Novedades

Días claroscuros

La primera semana del año empezó de forma insólita. Cuando el gobierno federal anunció la liberalización del precio de la gasolina estaba convencido que habían estudiado minuciosamente el impacto financiero, social y político. Creo que es un error grave suponer que los gobernantes son ignorantes o improvisados en materia política. Puede uno discrepar de las decisiones o los modos, pero tienen una racionalidad, así sea distinta a la que nos orienta.

Cuando tomaron la decisión al amparo de lo que justifican como un acto responsable, habrán imaginado reacciones sociales, pero me parece que no de la magnitud de lo observado en estos ocho días iniciales, preludio de un año complicado para gobernantes y gobernados.

Varias lecciones pueden aprenderse de estas jornadas de manifestaciones públicas.  La inaceptabilidad absoluta de cualquier forma de violencia, proceda de donde proceda, es una de las prioritarias. No tienen cabida la violencia contra las personas, ni contra edificios privados o espacios públicos. Aquí tenemos uno de los ejemplos conmovedores, cuando los ciudadanos en Camargo, Chihuahua, frente a los policías antimotines en un poderoso gesto simbólico entonaron el himno nacional de rodillas.

También hay una simiente alentadora en más expresiones de civilidad y solidaridad; otra vez la capital de Jalisco puso el ejemplo cuando paró el transporte público y los ciudadanos salieron a ofrecer sus vehículos para trasladar a otros, distintos o francamente desconocidos.

Leer más…

Bienvenido el 2017

Si 2016 fue un año con tintes oscuros, pródigo en desgracias, plagado de violencia, inseguridad, corrupción, cinismo e impunidad (¡uf, qué jinetes del apocalipsis!), en 2017 se atisban nubarrones amenazantes.

2017 aparece cargado de desesperanzas y pésimas intenciones. Las perspectivas desoladoras cobijan escaso optimismo. Algunos piden, en tono socarrón pero imposible, que no termine 2016, con todo y sus males. Pero la vuelta del calendario no tiene retorno.

Si la vida cada vez cuesta menos, porque cada vez se pierde más fácil, por las estupideces de las guerras o por las enfermedades de la pobreza, es buen momento para revalorarla como nunca. Eso es de lo poquito que todavía tenemos en las manos y en las de nadie más.

Solo por eso, y algunas otras razones, vale la pena encarar el nuevo año con alguna ilusión.

Si enfermarse tiene costos crecientemente altos, y entre las enfermedades crecientes irrumpen las del espíritu, es buen momento para relajarse y tomar menos en serio las dificultades.

Si sonreír no nos carga impuestos, y resulta buen ejercicio para la cara y el alma, sería fantástico dejar los rictus amargos y ensayar cada día otras maneras de reír.
Si es gratis observar el amanecer o el atardecer, la playa, el volcán o la naturaleza toda, como caminar las calles de los pueblos y ciudades, manos a la obra, es decir, pies en marcha.

Si encontrarse con los buenos amigos, para conversar, tomarse una cerveza o un vino, para reírse y ser felices por unas horas, no perdamos tiempo y hagamos la ronda.

Si tener salud es un privilegio, don divino, suerte o regalo, como cada uno decida, cuidémosla al máximo, sin tener miedo de los excesos cuando sea preciso.

Si amar no cuesta, y las oportunidades jamás faltan, no ocupemos el disco duro emocional con estupideces y odios estériles.

Si el presente es lo único que tenemos, lo que hay, y el futuro no depende sino de esto que hoy transcurre, descompliquemos la vida y vivámosla sin topes.

Si esas poquitas y otras razones valen la pena, solo por eso brindemos esta noche y vayamos al mañana con ánimo de no permitir que nos sigan jodiendo la vida quienes ejercen tan inconfesable oficio.

2017 ya está aquí y no queda más que sortearlo. Como en Gladiador, la película: no sabemos qué nos viene, pero juntos nos irá mejor.

Tenía razón Eduardo Galeano: vivamos cada mañana como si fuera la primera, y cada noche como si fuera la última. Así de simple, así de profundo, así de verdadero.

Como repite jubiloso Juan Miguel Batalloso, dilecto amigo y colega: ¡sigamos, siempre sigamos!

El querido maestro Serrat

En la imaginaria película de mi vida la música tiene sitio protagónico. Criado entre dos hermanas, primero de la familia, primero en salir de casa y del pueblo, tuve escasos interlocutores constantes. Aunque nunca me faltaron amigos, la compañera excelsa de los primeros veintitantos años de la vida fue mi madre, pero ella, amiga y más fue, antes que todo, ternura y comprensión.

Allí, en esa relativa orfandad, la música encontró espacio para volverse imprescindible: compañía, energía, solidaridad en el dolor, arrebato frente a injusticias percibidas con alerta indignación juvenil.

La música y poco a poco la lectura y la escritura me volcaron en un mundo del que apenas lograron zafarme las muchachas en flor que por momentos me desquiciaron temporalmente. Cuando todo volvía a la normalidad y bajaba la calentura emocional estaban en casa mi leal madre y la música que acumulaba con los pesos que me sobraban, nunca muchos porque competían con libros que ansiaba leer.

Ni entonces ni hoy fui de gustos extendidos. Aunque no evado experimentos o probar otros sabores, infrecuentemente los incorporo al arsenal más íntimo.

De entonces, de esos distantes pero indispensables años viene mi afición por el cantautor más antiguo en querencias: Joan Manuel Serrat, el niño mimado del Poble Sec, como recita irónico y admirada el genio de Úbeda,  Joaquín Sabina, el otro monstruo español que idolatro.

Mi baraja musical es pobre, se agota en los dedos de ambas manos, pero soy fiel a muerte. Joan Manuel Serrat ocupa un trono que solo podría disputarle el citado Sabina. Y juntos, no podría ser distinto, acaparan el soundtrack vital.

Hoy Juan Manuel, Joan Manuel, el Nano, cumple 73 años. No lo recordaba; he leído suficiente como para no olvidarlo, pero lo extravié. Twitter me lo recordó en sus tendencias, y cuando lo leí, juro, sentí un frío recorrerme ante la idea de que se hubiera ido. Por fortuna para nosotros, para él, nada más cumple 73 y yo, conmovido, solo tengo palabras de alegría y gratitud.

¡Felicidades al maestro Serrat! Y el personalísimo agradecimiento por la compañía entrañable en una larga aventura que va de los años donde abandonaba la niñez, hasta la madurez más gozosa que jamás pude imaginar.

Autorretrato. Rompecabezas de recuerdos

Como el mar arroja a la playa la basura después de un tiempo, así van emergiendo del océano los recuerdos de años pasados. No logro identificar ni adivinar qué mareas los traen a la superficie, pero van surgiendo de a poquito, cada vez con más frecuencia. No sé si son los años que van acumulándose, las nostalgias por lo extraviado o que el baúl de reminiscencias llegó al tope.

Los episodios brotan principalmente por la noche, a veces con despertares súbitos o antes de dormir. Entonces me hundo en las imágenes que vienen como fotografías en sepia y las voy reconstruyendo mientras afuera, en la calle o desde los árboles escucho los silencios nocturnos, o persigo figuras entre las sombras del techo. A veces me da por levantarme y sentarme a escribirlos, o me propongo hacerlo tan pronto amanezca.

Fue así como un día apareció clarita la música que mi madre escuchaba cuando lavaba o tendía la ropa en el patio trasero, entre árboles de guayaba, limón, mandarina, mango y alguna vez un durazno que produjo escuálidos frutos. Un día me reencontré acostado en el frío piso granate del cuarto en casa paterna, limpio siempre por la diligencia de Rosa, mi madre; allí pasaba las tardes mirando las paredes repletas de libros que iba comprando compulsivamente, escuchando música en la época en que los discos de vinilo dejaban su sitio a los CD’s.

Cuando escribía un libro muy lejos de casa y la ciudad reapareció aquella antigua conversación con mi padre, que estoy seguro de haberla vivido y no inventado, el instante en que comprendí, con meridiana claridad, que el destino personal solo tenía alguna esperanza cierta en el camino de la escuela.

Leer más…

Las posadas y yo

Mi pueblo vivía en una fiesta casi perpetua. La iglesia era, en gran medida, la responsable. Por lo que sé, no mucho, la vida cambió sustancialmente. Nosotros a las 11 de la noche estábamos de vuelta en casa, a punto de dormir o descansando, por ejemplo, para no hablar de violencia e inseguridad.

En dos décadas pocas veces he vuelto a caminar sus calles, a pasar días enteros, sentir los cambios de estaciones y temperatura, o sufrir la llegada de la zafra por la contaminación. No sé con precisión cómo será la vida allí ahora, pero sé cómo era entonces, y la recordé con nostalgia en las horas previas a dejar la ciudad por unos días y en víspera de las posadas.

En aquellos tiempos, finales de los ochenta, el calendario festivo comenzaba con las celebraciones de la Sagrada Familia en enero o febrero. Con la Semana Santa el viacrucis era obligado punto de convivencia multitudinaria. Después la fiesta del Cristo de la caña, en mayo, y poco antes la del día de la cruz, en el barrio del mismo nombre; luego los fines de ciclos escolares y la temporada de vacaciones; para septiembre las fiestas patrias y las más importantes, en honor a la virgen de las Mercedes, el día 24.

Para muchos venían los festejos de pueblos vecinos y la feria de Colima, a las que no asistía, salvo equivocación. Con diciembre la virgen de Guadalupe era motivo de rezos y peregrinaciones; concluía con las posadas populares, la cena navideña en familia y la tertulia por el fin de año. Entre ellas había otras, por San Francisco o el día de los músicos, pero de menor calado. Alguna vez, hecha la suma de semanas, me sorprendí: nunca faltaba pretexto para divertirse.

De todas recuerdo con alegría las posadas. Eran una forma de convivencia comunitaria. A cada barrio correspondía organizar la romería uno de los días, y así pasábamos de barrio en barrio, de la Limonera a los Laurales, de la Cebada al centro, entre las 7 y las 10 de la noche, mezclando el sentido religioso, la relación con los amigos y la búsqueda de la pareja.

Organizar la mejor posada era un reto popular, que desafiaba la capacidad de los comités y sus recursos; unos tiraban la casa por la ventana, con la música, los cohetes y los adornos coloridos en las calles.

De las numerosas semanas de ese pueblo en fiestas hoy tengo nostalgias intermitentes. Si el 17 o el 19 de diciembre volviera una noche no sé si me sentiría uno de ellos o totalmente ajeno. En todo caso, estoy casi seguro que mis hijos difícilmente encontrarían asideros. Y no sé si es bueno o no, si esos quiebres en la historia de los pueblos ayudan a cohesionar o son consecuencias de un magro progreso y pesados males sociales.

Volveré pronto, de eso estoy seguro, y ya podré contar lo que vi, viví y sentí.

 

 

Página 22 de 191« Primera...10...2021222324...304050...Última »