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Matar por matar

La violencia en Colima se hospeda vigorosa, desalojó la tranquilidad y amenaza con perpetuarse. La cifra de muertos desborda todos los límites, exhibe incompetencias y la gravedad del mal. Un día sí, otro también, los ejecutados van subiendo las gráficas más ominosas de una sociedad vulnerable y vulnerada.

Todas las muertes violentas perturban, pero la forma en que fue asesinado un menor de edad (niño, según la Unicef) que laboraba en un Kiosko de Manzanillo conmueve. Su sueño, según relatan notas periodísticas, era reunir dinero para comprarse una computadora y estudiar para convertirse en administrador.

El video que circula (también convendría averiguar por qué) en redes sociales, y las descripciones del hecho son escalofriantes. Mataron a Germán nada más por qué sí.

Uno está acostumbrado a pensar en la lógica de que hay un móvil para los comportamientos, que actuamos inspirados por una razón o una ofuscación, pero en este suceso no hay motivos para que un sujeto, nomás por nomás, cobardemente dispare su pistola contra otro que ni opuso resistencia, indefenso.

Matar por matar nos coloca lejos de los peores comportamientos entre los animales. Esas conductas son de otro reino. Así estamos viviendo en esta entidad que se nos desangra entre las manos, entre la incompetencia y el desamparo.

La belleza del ejemplo

No hay forma más bella de la autoridad que el ejemplo, recité a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior” en la Facultad de Pedagogía. Me miraban como casi siempre: atentos e interesados. Luego volví a citar a Miguel Ángel Santos Guerra para reafirmar el valor de su idea. Con un comentario más terminé la clase y les agradecí la complicidad.

Me gustaría que ideas como esas se quedaran rebullendo en la cabeza del grupo de jóvenes con quienes tengo la alegría de coincidir cinco horas a la semana. Que las repasaran mentalmente, o en pequeños grupos, en parejas, y discutieran la enorme verdad que encierra la invitación a hacer del ejemplo el ejercicio más poderoso y convincente de la autoridad, para aplicarlas en su casa, en su relación con otros, en su futuro como profesores o directores.

En este tramo del curso elegí “Las feromonas de la manzana”, de Santos Guerra, para reflexionar con los estudiantes sobre el diagnóstico que están realizando y sus experiencias como universitarios y previamente. Es un texto estupendo que suma a la profundidad, la clara y precisa narrativa, enriquecida por la fructífera experiencia del autor.

En educación no existen las balas de plata, escuché decir alguna vez a otro educador extraordinario, Juan Carlos Tedesco. Y la idea de Santos Guerra tampoco es una solución mágica. No hay soluciones fáciles ni únicas para resolver los problemas complejos de las escuelas y los sistemas educativos, pero hay principios e imperativos insoslayables.

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El Festival del Volcán y Davide Arena

Conocí el Festival del Volcán antes de su erupción. El autor intelectual, Davide Arena, entonces director de Cultura del Ayuntamiento de Colima, me buscó para invitarme a participar en la experiencia desde un ángulo distante a los espectáculos que se instalan en el corazón de la capital y trastocan gozosamente la vida pública, por lo menos durante algunos días, aunque la persistencia podría resultar un definitivo punto y aparte en el horizonte cultural colimense.

Pocas semanas antes del anuncio, en su oficina, Davide me mostró los primeros carteles del Festival, el programa general y los detalles de la gestación. Me pareció un proyecto formidable y la historia breve lo confirma. La manera como lo idearon y concretaron es un caso para reconocerse públicamente.

A Davide lo conocí gracias a un querido amigo, Pedro Vives, argentino, quien nos reunió, como a muchos otros, en unos de sus cumpleaños para festejarse con un asado espectacular en el restaurante donde comí y cené durante varios años la mejor carne de Colima, siempre con agradable compañía y tangos en el sonido ambiente.

Davide fue el creador del Festival del Volcán que, felizmente, sobrevivió a la nueva administración. Su nombre tendría que ser distinguido, porque el triunfo, se dice, tiene muchos padres y patrocinadores, pero la iniciativa es única y la valentía para sostenerla, admirable.

Ojalá el Festival siga siendo de todos y no para el lucimiento individual del alcalde en turno y que en esta edición, o en las próximas, reconozcan a quienes tuvieron la idea y la realizaron.

Desde aquí un abrazo solidario y admirado a Davide, mientras llega la ocasión de hacerlo personalmente.

Lecciones estimulantes en Ocotlán

Ayer estuve en Ocotlán, Jalisco, para presentar una conferencia a estudiantes y maestros del Cbtis 49, José Santana. La amable invitación del director, Guillermo Bueno, me pareció indeclinable, pues era la segunda vez que me lo proponía, aunque resultara pesado manejar casi tres horas, descansar unos minutos, comer un poco, la conferencia, y luego el regreso a Colima, con el cansancio acumulado de la semana y la jornada. El retorno en soledad, en algunos pasajes con la música del auto, me dio oportunidad de repasar la experiencia, gracias también a una carretera tranquila.

Con tantos años en el mundo de la educación tengo cierta habilidad para dirigirme al auditorio, alguna capacidad para intuir puntos donde puedo conectar y buenos ejemplos que lo rematen, y me funciona casi siempre cuando el público es adulto, profesores o directores. No puedo decir lo mismo cuando el auditorio es juvenil y las caras de los chicos recuerdan a mi Mariana Belén. Los públicos estudiantiles me imponen temor, entre más jóvenes, más temores.

Por fortuna, el grupo de estudiantes que escuchó la conferencia se portó maravillosamente. Escucharon atentos, sin inquietarse demasiado, sin gritos ni barullos excesivos; si durmieron, tuvieron la delicadeza de hacerlo con ojos bien abiertos. Regresé contento por haber sorteado el reto y conectado con ellos, por lo menos con un puñado.

El final de este tipo de actividades suele ser la mejor retroalimentación: las personas que se acercan, saludan, preguntan, piden una firma, una opinión, un consejo. Esta vez el aliento provino de dos estudiantes que intuyo muy dedicados, por el respeto y la forma inteligente en que preguntaron. Un chico y una jovencita. Buenos estudiantes, imagino, o tal vez incómodos para profesores rancios.

Con reacciones así, el regreso a casa después de la larga jornada se vuelve estimulante y es uno quien agradece la ocasión de pararse en la estación para rellenar el tanque de las ilusiones. No me cabe duda, a pesar de las adversidades propias o del entorno, la escuela sigue alentando el potencial de la inteligencia, la rebeldía y la transformación.

Derecho a la educación: punto de partida

Con un esfuerzo inusitado, contra el reloj, pude enviar hoy mi colaboración al Diario de la Educación, en España. El tema es un primer intento de analizar aspectos de la reforma educativa del nuevo gobierno en México. En realidad, apunto algunas ideas para ponderar las propuestas hechas en el cuerpo del texto constitucional aprobado ya por la mayoría de los congresos estatales.

En estos días he escuchado, de manera profusa, un comercial de la Cámara de Diputados de Colima, que celebra la aprobación y lista algunas de las ventajas de los cambios que avalaron de forma expedita. Me gustaría ser tan optimista como ellos, pero la historia de la educación y mi experiencia de varios años me anticipa que todavía habrán de pasar algunas primaveras para cumplir lo prometido.

Mi artículo para el Diario de la Educaciónestá basado en un documento hecho por el Instituto Internacional para el Planeamiento de la Educación, de la Unesco, en su sede de Buenos Aires. Algunas cifras me reconfirmaron problemas o rezagos que padece nuestro país y dificultarán concretar la promesa de una educación con equidad y calidad, si no hay estrategias estructurales distintas y un esfuerzo financiero descomunal.

Me detendré solo en un rubro, central en las reformas educativas de América Latina y México: el derecho a la educación de buena calidad, especialmente en los niveles medio superior y superior.

Las tasas de escolarización (2015) en el grupo de 15-17 años colocan a México, con 75.2 %, en un grupo de países distantes de los más avanzados, encabezados por Chile (95.5 %), seguido de Argentina (88.5 %), Bolivia (86.8 %), Costa Rica (85.7 %), Brasil (85.2 %), Ecuador (83.9 %) y República Dominicana (83.9 %).

El otro indicador es el porcentaje de jóvenes de 25-35 años con nivel secundaria terminado, (2015). México, con 45.1 %, se ubica lejos de Chile (84.3 %), Argentina (69.7 %), Colombia (68.2 %), Brasil (62.6 %), Venezuela (60 %) y Bolivia (59.2 %).

Son estos, entre otros indicadores, los que habrán de dar cuenta del progreso educativo de México en algunos años, y no otros  ficticios sacados de alguna manga mágica.