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La obligatoriedad del bachillerato

Dos temas ocupan el debate educativo nacional. El estreno de la película “De panzazo” y el decreto que establece la obligatoriedad del bachillerato. Del primero solo diré ahora que su exhibición ante la élite de investigadores educativos apenas aprobó, justamente, de panzazo.

No se puede estar en contra de una medida a favor del derecho a la educación. Pero debemos prevenirnos y discutir implicaciones. Que el Estado deba cumplir el derecho a cursar bachillerato es una condición necesaria pero no suficiente. Nada garantiza el decreto, a priori.  La secundaria hace años es obligatoria, sin embargo, 17 millones de mexicanos no tienen su certificado.

Aunque soy optimista en la voluntad, los hechos, la historia, una rápida mirada al presente y la estadística inyectan una dosis doble de pesimismo. Sin una inversión cuantiosa, sin mejores docentes y sin resolver problemas de ineficiencia escolar no se concretará ese derecho.

Pero aún con una mejora sustancial de la escuela, queda pendiente un contexto social inequitativo que condiciona las probabilidades de ingresar a bachillerato y culminarlo oportunamente. Las estadísticas son inapelables: el ingreso y conclusión del bachillerato está ligado al origen social y al estatus socioeconómico de la familia. ¿Alguien puede afirmar que los habitantes de Michoacán, Guerrero o Guanajuato no van en su mayoría al bachillerato por incapaces o flojos; mientras que los del Distrito Federal y Baja California lo hacen por ser más inteligentes?

Como afirmó el rector de la UNAM en Colima: que se cumpla la promesa es responsabilidad de todos los mexicanos, y lo que no podemos admitir son pasos atrás: que en aras de cantar logros ficticios se abran opciones de baja calidad en las escuelas oficiales o se promueva más educación privada chatarra.

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La filosofía en la UdeC

Asistí hace algunas horas a la Pinacoteca de la Universidad de Colima para ser partícipe de la presentación de dos libros de profesores de la Escuela de Filosofía. Cuando recibí la invitación de uno de ellos acepté sin vacilar. Guardo por ese plantel un afecto sincero, por distintas razones: porque conozco a varios de sus profesores, he sido testigo de los enormes esfuerzos que han hecho sus directores y maestros para mantenerla viva, y por haber estudiado mi doctorado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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Cuando leer es fuente de placer

Tengo sobre mi desordenado escritorio en casa, libros, tarjetas, documentos, manuscritos, borradores. El desorden, sin embargo, no me distrae ni me inquieta. Después de todo, en el desorden hay alguna armonía. Entre los libros, ahora tres sobresalen: “44 cartas desde el mundo líquido”, de Zygmunt Bauman; “La vía para el futuro de la humanidad”, de Edgar Morin y “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, de Eduardo Galeano. Los tres autores, de un tiempo a la fecha, sonparte indispensable de mi bibliografía personal. Los respeto, admiro y abrevo con frecuencia.

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Maestros memorables de bachillerato

Estudié en el Bachillerato 13 de la Universidad de Colima, al inicio de la década de los ochenta. Entonces se ubicaba en el campus central, primero donde hoy están las facultades de Contabilidad y Mercadotecnia, más tarde en las instalaciones que compartíamos con el Bachillerato 1. Poco después, el “13” se fue a Cuauhtémoc y culminó esa historia de una de las mejores escuelas de la Universidad; a juzgar por sus maestros.

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Reconocimiento a la UNAM

El jueves de esta semana el rector José Narro Robles estará en Colima para recibir la medalla “Lázaro Cárdenas del Río”, que nuestra Universidad entregará a la máxima casa de estudios del país. Es justo homenaje a una de las instituciones más relevantes en la vida pública nacional.

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