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Mañana de aprendizajes

Mañana de sensaciones gratas. Mañana fresca. Un gran salón con 15 personas expectantes: estudiantes, maestros y su rector, atentos, respetuosos. Aula de clases como de otra época. Afuera, los cantos de pájaros, el verde  exhuberante del entorno, el viento que anticipa invierno frío en la zona. Sábado. Mañana en el Seminario de Colima, en El Cóbano, para presentar Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima, invitados por el profesor Juan Carlos Meza Romero.

Teníamos dos opciones: grabar un video y enviarlo, o asistir con las precauciones debidas. No dudé: volver. Volví. Volvimos, esta vez con Rogelio Alonso.

Mañana de aprendizajes, primero, escuchando los comentarios inteligentes de tres estudiantes, luego, un diálogo a partir de sus preguntas, varias de las cuales no me había planteado y traje en el cuaderno de apuntes. Con una de ellas escribiré mi colaboración para el Diario de la Educación. Aprendizajes, dije, mañana de aprendizajes.

La experiencia didáctica es lo más parecido a la universidad que sueño.

Corazón verde

Soñé con un corazón verde. Al despertar, el corazón verde estaba vivo, se movía frente a mis ojos, agrandándose y empequeñeciéndose, atrás y adelante, una y otra vez, incesante, silencioso. Vi el reloj en la muñeca. Las 7:17 h. Temprano para una mala noche. Afuera se oían los gallos y ladridos de un perro fastidioso, que no conozco, pero ya odio como al vecino, su dueño, que tampoco conozco. Los distractores no borraron el corazón verde. Creí escuchar su palpitación. Me paré al baño descalzo y sentí el piso frío, con el corazón verde respirando a un lado, como si me observara. Ni el chorro del agua lo limpió. La cara en el espejo me devolvió una imagen desagradable. El fastidio ganaba la partida. Volví a la cama y empecé a pensar en todas las imagenes del corazón, que debía ser rojo, como siempre ha sido, o negro como en las cartas de la baraja o el cuerpo de los malvados. ¿Por qué un corazón verde? Si la imagen más emblemática del corazón la pintaramos de verde ¿sentiríamos distinto? ¿Seríamos otros?

Nunca tantos hablaron tanto de educación

Nunca tantas personas, en tantos países, en tan poco tiempo, escribieron, hablaron y opinaron sobre la educación como en estos meses de pandemia.

La cantidad de seminarios web, conferencias, reuniones, artículos y videos donde se analiza la educación en tiempos de confinamiento hace imposible conocerlo todo.

Podríamos suponer que es un hecho positivo, porque se demuestra la centralidad del sistema educativo más allá de los edificios escolares, porque la institución llamada escuela, qué duda cabe ahora, estructura en gran medida la vida social, familiar y privada.

Casi todos, de alguna forma, estamos afectados o influidos por lo que en ellas sucede. Si pensamos en el futuro, más nos vale que lo hecho en las escuelas esté bien hecho, porque el presente de las escuelas es el futuro de las sociedades.

Después de la salud y la economía, la educación es el tercer gran tema mundial. Podríamos suponer que eso es positivo. Pero de toda esa parafernalia discursiva, ¿cuánto se convertirá en decisiones políticas sensatas o audaces? Lo que sea preciso en cada circunstancia. ¿Cuánto ayudarán a diagnosticar correctamente y trazar alternativas?

¿Cuánto de todo ese caudal de palabras pronunciadas o escritas penetrará en el corazón de los sistemas escolares para su transformación?

Desde la Secretaría de Educación Pública las cuentas siguen siendo muy alegres. A contracorriente del mundo, en nuestro país ya dimos un salto cualitativo y estamos enseñando como si no hubiera pandemia. No es la actitud más honesta ni responsable.

En su columna del 31 de octubre titulada “Educación, hacernos guajes”, Manuel Gil Antón repasa la demagogia del secretario y recoge citas textuales, como esta joya: “El aprendizaje no se detuvo, la educación siguió con dos prioridades: la inclusión mediante una amplia cobertura y la excelencia al trabajar sobre los aprendizajes esperados dentro de los planes y programas de estudio”.

Sobran esas declaraciones carentes de autocrítica.

Una de las grandes lecciones que podría aprender nuestro país del confinamiento pedagógico es la necesidad de escuchar a los protagonistas y construir con ellos. Generar una cultura de participación inédita, con consejos técnicos genuinos y no simulaciones, con instancias colegiadas que fortalezcan las prácticas educativas.

No es fácil, pero es necesario. Si el presente de las escuelas es el futuro de las sociedades, no podemos esperarnos mucho más a edificar un porvenir venturoso.

Medidas sensatas

Leo que un diputado de la Asociación Parlamentaria Encuentro Social, antes Encuentro Social, propuso elevar la edad mínima para consumir alcohol en la Ciudad de México. 21 serían ahora los años que se tendrían que cumplir para comprar alcohol y consumirlo.

Más allá de las buenas intenciones del sobrio diputado, la medida me resulta risible. ¿Acaso los jóvenes de 22, 30 años, o los adultos de 40 o 50 consumen menos alcohol?

Puestos a proponer, sugeriría elevar la edad a los 25, o a los 35, total, en ese tipo de menesteres lo prohibido y clandestino agrega placeres insospechados.

Las lecciones son abundantes: no son las prohibiciones la solución

Lecciones a la basura

El domingo mi línea del tiempo en Twitter amaneció inundada de videos, fotos e insultos a los llamados “Covidiotas”, que aprovecharon el pretexto celebratorio de ocasión para montar festejos o salir en manada a sitios concurridos y divertirse.

El viernes pude verlo en un paso nocturno fugaz por avenida Constitución en la capital de Colima.

Lo que observé viernes y domingo semejaba un verano normal, un fin de semana largo, la conclusión del curso universitario o la absoluta seguridad de aquí no hay bichos ni enfermedades silenciosas que se transmiten veloz y mortalmente.

Por otro lado, la contabilidad fatal no tiene freno. Lejos quedamos de la curva aplanada y de los números gozosos que minimizaban las consecuencias de la pandemia.

En el mundo las cifras son espeluznantes; Europa vive una situación peor a la de primavera. Alemania, la liga del futbol de élite a donde volvieron primero los aficionados, dio marcha atrás y regresaron los estadios vacíos. Francia, Italia, Inglaterra o España reviven la pesadilla.

¿Y nosotros? ¿Y nosotros, en México y Colima?

El sábado un pelotón de personas se amontonaron afuera del panteón municipal de nuestra ciudad capital para exigir el acceso. Más allá del amor al familiar muerto, pregunto ¿es un gesto razonable?

Con la fórmula: incompetencia y demagogia gubernamental, más una ciudadanía en buena medida irresponsable, seguiremos alimentando al COVID-19 y alargando esta desconcertante normalidad, entre civilización y barbarie, es decir, entre responsabilidad e imbecilidad.