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Los científicos no son impolutos, ¿o sí?

Este mediodía, cuando esperaba mi turno afuera de un banco, seguí leyendo el Diccionario de la estupidez de Piergiorgio Odifreddi. Dos horas pasaron y 40 páginas leí, mientras tomaba mi turno para un trámite que consumió dos minutos. Pero valió la pena por lo que aprendí y alguna sonrisa que solté, parapetada en el cubrebocas negro.

En la entrada correspondiente a Goethe, Odifreddi repasa un capítulo de la historia que me vino como anillo al dedo, ahora que se discuten las verdades (sic) que cada tarde nos receta el doctor López-Gatell.

Resumo: en 1945, diez científicos atómicos alemanes, tres premios Noble incluidos, fueron capturados por un comando estadounidense, trasladados a un refugio de los servicios secretos ingleses y espiados día y noche, sin ellos saberlo: Sus conversaciones, desclasificadas y publicadas en 1992, revelan que los ‘malvados’ científicos alemanes eran éticamente más sensibles que los ‘buenos’ científicos aliados, y que estaban trastornados, los alemanes, porque sus colegas del bloque de los héroes se hubieran prestado a fabricar las bombas lanzadas contra Japón.

¿Debo agregar más?

EL ARTE DE ELEGIR JITOMATES

El encierro que vivimos coloca en situación de indefensión a muchos hombres, obligados, como no estabamos por el trajín, a resolver algunas cuantas cuestiones de la casa. En casi todas soy un fracaso; si quiero ser bondadoso conmigo, podría decir: medianamente inepto. Fuera de cambiar un foco, de los viejos, porque los nuevos tienen su chiste, casi todo lo que debe hacerse en casa se me complica a grados que me provocan risa para esconder el llanto de impotencia. No fui así, confieso con cierto orgullo aplanado por el paso del tiempo y las horas pegadas a la silla de un escritorio en oficinas más o menos cómodas.

Hay algo en lo que me he vuelto experto: elegir frutas y verduras. Las normales, las que se consumen con mayor asiduidad. La historia no comenzó hace dos meses. Nació en Santa Fe, Argentina, a la orilla del litoral del caudaloso río Paraná, en el invierno de 2013. Desacostumbrados a los vientos fríos, temperaturas cercanas a cero y días cortos, donde el departamento en Marcial Candioti era nuestro refugio cálido, el macho alfa debía regresar a su papel de proveedor, así que con mis bolsas de mandado permanentes, que ya entonces eran obligadas, me armaba de valor y salía al supermercado Coto, envuelto en la chamarra y de valor para recorrer la varias calles que me llevarían a la avenida Leandro N. Alem y luego recorrer el parque desierto al lado de la vía del tren, para atravesarlo cerca del Shopping, llegar al muelle del Paraná y luego al Coto. Eran varios cientos de metros que con frío, viento en la cara y un par de bolsas pesadas le dan un toque de resistencia heroíca al habitante tropical.

En ese invierno santafesino me curtí en el arte de elegir los mejores tomates (jitomates nuestros), las cebollas más tiernas, los zapallos más apetitosos, las naranjas más dulces, los platanos ecuatorianos más sabrosos, las remolachas más limpias, las manzanas menos lastimadas, los limones llenos de jugo; cuando había, las paltas (nuestros aguacates) con la maduración correcta tomada su medida en el lugar exacto y no aplastándolas inmisericordes, las infaltables patatas… En fin.

Esas incursiones forjaron mi carácter con relativo éxito y en la cuarentena las pulo casi con deleite, mientras hoy, algunos de mi género, sufren tratando de encontrar las verduras o las frutas perfectas o, de plano, solo tiran lo más cerca de sus manos al carrito.

LECCIONES DE LA CONTINGENCIA

Observo la contingencia pedagógica desde distintos ángulos: como padre de dos hijos, una en secundaria, otro en primaria, en escuelas con gestión escolar diferente; como profesor en la Universidad de Colima, responsable de un curso que ahora será en línea; como estudiante del idioma francés en la misma Universidad, y como profesional de la educación.

Nada de lo que sucede me es ajeno en uno o más de esos ámbitos. El cruce de perspectivas, siendo limitado, me ayuda a no perderme en un solo hilo. Procuro divisarlos todos, y revisar lo que sucede en otros países ante la pandemia.

Las dos semanas de vuelta a las actividades de esto que llamaríamos “aprender en casa y enseñar desde casa”, ya ofrecen un conjunto de lecciones interesantes para los análisis, pero caóticas para las realidades en muchas familias. Enseguida, un brevísimo repaso desde el mirador personal.

Es inevitable la improvisación ante lo inesperado. Difícilmente cabía esperar algo sustancialmente superior. Planear la educación no es cosa sencilla, requiere ingredientes que se complican con la distancia, entre otros: la comunicación (whatsapp es insuficiente), la discusión o deliberación como base para la toma de decisiones (las plataformas de moda también tienen limitaciones) y  la propia complejidad de las tareas de rediseño curricular, como debemos afrontar en la Universidad, por ejemplo. Pero las reacciones de las autoridades, en principio, tienen desempeños desiguales; las crisis son oportunidad pero también peligros, templan y desbaratan.

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EN RECUERDO DE PAULO FREIRE

El 2 de mayo es una fecha triste en el calendario pedagógico. Un día como hoy, de 1997, murió Paulo Freire.

Sobre Paulo he escrito muchas veces, con admiración, con gratitud, con afecto, pero también con pesar, por su partida y porque no alcanzamos a cumplir el proyecto de que visitara la Universidad de Colima.

Este año, fatídico para el mundo, su nombre honra las actividades del 35 aniversario de nuestra Facultad de Pedagogía.

Con las contingencias, no hemos podido concretar otros proyectos, pero en los próximos días empezaré la misión que me propuse en el marco de esos festejos: una nueva edición de Paulo Ferire: praxis de la utopía y la esperanza, libro que coordiné en 2007, cuando conmemoramos el décimo aniversario de su partida.

No sé si los tiempos, recursos y otras condiciones harán posible este año la nueva edición que cuenta, como regalo, con dos textos inéditos de Paulo en español, pero que entrará a la editorial muy pronto, de eso no tengo duda. Será la mejor forma de recordarlo, esto es, estudiándolo y difundiendo su pensamiento.

PRIMERAS LETRAS A LOS 10 AÑOS

Como parte del programa de actividades a distancia del cuarto grado de primaria, Juan Carlos tenía que preparar una tarea basada en un autor: escribir sendos párrafos sobre su vida, sus libros y de uno de ellos, en particular. Entre los autores y textos al alcance, optó por La peor señora del mundo, de Francisco Hinojosa.

Hizo la labor con diligencia y se enfrascó en las páginas ilustradas por Rafael Barajas, El fisgón. Recostado en un sillón leyó en silencio; poco después, pidió hojas en blanco para redactar la reseña. Le propuse que la escribiera y solo al final le ayudaría a revisarla. Aceptó y puso manos a la obra en la mesa donde estudia. Terminó pronto. La leyó y luego fuimos a la instrucciones de su maestra: para cumplir solo requeríamos un párrafo, pero él había escrito casi dos hojas. Se desencantó un poco por haber trabajado de más. Le propuse que resumiera la reseña para la clase y preparáramos otra para publicarla en este espacio. Lo que sigue es el resultado, con escasas intervenciones adultas.

La peor señora del mundo

Juan Carlos Yáñez Borrego

La peor señora del mundo trata de una mujer malvada con uñas largas y filosas, botas puntiagudas y un pésimo carácter, que atormenta a todo el pueblo con sus actos. Pero un día el pueblo se fue, entonces, la malvada señora se quedó solamente con una paloma mensajera a la que le daba de comer migajas bañadas en salsa y agua con vinagre. Como vio que la paloma se moría, le dio un mensaje para llevar a los habitantes del pueblo, que decía que volvieran al pueblo y que la podrían pisotear y rasguñar. La gente aceptó y fue a rasguñarla y pisotearla, pero por la noche, ella construyó una muralla gigante alrededor del pueblo. Entonces, volvió a ser como antes.

Cuando la señora dormía, el pueblo se reunió y dijo un anciano que tenían que agradecerle los actos malvados que ella hiciera para confundirla. A la mañana siguiente ella iba a dar de comer a sus hijos con comida de perro, pero se quedó sin esa comida y decidió darles cereal con leche y miel, pero cuando ellos vieron los platos, se disgustaron y se quejaron. Ella, sorprendida, los obligó a comérsela. Después de dejarlos en la escuela pasó junto a la vecina y le dio una patada, pero ella, con lágrimas en los ojos, y aguantando pidió otra patada; pero la señora malvada dijo que no, y la gente siguió agradeciendo por sus actos.

Un día dijeron que los actos buenos hay que despreciarlos y todos aceptaron. Así, cuando ella hiciera algo bueno, ellos los despreciarían, pero disfrutándolo a sus espaldas.