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En educación no hay soluciones mágicas

En educación no existen las soluciones simples. Pueden ser formuladas con relativa sencillez, o deslumbrante claridad, pero de eso a su concreción, frente a personas, colectivos, mediaciones, intereses, condiciones y realidades diversas, hay un enorme hoyo por donde suelen fugarse intenciones declaradas o ilusiones.

Juan Carlos Tedesco, ex ministro argentino de Educación, lo aseveró en Chihuahua el año pasado, en forma coloquial pero certera: no existen balas de plata para liquidar los males educativos.

Hecha la confesión, entiéndaseme que no pretendo asegurar que encontré la solución fácil para resolver el enorme problema, el trabado nudo gordiano en la transformación de la práctica docente. Pero sí que hay pistas, si se quiere modestas, pero pistas al final, cuyo seguimiento podría producir resultados alentadores a la vuelta de un tiempo de perseverancia, condiciones propicias y buenas voluntades.

La que a continuación referiré nació en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga, en el curso 1991-1992. Se denominó “Puertas abiertas para la mejora de la enseñanza”. Así lo cuenta Miguel Ángel Santos Guerra: “Se trataba de que los profesores facilitasen a los compañeros la presencia en el aula con el fin de que estos realizasen la observación de lo que en ella sucedía. Aquellos, a su vez, observaban el trabajo de los compañeros”.

La experiencia se cuenta breve. Los resultados habrán sido buenos en algunos casos, en otros posiblemente no. De eso no profundiza el ilustre profesor Santos Guerra. Pero haberlo llevado a la práctica resume anhelos y determinación.

Para que un ejercicio así se realice deben conjugarse factores: reconocimiento de las insuficiencias, debilidades o áreas de oportunidad (como deseen llamarle) que todos los profesores tenemos; respeto a la profesión docente, a los colegas y percepción de que los otros igualmente nos respetan; tiempo para la preparación, destinado por la institución e invertido por los maestros; espacios para la deliberación sobre los avances y resultados.

¿Es complicado llevarlo a la práctica? Seguramente no desborda las competencias de la gran mayoría de los profesores. El primer paso es la iniciativa y la voluntad. Lo demás, es perfectible.

 

La ternura que nos vino a salvar

lupita-gonzalezLluvia de medallas en Río, llamaron con grandilocuencia algunos medios al último sábado de los Juegos Olímpicos. Fueron tres medallas, que acumulan una cifra menos indecorosa al desempeño nacional. En cada una hay indudables méritos y son dignas del máximo reconocimiento. La delicada situación del país es cosa aparte, pero las medallas son robustas dosis de aliento y admiración para quienes logran, en condiciones habitualmente adversas, ubicarse en la élite del mundo deportivo. Además, no abundan los ejemplos públicos que niños y jóvenes necesitan para atisbar con algún optimismo su horizonte.

La medalla de Plata de María del Rosario Espinoza, tercera personal en tres ediciones olímpicas, la convierte en leyenda, pero de todas las medallas, la de Lupita González me sigue cimbrando. No tuve la suerte de ver la competencia en vivo, pero esa noche, y ayer, he visto y escuchado la narración extraordinaria de Fernando Palomo en los últimos instantes, alentando y conmoviendo con el grito victorioso: ¡Que nadie le diga a Lupita que perdió nada!

La emoción que imprimió el periodista salvadoreño a su relato fue la conjugación perfecta para una épica competencia.

Lupita González en las entrevistas demuestra transparencia. Sencilla, tímida, fuerte de convicciones en un cuerpo que parece insostenible. Sus palabras rezuman humildad e inocencia. Su logro inconmensurable es producto de trabajo y miles de kilómetros de entrenamiento. Es ejemplo y nada más. Lupita González, la ternura que nos vino a salvar.

Su Majestad

BoltJuan Carlos, entretenido con sus Legos, observa de pronto la televisión y lo ve bailando exultante. No le conocía, creo. Quizá lo habrá visto en estos días, pero no duda. Voltea a mi sillón y dice guiñando un ojo: ese me cae bien. Alza el pulgar y retorna a su mesa, donde construye su nuevo Titanic. Sí, sin duda. Es un encantador.

Menos de diez segundos es lo que dura la competencia de Usain Bolt cuando corre los cien metros planos. Menos de diez segundos son casi nada, pero suficientes para una descarga indescriptible de energía emocional que paraliza los corazones de quienes admiramos el deporte y el atletismo.

Usain Bolt es un dios en las pistas. Un fenómeno social que alcanza los límites de la perfección deportiva. A su cuerpo portentoso y disciplina agrega virtudes menos populares: una desbordante alegría y un carisma que fácilmente provoca admiraciones. Es impresionante la manera como los estadios se rinden ante su prodigioso desempeño. Bailan con él, agitan sus banderas, elevan sus manos, lo aplauden, le admiran, lo colocan en el pódium de los más grandes entre los gigantes.

Bolt es un deportista maravilloso, pero parece un hombre sencillo, alegre que disfruta con ser quien es y con lo que eligió. Sus actitudes no son imposturas, ni exhibe seriedad para parecer importante.

Con Bolt una generación de atletas, hombres y mujeres, colocan a su país en la cúspide del atletismo. Sus medallas de oro quedarán en la historia aunque un día, más tarde o más temprano, llegue uno más veloz.

Superar la marca de tres medallas de oro en Juegos Olímpicos parece imposible. Mientras, hoy, y por muchos años, el atletismo tiene nombre propio: Usain Bolt, Su Majestad.

Pasos hacia la mejora docente

La semana anterior asistí a ceremonias públicas en que los nuevos maestros de educación básica eligieron las plazas donde laborarán durante el inminente ciclo escolar. Fue mi primera ocasión; y el balance personal, satisfactorio. Algunas de las causas del juicio me parecen dignas de remarcarse.

En primer lugar, todas las personas que eligieron plazas, dentro del abanico disponible, lo hicieron por méritos basados en resultados de la evaluación docente. Nadie les regaló la plaza, no la heredaron, no tuvieron que recurrir a mecanismos execrables como fueron usuales y, esperaríamos, ya desterrados del sistema educativo. Son plazas que obtuvieron por concurso y el solo hecho es encomiable.

En segundo lugar, las edades de los jóvenes son una gran oportunidad para la mejora que reclama el sistema educativo, o para los cambios deseables. No es que ser docente maduro descalifique, pero ser joven concede virtudes propicias, como el entusiasmo por comenzar una trayectoria, ilusiones por llevar a la práctica lo aprendido en las aulas o la energía vital que abunda en los años mozos.

El carácter público de las sesiones, la información ofrecida a los asistentes y el clima cordial son inéditos también; por supuesto, deben potenciarse, perfeccionarse, arraigarlos en la cultura laboral del magisterio, es decir, de los maestros y las autoridades, de frente a una sociedad que debe tener la certidumbre de quiénes educan a sus hijos.

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Magia entre champiñones y lechugas

ChampiñonesJornada habitual. Gris, exasperante. Estaba harto en grado extremo. La enésima llamada de atención de un pendejo con el cargo de jefe me puso del humor más perro que no recordaba en meses. Por error ajeno me impuso el castigo de repetir la tarea catorce veces. Por qué, pensé interrogativo con el último aliento del desplomado ánimo. Y luego, el demonio que me bisbiseaba respondió socarrón: ¿por qué no lo mandas al carajo y te largas de una maldita vez de ese mugroso empleo?

Subí al viejo auto que recordó la pobreza espiritual y material que me rondaba. El ruido del motor, tan cansado como yo, me distrajo unos minutos. En el primero semáforo en rojo encendí el estéreo. Doble terapia: no escuchar el motor, ni mis fantasmas.

Camino a casa las tripas ardientes recordaron la vieja gastritis y el hambre. También me trajeron a la memoria la alacena vacía. La imaginación se relajó mientras recreaba escenas con el acompañamiento musical. Los pájaros de Portugal es una de las canciones que más disfruto visualmente. No sé por qué. Tal vez porque en la juventud cada día más lejana me habría gustado tener una aventura como aquella, o una novia guapita, o mejor, un poquito de la delirante rebeldía para largarte del lugar donde no quieres estar más. Así seguí, entre calles semivacías y la tarde que moría un sábado otoñal.

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