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El tema de hoy

Los datos publicados por la Universidad de Colima en estos días muestran una rama del frondoso problema de la falta de acceso a la educación superior. Me refiero al cuadro con información sobre el ingreso de nuevos estudiantes en un grupo de universidades públicas mexicanas, de distintos tamaños y contextos. La recopilación hecha por la Coordinación General de Comunicación Social -esfuerzo nada sencillo por falta de una fuente única- expone la incapacidad de las universidades por atender a más estudiantes de los que tocan sus puertas y el esfuerzo de la Universidad de Colima por absorber a la mayor cantidad. Luces y sombras en el paisaje. Hay que decirlo también: la reducida capacidad de atención de las universidades públicas es comprensible; a la UNAM, por ejemplo, ingresan más estudiantes cada año, que la población total de varias universidades públicas estatales.

Pero además, expone la incapacidad y, en no pocos momentos, la falta de voluntad en las cumbres políticas del país para satisfacer a quienes demandan oportunidades educativas. Los responsables tienen nombres y dependencias concretas, ayer y hoy. La historia no miente. No es preciso abundar en detalles.

En la conjunción de problemas estructurales e instituciones el escenario es poco halagüeño. La ineficiencia de nuestro sistema educativo es vergonzosa. El país no educa a millones de sus jóvenes y el indicador llamado cobertura lo refleja. Cobertura es, como se sabe, la proporción resultante del total de los inscritos en un nivel escolar contra el número global de habitantes con edades de cursar dicho nivel. La cobertura mide realidades, es contundente y, a veces, desnuda discursos.

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Tercera página

Como algunos de ustedes saben, he dedicado más de dos décadas al estudio de la educación, al ejercicio de la docencia y a la gestión en escuelas, principalmente de la Universidad donde trabajo. Con énfasis distintos, en diferentes momentos, las tres actividades estuvieron y están presentes en mis agendas de estos años. La educación, pues, es profesión y pasión.

En mi peregrinaje por el mundo universitario encuentro muchos alicientes y razones para la inspiración, para seguir creyendo en la poderosa capacidad que tiene la educación, no como sinónimo de escuela, quede claro el lector, sino como proceso intrínsecamente humano, social e inacabado. Tal confesión afirma que no simpatizo con la idea de la escuela como empresa y el alumno como cliente; no dudo en la defensa de la educación como derecho humano y bien público.

Tampoco dudo de mi convicción, aunque sobren motivos para derrumbar optimismos, como ciertos liderazgos magisteriales, ignorancias en autoridades educativas e inocultables fenómenos de corrupción en el mundo escolar. Creo, sin embargo, que Fernando Savater acierta cuando dice que un pesimista puede ser un buen domador, pero no un buen educador. Y más creo en Paulo Freire cuando escribe la pedagogía de la esperanza.

Preguntará el lector a dónde llevan mis palabras. Es hora de decirlo. Dos motivos simultáneos me trajeron a este Cuaderno una mañana de sábado: encontrarme con un amigo a la distancia, virtualmente, argumento válido en sí mismo, e identificarme con sus ideas y suscribirlas también. Leer más…

Segunda página

La muerte de decenas de jóvenes noruegos y de la cantante Amy Winehouse ocuparon, ocupan, los espacios de los noticieros impresos, digitales y televisivos. Decirlo es lugar común. Las imágenes y artículos, por abundantes, no dejan de ser estremecedoras. Me conmovieron, sobre todo las víctimas del desquiciado ultraderechista, cuyas declaraciones son también desquiciantes.

Difícil no sentir dramas de esa magnitud, si uno tiene un corazón humano. Y una escala para ponderar no creo que exista y, si existe, no tiene sentido. Disculpen lo que voy a decir enseguida, pero así lo siento: a mí me impactó más la noticia de la muerte de un aficionado al fútbol que murió en Colima por la golpiza que le propinaron en la final. Partido que, simplemente anecdótico, ganó su equipo.

No sé si en derecho o en ética exista algo como una clasificación de las razones para bien morir pero, de haberla, estoy seguro que la causa del fútbol no debe figurar entre las más relevantes. Morir golpeado por una turba, probablemente alcoholizada e iracunda, es una triste, irracional manera de morir, si es que puede haber formas felices de partir del mundo terrenal.

La calidad de nuestros profesores

La nota sobre los cientos de miles de estudiantes que abandonan el bachillerato, los rechazados de las instituciones de educación superior y la publicación de los resultados del cuarto concurso nacional para el otorgamiento de plazas docentes en educación básica pusieron de nuevo al sistema escolar en la picota. Cada uno de los problemas tiene una complejidad particular, pero en lo profundo un origen común, ligado al funcionamiento del sistema político y a la prioridad que ha representado ayer y hoy la educación en el país.

En el tema de los docentes era previsible el escenario y los juicios. Esa es una primera constatación que, vista desde fuera de nuestra realidad, es desconcertante: ya conocemos los problemas y buena parte de lo que ignoramos, pero hemos avanzado poco en resolverlos. ¿Qué significa tal confirmación?

-Como en las ediciones previas del concurso nacional los resultados no exhiben excelencia, aunque la SEP ha cambiado la clasificación de los resultados (aprobados-reprobados, aceptable-requiere nivelación-no aceptable y la actual) Los titulares periodísticos de esos días fueron lapidarios y no preciso abundar. Leer más…

Primera página: Confesión inicial

Un hombre no es lo que escribe. Tampoco es sólo lo que hace: de errores está llena la existencia, porque la falibilidad es un rostro de la condición humana. Un hombre, una mujer son la azarosa conjunción de eso, lo que escribe y hace, como de lo que no escribe y no hace –por razones ajenas o voluntarias-, y de lo que sueña y lucha por conseguir, aunque no lo obtenga y erre una vez tras otra.

Dicho lo anterior, es decir, confesado el valor relativo y hasta nimio de escribir, salvo que el nombre sea, digamos, Julio Verne, Dante, Octavio Paz, Walt Whitman o José Saramago, alguna utilidad le encontraremos a cada uno de esos actos íntimos en que el hombre toma una hoja en blanco, un cuaderno, un teclado y empieza el tejido de palabras.

Para quien escribe, la utilidad ha sido la misma a lo largo de varios años, con mayor intensidad y paciencia ahora. Siempre y, afortunadamente, compartida con otros muchos colegas o admirados pensantes: sentar testimonio de hechos e interpretarlos, expresar preguntas para debates, afirmar convicciones, confesar esperanzas. No como quien tira una botella al mar con el mensaje desesperado, sino con la terrenal ilusión de servir como pretexto para un diálogo, como puente cuando proceda y, con mucha pretensión, como aliciente.

El hombre no es lo que escribe. Juzgarlo sólo en función de ello es inexacto, incluso peligroso. Tampoco vale sólo por lo que hace, como ya quedó dicho. La vida humana, falible si falibilidad queremos exhibir, está repleta de desaciertos, suficientes para escribir muchos tomos con su historia a lo largo de la historia global.

Un hombre, una mujer no son lo que escriben, pero lo escrito exhibe rasgos, lo expone, lo muestra. En su escritura se resbalan preguntas, convicciones, indignaciones, esperanzas.

Esa es la intención que alienta la página, en especial el “Cuaderno” que hoy abro y comparto.

Bienvenidas, bienvenidos.