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LA INSOPORTABLE PESADEZ DEL SER (BUROCRÁTICO)

Max Weber, un clásico en el estudio del tema, ofrece como ejemplos históricos de burocracias importantes y desarrolladas la de Egipto en el periodo del nuevo Imperio, el principado romano de última época, la iglesia católica romana desde finales del siglo XIII, China desde la época de Shi Huangti, los Estados europeos modernos y la gran empresa capitalista moderna.

En las universidades mexicanas el fenómeno de la burocracia tampoco es una novedad ni una moda. Con el explosivo incremento de las universidades, matrícula y profesores después del Movimiento Estudiantil del 68, promovido por el gobierno de Luis Echeverría, como una forma de acercarse a un sector social altamente explosivo y demandante, aparecieron múltiples desafíos, entre otros, el burocrático. No es que allí se inventó ese mal, por supuesto, pero un amorfo e incontrolado movimiento expansivo, motivado por el clientelismo político, fue caldo de cultivo donde germinaron o se fortalecieron varios problemas, como la improvisación de docentes y las prácticas de simulación de las estadísticas sobre matrícula para obtención de mayores presupuestos.

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A 95 AÑOS DE LA REFORMA DE CÓRDOBA

Un texto breve pero intenso, fechado el 21 de junio de 1918, dirigido a “los hombres libres de Sud América”, constituye uno de los más emblemáticos legados del siglo XX latinoamericano y de la juventud argentina, protagonista del movimiento que impulsó la Reforma Universitaria de Córdoba, punto y aparte en la historia de la universidad.

Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen, dice inicialmente el documento titulado “Manifiesto Liminar”, y en ese tono denuncian los hechos que acontecían en el panorama universitario cordobés y que desembocaron en una ilegal elección del rector de su Universidad Nacional.

Su descripción de las instituciones universitarias es una severa crítica social que produjo la pluma de un no tan joven llamado Deodoro Roca: “Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos –y lo que es peor aun- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así el fiel reflejo de estas sociedades decadentes, que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil”.

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DISQUISICIONES SOBRE LA UNIVERSIDAD

En la conferencia que presenté durante el IV Encuentro Regional de Tutorías de la región centro occidente de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, la semana pasada en Irapuato, rememoré la ocasión en que Federico Mayor Zaragoza, siendo director general de la UNESCO, recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Colima hace casi dos décadas. En su magistral discurso, Mayor Zaragoza definió el trabajo de la educación como una misión de transformación social de hondo calado, y no solo como un empleo.

Al hilo de esa idea recuerdo ahora otra magistral definición que José Saramago acuñara sobre la universidad y su significado: la universidad, dijo, no es una isla donde desembarcan los estudiantes para egresar cinco o seis años después con un diploma; es un espacio de confrontación del joven con el mundo y con los demás, con lo otro, lo diferente.

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BUENAS NOTICIAS (SIC)

wal-mart-rusiaEsta mañana, después de dejar a Mariana Belén en la escuela, escuché las noticias de Colima. Una nota me quedó revoloteando en la cabeza mientras conducía hacia la Universidad: empezará en Villa de Álvarez la construcción de una nueva tienda de la cadena Walmart, conocida en Estados Unidos y en el mundo por sus prácticas no precisamente respetuosas de los derechos humanos.

Sin resistir la tentación busqué en Wikipedia: “Con cerca de 2,2 millones de empleados en todo el mundo, Walmart ha enfrentada a un torrente de demandas y problemas con respecto a su fuerza de trabajo. Estas cuestiones implican bajos salarios, malas condiciones de trabajo, asistencia sanitaria inadecuada, y temas relacionados con las fuertes políticas antisindicales de la empresa. Los críticos señalan la alta tasa de rotación de Walmart como prueba de una fuerza de trabajo infeliz, aunque otros factores pueden estar involucrados. Aproximadamente el 70% de sus empleados abandonan la cadena en el primer año.” No necesito agregar más.

Según la nota del corresponsal, con la tienda prevista para apertura en octubre serán 500 empleos los que se crearán con la inversión de 150 millones de pesos; 200, creo, empleos directos, y los otros indirectos. Me distraje entonces recordando y varias escenas vinieron en cascada a mi memoria, todas, relacionadas con el tipo de empleos y las condiciones que estas bendiciones del neoliberalismo generan: un señor trabajando 12 horas diarias en una empresa de seguridad por 100 o 110 pesos al día, sin derecho a enfermarse ni a elementales consideraciones humanitarias; los cajeros de esos grandes almacenes, muchas horas en pie, ganando menos de dos salarios mínimos y con un tiempo finito de contrato para no “hacer” antigüedad; o los señores y señoras, mayores por lo común, que tienen empleos precarios entre los precarios, cargando cajas y arrastrando los “carritos” de esos mercados. Son esos, supongo, muchos de los 500 empleos que traerá la nueva tienda de Walmart.

Pensando en estas minucias que me deja la manía de observar y preguntarle a esa gente llegué a mi cubículo, temprano aún. Abrí mi libro de turno; se llama “Pedagogía de la igualdad. Ensayos contra la educación excluyente”, cuyo autor es un profesor argentino, Pablo Gentili. Leyéndolo, mientras aquellas ideas seguían rondando mi cabeza, encontré el siguiente pasaje: “Cambiar la escuela sin cambiar el mercado de trabajo sólo producirá más frustración y decepción en una juventud que, noblemente esperanzada, recurre a la escuela tratando de forjar su futuro en un mercado de trabajo que, a los más pobres, les dispensará desprecio y humillación”. Entonces extendí el manto de mi desesperanza matutina no sólo por aquellos sujetos que fueron expulsados de la escuela tiempo atrás, sino también por los que ahora están estudiando o egresaron recién, porque, en efecto, el contingente de jóvenes que egresan cada año con un título se encontrará de tope con un mercado de empleos precarios, mal pagados, informales o inexistentes. Por supuesto, algún cerebro de esos que aplaudirán estas buenas noticias podría decir, o pensar al menos, aquella mortífera frase: “hay algo peor que ser explotado, y es no serlo”.  

DISQUISICIONES SOBRE EL DERECHO A LA EDUCACIÓN

El artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice: “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos”.

De lo declarado a los resultados hay un abismo. Varios temas del contenido ameritan también una profunda discusión. No tiene caso abundar en las cifras mundiales o nacionales, pues de eso hay palmaria constatación. Quizá, para apuntalar la mediana obsolescencia de lo dispuesto en esa fracción del artículo 26, valdrían la pena dos ejemplos: el primero, derivado del principio de obligatoriedad en el caso mexicano. Si la educación elemental es obligatoria, como la básica y la media superior, entonces, ¿ambas deben ser gratuitas? ¿Si no son gratuitas, cómo puede establecerse la obligatoriedad de un derecho? ¿Obligatoriedad para los ciudadanos o para el Estado en sus tres niveles?

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