Novedades

Días de fiesta

-¡Papá, papá!, gritó excitado mi hijo corriendo hacia la mesa donde trabajaba.

-¿Qué pasa? Lo miré apenas cruzar la puerta. Estaba emocionado.

-Estoy escribiendo un cómic y ya lo voy a imprimir, pero me faltan dos hojas; ¿tienes?

-Claro. Me paré y fue conmigo, hacia el sitio donde se almacenan.

-¿Y por qué hiciste un cómic? Le pregunté.

-Es que pensé: tengo una computadora, estoy leyendo unos cómics, tengo unas ideas y dije: voy a hacer el mío. ¿Qué te parece?

-¡Genial!

-¿Te gustaría verlo?

-¡No me gustaría, me encantaría! Sonreímos.

-Cuando lo termine, te llamo.

No aguanté. Subí a su cuarto. Lo vi en la computadora. Me sorprendió todo. Su emoción, la concentración y la habilidad para recortar imágenes que ilustraran su cómic de Batman y Robin. No lo distraje. Lo felicité, besé su cabeza perdida entre un sombrero negro, y salí sigiloso de su cuarto en penumbra. No he visto su historieta, todavía. Es la número 1, dice, así que pronto tendremos otras. Ojalá.

 

 

Niños diputados por un día

La idea de los cabildos o congresos integrados por niños un día me parece demagógica en extremo casi insoportable. Una suerte de mea culpa, de falsa corrección política, de inclusión fácil, de mercadotecnia política agotada.

Sucede cada año por estas fechas, ante la llegada del 30 de abril. En un síntoma de anemia mental, no hay nada nuevo cada año, a nadie se le ocurre imaginarse (y actuar) algo distinto, creíble, formativo, trascendente más allá de la nota efímera. No digo que no resulte (o pueda serlo) una experiencia inolvidable para los niños elegidos, pero no produce impacto alguno en la sociedad.

En el mundo se han ensayado ideas para atreverse a resonancias o apuestas mayores; por ejemplo, un cabildo infantil permanente, que sesione un día cada mes, una mañana o una tarde, integrado por representantes de las escuelas del municipio, con un encargado de coordinar, tomar notas, llevar seguimiento, ayudar en las gestiones. Ese cabildo llevaría a las sesiones el sentir de sus compañeros de los centros escolares, plantearía problemas, propondría soluciones, en suma, ejercería el derecho de los niños a opinar sobre los temas de interés colectivo.

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Fin de etapa

El viernes pasado estuve en Manzanillo, atendiendo, gustoso, la invitación del Instituto Superior de Educación Normal de Colima, ISENCO. Presenté Elogios de lo cotidiano a los estudiantes de licenciatura, mayoritariamente mujeres. Como siempre que estoy en la también llamada “Normal”, me siento cómodo, en casa. La explicación es fácil: las autoridades me tratan con respeto y afecto; sus maestros, atentos, cuestionan, comentan, dialogan. Cuando el público es estudiantil, como ahora en Manzanillo o antes en Tecomán, me alegran sus caras inquietas y advierto, entre los rasgos a veces infantiles, que allí están los futuros estupendos maestros y educadoras que Colima necesita. Cuando lo pienso, me siento cómplice y en viernes por la tarde saco energía del cansancio o del aturdimiento de la agenda laboral.

Con la visita a Manzanillo cierro el ciclo previsto de presentaciones de Elogios de lo cotidiano. En el calendario me queda una más, en mayo. No soy buen juez, ni me corresponde calificar, pero estoy contento con el libro y la acogida. Punto y aparte.

Otras páginas esperan revisión; muchas, anhelo escribir en los proyectos que me columpian vitalmente.

Respuesta a lector

Un lector escribió un extenso comentario hace algunos días y aunque quise responderle de inmediato, la seriedad de sus argumentos y el respeto que merecen, me llevaron a dilatar la contestación. El texto que lo motiva puede leerse en la entrada del día 19 de marzo. Les comparto mi respuesta.

Gracias por la lectura de la página escrita para mi Diario 2019 el 20 de marzo. Aclaro: no es un artículo, es apenas un comentario al vuelo que confiesa dudas y parcialidad. Agradezco, sobre todo, la prolija exposición que respeto aunque no comparta en algunos casos, y en otro rechace, como la acusación de “perversidad”, que me parece, digamos, excesiva, para ahorrarme un adjetivo malsonante y pasar del intercambio de ideas al lanzamiento desenfrenado de epítetos.

Responderé a aquello donde asumo responsabilidad, y me abstengo frente a las interpretaciones muy libres sobre el contenido original.

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Principio de la desconfianza

Esta mañana dediqué algunas horas al trabajo colegiado. Las sensaciones son agridulces. Para mí el trabajo colegiado es más que reuniones, lista de asistencia, formalidades burocráticas y menesteres así. Es cooperación, diálogo, discusión cuando es preciso, ganas genuinas de hacer mejor las cosas, de pensar y repensar, es decir, de hacer distinto (si es conveniente) lo que siempre hicimos igual con semejante resultado.

Los asuntos e intercambios fueron interesantes. Me deslizaron a una conclusión que advierto extendida en algunas instituciones educativas. Principio de la desconfianza, podría resumirlo.

Sobre la desconfianza es complicado construir relaciones pedagógicas sanas. Sobre la desconfianza se duda de la capacidad del otro, por tanto, tengo que dictarle instrucciones minuciosas, porque desde la desconfianza controlo cada paso. Sobre la desconfianza erijo mi autosuficiencia. Sobre la desconfianza el resto son discapacitados. Sobre la desconfianza es preferible no arriesgarse, y vale más lista de asistencia completa, que unos pocos, pero bien interesados, por ejemplo. La desconfianza es una ofensa, una debilidad del que ordena, del que pretende ejercer la autoridad.

¿Democráticamente qué sentido tiene sentarse a la mesa con aquellos a quienes no concedemos capacidad o autoridad?

La desconfianza se siente hondo y se comunica igual. El que desconfía no puede esconder su temor o incredulidad; el sujeto de la desconfianza lo huele, lo escucha, lo siente. La desconfianza es pantano insalvable.

Lo peor de todo, lamentablemente, es que la desconfianza se hospeda en la prepotencia, y desde ahí, nada se construye.