Novedades

Una llamada de atención a los mayores

Recibí hace algunas semanas un paquete con dos libros que había solicitado a un amigo mexicano que estudia en España. Uno de los libros, aun inconcluso en su lectura y del cual hablaré con detalle en otra ocasión, tiene por título “Una llamada de atención. Carta a los mayores sobre los niños de hoy”, cuyo autor, Philippe Meirieu, es un sabio profesor francés que enseña en la Universidad Lumière-Lyon 2.

De Meirieu he leído todo lo que he encontrado, desde su “Frankenstein educador”, porque me resulta uno de los expertos más provocadores y originales, y su sencillez rigurosa es una invitación ineludible para quienes nos dedicamos a la docencia.

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Calidad y cantidad en la enseñanza

En las últimas semanas he dedicado varias horas al día a escuchar informes de directoras y directores de las escuelas de la Universidad de Colima, un ejercicio anual que realizan ante sus consejos técnicos para exponer los avances (y los retos). Pero no es de los informes de lo que quiero escribir, tampoco de los logros, cuyo mejor testimonio lo darán las comunidades escolares; quiero aludir a uno de los asuntos insinuado en varios informes y expresar un punto de vista porque me parece que conviene discutirlo abiertamente, por sus implicaciones. Me refiero a lo que podríamos denominar la formación de los estudiantes o la calidad de los aprendizajes, medidas por las opiniones de profesores y los resultados en una de las pruebas mexicanas que presentan los estudiantes de bachillerato (Enlace). Es un tema de amplio espectro y con múltiples aristas, así que acortaré aún más, para circunscribirme a lo que se supone que debemos hacer frente a las insuficiencias en matemáticas, lectura, escritura y ciencias (física y química, particularmente).

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Por qué no educan los municipios

Aunque el artículo tercero constitucional faculta a los municipios para impartir educación su participación en el sistema educativo es marginal. En la estructura organizativa de los municipios la educación no es una prioridad y no existe, en general, una dirección encargada de atenderla. Sospecho que por su irrelevancia entre los políticos nadie se pelearía por ser director de servicios educativos municipales -o como se llamara-. En las campañas electorales no suele ser parte de la oferta de los candidatos y si no aparece ni allí, ya podemos estar seguros que nunca figurará en la actuación de los gobernantes.

El lugar que ocupa en los gobiernos municipales se puede explicar por la concepción corriente sobre educación. Como antaño, mucha gente sigue pensando que la educación es aquello que sólo ocurre cuando existen un salón, estudiantes y un profesor explicando, por tanto, son parte del ámbito educativo básico, nada más, las oficinas de la Secretaría de Educación Pública y las estatales, así como las del Sindicato magisterial que cuidan celosamente los intereses de los maestros (no estoy seguro que cuiden con el mismo celo la preparación de los niños y jóvenes).

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Conversando con la noche y con el viento

Esta noche me di cuenta que hace muchas noches no miraba el cielo con los ojos sorprendidos con que lo admiré. Fue el pequeño Juan Carlos quien lo incitó con sus palabras cuando dijo: quiero mirar el cielo. Estamos lejos de casa, más cerca de la tierra donde nací y crecí, en un sitio donde se puede observar el cielo con apenas levantar la cabeza. Descubrí un cielo distinto al mío, al de cada noche cuando asomo al balcón de mi casa: despejado, azul oscuro, embarazado de puntos brillantes. Todo era otro cielo, con excepción de la enorme estrella que en el poniente miramos Mariana Belén y yo cuando salimos cada mañana rumbo a su escuela. Solo esa estrella descubrí familiar, el resto me era entrañablemente ajeno, como el viento que acaricia mi cara. Qué cielo más lindo el de esta noche, casi grité a la nada. Y al despertar, muy de madrugada, salí de nuevo para constatar que allí seguía, que aquí sigue, y lo más importante: que aquí estoy aún para maravillarme.

Avances y retos en la UdeC

Cuando se acerca el fin del periodo rectoral que iniciara Miguel Ángel Aguayo hace ocho años, es obligado efectuar los balances del progreso de la Universidad de Colima durante dicho lapso. Una pretensión tal es desmesurada para una persona y más aún en el espacio de una columna periodística, pero quiero referirme a algunos aspectos del ámbito académico para mostrar los que, a mi juicio, son progresos inocultables que deben consolidarse en el futuro inmediato.

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