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Mariano y Paulo Dybala

image Esta mañana ingresé a mi cuenta de Twitter para revisar tendencias. Repasé la larga lista y a la mitad me sorprendió encontrar el nombre de un futbolista argentino: Paulo Dybala. Me vinieron recuerdos gratos. En Córdoba, en el edificio de bulevar San Juan 64, conocí a Mariano Dybala, Marianito, como le apodaba nuestro amigo Aldo, el portero nocturno. Hermanos, por supuesto; Mariano, mayor.

En aquel tiempo, con menos de 20 años de edad, Paulo ya había sido comprado del Instituto de Córdoba por un modesto club italiano, el Palermo, y allí empezaba a anotar goles y llamar la atención de equipos importantes. No fueron suficientes los goles de Paulo y su equipo bajó a la segunda división, de donde regresó al torneo siguiente, con decisivos goles del delantero nacido en Laguna Larga, una población a 50 kilómetros de la capital cordobesa.

Esta temporada Paulo juega para el gigante italiano, la Juventus, y debutó en la selección argentina ya. Los augurios lo colocan muy pronto como estelar al lado de Leo Messi. Veremos.

Las menciones de Paulo en la red social me hicieron recordar a Mariano, con quien trabé una corta pero agradable amistad. Alguna vez cenamos en el balcón de mi departamento, y muchas horas transcurrieron en la puerta del edificio mientras hablamos de política, del fútbol, respondiéndoles preguntas sobre México y, más de una ocasión, de las ilusiones de Paulo.

En esta materia, nada me dará más gusto que verlo anotar el primer gol con la selección de su país e imaginar la cara feliz y orgullosa de Mariano.

Decisión trascendente: universidad gratuita

umsnhLa Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó la improcedencia del pago de cuotas estudiantiles en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. La decisión tendrá repercusiones en los debates políticos, legales y sociales durante largo tiempo, y podría desbrozar el camino hacia la gratuidad de la educación superior en el país.

469 estudiantes amparados condujeron a la decisión, luego de un debate entre los ministros, en donde se discutieron la autonomía universitaria y el principio de gratuidad. Un dato relevante es que una reforma a la constitución michoacana en 2012 determinó que toda la educación impartida por el Estado, incluida la media superior y superior, serían gratuitas, condición que no existe en Colima.

Los ministros de la histórica sentencia a favor de los estudiantes son José Ramón Cossío, Arturo Zaldívar, Alfredo Gutiérrez y Norma Piña. El primero de ellos afirmó: “la autonomía universitaria no genera independencia respecto de los gobiernos estatales, y el derecho de gratuidad, en el caso concreto de Michoacán, debe permanecer y no hacerse regresivo”.

A la resolución ya siguieron las reacciones. Según La Jornada, El rector de la Universidad Autónoma del Estado de México afirmó: “sólo a través de las aportaciones de los alumnos pueden garantizar la formación transversal, coherente, pertinente y actual de la educación pública superior”. La expresión es ambigua y hasta cierto punto falsa: las cuotas de los estudiantes no son esa garantía. Argumentos inteligentes precisa la discusión.

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Paciencia de niño

Entre los atributos principales de los niños no destaca la paciencia. La etapa infantil se caracteriza por muchos otros, pero he descubierto, recientemente, que los niños suelen tener una paciencia a prueba de la terrible enfermedad del tiempo, que consume a los adultos y les hace creer que el implacable reloj debe dictar el ritmo de la vida y ellos seguirlo ciegamente.

Juan Carlos, mi hijo, me enseñó esta lección. Él, con seis años, es un niño normal, quiero decir, tiene dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, una inteligencia como los de su edad; y se diferencia de nosotros en convenciones en las que salimos perdiendo los adultos. Explico con dos ejemplos. Cuando no entiende, sin dudarlo lo confiesa y pregunta: ¿qué es eso, o aquello? Si la respuesta no es clara o convincente, repite el cuestionamiento. Cuando puede, léase casi siempre, sonríe con grados variables de sonoridad, a veces sin consciencia de los lugares silenciosos o inapropiados.

Pues con él descubrí ese atributo de la paciencia infantil. Ahora que aprendió pasa una hora, dos horas silbando una canción, la misma, sin variaciones. Estos días se le oye por toda la casa o en el auto con la canción de la guerra de las galaxias. Su música se escucha por todas partes y, confieso, después de diez minutos es cansado, pero él no se percata. Y sin parar de silbarla, juega con sus pequeñas piezas de lego en la mesita de plástico verde y bancas azules, en la cama, en el sillón de la sala. Arma, desarma, rearma, inventa, voltea, experimenta, descubre. No para de silbar, hasta que Mariana, un poco harta, le grita o reclama silencio. Él no escucha o ignora. Para mediar, le pregunto comedido: ¿hijo, no te enfadas de esa canción? Entonces me concede la gracia de existir, disculpa la interrupción, levanta la cabeza, entre los rulos que le caen en los ojos me dice, sin piedad y abundante inocencia: no. Y sigue en lo suyo, jugando y silbando la tarde completa.

¿Quién dijo que los niños no son pacientes?

La universidad: conciencia crítica

Antes de decidirme a publicar este artículo sobre la universidad y su papel en momentos aciagos, deseché dos escritos en días pasados, con fondo común: el debate de los candidatos al gobierno del estado y la ausencia del tema educativo. Opté por publicar los párrafos siguientes, escritos originalmente en 2011, porque hoy confirmo su vigencia frente a lo observado el domingo por la noche y en las dos campañas electorales para el gobierno de la entidad. Enseguida, el artículo.

Absortos en los vericuetos personales, solemos perder de vista lo social; hoy pienso, por ejemplo, en el sentido de las instituciones. Eso concluí después de la lectura de un lúcido ensayo de Carlos de la Isla, profesor del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), quien ofrece un excelente compendio de reflexiones sobre la misión de las universidades.

En principio, invita a precisar qué entendemos por universidad. No es una pregunta irrelevante, pues más que de un sentido, en singular, tenemos que hablar de las universidades, en plural, y con una enorme y a veces contradictoria diversidad. Hay de universidades a universidades. Milton y Rose Friedman, padres del neoliberalismo, propusieron hace algunas décadas la noción de universidad mixta (algo así como pública-privada), existen las universidades empresariales ligadas a los grandes monopolios comerciales, las universidades tecnológicas o las politécnicas y, por supuesto, las públicas y privadas, cada una con sus múltiples variantes, desde las auténticas grandes instituciones hasta aquellas que, en estricto sentido, sólo podríamos calificar como “establecimientos escolares”, eufemismo para referirse a mercaderes de diplomas.

En el ensayo, Carlos de la Isla recoge varias visiones sobre la institución universitaria. Expongo algunas. Para el Cardenal Newman, la “universidad es la comunidad de estudiantes y profesores que se reúnen para pensar”. Para Sartre: “la universidad está hecha para hombres capaces de dudar”; mientras que Robert Hutchins la define como: “espacio recogido para meditar los problemas intelectuales del mundo”. Karl Jaspers afirma: “la universidad es el recinto sagrado de la razón”.

Es obvio el denominador común: pensar. Una universidad no se concibe alejada de la función de pensar, meditar, analizar, dudar, razonar. Las universidades piensan y enseñan a pensar. Entonces, concluye Carlos de la Isla, la universidad es conciencia crítica de la sociedad, en especial, frente a la destrucción del planeta, guerras inhumanas y azuzadas por intereses comerciales, el hambre y la miseria, asimetrías sociales, injusticias o las falencias de la democracia.

La universidad tiene que jugar un papel crucial en el escenario social convulso. Primero, dice Carlos de la Isla, no ser cómplice de la irracionalidad y la barbarie, a las que debe denunciar y desenmascarar: “la universidad debe conservar siempre su independencia, autonomía y libertad para juzgar, denunciar, anunciar e inventar para preservar la independencia y la libertad de la sociedad. Por eso se ha dicho con mucha razón que el pueblo que no fomenta la educación superior, que no robustece su Universidad, está destinado a la dictadura -de un hombre o partido, de la miseria, de la estupidez-. Porque la actitud crítica de los universitarios, de los ilustrados, no sólo de los que aún piensan en las aulas, sino de todos los egresados que son la proyección de la Universidad, constituyen la gran defensa de la libertad. Aunque hay que decirlo también: existen universitarios ilustrados que caen en el servilismo y éstos son los que generan el despotismo ilustrado.”

Si esta es la definición, o el carácter que atribuimos a la universidad, cuánto estamos avanzando en ese camino en México y en Colima: ¿cuál es el lugar del pensamiento, de las ideas, de la crítica?

Un colega del profesor De la Isla, también del ITAM, José Ramón Benito, escribió otro texto urgente: “Hay que defender la inteligencia si queremos salvar la universidad, si no queremos privar al hombre y a la sociedad de una óptima, más aún, necesaria condición para salvaguardar su dignidad y lograr su desarrollo integral.”

 

La ciudad de los niños

La ciudad de TonucciMientras leo La ciudad de los niños, del pedagogo y caricaturista italiano Francesco Tonucci, no pude dejar de pensar unos minutos en las deplorables campañas electorales que vivimos en Colima.

Unas imágenes y otras se ubican en las antípodas. De lo segundo no escribiré; además del voto de silencio autoimpuesto, sobran palabras ante hechos ominosos. Lo primero puede resumirse en una expresión: una nueva filosofía para gobernar las ciudades.

La ciudad de los niños es parte de un conjunto de iniciativas e ideas que surgieron en distintos países del mundo, principalmente europeos, para armonizar las relaciones entre los seres humanos y con las ciudades o pueblos, con la comida, con los autos, con la escuela.

Tres movimientos en especial me llaman la atención y estudio con interés: las “ciudades educadoras”, un proyecto mundial con sede en Barcelona, que incluye a más de 600 ciudades, una de ellas, Colima; “ciudades lentas”, que luego se trasladaron a otros ámbitos, como la comida o la educación, y constituye un replanteamiento de las prioridades, para sujetar los tiempos del reloj al kairós, el tiempo de la oportunidad, para disfrutar de otras manera la relación humana, con la naturaleza, la educación, los alimentos.

“La ciudad de los niños” nació en Fano, una población italiana donde se invitó a Francesco Tonucci para organizar inicialmente, en mayo de 1991, una semana dedicada a la infancia, a la cual llamaron así: La ciudad de los niños. El exitoso desarrollo de las actividades culminó con un acuerdo para repetir la experiencia anualmente.

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