Novedades

Gracias por este primer año!

Como se cumplen años una vez cada 365 días, no quiero dejar pasar la oportunidad de escribir a propósito del primer aniversario de que lanzamos la página web que recoge mis colaboraciones periódicas, algunas de las recientes publicaciones y los apuntes de este Cuaderno.

Ni la gente que me apoya con la administración del sitio, ni yo, habíamos reparado en el hecho. Un poquito tarde, pero aquí estoy para contarlo y, por genuino sentimiento de gratitud, decirles que estar aquí durante estos meses, días y “entradas” me resulta valioso solo por la posibilidad del encuentro con sus comentarios. Porque es verdad que se escribe por distintos motivos: como oficio, como una pasión, como pasatiempo… Pero no es ninguno de esos el que me alienta. Por eso, que me lean e incluso lo comenten en la propia página o en redes sociales le da sentido a esta bendita posibilidad.

Entre los visitantes que me dispensan su tiempo (entre menos lectores, más los aprecio), destaco a un grupo de estudiantes de la Facultad de Telemática (Universidad de Colima), que durante los dos semestres escolares, en la materia de un estimado profesor, Arthur Edwards (¡gracias colega!), tienen como tarea leer mis colaboraciones y escribir sus opiniones en inglés (por ser la materia). Inicialmente me empeñé en leer y responder a cada uno de sus comentarios, pero la abrumadora cantidad me hizo desistir de la sana pero imposible intención de cumplir el cometido. Hoy les agradezco sus opiniones (a veces solidarias, a veces indignadas, siempre curiosas) sobre temas que no son los más comunes para ellos, a juzgar por lo que me dicen. Son ellos, ustedes, todos, estimulante razón para la persistencia en afanes.

Gracias a cada una, a cada uno de quienes han visitado este sitio inspirado en la esperanza del poder transformador de la educación y en la inestimable valía de quienes se dedican a la tarea educadora.

¡Hasta pronto, hasta siempre, hasta cuando queráis!

 

Una nueva generación de políticas para la educación superior

Durante la campaña electoral pasada escuchamos de todos los actores políticos, en mayor o menor medida, declaraciones en torno a la relevancia de la educación. Sobre el ámbito de la educación superior, en específico, se insistió en su importancia para la transformación económica y política del país con adjetivos desmesurados respecto a las propuestas. No es novedad: prevalecen discursos demagógicos, semivacíos y propuestas poco originales; por ello, poco se podría rescatar de las miles de proclamas vertidas.

Para el caso de la educación superior la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior, Anuies, como en las dos elecciones presidenciales previas, preparó un documento que entregó a los candidatos, obteniendo de ellos aquiescencia y compromisos de apoyo, durante las reuniones celebradas en la sede del organismo. Se llama “Inclusión con responsabilidad social. Una nueva generación de políticas de educación superior”. Contiene cinco pequeños apartados: “Avances y limitaciones en las políticas de educación superior”, “La inclusión social como principio rector de las políticas de educación superior”, “Ejes estratégicos y propuestas”, “Acciones prioritarias” y “Corolario”.

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Tiempos difíciles

Las semanas que corren son complicadas para las universidades públicas mexicanas. Sus procesos de admisión las colocan a merced de la crítica por los aspirantes que no encuentran espacio en sus aulas. Los encabezados de prensa resultan sensacionalistas, a veces ciertos en algunas aristas. La UNAM está a la cabeza de los cuestionamientos, luego el Politécnico Nacional, la Autónoma Metropolitana, la Universidad de Guadalajara y muchas de las universidades públicas estatales, como la de Colima.

Los detractores de las universidades públicas, los que solo opinan cuando se trata de lanzar la crítica más severa, en esta época abonan en terreno fértil. Los detractores, muchos de ellos en cargos públicos, de elección o no, pudiendo haber lanzado iniciativas o tomado decisiones, optan por la vía más cómoda: la acusación.

La explicación frente al tema de los rechazados tiene coordenadas precisas: la demanda crece más que la oferta en las buenas instituciones, es un fenómeno demográfico pero también de expectativas sociales; al mismo tiempo, es producto de un esfuerzo gubernamental inferior al necesario, porque las instituciones educativas no reciben presupuestos adecuados y porque se crearon muchas instituciones pero de poco prestigio.

Al amparo de estos elementos la educación privada creció de forma explosiva en las últimas décadas, más que la educación pública y sin ninguna garantía de calidad, en la mayoría de los casos. Aumentó, además, la estafa y el engaño porque la privatización se fue convirtiendo en mercantilización y en educación chatarra.

Son tiempos difíciles para las universidades públicas, por eso la transparencia de sus procesos de selección es vital. Mientras, habrá que esperar un año más a que se concreten los discursos y tengamos, ahora sí, una política de estado decidida a educar a todos los mexicanos, porque todos deben y merecen ser educados.

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Buenas noticias. Segunda parte

El 31 de mayo compartí en estas páginas la buena noticia que Marina, una colega española, me enviaba desde su tierra, Málaga. Les conté entonces que pronto empezaría su trabajo como profesora y saludaba el nacimiento de una maestra de las que hoy necesitamos, en España, en África, en Latinoamérica, en México. Semanas después Marina me escribió de nuevo para relatarme pormenores de su experiencia pedagógica con los pequeñines que la vieron debutar como profesora. Su carta, más allá de lo emotivo y anecdótico, que vale por sí misma, cierra este breve capítulo. Aquí se las dejo.

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Lecciones de los maestros: Steiner y Alain

Alain, cuyo nombre real era Émile-Auguste Chartier, es un maestro poco conocido en nuestro contexto, pero de notable prestigio en Francia, reconocido como “Maestro de la nación, praeceptor galliae”. A sus clases acudían para escucharle de La Sorbona y la École Normal. Pacifista y antifascista, sufrió en carne propia los horrores de la Primera Guerra Mundial, lo que acentuaría su convicción pacífica.

En “Lecciones de los maestros” George Steiner cuenta brevemente que, hacia 1928, el educador francés entró a su aula y escribió en la pizarra ante unos 90 alumnos y oyentes impávidos, la siguiente oración: “La felicidad es un deber”.

Cuando lo leí empaté su reflexión con la que vengo realizando desde hace algunos meses, a partir de un par de preguntas que me formulo y he compartido en auditorios con profesores y estudiantes: ¿son felices los estudiantes en las escuelas?, ¿somos felices quienes trabajamos en las escuelas?

Alguien me espeta: pero la escuela no tiene la función o la obligación de que  allí seamos felices, y puede ser cierto, sin embargo, respondo que las escuelas, es decir, quienes allí trabajan o quienes las dirigen, tampoco tienen el derecho de provocar la infelicidad. Quizá la explicación a lo que hoy está ocurriendo se encuentra en el propio Steiner cuando advierte lacónico pero contundente: “La antienseñanza, estadísticamente, está cerca de ser la norma. Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez más escasos que los artistas virtuosos o los sabios”.