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El indescriptible sonido de las copas y la amistad

La pandemia nos robó muchas cosas: experiencias, sensaciones, emociones, momentos, personas, todas irrepetibles.

Hace tiempo extrañaba las conversaciones entrañables con don Pedro Vives, mi querido amigo argentino-mexicano. Hoy conversé con él por teléfono y los recuerdos se agudizaron. Él está en Guadalajara, resguardado, contento y aislado, protegido de las inclemencias del virus.

Hablamos largo y sincero. Le conté, me contó, rememoramos. Prometimos encontrarnos pronto, vernos a la cara y escuchar un tango, hasta que llegue el momento de decirnos salud y disfrutar bebida y comida frente a frente.

La conversación desgranó recuerdos que mezclaban pizzas increíbles, copas llenas, sonrisas, un cesto de pan caliente, huevos rellenos, música de fondo, jitomates, ensaladas, humo de cigarro, cariños, momentos, amores, sonrisas, días, noches, vida.

Mientras hablamos, me instalé en su vieja mesa, hoy mía, testigo de tantas y tantas y tantas noches, unas especiales, y así, entre copas imaginarias y sonrisas, pasamos una tarde grata, cercana a aquellas noches interminables que se volvieron inolvidables, pero que hoy, a la distancia, fueron bálsamo de emociones y promesas.

No es lo mismo, ni cerca, pero estar juntos me removió emociones y afectos. Me recordó que hay momentos fugaces que, sin embargo, duran toda la vida.

 

Cine para disfrutar y aprender

Alguna de estas noches vi una película que me dejó gratísimas sensaciones: El niño que domó el viento, opera prima de Chiwetel Ejiofor, el actor de 12 años de esclavitud.

Casi dos horas de una historia que transcurre entre el hambre, la pobreza y la desolación de un país, Malaui, sacudido por la violencia política y su condición geográfica, expuesto a inundaciones o sequías.

Llegué por accidente, zapeando entre algún viejo partido de fútbol que valiera la pena o una película. El anuncio de la peli me convenció. Las primeras escenas retratan escenarios naturales de pobreza y una historia que se hilvanaría con esos retazos. La música, los colores y naturalidad de las actuaciones me atraparon desde el principio.

No haré reseña, que no es mi oficio, ni contaré el final.

La historia es bella y ocurrió realmente, como se consigna en el libro escrito por el personaje principal, un niño de 13 años.

Película interesante para analizar en clases con estudiantes de educación o maestros, porque junto al hambre y la curiosidad del pequeño William Kamkwamba, fue expulsado de la escuela cuando la familia no tenía dinero para pagar las cuotas y por su cuenta, leyendo en la desvencijada biblioteca de la escuela, a hurtadillas, consiguió su propósito.

¿Cómo calificar la actuación del director, despiadado a la hora de aplicar las reglas y no permitir que nadie ingrese a la escuela sin haber pagado? ¿Cómo juzgar el papel de los maestros? ¿Profesores pobres castigando a estudiantes y familias pobres? ¿Qué significa la escuela en un contexto de absoluta pobreza? ¿Es éticamente aceptable que si tienes dinero puedes ser educado, y si no tienes, te espera la miseria? ¿Y el derecho a la educación de los más pobres, de todos? En fin, un montón de preguntas propicias para discutir en un salón de clases.

Cuando enseñamos y aprendimos en casa

El 15 de mayo el doctor Hugo Casanova Cardiel, director del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM me envió el libro Educación y pandemia. Una visión académica, escrito por los investigadores del prestigioso Instituto.

Lo descargué de inmediato y comencé a leerlo. Mientras pasaba las páginas de autores conocidos, algunos de ellos mis maestros y amigos, fui acariciando la idea de convocar a un libro semejante que recogiera la experiencia que estábamos viviendo los profesores y directivos en las escuelas de Colima con el programa Aprende en casa.

Cuando la idea tomó forma en la cabeza, puse en marcha el proyecto. Invité a un colega, Rogelio Javier Alonso, para que me acompañará en la coordinación y asumiéramos juntos las tareas de buscar maestros, luego revisar, corregir y afinar los capítulos. La consigna era sencilla: textos cortos, de no más de 3 mil palabras, escritos en estilos y formatos libres, accesibles a distintos públicos, con tal diversidad que permitiera miradas heterogéneas. La meta: publicarlo antes del nuevo ciclo escolar.

La invitación fue recibida espléndidamente por 15 profesionales de la educación, mujeres y hombres, maestras, educadoras, directores, supervisores, autoridades educativas y una estudiante de pedagogía. De todos los niveles escolares y varios municipios. Cumplieron en los plazos con textos muy interesantes; luego recibieron nuestras observaciones, corrigieron y dimos paso a las siguientes actividades. Acorto la historia.

El libro está casi listo. Se hospeda en Puertabierta Editores y la Fundación Cultural del mismo nombre.

Se llama Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima. Con él, ofreceremos al sector educativo colimense y mexicano, un conjunto de lecturas frescas: recuentos de lo hecho, memoria de estos meses previos, reflexiones, apuntes de investigaciones, ensayos y testimonios de distintos protagonistas, que muestran la riqueza de perspectivas, y de lecciones que debemos aprender del fenómeno que amenaza con provocar las mayores transformaciones de las últimas décadas en los sistemas educativos del mundo.

Cuando esté, ojalá nos acompañen en su lectura. Pero mejor, que sirva para reflexionar y derivar aprendizajes de estos meses en que enseñamos y aprendimos en casa.

Las incontables muertes

Los miles de muertos que deja la pandemia en México, ayer 53 mil, hoy un poco más en la inverosímil contabilidad oficial, no salen de mi cabeza. Parecen sólo un número, un número grande, más que miles de pueblos, que algunas ciudades pequeñas, más que la mayoría de los municipios de mi estado. Pero no son uno sino 53 mil números distintos, o, si queremos ser más precisos, son un número infinito. Pienso, por ejemplo, en uno solo de esos 53 mil, en José, de 73 años. Murió y sólo él entra en esa cifra macabra, costos de la pandemia, pero murió también el hermano de Miguel, Pedro, Soledad, María, Arturo y Concha. Murió el hijo de los fallecidos don José y doña Micaela. Murió el esposo de Silvia, el padre de cuatro hijos, de José Manuel, de Miguel, Silvia y Antonio. Entre sus primos, sobrinos y tíos nadie sabe ya, con exactitud, cuántos suman, pero todos ellos perdieron un pariente amistoso en ese pueblo cañero. Murió el bisabuelo de dos nietos que ya lo lloran. Falleció el abuelo de 12 nietos que lo conocieron y de otros dos que nacerán pronto, pero no tendrán nunca los abrazos de un abuelo que les mime y les enseñe el añejo oficio de panadero del cual todos ellos vivieron desde tiempos inmemoriales. ¿Cuántos muertos murieron y cuántos más morirán?

 

Rojo y negro

Dos noticias contrastantes rondan mi cabeza esta tarde caliente. Una ocurre cerca, entre nosotros, son los 53 mil muertos que oficialmente dejó la pandemia en México hasta hoy. La otra es lejana: la renuncia del gobierno en Líbano, luego de las terribles explosiones en Beirut que dejaron, según CNN, 160 muertos y unos 6 mil heridos.

Ignoro detalles de la situación política interna en aquel país, pero abandonar el poder es un gesto que refleja el estado delicado que viven por las manifestaciones que exigen responsabilidades políticas. Acá, en otro contexto, no ha habido una tímida autocrítica del gobierno, de los gobiernos de distintos órdenes y partidos.

Sigo preguntándome por qué no es rentable la sinceridad política, la honestidad, como gusta repetir el presidente, y aceptar los errores o los malos diagnósticos, en lugar de culpar a los otros invariablemente.

Lo menos importante es escuchar a alguien en un cargo público pedir perdón o admitir fallos; lo urgente es reconocer errores y enmendarlos a tiempo.