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Más de… ¿Estudiante o sujeto de crédito?

 

La decisión gubernamental de lanzar un programa para financiamiento a estudiantes de carreras y posgrados en instituciones de educación superior privadas fue rechazada por especialistas y autoridades universitarias. Distintas aristas se abordaron en medios y reuniones para cuestionar el Programa Nacional de Financiamiento a la Educación Superior, como se denomina.

No resultó grato a los sectores educativos públicos que el paquete financiero tenga una mayor cantidad de recursos que el destinado en 2010-2011 al Programa Nacional de Becas para los jóvenes de las instituciones públicas, el PRONABES. Mientras se desgranan las preocupantes cifras sobre la deserción en el bachillerato, o se esconden las no menos graves del nivel superior, el anuncio pone en cuestión el endeble fondo de la equidad que, se dice, promovería el programa para fortalecer la educación privada. Sin avances sustanciales en la promoción del derecho a la educación media superior y superior, las becas crédito no son una medida edificante ni oportuna. La lección chilena es contundente y peligrosa. Solo desde la miopía se explica su desdén.

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Diez en la escuela, cero en la vida

Presionada por bajos resultados de los jóvenes mexicanos en el examen internacional conocido como PISA, que mide los aprendizajes en lengua, ciencias y matemáticas, la Secretaría de Educación Pública acentúa las políticas que promueven la competencia y la rivalidad entre escuelas.

La fiebre evaluadora se sustenta en la creencia ilusoria de que entre más exámenes, mejor se aprende y se superará el lugar que ocupa el país en las pruebas. En la literatura especializada y entre los expertos, nada lo sustenta. A pesar de la evidente fragilidad –y falacia- del supuesto, la opción frente a los resultados es proliferación de exámenes y una visión estrecha; sin embargo, un paciente no se alivia colocándole con más frecuencia el termómetro.

A los niños de primaria que aprenden a leer apenas ya se les calificará su “velocidad lectora”, que quiere decir, cuántas palabras leen en un minuto. ¿Y eso, qué refleja, esencialmente? ¿Acaso el que sube más rápido de peso o aumenta más centímetros a su talla tiene garantizada buena salud? Me dirán que no es el único parámetro, y es verdad, pero este desnuda prioridades.

Entiendo la meta gubernamental: elevar los puntajes de los niños mexicanos en una prueba internacional. Pero el tamaño de ese despropósito es inversamente proporcional a la limitada visión que lo engendra. Aumentar indicadores debe ser una consecuencia, no el fin. Un día nos preguntó un investigador visitante en la Universidad de Colima: ¿quieren abatir la reprobación o promover el aprendizaje? Lo primero es fácil, nos dijo: cambien la escala y que aprueben con un 3 de calificación.

Diez en la escuela y cero en la vida, ese podría ser el producto de estas políticas para la escuela mexicana.

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¿Estudiante o sujeto de crédito?

El Programa Nacional de Financiamiento a la Educación Superior es una eufemística manera de llamar a un programa que no es nacional ni pretende financiar a toda la educación superior: está focalizado a un sector financiero y al ámbito de la enseñanza superior privada. Es, además, irónico que se llame programa nacional de financiamiento a una bolsa de recursos que excluye a las universidades públicas, sometidas año tras año a tirones que la obligan a ajustes y dinámicas alejadas de sus funciones.

Su despliegue, después de un pilotaje reconocido por el propio presidente, es un paso más en la historia -no breve ni reciente- de la privatización y mercantilización de la educación superior mexicana. Dicha historia no nació con el Partido Acción Nacional, pero sus dos sexenios en el gobierno federal profundizaron las medidas que directa o indirectamente favorecen a la instrucción privada y descalifican a la pública.

Diversas objeciones al nuevo programa ya están expuestas por periodistas y expertos en la materia. Recojo aquí una parte para ilustrar el enorme impacto financiero y simbólico del anuncio hecho en el corazón de la educación elitista del país.

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El porvenir de la universidad

El futuro inmediato de la universidad pública mexicana tiene los mismos rasgos de los recientes años electorales en que se eligió al presidente de la república: un contexto crítico en el país (violencia, inseguridad, pobreza) y con restricciones financieras para el desarrollo social, producto del modelo neoliberal adoptado a principios de la década de los ochenta. Un tercer rasgo completa el cuadro: alta expectativa sobre las responsabilidades de las universidades. En suma: menos recursos, sociedad convulsa y más exigencias.

¿Cuál puede ser el resultado de tal combinación? Más allá de la buena voluntad u optimismo, no vislumbro un camino que conduzca a conclusiones prometedoras. Explicarlo trasciende este espacio y lo dejaré para posterior ocasión.

En la literatura sobre la educación superior mexicana hay consensos en torno a los retos para construir un sistema educativo eficiente, socialmente pertinente y relevante en sus aportes científico, humanístico y cultural. Tres son, por lo menos, bastante visibles:

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Lecciones de dignidad

Terminaba de leer las últimas páginas de la más reciente andanza del capitán Alatriste, personaje del escritor español Arturo Pérez-Reverte (autor de “La reina del sur”), cuando me enteré del ataque contra Michel Ventura, Mitch, británico de nacimiento, mexicano por decisión propia.

Imposible no ser conmovido por su historia final. Imposible no dolerse por la muerte ajena cuando se trata de un hombre así, a quien lo definen sus hechos postreros.

No tuve la suerte de conocerle, mirar sus ojos o estrechar sus manos; de cruzar palabras con él, pero para admirarle, no me hizo falta. Lamento su muerte y me duele por él, por su esposa y por sus hijos.

Dentro de la terrible tragedia del sábado por la noche, hay lecciones imborrables de las que pocos hombres y mujeres pueden ser ejemplo tan contundente.  Y por eso, sólo por eso merecen ser recordados por familiares y la sociedad. Gestos valientes como el suyo confirman que, por fortuna, hay quienes siguen creyendo y practicando valores a veces perdidos, a veces despreciados, como la palabra de honor o la generosidad.

La partida de Mitch suscita interpretaciones diversas; algunas escuché: que una camioneta no vale una vida, que debió mantenerse al margen… pero estoy cierto que para un bravo como él, que pudo elegir entre meterse en su vehículo o enfrentarse, no era disyuntiva. Lo mismo habrá hecho muchas veces antes como bombero, arriesgando su vida por otras desconocidas.

Hombres dispuestos a dignificar el pedazo de tierra que pisan saben que cada día es una oportunidad para actuar o no. En su genética y en su biografía estaba hacer lo que hizo. En la nuestra, por lo menos, agradecerle y, en la medida de cada uno, enaltecerle.

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