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Libertad de movimiento

antonioskarmeta2Conocí a Antonio Skármeta a principios de los años noventa. El escritor chileno, nacido en Antofagasta, vivía momentos jubilosos con Ardiente paciencia, libro dedicado a Pablo Neruda, convertido en una bellísima película italiana con el título de Il postino o El cartero de Neruda.

La mañana en que Skármeta estaría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM llegué más temprano de lo habitual. Busqué de inmediato el acceso al aula magna y todavía con muchos asientos vacíos elegí uno cerca del fondo. Allí aguardé paciente. La imagen del escritor en su arribo se me grabó para siempre. Su mirada tranquila tras las gafas, con la sonrisa bonachona desataron una bienvenida con aplausos y gritos amistosos, mientras él recorría con la vista el auditorio, depositaba sus libros en la mesa y agradecía la calidez. Se sentó y no recuerdo mucho más, excepto aquel sentimiento de orgullo por el privilegio de haber conocido en la UNAM, en tan poco tiempo, a personajes como Mario Benedetti o Carlos Fuentes.

A partir de aquel encuentro con la literatura de Skármeta leí, sigo leyendo toda la obra suya que conozco o tengo al alcance. Y casi siempre me reconforta con la escritura, con la vida, con ciertos sentimientos que no sé describir pero que experimento en sus obras, que pueden ser desgraciadas, pero no me sumen en la tristeza porque dejan abierto los hilitos para seguir sonriendo, como en Los días del arcoíris.

El más reciente libro es una colección de relatos cortos llamado Libertad de movimiento. Historias de chilenos que se van de su país o retornan, con matices humorísticos, dulcemente amorosos o irónicamente críticos. Un texto para disfrutar en pocas horas pero que vale la pena no agotarse de un solo trago, para seguir saboreando la alegría de palabras vivificantes.

Si piden elegir, me quedo con el primero de los cuentos. La historia de un niño de doce años con el corazón destrozado, obligado por la familia a volver de Buenos Aires a Santiago, que sueña con la madre y la hermana de su mejor amigo, mientras ellas le piden regresar cuando tenga veintiún años y bigote. Un escritor amado al que honro por sus profundos sentidos del amor y del humor.

Sentado en la estación de autobuses, viajando entre recuerdos

Sábado a mediodía. Verano caliente, como todo el año en estas tierras. Sentado, impaciente, aguardo a que llegue la hora de tomar mi autobús. La señorita despachadora me explica que hay un retraso de veinte minutos. La media hora prolongada de antelación promete una insoportable espera. El vaivén intermitente de pasajeros que salen de los andenes, y más frecuente de los que llegan, me distrae por unos minutos. No tengo mucho tiempo, ni ganas, para sacar de la mochila el libro que leo. Me despatarro y volteó los ojos al techo. De arriba abajo, luego de mi frente a la parte trasera, donde aparcan los “tonilitas” que conocía al dedillo en los varios años que recorrí la ruta de mi pueblo a la universidad. Vuelvo a la realidad cuando un aguijonazo en el estómago me recuerda que la hora del desayuno quedó lejos ya, y el café con pan tostado y mermelada de higo se esfumaron.

Retorno al techo para distraerme. Nada de los locales comerciales me apetece y debo aguantar un par de horas o más para comer algo decente. La pintura, la pátina de descuido, los olores, el maltrato en las sillas, los colores luminosos que prometen que el viaje será una experiencia inolvidable. Todo, todo me resulta familiar. Y en los minutos que estuve también vi pasar, con muchos años y kilos más, a personajes de aquellos años juveniles. Es la misma estación, me repito, la misma que conocí hace varios lustros, la que me recibía cuando volvía jubiloso para pasar el fin de semana mientras estudiaba en la UNAM.

¿Hace cuantos años, me pregunto, que estos espacios no reciben una remozadita? ¿No mereceríamos, los locales y los visitantes, una imagen más agradable, más fresca, más nueva?  Si la terminal de autobuses es una de las puertas de entrada a Colima, ¿no habría que convertirla en un sitio bello, artístico, que ofrezca la más grata bienvenida a los visitantes consuetudinarios o de ocasión?

Tiro las interrogantes. Vuelvo a mi mochila y al boleto. Los minutos se agotaron. La ropa se pega al cuerpo e incomoda, pero la estancia ya me resultó menos desagradable, al remover recuerdos, recordar momentos, personas y, entre todas, la imagen de mi madre, cuando me esperaba feliz en el principio de los años noventa, cada vez que volvía de la hoy Ciudad México, aunque apenas llegar a casa y abrazarla, ya estaba saliendo de nuevo.

Los muchachos de zinc

1507-1No creo en los libros de superación profesional. No los leo, pero tampoco los abomino, ni a sus lectores, que los convierten (a autores y libros) en fenómenos editoriales de ventas. Cada cual elige ser transeúnte de la páginas que desea, y ese es derecho inalienable de los lectores.

Sí creo, sin dudarlo, que hay otros libros que tienen como destino provocarnos reflexiones sobre la condición humana. Si alguien se supera o no, le apetece preguntarse o inquirir en su propia humanidad, es cosa ajena.

Los muchachos de zinc, escrito por la bielorrusa Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura 2015, es el texto más desgarrador que recuerdo en varios años. Probablemente después de Germinal, de Emile Zola, no tuve en las manos otro texto que me cimbrara en cada página de forma a veces tierna, pero casi siempre cruenta.

El subtítulo resume el contenido: Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. Proscrita en su nacimiento, acusada ser producto de delirios ideológicos de la autora, la obra recoge voces de combatientes, enfermeras, madres, esposas, que retratan, conmovedoramente, la experiencia de haber sido parte de la invasión soviética o la dolorosa situación de las madres que vieron partir a sus hijos, mujeres y hombres, unos convencidos de la patria que defenderían, otros, contra su voluntad.

En las más de 200 páginas no hay reposo para la emoción, para la rabia, la perplejidad o la tristeza frente a otra estúpida guerra inventada por unos hombres que hicieron víctimas a dos pueblos, el invadido y el propio.

Si alguien quiere superar sus propias vanidades o superficialidades, este libro es un buen pretexto. Muestra magistral de literatura periodística, o del periodismo literario, escrito con sangre y compromiso, y ganas de no perder la memoria.

La escuela que soñamos

PortadaEl título de mi próximo libro es el mismo de esta colaboración: La escuela que soñamos. Hace unas horas entregué a Puertabierta, editorial colimense, las últimas correcciones.

La escuela que soñamos cierra un díptico abierto con Las escuelas: desolación y encanto. Es la otra cara: el primero, una revisión crítica brevísima sobre las imperfecciones de la institución escolar, que diera pauta al segundo, más esperanzador, creyente de que, pese a los inocultables defectos y amargas sensaciones que deja el sistema escolar, es posible y necesario construir una escuela distinta.

El proyecto de escritura nació en Córdoba, Argentina. Allí concebí algunas páginas que luego se integraron al primer volumen. Para este segundo, recuperé lecturas y el espíritu original.

La idea se inspira en la visión de Paulo Freire sobre la pedagogía: denuncia-anuncio, crítica-propuesta. Cada volumen responde más a una de las partes del binomio, aunque en el primero tuve que matizar para no ofrecer solo una visión descarnada.

La escuela que soñamos es un caleidoscopio de visiones, propuestas, experiencias recogidas en múltiples lecturas y contextos, en la pedagogía y fuera de ella, para ofrecer un panorama de posibilidades. No es un libro-receta; ni las tengo ni creo en ellas. Quiere provocar reflexiones, interrogantes y, si es posible, emociones.

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Lecturas provocadoras

Eugenia Rico, escritora española, en su cuenta de Twitter preguntó: ¿qué pasaría si los autores tuvieran que leer sus obras?

Provocación pura. Podríamos agregar otras interrogantes: ¿comprarían esa novela, ese libro de poesía si otro lo hubiera escrito?

La idea me gusta para extrapolarla al ámbito académico. ¿Qué sucedería si los profesores e investigadores tuvieran que leer sus libros, reportes de investigación, artículos científicos? ¿Los comprarían?

Lecturas para el silencio

Soy reacio a los libros de superación personal (incluyendo novelas de autores famosísimos). Pero no opino mal de quienes los leen. Por respetables razones lo harán y algo positivo obtendrán.

En cambio, soy más o menos asiduo a otros que convocan a la reflexión sobre la condición humana. Adviértase: no intento comprender al homo sapiens o su incierto futuro, menos tengo deseos redentores, por nadie o nada, aunque mi vocación educadora obliga a cierto optimismo.

Así llegó a mis manos Fluir. Una psicología de la felicidad, de Mihaly Csikszentmihalyi. Esta mañana, mientras escucho a lo lejos una máquina de podar pasto, encuentro muchas ideas que obligan a la reflexión. Y desearía seguir leyendo si no me esperaran varios compromisos laborales. Comparto tres de esos pensamientos inquisitivos:

¿Cuántas personas que usted conoce disfrutan con lo que están haciendo, cuántas están lo suficientemente satisfechas con lo que les ha tocado en suerte, cuántas no se lamentan del pasado y miran hacia el futuro con confianza?

Las raíces del descontento son internas…

Mientras que la humanidad ha incrementado colectivamente sus poderes materiales cientos de veces, no ha avanzado mucho en términos de mejorar el contenido de su experiencia.

Detengo la lectura unos minutos en cada párrafo para rumiar ideas, para responder (o tratar) las preguntas.

Espero que quien me lea, haga lo propio. Y para no interrumpirlos, callo, es decir, termino.

 

 

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