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La bolsa de valores de la popularidad

En la bolsa de valores de la popularidad y simpatías o antipatías las opiniones pueden cambiar en poco tiempo. Todo es relativo, sin duda, pero la persistencia, las tendencias y comportamientos semejantes en distintas mediciones obligan a juicios fríos.

Leo hoy los resultados de dos encuestas sobre aprobación del presidente de la República y el Tracking poll de Consulta Mitofsky. En las tres, la tendencia negativa es evidente. Las descalificaciones abundan entre los seguidores del presidente, sobre todo, contra la encuesta del periódico Reforma.

Ya leeremos o escucharemos a los expertos en demoscopia para contrastar nuestros juicios. A mí me parece entendible la reversa en la aprobación gubernamental. En indicadores sensibles de la realidad la irritación es notoria y creciente. Si se leen los rubros, las valoraciones difieren entre los programas sociales o combate a la delincuencia.

No festino los datos, ni celebro que los enemigos del presidente se regocijen con la tendencia; espero que sus analistas, él mismo, revisen y tomen nota de las filtraciones en su buque. Ni el Titanic resistió, y a este sexenio le amenazan nubarrones por el entorno global y las variables internas.

El desafío del COVID-19

Tengo por costumbre ver las noticias a las 6 de la mañana de lunes a viernes. A veces, un canal extranjero; la mayor parte, el noticiero de Leonardo Curzio. Durante varios años seguí a Javier Solórzano. Los cambios de Canal Once, con la nueva administración del gobierno federal, me hicieron abandonar la opción cuando se convirtieron en voceros.

En esos canales sigo desde temprano la evolución del coronavirus. Mis predicciones, que serán las de muchísimos, se cumplieron cabalmente: llegará a México, será una pandemia y conoceremos una experiencia inédita, distinta a todo, por la manera como el mundo se achicó, gracias o debido a la globalización y sus redes sociales.

Con el nivel de eficacia del gobierno federal se me trastocan las coordenadas. Cuando dice: “Estamos preparados”, no sé exactamente qué quiere decir. En Estados Unidos, campeones del pragmatismo, no lo dudaron y pronto fueron contundentes. Hoy hablan de cerrar fronteras a países, México incluido.

Con las deficiencias históricas del sistema de salud pública en México, ahora agravadas por las políticas gubernamentales de la 4T, se me nubla el optimismo. ¿Estamos preparados? Un país como China, capaz de construir un hospital que en nuestro país podrían tardarse años y terminarse con defectos, ha demostrado virtudes y flaquezas.

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Juan Carlos Romero en la UdeC

Por casualidad me enteré de la conferencia de Juan Carlos Romero Hicks en la Universidad de Colima. El tema: la autonomía universitaria en México. Sin dilación, pinché la liga y me conecté a la sala del Archivo Histórico de la Universidad.

Juan Carlos Romero fue el primer rector que escuché hace tres décadas y me impresionó por su juventud, solvencia intelectual y oratoria. Desde entonces me parece un hombre lúcido y le sigo profesando respeto intelectual.

Hoy lo escuché con atención, pero, siendo sincero, esperaba más. Una parte de su conferencia me pareció un muy estructurado compendio de lugares comunes en la materia, tal vez, porque en las últimas semanas dediqué muchas horas a leer y escuchar académicos  y rectores de distintas latitudes que me sembraron otras inquietudes, más innovadoras, más densas intelectualmente.

No puedo reclamarle nada a Romero Hicks. Hace muchos años se movió de la política académica a la otra y eso me pareció evidente en su discurso.

En alguna parte de su conferencia confesó que el puesto más noble que había tenido en su vida era el de rector, que a ninguno de los otros cargos, gobernador, senador o director de Conacyt, le confería la misma estatura. Entonces, en automático, recordé a Fernando Savater cuando se enteró que el rector de la UdeC hace diez años analizaba la posibilidad de irse de la Universidad para ser candidato. La cara de Savater fue de asombro e incredulidad y así se lo dijo de frente al entonces rector: ¿cómo, se va de la Universidad para competir por una diputación?

 

 

La justicia defectuosa

Suele decirse que la justicia es ciega. Con los ojos cubiertos se le representa en la estatua icónica, tomada de Temis, diosa griega del orden.

Pero en estos tiempos, o tal vez siempre, o siempre en ciertos momentos y circunstancias, la justicia, además de ciega, es lenta, muy lenta, lentísima. A veces no llega.

La corte suprema de justicia (debe leerse aquí: injusticia) en los Estados Unidos, resolvió que la familia de Sergio Adrián Hernández, un niño mexicano de 15 años, asesinado en Ciudad Juárez hace diez años, en la frontera entre ambos países, cada uno en el suyo, no tiene derecho a ningún reclamo, porque se trata de un caso de “política exterior y seguridad nacional” (así tal cual).

Una justicia ciega, lenta e injusta. Una justicia extraviada. Injusta justicia.

Museo de la Memoria

Ayer llegamos temprano al hotel en calle Madero, corazón de la Ciudad de México. Debíamos aguantar cuatro horas para tener la habitación; el lobby no era un sitio amplio ni agradable para tan larga espera. La Feria del Libro también estaba cerrada, así que opté por caminar las calles aledañas. Salí con mi mochila en la espalda, como si estuviera en mi ciudad y mis calles, y anduve de un lado para otro, sin destino. Perdí la noción del reloj. El edificio de Bellas Artes apareció de pronto, paré en la esquina, un espectáculo masivo callejero, y enfilé hacia la Alameda. Reconocí sitios y descubrí nuevos, solo cuidándome de no chocar con los transeúntes raudos. Una voz femenina me tiró de la nube: ¿Asesoría jurídica?, o algo así me preguntó solícita. La miré sorprendido, moví la cabeza negando su petición y la tarjeta. A la izquierda me atrajo una multitud de uniformes escolares. Poco dado a las masas, esta vez mis zapatos me llevaron curiosos. Era el Museo Memoria y Tolerancia. Había pasado antes pero nunca tuve interés. Observé la pantalla del teléfono: las 12. Faltaban por lo menos dos horas, así que pensé en matar el tiempo en ese sitio y detener la caminata extraviada. En el acceso a las taquillas una empleada me detuvo para explicarme las opciones. Elegí una con audio para evitarme la lectura y hacerla más relajada. Las filas para comprar boletos, recibir audífonos y paquetería eran considerables, pero fluían rápido. Me formé donde indicaron y fui el primero en subir al quinto piso, inicio del recorrido. Según la guía, dos horas era el tiempo previsto; el tiempo justo que quería perder. Ecuación perfecta. La sala de bienvenida son pantallas en las paredes y un enjambre en el centro, en tres niveles de subtitulado: el primero en español, segundo en inglés, tercero en francés. Escuché atento y traté de leer en francés. La visita comenzó; oprimí la lección 101, y empecé la ruta. La primera de las dos áreas del Museo está dedicada a la memoria; la segunda, a exaltar la riqueza de la diversidad. La primera me dejó los ojos irritados desde las salas iniciales en el horrendo siglo XX vivido en la materia: la lección nazi es espeluznante, por las imágenes, las cifras mortales, los textos que inevitablemente leí sin apagar audífonos. Me impresionaron muchas salas, pero me conmoví cuando entré en el vagón de madera en que trasladaba a los judíos a los campos de concentración. Ahí me quedé, escuchando las voces, o imaginándolas, la desesperación y desesperanza, la perversidad de aquellas mentes torcidas que conviene recordar siempre, aunque las lecciones nunca fueron suficientes, como lo constatan el resto de las salas, con los genocidios en África, Europa, Asia y América.

Hoy por la mañana, con un frío intenso, estuvimos parados en el autocar antes de tomar el avión. Con las puertas cerradas, medio hacinados, los vidrios empañados, el calor empezó a desesperarnos; entonces recordé aquel vagón de la muerte, respiré hondo y aguanté sin chistar los minutos restantes hasta que encendieron las luces y ordenaron ascender de cinco en cinco.  Aquellas imágenes de ayer, 24 horas después, siguen danzando en mi cabeza.