Novedades

Diario de cuarentena

Mi tiempo de lectura de noticias cambió en los últimos días: creció y se volvió casi monotemático.

Twitter está resultando un filtro eficaz, aunque de pronto se cuelan las estupideces cada vez más intolerables (para mí) entre adversarios y fanáticos del presidente López Obrador. Nunca leí tanto como en estas horas sobre virus y medicina; nunca vi con tanto interés entrevistas con médicos o científicos españoles, rusos, estadounidenses o chinos.

Hoy, sin embargo, mi frenesí informativo se deprimió en la tercera hora. Me abrumé. En algún momento pensé que era suficiente, que ya no soportaba más leer las predicciones de científicos serios. El túnel parece tener una salida muy lejana y lo peor se acerca. Paré la lectura, cerré la pantalla y abrí la computadora para seguir con mi capítulo sobre las escuelas de Colima.

Vivir sin recordar es imposible

Un amigo apreciado me contó hace algunos días que regresaba a Colima después de una estancia corta en otras tierras. Lo pasó estupendo, como atestiguaron sus mensajes y las palabras que escribió en esos días; sus fotos lo confirmaban. No envidio esa clase de situaciones; deseo que las personas en verdad lo disfruten al máximo.

Le maticé los comentarios, o intenté, recordándole que no es lo mismo estar de viaje temporal, con boleto de regreso y sin obligaciones, que salir de la ciudad sin saber si volverás ni cuándo. Es la diferencia entre un turista más o menos afortunado y un exiliado más o menos desafortunado.

Creo que extrañar es una condición tan humana como amar lo que se tiene, como desear que no se vaya lo que hace sentir tan bien. Extrañar es un sentimiento que anuda otros: orfandad, cariños, alegrías, amores, dolores, ternuras y, sobre todo, el temor o la angustia de no revivir lo que se desea. Pero es así la vida, inevitablemente.

Pasa también con los hijos. Un día los vemos distintos: las piernas largas, las manos fuertes, los labios pintados, la rebeldía de un no inteligente.

Vivir es recordar. El problema es vivir solo de los recuerdos, de las tristezas de lo ido, de los dolores revividos.

Vivir es recordar, y recordar es volver a pasar por el corazón. No está mal en un tiempo donde priman banalidades y estupidez. Es también, de alguna manera, retener lo que se sigue amando.

Escuela en casa

El gobierno del estado declaró hoy que mañana ya no habrá clases en las escuelas de todos los niveles educativos de Colima, como una medida de aislamiento social. Celebro la decisión como un acto de responsabilidad del gobierno estatal.

Aunque tal vez sale sobrando ahora, en momentos donde conviene la unidad y asumirse como un solo equipo, es inevitable resaltar que varias entidades federativas pasaron por encima, hicieron a un lado o modificaron la decisión anunciada por Esteban Moctezuma el sábado previo, de suspender las clases del 20 de marzo al 20 de abril. No se trata, creo, de contradecir a la autoridad federal, sino de responder a la justa dimensión que los gobernantes geográficamente más cercanos le dan al problema del coronavirus.

Después de anunciarles a mis hijos que no habrá más clases hasta el 20 de abril, les pedí su única tarea: deben entregarme, en formato libre, de su puño y letra, como dice la expresión clásica, su programa de actividades, flexible y sujeto a valoraciones compartidas. Cada uno, ella y él, deben informarme qué harán durante su jornada cotidiana: horas de lectura, ejercicios matemáticos, estudio de inglés, ensayo de tablas de multiplicar en el caso de JuanCarlitos, tiempo para la actividad física, las horas de iPad y televisión, Netflix, Youtube y todo lo que consideren indispensable para que estas semanas no sean ni solo pereza absoluta, ni solo aburrimiento absurdo. El currículum que les propuse es abierto. ¡Ya veremos cómo nos va en la primera semana!

Eso sí, he prometido a Juan Carlos que no habrá nada de las rutinas que lo fastidian: ceremonias cívicas, uniformes y pelo corto.

¡La mesa está puesta para que, en ese orden, cuiden la salud, lo pasen bien y aprendan un montón!

Examen al Sistema Educativo Nacional

La suspensión de clases durante un mes, incluidas las dos semanas programadas por Santa y Pascua, podrían ser tiempo crucial para contener la propagación del coronavirus. A las vacaciones del periodo se sumarán diez días que luego, declaró el secretario de Educación, buscarán recuperarse.

El aprovechamiento escolar y los programas de estudio son secundarios frente a la prioridad máxima: la salud de niños y maestros, con sus familias, y toda la ciudadanía, por supuesto. Pero podría ser un examen durísimo al sistema educativo nacional en la materia de inclusión de las tecnologías en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Es verdad que la historia de la incorporación de las tecnologías a la escuela no ha sido precisamente exitosa, y que el país hizo inversiones cuantiosas, más o menos derrochadas, peor o mejor invertidas, pero no podríamos decir que los profesores, por ejemplo, son neófitos o ignorantes, no en el caso de Colima, aunque el riesgo de las generalizaciones es alto en un país tan grande y heterogéneo.

Los distintos programas del gobierno federal (Enciclomedia, Habilidades Digitales para Todos, computadoras personales y tabletas para cada estudiante, entre otros) han sembrado de equipos, de proyectos e ideas en las escuelas; también han provocado desaliento, frustración, enojo. Han sido ejemplo de buenas intenciones y malos resultados. ¿Pero, qué dejaron como aprendizajes en escuelas y maestros? Me parece una pregunta pertinente.

Es buen momento para que la Secretaría de Educación Pública desarrolle un programa que monitoree qué aprendieron los maestros durante las décadas pasadas, qué utilidad tienen los cursos, talleres, certificaciones, los equipos donados; y cómo y en dónde los alumnos podrán seguir estudiando con sus maestros a través de las plataformas conocidas.

El balance global tendrá claroscuros. México no construyó un sistema educativo aprovechando las ventajas de la virtualidad, la enorme expansión de los teléfonos celulares y la televisión de paga, o la propia estructura comunicacional del Estado (radio, televisión) para que, por esas vías, exista una propuesta pedagógica interesante, dinámica y potente. Un canal educativo con programación abierta, por ejemplo, para chicos de preescolar y primaria, para los maestros, que podrían aprender en programas inteligentes y bien producidos, con los técnicos y creativos mexicanos que suelen ser de lo mejor en el mundo.

El peor uso de los exámenes es solo para calificar estudiantes. Pero hoy, creo que este examen de cuánto avanzó el país en materia de uso de la tecnología educativa podría convertirse en un punto y aparte para construir con sentido. Por supuesto, la tecnología nunca funcionará en la escuela sin pedagogía.

Es buen momento, creo, para darle una dimensión inédita a la escuela mexicana, nueva y vieja, una que de verdad nos suba al avión del siglo XXI. Una que recoja aprendizajes, diagnostiqué y diseñe los proyectos para posibilitarlo.

¿Quién me robó febrero?

Aquella mañana fue la más feliz de esta y otras vidas. Palabras, caricias, besos, pan y vino. Nos dijimos los amores que sentíamos. Nos abrazamos, miramos el volcán juntitos, la laguna nos miró besarnos. Creía que tenía el boleto para la felicidad eterna. Me distraje, me perdí un momento, y el viento veloz me arrebató el boleto. Me quedé esperándola ahí, atónito, sin reaccionar, derrotado, muerto en vida. Su fue. Así nomás. No sé si fue real o un sueño, un sueño real, o las ganas de no dejar de vivir las que provocaron aquella fantasía que se derrumbó en cinco horas, las que duré entre sueños y realidades, entre pesadillas. Fue un febrero despiadado que llegó con fríos, se hospedó en la intimidad y cinceló el epitafio.