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Tan simple como insuperable

logo-promoWhatsApp es una red social extraordinaria. La apreciación es totalmente personal; no tengo ninguna pretensión de generalizarlo. La cantidad de usos que tiene en mi vida es suficiente para afirmarlo sin duda. Excepto un chat de estricto e indispensable uso laboral, todos los demás los controlo con relativa facilidad.

Las redes sociales son una herramienta de trabajo, comunicación personal, aprendizaje y de ocio; cada uno decide cuáles privilegia y su inversión temporal. En mi caso, los fines didácticos son cada vez más frecuentes. Mucho aprendo allí, a pesar de que rehúyo leer textos largos en el teléfono. En síntesis: WhatsApp es hoy una red indispensable en el día a día.

A pesar de lo escrito antes, con el riesgo de ser calificado de nostálgico del pasado, prefiero siempre el teléfono para el uso que se lo concibió: escuchar del otro lado a quien queremos escuchar. Hoy lo recontra comprobé, y no hacía falta: es mejor escuchar la voz que deseas a leerla. Las vibrantes emociones que se transmiten con las voces no se pueden, jamás, comparar con leer un mensaje u observar los “monitos”; menos, con pinchar un teclado minúsculo. Entonces, WhatsApp (modo textos, o como se llame) es indispensable, pero el teléfono lo supera.

Sin embargo, hay algo tan simple como entrañable: la palabra hablada, la expresión de la cara o el cuerpo, las miradas, la relación humana desnuda de aparatos. El cara a cara, el diálogo, la palabra que se siente con los oídos y con los ojos no tiene comparación. Eso, perdón, es francamente insuperable y no hay más.

La necesidad de unir nuestras verdades

Miguel Ángel Santos Guerra cuenta en su libro La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora (Granada, Aljibe, 1995) que los alumnos de Lawrence Stenhouse, notable investigador educativo, en el campus de la Universidad de Norwich sembraron un árbol como homenaje póstumo, y colocaron una placa con un pensamiento central del maestro: “Son los profesores los que, al fin, podrán cambiar el mundo de la escuela, comprendiéndola”.

Esa también es mi convicción. A la escuela no la van a cambiar activismos estériles, desorientados o alentados por privilegios grupusculares; menos las modas o los dictados ministeriales o legislativos. Al mundo de la escuela lo podemos cambiar comprendiéndolo, pensándolo, y cuestionándonos cómo lo estamos pensando. Esto último me parece cardinal: reformar la escuela requiere, en primer término, reformar nuestros pensamiento, nuestra comprensión y las ideas sobre la escuela. No propongo un idealismo abstracto, sino una práctica inteligente y coherente.

Parece tan simple de enunciar como complicado de ejecutar, pero en el trabajo cotidiano de la escuela habitualmente no hay pausas para la reflexión, el diálogo, el coloquio, la discusión, incluso el disenso. Se pierde la riqueza de la escucha, de la expresión, del argumento divergente. Y así, se obstaculiza la comprensión. Leer más…

¡Cuidado con los niños!

Juan Carlitos en Café de LunaHay que tener cuidado con los niños, escribió José Saramago en su Cuaderno del viajero. Lo releo siempre, y nunca me impacta menos, ni me deja indemne. Es una verdad como el sol: enorme, brillante.

Los niños nos colocan en situaciones inesperadas, a veces imposibles de resistir para el dolor o la alegría desbordadas. También nos regalan la palabra precisa para detener nuestro mundo interior. Eso me sucedió hace unos días. Lo cuento breve.

Estaba escribiendo en la computadora, solo. A lo lejos escuchaba la televisión y nada más. De pronto, unos pasitos llegaron a mi lado: papá, me das agua. Claro hijo, le respondí.

Oculté la cara para que no viera una lágrima, después de que un ramalazo había revivido el recuerdo de la ausencia de mi madre.

Se dio cuenta y, discreto, me siguió a la cocina. Le serví agua y quise darle la espalda. Fue imposible escapar a su mira telescópica.

Papá, estás triste. Tienes los ojos como llorosos. Su expresión se solidarizó conmigo de forma indescriptible.

Sí, un poco hijo. Completé: me acordé de mi mamá.

Su mirada tornó vidriosa, casi a punto de llorar. Me abrazó las piernas y me dijo: podrías ir a visitarla a su tumba.

Ya no pude verle la cara. Lo abracé para no seguir y di la espalda. Él, a sus Legos; yo a estas teclas, buscando un bálsamo.

Autorretrato: Conversando con la noche y con el viento

Nunca fui el más intrépido de la calle donde viví los años mozos. Tampoco el más valiente o amistoso; no era el más alto o fuerte; menos, el simpático o guapo. En fin, no quiero desgranar virtudes ni exhibirme lo que, además, a nadie importará. Seguramente por ese tipo de razones la primera novia llegó tardecito a mi vida y se fue a la mañana siguiente sin permitirme, siquiera, explorar una vez la topografía de sus labios; ¡oh, cruel recuerdo!

Desde que pude comprar un modesto equipo de sonido pasé muchas tardes encerrado en mi cuarto, acostado en el piso fresco, escuchando la música que, alguna, todavía sigo. A veces leía mientras las canciones sonaban, pero casi siempre dejaba volar la imaginación. Allí, en ese mundo era casi infalible: las chicas más hermosas del pueblo no se me escapaban. También empezaban a anidarse proyectos e ilusiones; o insistía en la búsqueda de respuestas que remolcaran otras preguntas.

Confieso con esto que mi forma de ser ha cambiado poco en lo sustancial; que, con frecuencia, escapo de las relaciones sociales y prefiero encerrarme en mí mismo, bajar las cortinas, asilarme entre la música y recordar algunas veces lo vivido, otras lo que deseo y, obsesivo, velando armas para la nueva batalla.

Soy feliz conmigo, o lo más próximo. Necesito poco, y lo poco que deseo lo deseo poco, recitaba Facundo Cabral recordando a Francisco de Asís. Así, más o menos, se podría resumir lo que hilo.

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En educación no hay soluciones mágicas

En educación no existen las soluciones simples. Pueden ser formuladas con relativa sencillez, o deslumbrante claridad, pero de eso a su concreción, frente a personas, colectivos, mediaciones, intereses, condiciones y realidades diversas, hay un enorme hoyo por donde suelen fugarse intenciones declaradas o ilusiones.

Juan Carlos Tedesco, ex ministro argentino de Educación, lo aseveró en Chihuahua el año pasado, en forma coloquial pero certera: no existen balas de plata para liquidar los males educativos.

Hecha la confesión, entiéndaseme que no pretendo asegurar que encontré la solución fácil para resolver el enorme problema, el trabado nudo gordiano en la transformación de la práctica docente. Pero sí que hay pistas, si se quiere modestas, pero pistas al final, cuyo seguimiento podría producir resultados alentadores a la vuelta de un tiempo de perseverancia, condiciones propicias y buenas voluntades.

La que a continuación referiré nació en el Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Málaga, en el curso 1991-1992. Se denominó “Puertas abiertas para la mejora de la enseñanza”. Así lo cuenta Miguel Ángel Santos Guerra: “Se trataba de que los profesores facilitasen a los compañeros la presencia en el aula con el fin de que estos realizasen la observación de lo que en ella sucedía. Aquellos, a su vez, observaban el trabajo de los compañeros”.

La experiencia se cuenta breve. Los resultados habrán sido buenos en algunos casos, en otros posiblemente no. De eso no profundiza el ilustre profesor Santos Guerra. Pero haberlo llevado a la práctica resume anhelos y determinación.

Para que un ejercicio así se realice deben conjugarse factores: reconocimiento de las insuficiencias, debilidades o áreas de oportunidad (como deseen llamarle) que todos los profesores tenemos; respeto a la profesión docente, a los colegas y percepción de que los otros igualmente nos respetan; tiempo para la preparación, destinado por la institución e invertido por los maestros; espacios para la deliberación sobre los avances y resultados.

¿Es complicado llevarlo a la práctica? Seguramente no desborda las competencias de la gran mayoría de los profesores. El primer paso es la iniciativa y la voluntad. Lo demás, es perfectible.

 

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