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Un puente es un hombre cruzando un puente

“Un puente es un hombre cruzando un puente”, dijo el escritor argentino Julio Cortázar. Los puentes son artificios inventados por el ser humano para unir, salvar accidentes geográficos o estrechar relaciones.

Puentes son hoy, en Colima, una nueva ocasión para fragmentarnos y debemos evitarlo.

La discrepancia, la diversidad y el conflicto son inherentes a la condición humana, y serán saludables para el tejido social, a condición de que no se conviertan en obstáculos insalvables. Pensar distinto es válido y es necesario, pero la pretensión de aplastar a los otros, a quienes piensan de otra forma es inaceptable.

El proyecto para la construcción de puentes en la zona metropolitana de Colima encona posiciones a extremos delicados. Un desenlace en esa dirección no puede ser positivo, sobre todo en momentos en que enfrentamos problemas para los cuales debemos encontrar una solución concertada y que evite mayores riesgos a nuestra seguridad y estabilidad social.

Todo mundo acepta la diversidad en el discurso, pero no cuando dicha diversidad actúa contra mi opinión o mis intereses. Esa es una de las evidencias palmarias de nuestra fragilidad democrática; cuando la democracia implica, precisamente, adopción de acuerdos por encima de diferencias particulares.

Ojalá los puentes sirvan para lo que siempre deben servir: para unir y no para aislar.

…Porque los proyectos en discusión serán una buena prueba para nuestra capacidad de tomar acuerdos y las mejores decisiones.

…Porque, como decía Cortázar, los puentes no son edificios sin alma, son mujeres y hombres cruzando puentes.

Fuente: Ángel Guardián

De libros y buenos amigos

Desde hace algunos años, cuando decidí que mi vida profesional transcurriría entre universidades, aulas, profesores y estudiantes, confirmé que los libros serían compañía permanente. Así ha sido. Los libros fueron, son placer, inspiración, desafío, cobijo, complicidad y aliento. Me gustan los libros, incluso físicamente: disfruto con uno nuevo, lo huelo, lo siento con los ojos y los dedos. Los viejos, sólo por eso, merecen respeto.

Desde entonces, cuando decidí mi vocación, leo no sólo pedagogía, sino de aquello que se liga a la educación, y allí cabe casi todo. No leo de todo, ni lo pretendo, pero sí he podido abrevar en muchas disciplinas y disfrutar de la literatura.

En mi periplo los libros, además de una herramienta para el trabajo cotidiano, son pretexto para confirmar amistades o iniciarlas. Es paradójico: un objeto material ha sido causante de amistades profundas y, en algunos casos, el vínculo que mantiene vivos los lazos con colegas-amigos más allá del Atlántico.

Fue una amistad franca e incipiente la que –supongo- llevó a Alberto Llanes a invitarme a comentar su libro, su nuevo libro de autoría colectiva. Dudé en aceptarla porque su libro era literatura y no pedagogía, ciencia social o humanidades. Pero la amistad y la confianza de Alberto pudieron más que el reconocimiento preciso de límites personales.

Cuando Alberto me entregó el libro dos sentimientos vinieron de inmediato: fascinación por el producto, que es lindo sin duda. Después, la confirmación de los temores por haberle dicho sí. No voy a contarles toda la historia. Salto capítulos.

Llegó la fecha de la presentación: viernes 2 de julio, Casa de la Cultura. Por la tarde había preparado algunas notas en un pequeño cuaderno; no estaba seguro si valían la pena, menos con las presencias que iban ocupando las sillas del patio central y el escenario montado. Pasó el evento felizmente, creo.

Me congratulo de haber aceptado, sobre todo me alegro por la aparición de la obra, de Zanaterio, una idea y hechura editorial de Rosalba Esparza, un cuento de Alberto Llanes y grabados de la propia Rosalba, de Mine Ante y Carlos Giffard. Un libro de artistas, como lo definió Esparza. Para ellas y ellos un aplauso de quien se presentó esa noche apenas como un esteta, es decir, como alguien para quien el arte, los artistas, la imaginación y el genio son -por lo menos en buena parte- el agua y el oxígeno del espíritu, de los sueños y la esperanza.

Con una edición de 50 ejemplares financiados por la Secretaría de Cultura, Zanaterio es una obra magistral que aprecio casi tanto como la amistad del autor de la historia. Twitter@soyyanez

Fuente: Periódico El Comentario

Asignaturas pendientes

La semana anterior terminaron las inscripciones para ingresar a las 62 escuelas de la Universidad de Colima. Más de ocho mil jóvenes buscan lugar en bachillerato o en las carreras profesionales. Los cuestionamientos por el acceso, los rechazados, las cuotas o la transparencia de los mecanismos de admisión cobran forma en los medios locales, como es usual en la época. Así lo he visto, año tras año, desde hace más de una década, en Colima y en el país.

Estos temas resultan dramáticos para una madre o su hijo. No se puede ser indiferente; pero la comprensión del problema del derecho a la educación y su solución no dependen de buenas voluntades. Las cifras y la historia son evidencias insoslayables.

Ejemplifico. De acuerdo con el Censo de Población 2010 asisten a la escuela el 94.7% de los niños con edades entre 6 y 14 años; 10 puntos más que en 1990. Es encomiable si las cifras no representaran personas, pues ese 5 por ciento de excluidos constituye un número cuantioso. Sylvia Schmelkes, experta en la materia, recordó un paisaje escalofriante: hay casi tres millones de niños con edades entre 3 y 14 años fuera de educación básica. El mismo Censo indica que en el grupo de entre 15 y 24 años, sólo 40% asiste a la escuela. ¿Dónde están los otros 60 de cada cien, en un país que apenas empieza a construir políticas para los jóvenes?

Regreso al tema del acceso a la Universidad. Además de las notas que se leen en estas fechas, enfaticemos la insuficiencia de un sistema que no da cabida a quienes debieran cursar estudios post secundarios; porque en México son un bien exclusivo: en bachillerato, apenas dos tercios logran espacio en una escuela, proporción que se reduce en la enseñanza superior a menos de un tercio.

Ante fenómenos de inequidad y exclusión, el acceso escolar es privilegio que no se puede revertir sólo desde las escuelas, menos sin el decidido apoyo de los gobiernos. Repito: no se trata de juicios o voluntad personales. En el país hay avances, pero no ha sido suficiente.

Fuente: Ángel Guardián

Flaquezas de nuestra democracia

El conflicto en la Federación de Estudiantes Colimenses evidenció dos de los rasgos menos edificantes de nuestras sociedades. Por un lado, el poco respeto o, incluso, el desprecio a los jóvenes por considerarlos dependientes, inmaduros y manipulables. Como si ser joven fuera un mal que sólo alivia el paso de los años. No. La juventud no es depositaria de todos los males de la sociedad. Personas inmaduras, irresponsables, manipulables o flojas existen a los 30, 40 o 50 años.

Bajo ese concepto despectivo se descalifica lo que son capaces de hacer, pensar o expresar quienes atraviesan esa etapa vital que coincide, en un segmento social privilegiado, con la enseñanza universitaria.

El segundo defecto es la intolerancia, que expresa la incapacidad para entender que el mundo es hoy más heterogéneo, que no hay verdades absolutas, ni amos y súbditos. El intolerante niega la dignidad a las otras y otros que visten de otra forma o piensan diferente.

La intolerancia, como el menosprecio, ven a sus contrincantes como sujetos sin inteligencia y con escasa calidad moral. Para el intolerante sólo hay un ciudadano de primera: él. El problema es de raíz profunda y difícil de erradicar; requiere un esfuerzo de la escuela además de otras instituciones sociales, como la familia, el Estado y los medios.

Percibir a los jóvenes como una suerte de discapacitados sociales y descalificar a quienes piensan distinto son, entre otros, obstáculos que debemos salvar para que nuestra democracia se convierta en una forma de vida y no sólo en una coartada electoral.

Fuente: Ángel Guardián

Educación y fútbol

El fútbol mundial hace tres años conoció un estilo de juego vistoso y efectivo. En un panorama dominado por la mezquindad, la sola aparición ya era una noticia grata, porque selecciones nacionales y equipos de primera importancia habían obtenido títulos con base en estilos de juegos centrados en buena defensa y pobre espectáculo.

Más allá de la admiración y asombro que despierta la contundencia y sencillez del Barcelona, en su modelo encuentro una edificante lección que podría extenderse a otros ámbitos, por ejemplo, a las escuelas. Se trata de la perfecta fusión entre preparación, determinación y agilidad mental, acompañados de la pasión por el oficio.

Mientras en el mundo y en las relaciones sociales imperan el individualismo o el conservadurismo más recalcitrante, en el equipo catalán prevalecen espíritu colectivo, generosidad en el esfuerzo, disciplina, sobriedad en la victoria y grandeza en la derrota, eficiencia, efectividad y, sobre todo, alegría: valor supremo en el deporte, en la vida y asignatura pendiente en educación. Con esa conjunción de atributos la derrota no deja de ser una probabilidad latente, pero la victoria es más frecuente y justa.

El juego así practicado lo disfrutamos, pero su valía, para mí, va más allá de lo deportivo y constituye una de las claves principales -si claves hay que buscar- para cumplir el objetivo de una profesión o institución. En la tarea pedagógica son imprescindibles emoción y alegría. Si los profesores educamos así, con emoción y alegría, la victoria, es decir, la buena educación, no es garantía, pero llegará, más temprano que tarde.

Fuente: Ángel Guardián