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Nuevo ciclo escolar, buenos deseos

El sábado los niños declararon estar preparados para el regreso a clases. Habrá sido así, poco antes o poco después, con la mayor parte de los millones y millones de niños que hoy vuelven a la escuela para el ciclo escolar. Unos irán más contentos, unos con pesadumbre, pero todos aprenderán mucho, sin duda.

Los comienzos, como los finales, encierran sentimientos encontrados. En el inicio hay alegría por las novedades, tristeza por los compañeros que no regresan o cambian de grupo; así con los estudiantes como con los maestros, aunque los adultos, por las vicisitudes de la edad y en muchos casos los vaivenes laborales, suman incertidumbres delicadas.

En casa Mariana Belén mira con nostalgia la lista de compañeros y extraña ya a varios de sus antiguos condiscípulos de primer grado, a las mujeres, sobre todo. Tendrá maestros distintos y otros retos. Juan Carlos, más sereno, solo se inquieta por la petición bizarra de la directora para que acuda a sus clases con un corte de pelo “convencional”, en un gesto propio de esas mentalidades que se perpetúan cuando los tiempos cambiaron y las exigencias disciplinarias imponen mentalidades abiertas e innovadoras, ocupadas en las variables estructurales que inciden en la calidad de las buenas escuelas, no en el color de las calcetas, los moños en el pelo de las niñas o la blancura de los zapatos deportivos.

Este año lectivo tendrá componentes extra: distintos planes de estudio, un proyecto en ciernes para el cual se capacitó a los docentes pero que se aplicará solo en algunos aspectos, dudas sobre las nuevas reglas que regirán la carrera del magisterio, especialmente su ingreso y promociones, entre los más destacados.

Ojalá durante el nuevo ciclo escolar se vayan despejando las incógnitas que siembra la llamada Nueva Escuela Mexicana; que se transite con transparencia hacia un sistema de ingreso, formación, actualización y promoción magisterial que incentive y potencia a los buenos maestros, sensible a todos y que no se resigne ante los malos; que no falten los apoyos que históricamente escasean en miles de escuelas pobres, especialmente las que sirven a los más pobres; que los papás y mamás, desde casa, alienten, acompañen y exijan en la medida justa; y que las autoridades, de la escuela a la más alta jerarquía, asuman el sentido de autoridad recordado por Miguel Ángel Santos Guerra: hacer a crecer al grupo.

Nunca hubo tiempo que perder, ahora menos. El tren del siglo 21 avanza a veces con pasos acelerados, otras con ritmo lento, pero no se detiene. Es urgente apresurarse para no perder el boleto hacia un futuro distinto.

 

 

Tarde de sábado

1. Decía Rene Lavand, el extraordinario ilusionista argentino, que la siesta tenía como recompensa o corolario un doble amanecer. No soy asiduo a la práctica, pero hoy me rindió el cansancio de la jornada y la semana de fatigas causadas por la condición de salud que no termina de llegar al cien por ciento.

Tuve pesadillas y desperté con el cuerpo sudado, por el calor y los sueños inquietos. Pasados los minutos de reconocimiento del día y hora, me levanté con pesadez y fui a la regadera. Recordé a mamá cuando el agua bañó el cuerpo. Estaba fresca, casi fría. Cerré los ojos para continuar el recuerdo. El agua fría amansa a los locos, decía riéndose, cuando le reclamaba por un poquito de agua caliente para el baño en las tardes frías de mi pueblo. Bañarse así era común, y se me volvió hábito cuando vine a vivir a Villa de Álvarez. Solo un tiempo interrumpí esa costumbre, hasta que con rubor me descubrí esperando que saliera el agua caliente mientras el termómetro rebasaba con facilidad los 34 grados. Desde entonces, cada vez que voy al baño, la recuerdo con la misma cantaleta y su sonrisa, a la que ahora acompaño de otra, gozosa por el aprendizaje y la delicia del agua refrescante. No sé si es verdad que el agua helada aplaca la locura, sé que la mía sí se atempera, y se dulcifica en el recuerdo amoroso.

2. Hoy tuve mi segunda clase de francés en la Facultad de Lenguas Extranjeras. Me sentí más cómodo. Tenemos un excelente profesor, jovencísimo, pero con estupendos dotes para el oficio. Llegaron seis nuevos compañeros. Todos podrían ser mis hijos, pero parece no incomodarles la presencia adulta. Hoy confirmé lo que intuía, creo: los diccionarios, en este caso, español-francés, son cosa del pasado. En los celulares está casi todo y un poquito más.

¿Adiós al Colegio Inglés?

Solo una vez, hace muchos años, entré al Colegio Inglés. No lo conozco. Nunca hablé con la directora, no tengo entre sus principales colaboradores a algún amigo. Ignoro los pormenores (y los pormayores) del asunto que los tiene postrados. He escuchado en estos años opiniones sobre su servicio educativo, la mayor parte buenas, otras no tanto, como sucede con cada escuela, pero sobre eso no caben los juicios con sustento para hacerlos públicos.

Esta tarde, después de volver de la Universidad, vi un video de la diligencia de desalojo transmitido por un medio digital local. Ignoro qué harán los operadores del Colegio. Las cuestiones legales no son de mi interés, pero mi preocupación tiene un foco colectivo: las decenas de profesores que ahí laboran, desde preescolar hasta el bachillerato. Los trabajadores, en general.

Me preocupan todos ellos, entre los cuales, estoy seguro, habrá algún egresado de nuestra facultad. Cada uno de los maestros y maestras que allí laboraban me inquietan, su suerte personal y su fuente de trabajo. El Colegio tendrá unos 20 años, así que habrá trabajadores con esa antigüedad que habrán dejado parte de su vida entre sus aulas y oficinas, para quedarse, de la noche a la mañana, sin un lugar donde cumplir su tarea profesional.

Una segunda preocupación me ronda. La insolidaridad de los otros colegios privados, su falta de sensibilidad. Salvo que las pruebas del delito sean contundentes, podrían haberse externado muestras de apoyo para exigir justicia y reparación de presuntas irregularidades. Un poquito de alivio frente a la desgracia. Probablemente hubo alguna, y pido perdón. Si no es así, lamento que la competencia por el “mercado” gane de nuevo la partida.

Carta a un amigo: Pedro Vives

Querido amigo:

Cumples hoy 85 años. O como dices: 85 pirulos. ¡Felicidades! Me faltan palabras para expresarte mis sentimientos por este día. Gratitud, agradecimiento, es palabra que se acerca un poquito a ese sentimiento, porque me sale del hondo cariño que tengo por vos. De eso quiero contarte un poco.

La ocasión de escribirte estas líneas es accidental. Pude escribirte ayer, hace una semana o algunos meses, cuando te recuperaste del terrible accidente cerebral, pero lo hago ahora, porque no ha sido posible estar allí en tu casa hoy, sentados en la misma mesa de seis sillas, escuchando a veces tangos, con la copa siempre llena, a veces solos, otras en compañías entrañables y disfrutando las conversaciones de todos los temas que nos tocan.

¡Sos un ejemplo, Che! No lo olvides nunca. Mucha gente llega a los 85 años, los rebasa, con más o menos facilidad, con más o menos efectos del tiempo y quebrantos en la salud, pero alcanzarlos con la entereza, vitalidad y memoria que tienes, desborda lo ordinario.

Cuando viví en la Argentina y veía a los viejos sentados en el parque, caminando las calles de Buenos Aires, conversando con un café, era imposible el contraste: en estos pagos nuestros esas imágenes son excepcionales; allá es habitual. La vejez no se esconde, no se arrincona ni se encierra a esperar la fatalidad; persevera, sigue apostando a mañana. Personificas esa actitud, con entereza total.

A algunos colegas les fastidiará, pero he dicho a veces que lees más que muchos profesores que conozco. Eso es parte de esa vitalidad, por supuesto.Es un placer siempre estar frente a ti, a un lado, escuchando anécdotas de O’brien, tu pueblo, de Argentina; de tus correrías juveniles, de la escuela de entonces, de la vida política en tu país, de tu peronismo sin precio; o de los libros que aprendiste y sigues teniendo en la memoria en pasajes enteros, como el Martín Fierro. Disfruto también de las andanzas por el continente y por México, pero prefiero las primeras, con las discrepancias que nos arrojan nuestros colores futbolísticos, tú de River, yo de Boca, aunque compartimos pasiones por Messi y el Barça, y nos alegran los triunfos de México y Argentina, como minimizamos las derrotas.

Es un placer siempre, Che, y quiero que sigamos pasando muchas otras noches plenos y contentos, mirando siempre con optimismo y despidiéndonos con la promesa del hasta pronto.

Siempre habrá un tango esperándonos, una charla, un puñado de sonrisas, historias de alguna jermu, un tinto, un partido, un nuevo encuentro.

Un abrazo enorme, y que vengan muchos otros momentos, en Colima o donde sea.

Pequeño homenaje al maestro Goyo

El inminente retorno a clases de los niños, los primeros momentos del nuevo curso escolar en la Universidad, las nostalgias por tiempos de infancia y un mal pasajero que resiste, me indujeron a no escribir una columna semanal, sino a compartir un pequeño texto que escribí para “Elogios de lo cotidiano”, como homenaje a uno de esos maestros de escuela y de vida que son imborrables, de los que nos vendría bien agradecer antes de que sea tarde.

Pequeño homenaje al maestro Goyo

No puede exigirse a maestros y educadoras que sientan pasión por la enseñanza. A nadie. A mí me parece imprescindible y puedo afirmar que, sin pasión, la docencia no es.

Estudié en la Secundaria por cooperación número 21, en mi pueblo. Fui parte de la última generación. La entrega de certificados fue su clausura. Veinte o veinticinco cohortes egresamos de sus aulas. Laborábamos en el turno vespertino, en las instalaciones de la Eva Sámano de López Mateos, la primaria donde estudié. Después de nosotros tomó la estafeta la Secundaria Técnica número 13, a donde asistirían mis hermanas.

 La 21, como llamábamos, fue obra inmensa de un maestro oriundo, Gregorio Medina González. Después de ejercer su docencia por otros lugares, habrá decidido que era el momento de cubrir un hueco en su pueblo. Con pura voluntad y gran capacidad de persuasión convencía a profesores para que le acompañaran todos los días a darnos clases. La paga salía de los bolsillos de nuestros padres y las becas que teníamos los hijos de obreros azucareros.

Me acuerdo de Goyo Medina y su disciplina; era cabrón. Su mira telescópica le indicaba cuando a los hombres el pelo nos había crecido un centímetro más. Pausado pero firme, sonrisa traviesa y ojos vivos atrás de sus lentes, se acercaba para decirnos suavecito: “mañana visita al peluquero”, “quiero verte las orejas”, “dile a tus papás que ya te corten las greñas”. A la tarde siguiente nuestras orejas mostraban su desnudez.

Con Goyo Medina la hora de entrada era exacta. No había demora, ni después del recreo. Jalar los diablitosera una medida extrema, pero nadie rezongaba, ni se traumó. Joaquín o Jorge Rodríguez, treinta centímetros más altos, 30 años más potentes, no se atrevían a enfrentarlo. Los campeones del basquetbol, ellos, o el más pequeño del grupo, le respetábamos sin cuestionamientos.

Quesería, su pueblo y el mío, le debe reconocimiento al maestro Goyo. Sin él, muchos jamás habríamos podido salir para seguir estudiando. Sin su voluntad y sacrificio, porque puso trabajo y dinero a cambio de la misión pedagógica, muchos seríamos más analfabetas. Una calle, una biblioteca, una escuela, un parque público tendrían que honrar a quien más hizo por la educación de todas esas generaciones.