta es tan pero tan simple, que a veces la omitimos.

Hoy propuse en la facultad donde laboro que antes de planear el siguiente ciclo consultemos a los estudiantes; de paso, les diremos con hechos que nos importan, que queremos conocer sus impresiones, críticas, sugerencias, para que el siguiente ciclo resulte más positivo. Sí, por supuesto, se aprobó.

Ese es el único punto de partido posible para tratar de realizar un mejor semestre escolar. Después veremos si somos capaces de conjuntar nuestra preparación y voluntad con su disposición y condiciones.

El nuevo curso universitario

Esta semana comenzaron las reuniones preparatorias del siguiente curso escolar en la Universidad. Me tocó el turno hoy y en los próximos días me encontraré de nuevo con colegas para distintas actividades.

Aunque la agenda de compromisos y proyectos  individuales es abundante, la academia requiere diálogo, reflexión colectiva, discusión de nuestros temas. Así que espero con gusto la reanudación de actividades de esa naturaleza.

Tenemos varias exigencias para mejorar la calidad del servicio; la primera de todas, una evaluación amplia, rigurosa y participativa del esfuerzo que hicimos el semestre anterior para concluirlo.

Planear sin mirar críticamente lo hecho sería una forma poco sensata de construir una propuesta acorde a las condiciones de emergencia que enfrentamos. En esa tarea urgente, estoy seguro que nuestra facultad tiene mucho por enseñar. ¡Estamos listos!

Montaigne, la escuela y la pandemia

El nuevo año escolar cambió los horarios. Hasta la semana pasada, antes de las 9 o 10 de la mañana dedicaba un par de horas a la lectura libre, de biografías o textos sobre lectura y escritura, alguna novela.

Ahora Mariana Belén comienza sus clases a las 7:30 h. A las 8 h. Juan Carlos debe estar sentado, peinado y con uniforme frente a la pantalla para escuchar al maestro. Decidí adelantar mi jornada laboral y dejar para el cálido mediodía colimense la lectura libre. No es la mejor hora, porque el calor es kriptonita para mi ánimo, pero estoy intentando adaptarme a las circunstancias.

Anoche comencé a leer la biografía de Michel de Montaigne, escrita magníficamente por Stefan Zweig y encontré pasajes con algunos conceptos pedagógicos del ensayista por antonomasia. Mientras leía y subrayaba en verde fosforescente, porque sé alguna vez me servirá, empecé a escribir mentalmente un pequeño texto; se llama Lecciones de Montaigne en tiempos de pandemia o Lecciones de Montaigne para Aprende en casa II. No sé si me explico.

La vigencia del pensamiento de Montaigne es notable en el terreno pedagógico, para no invadir otros. Su crítica a la enseñanza memorística y autoritaria de entonces es tan actual como sólo pueden serla en los clásicos, porque Montaigne, no lo perdamos de vista, vivió en el siglo XVI, preámbulo del Renacimiento en la educación, con Erasmo de Rotterdam o Comenius como figuras prominentes.

En estas primeras páginas de Zweig y Montaigne, o viceversa, advierto que pasaré muy gratas horas en los siguientes mediodías. Voy a aprender y disfrutar, o viceversa, cosa que no siempre es fácil ni posible.

 

El nuevo ciclo escolar y los maestros

Ayer comenzó el nuevo ciclo escolar en condiciones inéditas.

Estoy seguro que mis colegas maestros, la gran mayoría, asumirán el compromiso con seriedad, aunque al final, no sé si podríamos cuestionarles resultados insatisfactorios. Muchas expectativas oficiales, insuficientes apoyos e incertidumbres no son la mejor fórmula para arrancar.

La docencia es una profesión desgastante física y emocionalmente. Ejercerla en condiciones extraordinarias, como ahora, demanda un esfuerzo superior. Las maestras y maestros, además de profesionales de la enseñanza, tienen otras funciones ineludibles: esposas, hijos, madres, hermanos…

Este nuevo ciclo desafiará su condición mental y corporal. ¿Los demás somos conscientes de ello? ¿Valoramos la capacidad que las maestras y profesores deben poner en juego para trabajar cada mañana o tarde con un puñado de estudiantes?

En momentos así, debemos ponderar la docencia, aunque los resultados son impredecibles. ¿Cómo exigirle a un maestro que sus alumnos aprendan, cuando en casa las prioridades están en otra parte? ¿Cómo esperar resultados notables cuando las condiciones en muchos lugares aplastan esfuerzos?

La educación es un acto ético, porque en él ponemos en juego nuestra capacidad de actuar o no, nuestra manera de educar en un sentido o en otro, o de escaparnos a la tarea. Ofrecemos el mejor esfuerzo o no. Hacemos lo que creemos correcto al máximo o sólo procuramos lo mínimo.

¿Cómo van a comportarse cada uno de los profesores en los meses por venir? ¿Qué harán para educar: cumplirán al máximo?

Deseo que cada una y cada uno asuma la responsabilidad cabal; porque parte de las posibilidades de aprendizaje de los alumnos están en sus manos. No todo depende de ellos, pero sin ellos, aprender para millones o miles, cientos o unos pocos alumnos será posible o imposible.