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El triste espectáculo de los políticos

Las detestables muestras que casi a diario nos ofrecen los políticos de distintos signos ideológicos (si es que existen todavía), exhiben las fragilidades de la democracia y los discursos de la legalidad y la transparencia, de la justicia a secas.

Como si formaran parte de un mazo maldito, las cartas de personajes se desmoronan más o menos grotescamente, aunque cada uno, tiempo atrás, ya era objeto de serios cuestionamientos en su parcela.

Si faltaban pruebas, ya no queda duda de que esta clase que mayoritariamente gobierna está adiestrada en las escuelas certificadas del cinismo, la prepotencia y la impunidad; que no es desde los liderazgos hoy visibles de donde vendrá la hoz que siegue las podridas espigas que despuntan en los cargos gubernativos.

Si la constatación es una mala noticia, también deja en claro, y ya era hora, que una ciudadanía de eunucos políticos no tiene sustento en sus aspiraciones de gobierno eficiente, sensible, democrático y justo.

Aunque el panorama cultiva desaliento a raudales, claudicar hoy, desde la tribuna de cada cual, y desde la ciudadanía, significaría entregar las armas de la razón y la dignidad, renunciando a cualquier posibilidad de transformación.

El triste espectáculo de los políticos debe terminar para dar paso al protagonismo de los ciudadanos con plenos derechos.

¡Ciudadanos, no súbditos, reclama una república!

Argentina, argentinos y Luis Porter

14522844_10153962872328595_3379434824534377_nDesconozco dónde nacieron mis afectos por Argentina. Tengo varios recuerdos y aparecen con frecuencia.

La primera imagen nítida es del mundial de fútbol de 1978, que ganó la selección albiceleste comandada por la bravura del matador Mario Alberto Kempes, mientras su pueblo luchaba hasta la muerte contra la dictadura que los masacraba.

Luego, varios años después, llegué a la institución donde soñaba estudiar cuando contemplaba en el atardecer los bellísimos cañaverales en mi pueblo. Sentado en la azotea de casa paterna, las espigas de la caña alimentaban mis ilusiones. La UNAM fue el alma mater generosa; allí encontré la paternidad intelectual que deben regalarte las universidades, o que uno busca más allá de su patio hogareño. Juan Carlos Geneyro, mi profesor argentino de filosofía y luego amigo, fue el primero gran maestro; después llegaron argentinos y mexicanos por quienes tengo gratitud y admiración, como Alfredo Furlán, entre una lista amplia a quienes debo algunas ambiciones intelectuales.

Luis Porter se define en Facebook como “argentino por nacimiento, mexicano por trayectoria de vida, canadiense por buena suerte del destino”. Llegó a mi periplo profesional más tarde. Creo que fue otro inolvidable maestro, Juan Eliézer de los Santos, quien lo trajo a Colima para presentar La universidad de papel, su magnífico libro. Estuve en la Pinacoteca Universitaria para escucharlo, conseguir el texto y su firma.

Luis se volvió compañía y aliento frecuentes, y con el paso de los años, tan amigo, que propuso a mis hijos adoptarlo como tío una tarde que viajábamos a Tonila para comer juntos y compartir la tarde fresca.

El “tío Luich”, como le decía Juancarlitos, es presencia cotidiana en casa: dos grabados de su madre, Margarita Galetar, reciben a los visitantes: de frente, el que Luis regaló a Mariana Belén; al costado izquierdo, en sitio diseñado ex profeso, otro bellísimo.

Si eso no es privilegio ya, en Buenos Aires tuvimos ocasión de admirar la magistral exposición de Liliana Porter, la artista argentina viva más importante hoy, en el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Por supuesto, la hermana querida de Luis. Y conocemos también, contado por el hijo, algo de la historia de su padre, Julio, a quien Luis en estos días ha recordado recientemente en el centenario del natalicio.

Desconozco dónde abrevan mis afectos por Argentina, su gente, su cultura, su música, sus vinos, su comida, sus goles pero, entre esas razones, las personas que conocí en México, las que me acogieron en Argentina, son las más entrañables. Y Luis, en casa y en nuestros corazones, tiene sitio especial.

¡Felicidades en tu cumpleaños, querido Luis!

Mis maestros argentinos

argentinaHace un mes debí publicar este artículo. La carga laboral y otros temas me hicieron deslizarlo inoportunamente, pero quiero compartirlo aunque la fecha sea extemporánea porque casi nunca es tarde para expresar gratitudes y admiraciones.

El 11 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Maestro. La fecha, instaurada en 1943, obedece a la conmemoración de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento, un personaje central en la construcción del sistema educativo en su país.

La ocasión me trajo los recuerdos de los varios maestros argentinos que fueron, siguen siendo determinantes en mi andadura profesional.

En los años ochenta, cuando estudiaba la licenciatura, “los argentinos” era una referencia intelectual y pedagógica imprescindible para nosotros, como hoy. Leíamos autores emblemáticos como Anibal Ponce y su famoso libro Educación y lucha de clases, y luego una lista entre los cuales recuerdo vivamente a Emilia Ferreiro, Juan Carlos Tedesco, Juan Carlos Portantiero, Susana Barco, Adriana Puiggrós o Roberto Follari; después algunos con quienes tuve la fortuna de coincidir y hasta trabajar juntos, como Azucena Rodríguez, Alfredo Furlán o el inolvidable y simpático Eduardo Remedi.

La UNAM fue el espacio que me unió definitivamente a la tradición argentina del pensamiento pedagógico. El primer curso que tomé en la Facultad de Filosofía y Letras fue de filosofía de la educación, con Juan Carlos Geneyro, uno de los más grandes maestros que tuve, a quien me una amistad que dura más de dos décadas, que pasó de mi condición de estudiante de posgrado a su director cuando lo invité como profesor en la Universidad de Colima, y hoy a disfrutar su amistad, sellada con cenas espectaculares en Buenos Aires, donde ahora vive.

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El dulce encanto de la infancia

indianaSegún el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE),  encanto significa, en primer término: Persona o cosa que suspende o embelesa.

La definición es perfecta: esa persona que tiene por nombre el mío también, me embelesa. Embelesar, según la RAE, es “arrebatar o cautivar los sentidos”. Ergo: mi hijo me encanta, me embelesa, me arrebata, cautiva mis sentidos.

Supongo que todos los padres sienten o deber sentir lo mismo, y me alegra que así sea. Perdonen la fatuidad, hoy escribiré de nuestro caso.

Podría decirse que la razón de mi encanto es que él se llama como yo, producto del machismo. Nada tan lejano de la verdad: muchos años no imaginé que tendría hijos, y cuando crecía en el vientre nunca me pasó por la cabeza la idea de heredarle nombre. No fue decisión mía ni de su mamá; fue su hermana, Mariana Belén, quien lo eligió. Tampoco me opuse, porque quienes lo hicieron obtuvieron la misma cantidad de negativas de la niña.

Sus atributos físicos e intelectuales, su simpatía o ingenio son rasgos que me embelesan. Solo por ellos podría decir que me encanta. Pero hay más. Lo que me seduce en grado extremo es el peculiar sentido de la vida, la etapa de la infancia que atraviesa, que disfruta al máximo en sus múltiples expresiones: dormir, jugar, jugar, jugar y jugar, ensuciarse, no comer cuando no le apetece, ver la tele o sonreír, llorar pero volver a reír, y una grandísima capacidad de perdonar o disculparse cuando es preciso.

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Elogio de la estupidez

cipollaHace seis años y un mes publiqué el contenido de este artículo. Varias señales en el horizonte me hicieron volver la vista al pasado y creer que es buen momento para repasarlo y, en la medida posible, prevenirnos de la estupidez.

En una vieja librería del sur de la Ciudad de México conseguí un libro que me sedujo por el título y la portada. Se llama Allegro ma non troppo, escrito por Carlo M. Cipolla, profesor e historiador en universidades europeas y norteamericanas. La obra, publicada inicialmente en Italia a finales de los ochenta, fue traducida al español e impresa en 1991 por la estupenda Editorial Crítica, con sede en Barcelona.

De la obra conviene ofrecer algunas referencias que tomo de la solapa: los dos ensayos que componen el libro fueron escritos en inglés no para ser publicados ni vendidos, sino para compartir a los amigos. El gusto que provocaron originó que se reprodujeran masivamente en fotocopias e incluso manuscritos. Cipolla no tuvo más remedio que publicarlo; en dos semanas se agotó la edición inicial, y 50 mil ejemplares en pocos meses.

El primero de los ensayos se titula “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”. El segundo, al que aludiré, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”; contenido excepcional, pero desacertado el nombre, pues no creo que se pueda calificar como estupidez los comportamientos animales o de otras especies, solo atribuibles a los humanos.

El ensayo sobre la estupidez es un espléndido ejercicio humorístico: “El término humorismo –dice Cipolla– deriva del término humor y se refiere a una sutil y feliz disposición mental sólidamente basada en un fundamento de equilibrio psicológico y de bienestar fisiológico.” En otras palabras, “es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad. Pero es también mucho más que eso. En primer lugar, tal como escribieron Devoto y Oli, el humorismo no debe suponer una posición hostil, sino más bien una profunda y a menudo indulgente simpatía humana”.

Enfatizo: humorístico y no irónico. La diferencia es sutil en la escritura pero radicalmente distinta en actitud: el irónico se ríe de los demás; el humorístico se ríe con los demás. Este es un texto humorístico sobre la estupidez: “una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Cinco son las leyes fundamentales de la estupidez, a saber:

1) “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. Quizá la mexicana expresión “un chingo” pueda ayudar, pero siempre será ambiguo el cálculo. Ciertamente, dice Cipolla, el número de personas estúpidas no es infinito, porque es finito el número de personas vivas.

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