Novedades

Una mañana especial en Manzanillo

Esta mañana viví una especial presentación de Elogios de lo cotidiano, invitado por la Universidad Multitécnica Profesional campus Manzanillo. Fue algo distinto, irrepetible, súper emotivo para mí.

El organizador, Miguel Martínez Yáñez, dispuso que además del libro reciente, cuatro profesores comentaron otros de mis textos, de Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docenciaa La escuela que soñamos. Esperaba un paseo tranquilo, festivo, pero no tanto; las emociones desatadas por los comentarios generosos de los invitados me zambulleron en la historia de cada uno, desde los varios años que pasé escribiendo Aprendiendo a enseñar, los momentos y lugares argentinos donde se escribieron muchas de las páginas de los otros. En fin. Por lo descrito en tan pocas líneas, este evento será uno de los más entrañables.

Como suele suceder en estos casos, la otra parte vital es la reacción que despierta en el auditorio, las persona que nos acompañaron, mayoritariamente femenino, estudiantes y maestros de pedagogía. Y aunque al principio dudaron, al final las preguntas sirvieron, creo, para transitar más libremente de la pedagogía a la vida, o de las inquietudes por el título, por cómo escribir un libro y los temores de algunas alumnas a hacerlo.

En la UMP, como he dicho cada vez que estoy ahí, me siento en casa; me hacen sentir muy bien, porque tienen el don de la hospitalidad y porque hemos encontrado momentos propicios para refrendar respetos y amistad.

¡Gracias a la Universidad y a quienes me regalaron dos muy lindas horas!

Ecos de la emoción

Pasados veinte días de la presentación de Elogios de lo cotidiano, en Quesería, y poco menos de publicarse la carta-comentario que Mariana Belén escribió para la ocasión, siguen resonando los ecos de las palabras de la niña de 13 años. Un día sí, dos después, me siguen comentando amigos y colegas que la leyeron, que les gustó, que muy linda, que ya no es una infante… Y algunos, a continuación, me preguntan o afirman el orgullo del padre. Por supuesto, agradezco y me emocionan las palabras o las felicitaciones para ella.

Los padres tenemos siempre un orgullo genuino por los hijos, creo, porque con distintas aptitudes o rasgos nos hacen sentir así, en diferentes momentos o razones. Me parece que sentirlo es parte del paquete de la paternidad, aunque podríamos caer fácilmente en fatuidad o complacencias, pero me alerta e inquieta más lo contrario, si es que se le puede calificar así: me refiero a que sean los hijos quienes sientan orgullo por sus padres. Esa es la tarea enorme que tenemos y quizá, lo que nos toca fortalecer en la medida en que ellos van siendo cada día más independientes.

La nueva educación: ¿de calidad o excelencia?

La iniciativa enviada por el presidente de la República para la reforma constitucional de los artículos 3º, 31 y 73 introdujo conceptos o elementos novedosos, omitió aspectos torales y abrió un proceso inusitado de debate convocado por el Congreso de la Unión en forma de audiencias públicas con participación plural de distintos actores, así como en otras instancias, entre ellas, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

Novedosa es la propuesta anticipada por el senador Martí Batres para establecer la obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza superior, cuya puesta en marcha requeriría un monto que Imanol Ordorika estima en 14 mil millones de pesos, que las instituciones públicas dejarían de percibir por las cuotas que pagan los estudiantes. Nueva, y grave, es la omisión de la educación inicial como parte del sistema educativo.

La supresión más delicada y potencialmente peligrosa es la de la autonomía universitaria, suprimida inexplicablemente del texto constitucional, que ni los gobiernos más represores en el país se atrevieron a tocar.

En afán de desmarcarse y trazar un punto y aparte con la reforma alentada por el Pacto por México, decidieron trocar los conceptos para adjetivar la educación: de la calidad, a la excelencia. Así está presente en la exposición de motivos, y en la redacción propuesta para el artículo 3º, desde el primer párrafo, como uno de los principios que deben caracterizar la educación, junto con los de universal, gratuita, laica, obligatoria, democrática, integral y equitativa.

Si bien el término calidad, con sus ambigüedades, resulta controvertido, ha sido paulatinamente aceptado en el contexto internacional como un concepto amplio que puede explicarse a partir de algunas dimensiones, como relevancia, eficacia, pertinencia y equidad. El término “excelencia”, por su parte, es menos aceptado y ampliamente refutado.

Pablo Latapí Sarre, en ocasión de la memorable conferencia que presentó cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, en febrero de 2006, disertó sobre el tema. Su discurso, publicado en libro de colección, se titula: Una buena educación: reflexiones sobre la calidad.

Leer más…

Los exámenes y la muerte de la cultura

Leí esta mañana una entrevista estupenda del filósofo español Emilio Lledó, a propósito de la publicación de su más reciente libro: Sobre la educación. La necesidad de la Literatura y la vigencia de la Filosofía. Lo compré de inmediato en formato electrónico y me dispongo a leerlo a la brevedad. Seguramente volverán sus palabras a este Diario.

La entrevista, publicada en El País, no es reciente, pero apenas la cacé en Twitter. Fechada el 28 de marzo de 2018, tiene un título sugerente, imposible de omitir: El “asignaturismo”, hacer exámenes continuamente, es la muerte de la cultura.

Leí a Emilio Lledó por primera vez hace más de dos décadas, en una colección de revistas que editaba el ITAM y me regaló un dilecto amigo, Juan Carlos Geneyro, entonces profesor universitario invitado en Colima, una figura que, entre paréntesis, cada vez extraño más en el campus, porque solo se enriquece la cultura en el contacto con otros, especialmente con maestros que tienen un camino y son capaces de invitarte a recorrerlo e incitarte, por el ejemplo, a trazar el propio. Desde aquel primer artículo, en la revista Estudios, me deslumbró la inteligencia y agudeza del autor.

En la entrevista que ahora leí, Emilio Lledó repasa la experiencia docente más maravillosa de su larga carrera, mientras estaba en la Universidad alemana de Heidelberg y conoció a un grupo de obreros españoles iletrados a quienes propuso reunirse dos veces por mes.

Su vida, como su claridad nonagenaria, son una invitación a la perseverancia en una profesión sin par.

Gracias a Emilio Lledó por demostrarnos que es posible dedicarse una vida larga y entera a la apasionante tarea de enseñar y pensar.

Regreso a la docencia

La semana laboral que termina, tercera en el calendario escolar, permitió reincorporarme plenamente a las tareas docentes en la Universidad. Reconfirmo que la docencia es un ejercicio de alta demanda física y emocional; que siento pasión por el salón de clases y los estudiantes preguntando, atentos, curiosos, que son ellos, las nuevas generaciones que se preparan para trabajar en el campo educativo, quienes harán posibles o no las transformaciones del sistema escolar, porque los cambios ocurren en las escuelas y aulas, donde estudian y conviven cotidianamente con niños y jóvenes para fines formativos.

En el retorno compruebo también que mis aversiones a la burocracia son irreconciliables, pero puedo sobrevivir sin sobresaltos ni enfados excesivos, que con un poco de disciplina se sortean. Persisten, con moderado optimismo, mis afanes de cambio y la creencia de que es posible otra escuela.

Me tocó, porque ahí no decidimos los profesores, un grupo prometedor, con 25 estudiantes, mayoritariamente mujeres, dispuestos, agradables y tengo la impresión de que muy buenas personas. Esa cualidad es la que permite que casi todo lo demás sea factible en educación. Con este grupo, en algunos detalles percibo que he tenido una suerte maravillosa y lo pasaremos bien los martes, miércoles y jueves de clases.

La docencia es un ejercicio extraordinario, mágico, generoso sin par. En la medida que nosotros entregamos lo que sabemos, que comunicamos nuestros contenidos personales y profesionales, no nos desprendemos de ellos, sino que nos enriquecemos. Hay que dar, entonces, para seguir recibiendo. Estoy seguro de que al final del semestre los aprendizajes serán inestimables.