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Renacer cada día

Tarde nublada, día lluvioso. Cansancio de la jornada larga. Salgo de la oficina con las tareas hechas. Cojo la mochila, la cuelgo en la espalda, apago luces y cierro la doble llave de la puerta. Es hora de descansar, pero voy sin prisa hacia el auto que me espera a dos calles del campus. Miro a un lado y a otro, distraído, abro y dejo caer el cuerpo. La mochila al asiento trasero y la llave al encendido. Arranco cuando el tráfico me permite. Apago a Rodrigo Pacheco en radio. No me gusta lo que escucho. Prefiero el disco: Sabina y Serrat. Lo conozco de memoria, pero no tengo ganas de cambiarlo o conectar el teléfono. Termina la canción; sigue Cuando me hablan del destino. Ahí empiezo a sentir que la sangre fluye de nuevo. Escucho cada verso con atención: “Cuando me hablan del destino, cambio de conversación”, dice el monstruo de Jaén; luego, otros geniales:

¿De qué voy a lamentarme?,

bulle la sangre en mis venas,

cada día al despertarme

me gusta resucitar,

a quien quiera acompañarme

le cambio versos por penas…

Me quedo pensativo, dándole vueltas, mientras Sabina termina y toca el turno de Serrat.

Viene a la cabeza un fragmento de la película El gran simulador, sobre la vida de Rene Lavand, ilusionista argentino nacido en Tandil. La asociación llega sola. En la narración de la historia, Lavand cuenta su afición a dormir la siesta, porque así, afirma, tiene el privilegio de dos amaneceres en un solo día. Sonrío y espero que el camino sea más largo.

Sí, despertar cada día, o dormir la siesta dos veces, son un privilegio nada más porque sí. El privilegio de estar vivos y sentir, aunque sea dolores.

Conversación con el rector

Estuve por la mañana en la oficina del rector de la Universidad de Colima. Como hemos hecho costumbre, en nuestros encuentros priman respeto, cordialidad y diálogo franco. Nos conocemos hace muchos años en la Universidad, pero la relación creció ocupando cargos homólogos en el rectorado anterior.

Poco antes de comenzar su rectoría, hablamos de planes y acuerdos sobre mi posición en la estructura universitaria. Decidí abandonar la carrera de funcionario, agradecí y pedí apoyo para realizar un par de estancias académicas en Argentina. Accedió, su gesto refrendó amistad y compromisos con la institución que nos alberga.

Hoy hablamos de la Facultad de Pedagogía y la celebración de sus 35 años, que comenzará la próxima semana. Luego, de las circunstancias que atraviesa la Universidad en el entorno político. Después le entregué el libro Colima: avances y retos. Educación, que coordiné para Fundación Cultural Puertabierta, y publicaron Puertabierta Editores y el Congreso del Estado. En su momento también lo presentaremos en la Universidad.

El encuentro fue grato y, por varias razones, necesario. A la salida tuve oportunidad de conversar con otros universitarios cercanos al rector. De uno de ellos conocí resultados de los esfuerzos que hace la Universidad frente al acoso y discriminación. Me mostraron datos. Aplaudí. Espero que la campaña que iniciaron en estos días por los campus logre la sensibilización suficiente para que hechos de esa calaña no ocurran, y cuando suceda, se castiguen con la justeza debida.

Atrapado en sueños

El hombre despertó sudando. Abrió los ojos, reconoció la habitación donde apenas cabía con sus fantasmas y lento ordenó las imágenes que se deslizaban, como las gotas en la cara y el cuello. La noche oscura veía lejos el amanecer. Recordó el sueño e involuntariamente lo conjuró. La película volvió. En el sueño y en la cama abrió desmesurado los ojos y sintió dolor en el pecho; un lánguido volumen de aire llegaba a sus pulmones. El miedo aceleró pulsaciones y el arroyo de sudor. Ahora también la camisa estaba húmeda. Respiraba con dificultad, pero la nariz no estaba cerrada, como constató con los dedos de su mano izquierda; jadeó desesperado, quería alivio al malestar. Con fuerza apretó los párpados y quiso escapar de aquel sueño que lo perseguía en vigilia y dormido. Escuchó ruidos en el tejado en su único momento de sosiego. ¡Gotas de agua! Llovía afuera. Tal vez el viento fresco y la brisa en la cabeza desterrara la pesadilla que se repetía dos semanas atrás. Tal vez. Se levantó con torpeza, cansado, descalzo. Abrió la puerta, pero una nube de agua lo empujó adentro de la habitación. Despertó del sueño a la pesadilla, o de la pesadilla a otra. Ya no supo dónde estaba la realidad o en cuál de las distintas capas del sueño soñaba la pesadilla infinita.

Lectura de madrugada

Desperté de madrugada, más temprano que de costumbre entre semana. El cuerpo es sabio, para bien y para lo que sea. Me había dormido temprano, así que cuando el reloj vital marcó las horas habituales, abrí los ojos como autómata. Ya no pude pegarlos de nuevo, por más santos que invoqué.

Contra la prescripción médica, abrí el iPad y empecé a leer. No lo pasé mal. Tengo en proceso El escritor y su oficio, de Ariel Rivadeneira. En la página 76 del formato elegido, se aparece Eduardo Galeano: Cuando está de verás viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos.

La frase aparece perfecta. Mi duda es dónde colocarla: en el capítulo en proceso sobre la pedagogía en la Universidad de Colima, o en mi libro en revisión sobre el Instituto al que dediqué tres años de vida. Galeano es siempre una de esas apariciones gratas, lúcidas, provocadoras. Solo después de leerlo, agradecí al reloj del cuerpo la gracia concedida.

Un final distinto

Terminó su velada con un amigo pasadas las 11 de la noche. Salieron juntos del bar, se despidieron en la puerta y tomaron cada uno su auto. La oscura soledad de las calles aledañas simulaba un pueblo abandonado. El ruido del motor y las luces del tablero lo despertaron. Metió reversa y enfiló hacia la avenida también solitaria. Era jueves y el frío tenía a todo mundo en casa temprano. Un marcador del tablero seguía encendido. ¡De nuevo la maldita llanta ponchada! Era la tercera o cuarta vez que se iluminaba y solo por un bajón de aire en alguna de las ruedas traseras. Disminuyó la velocidad y buscó en su mapa la gasolinería más próxima. Varios kilómetros tendría que manejar así, con precaución y atento al ruido o el desequilibrio del auto. Solo las luces de la estación le relajaron los dedos apretados al volante. Mientras pidió 20 litros de gasolina y servicio de aire, cogió el teléfono y escribió un mensaje. ¿Qué haces? ¿Dónde estás? Le respondieron. Explicó y de inmediato tuvo respuesta; en el otro lado también estaba la destinataria en noche de bares: Espérame una hora y voy contigo, la inflamos los dos. Y caritas felices adornando. Pensó poco y respondió. Es decir, no pensó. Dijo: No, estoy cansado, con palabras secas. Un sutil reproche de respuesta saltó: No debí buscarte, leyó cuando ya movía el auto. Afiló la respuesta rabiosa y no midió. Ella solo quería estar con él, un par de horas, o menos, pasarlo juntos un rato, reírse, tomar un whisky, mirarse a los ojos, algunos besos, abrazos, tequiero y hasta mañana. Ahí, en las palabras escritas al calor de la estupidez tiró por la borda la relación prometedora que había creído y creado un horizonte nuevo en su vida. Ella no lo buscó más y lo borró de sus cuentas de teléfono y twitter. Una noche que pudo ser de ensueños y besos, una historia feliz, la cambió por la desolada soledad de un teclado gélido donde solo pueden escribirse palabras tristes y arrepentidas.