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Memoria de una lectura sobre Memorias

203436108138030280rkZepGVkcLa noche aquella en que decidí leerlo, apenas lo tuve entre las manos no paré hasta terminarlo. Bueno, casi no pare. La cosa iba muy bien, pero está claro que nada ni nadie es perfecto, menos un libro.  Y eso me sucedió leyendo las “Memorias de un amante sarnoso” de Groucho Marx. La cosa fue más o menos así.

La primera parte transcurrió entre risas ahogadas y carcajadas solo amortiguadas por los gritos de la sala donde mi familia miraba la televisión. Desde la dedicatoria ya resulta un destello de la genialidad humorística y literaria del autor: “Este libro fue escrito durante las prolongadas horas que pasé aguardando a que mi esposa acabara de vestirse para salir. En este sentido, si nunca se hubiera puesto nada encima, jamás se habría escrito este libro”.

Con supremo deleite fui pasando las hojas y disfrutando las singulares historias. En la primera de las cinco partes, L’amour, la gran diversión, ni una sola de las fantasías de Marx abren espacio para dejar de reírse, de lo contado y del personaje, su mismo sufrido autor. A decir verdad, tampoco en las otras. Y así fueron desgranándose las partes con sus relatos: Historia innatural del amor, Ecos de sociedad por un paria de la sociedad y Lo que ocurrió a otros ocho mamarrachos. Aquí, en la última historia de la cuarta parte, mi ánimo cambio para experimentar una grave lesión en el sentimiento mexicano, desconocido aun en las peores batallas deportivas, como empatar con la poderosa selección de Jamaica en el Estadio Azteca.

Para ser francos, ni siquiera ver perder a la selección mexicana contra Estados Unidos, o que Vicente Fox haya exhibido la banda presidencial durante seis años me produjo tanto malestar como la historia de los cuatro hermanos Marx, martirizados por las terribles comidas grasientas de una cocinera mexicana en perdida estación texana de ferrocarril y su hija, Pepita, poco agraciada por la belleza, a juzgar por su descripción: “Sus encantos exteriores comprendían una serie de dientes torcidos, un busto oblicuo y una nariz que parecía un mapa en relieve de los Andes superiores… constituía un desafío al que ningún hombre sano habría intentado responder”.

Pero la fealdad de la tal Pepita no me incomodó; creo haber visto especímenes peores, y estoy seguro que los habrá en todas partes. Fueron las diatribas contra la gastronomía popular mexicana las que me provocaron una irritación como si estuviera comiendo la asquerosidad retratada, por ejemplo: la especie de café, dice, es achicoria mezclada con un poco de arcilla. Los efectos del menú fueron letales en los hermanitos Marx: “El miércoles por la noche los efectos acumulativos de aquella dieta latina empezaron a hacerse sentir. Apenas podíamos dormir en medio del concierto de gruñidos, gorgoteos, maldiciones extrañas y otros sonidos bestiales que resonaban en la habitación.”

El relato habría sido maravilloso si Groucho Marx hubiera elegida otra nacionalidad para la cocinera y su espantosa hija, pero eligió mexicana y a mí me atoró la lectura. Pasada la molestia retorné con menos brío para la última parte, llamada  “Filosofía marxista, según Groucho”. Supongo que estará tan apetecible como el resto, pero no me supo igual. Entonces tomé una decisión que nunca había tomado. Con las tijeras escolares de Mariana Belén corté todas las páginas, de la 171 a la 181, donde se pudo leer “El que tuvo que echarse al ruedo”. Estoy seguro que un día regresaré al libro y volveré a reír, pero ahora sin sobresaltos provocados por mi inusitada y maltratada mexicanidad.

Risas sin medida ni grado

Toñito se llama. Cada mañana y cada mediodía abre la puerta de la escuela privada donde trabaja para que entren o salgan los niños de la jornada escolar. Lo veo a veces, aunque nunca tuve la fortuna, hasta hoy, de que dirigiera su mirada o sus palabras a mí. Siempre está sonriendo,  se ve contento; esa es la apariencia. Problemas sí que los tendrá, pero los oculta genuinamente mientras cumple su tarea. Siempre tiene un gesto amable para los niños, que también le llaman, se despiden y sonríen, porque es como uno de ellos. Es un hombre feliz en su trabajo, no tengo duda, aunque no sé nada más de su vida. En su mirada viva y desparpajada, en sus risas alegres y algo estruendosa, como un niño, no esconde resentimientos. No sé si estudió, o si alguna vez fue alumno como los cientos de chiquillos con quienes convive, pero no necesitó un doctorado o ser miembro del Sistema Nacional de Investigadores para ser siempre el mismo, entregado a su trabajo, para repartir sonrisas una y otra vez al final de una extenuante jornada de trabajo.

Algo se rompió

Cuando en Colima empezó la ola de violencia que nos inunda, la cantaleta oficial repetía que éramos el estado más seguro del país. Tal vez no lo valoramos en su justa dimensión, pero más tranquilo sí que lo era. Algo se rompió al comenzar la segunda década del siglo en este otrora pacífico lugar. Las muertes violentas ocurrían solo en las carreteras, en los accidentes o en las fiestas populares, al calor de la discusión alcoholizado y las desavenencias personales. Algo se rompió y nacieron otros paisajes. Primero una muerte por ejecución delincuencial, trozos humanos hallados en bolsas negras y recados, secuestros, decapitados, tiroteos en las calles, en Colima capital, en Manzanillo, luego se fueron extendiendo por la geografía colimense. Aquellas muertes tuvieron la justificación que pronto dejó de surtir efecto: no eran de aquí  las víctimas y los presuntos responsables, se decía, y no lo dudo. Los periodistas hablaron de “la hora de los ejecutados”, o algo así. Las fotos de nota roja ocuparon espacios de primera plana en algunos medios que encontraron en la sangre la oportunidad de elevar tirajes. Las imágenes macabras impresas en diarios primero sorprendieron y desconcertaron, hoy expresan los niveles de afectación social y psicológica. La muerte, los asaltos, las ejecuciones en las calles, en ciudades y pueblos, a plena luz del sol o en la oscuridad, la muerte violenta, en fin, se naturalizó, fríamente natural, como el calor colimense o el sol abrasador, compañía natural, como parte del paisaje. Algo se rompió y el temor inicial parece dar paso a otras conductas. No estamos como antaño, pero tampoco como al inicio de esta era sangrienta, aunque la escalada sigue. Para muestra: anoche  agredieron una gasolinería, hoy la prensa habla de la muerte de un anciano sacerdote, del asalto en un banco de Tecomán, de la muerte de la niña secuestrada. Cierro el periódico, uno cualquiera. Es el menú de estos días, meses, años. Así estamos ahora, un poco ajenos hasta que no toca una vida cercana; un poco indiferentes, un  poco indolentes, mientras los cimientos de esta ciudad, de este Estado, no recuperan la fortaleza, ni las calles su tranquilidad habitual. Nuestro sentido común está mutando peligrosamente. En conversación ajena escuché a alguien justificar el cuarto asalto a una gasolinería diciendo: “Es que –los dueños- no quieren dar dinero –a los extorsionadores”.  ¿Cuánto más habrá que seguir en esta condición que mezcla resignación, impotencia, complicidad e indiferencia? Algo se rompió, sin duda, ¿cómo habremos de recomponerlo?

 

 

 

 

 

Conversemos: a los estudiantes de Telemática

El 17 de agosto de 2011 llegó un mensaje escrito en inglés para responder a una entrada en esta página. Me sorprendió, pero aumentó mi desconcierto al ver llegar dos, tres, diez, veinte mensajes más firmados por nombres desconocidos. Recordé entonces que tres días atrás mi amigo, Arthur Edwards, profesor de inglés en la Universidad de Colima, me había enviado el plan: los alumnos de su materia en la Facultad de Telemática leerían cada semana uno de mis artículos y escribirían un comentario en inglés. Intenté responder a cada uno después de leerlos; en español lo hice, por supuesto. Mi esfuerzo inicial fue superado fácilmente por la cantidad de mensajes que cada mañana esperaban aprobación, así que me resigné a solo leer algunos de ellos, so pena de no dedicar varias horas a mi trabajo. Así ha sido hasta hoy.

Se cumplieron 18 meses de aquel inicio y su presencia jovial e inquieta me resulta una grata compañía: al final del semestre ya conozco los nombres de los muchachos, casi igual que si fueran mis alumnos; sus comentarios siempre son muy gentiles, y muchas veces estimulantes, sobre todo cuando los temas tratan problemas sociales y ellos expresan indignación, solidaridad, sensibilidad… las cualidades que uno espera encontrar en los jóvenes cuando analiza esos temas. Son, lo confieso también, un buen termómetro de la claridad de mi escritura, de la certeza del tema y del interés que les despiertan; un grato puente entre los intereses y preocupaciones de un adulto y las suyas.

Este semestre ya empecé a revisar sus comentarios; estoy seguro que leerán esta entrada muy pronto y quiero proponerles que invirtamos los papeles: que ellos escriban comentarios sobre los temas que les resultan de interés, les preocupan, les gustan o disgustan. A sus respuestas intentaré comentarios que propicien, idealmente, un diálogo que parte no solo de quien escribe, sino de quienes leen.

¡Espero muchos comentarios de respuesta y una buena conversación con ellos, es decir, con ustedes!

Lección de Osho: la estupidez como secreto de Estado

oshoHace un par de noches dormí temprano. Cansado del ajetreo en casa y de pasarla bien con mis hijos luego del cine, el libro que había elegido para la lectura nocturna quedó tirado a mis pies. Como no tengo por costumbre dormir tantas horas, en la madrugada desperté y tomé el libro; se llama “Una sola semilla hace que la tierra sea más verde”, del místico hindú Osho. Casi cien páginas recorrí en la noche silenciosa. Tengo que confesar que no son las mejores que leí de quien tuviera por nombre original Chandra Mohan Jain, pero lo terminé la siguiente noche.

Un par de lecciones me provocaron risas, reflexiones y ácidas preguntas. Quiero compartir con ustedes la segunda de ellas, sobre la clase política y los secretos de Estado.

Ziggy Zoldoz, un ciudadano checoslavaco, es condenado a quince años de cárcel por llamar “idiota” al jefe del partido comunista.

Bernie Beanball, el corresponsal en el extranjero del Nueva Era Times, le pregunta al portavoz del gobierno por qué la sentencia de Ziggy es tan severa. “Seguramente”, dice Bernie, “la pena por insultos personales nunca es superior a doce meses”.

-Eso es correcto -contesta el político- pero no fue condenado por los insultos. ¡Fue condenado por revelar un secreto de Estado!

La anécdota me hizo parar la lectura y divagar algunos minutos. Pensé, por ejemplo: ese mal no es exclusivo de los comunistas, ni de países o razas. En México hemos tenido y tenemos personajes así; sus nombres los ahorro. En Estados Unidos tuvieron el reciente caso del segundo George Bush. En Europa los hay, en Sudamérica abundan. Pensé en el cuento de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador” o “El rey va desnudo”, publicado hace más de 170 años, es decir, que también es un mal del presente y del pasado. En fin, un mal extendido en los confines del mundo.

Aunque con los reyes y los jefes de partido no aplica la historia de Osho, porque no los eligen los ciudadanos, me pregunté: ¿en verdad, los ciudadanos tenemos los gobernantes que merecemos?, ¿ellos son los idiotas o nosotros que los votamos una y otra vez?