Novedades

Una buena y una mala

Tengo dos noticias que comentar. Voy a comenzar con la mala, para cerrar con buen ánimo.

Esta mañana leí temprano que la secretaria de Salud informó que todo el estado de Colima ya se encuentra en la fase 3. El aumento sostenido de infectados por coronavirus y las muertes incesantes nos colocan en situación delicada. Para peor: estiman una duración de mes y medio, o sea, que todavía estamos muy muy lejos de respirar con alguna tranquilidad, mientras por las calles caminan a sus anchas la irresponsabilidad y los analfabetas funcionales. A pesar de ello, la Universidad anuncia que la siguiente semana volveremos a las escuelas para preparar el siguiente ciclo escolar, lo que resulta contradictorio con la situación emergente. Veremos.

La buena noticia, que alienta esperanza, es que las pruebas en humanos de vacunas contra el COVID-19 ya tienen resultados alentadores, especialmente la que se crea en la Universidad de Oxford. Me alegra por la vacuna, por supuesto, y porque sea en una universidad, lo que reconfirma que ellas tienen un rol protagónico, o pueden tenerlo, cuando se lo proponen y reúnen las condiciones para conseguirlo. Es un paso pequeño, y en algún momento será controvertido, pero ya habrá tiempo de analizarlo: ¿quiénes serán los primeros en vacunarse? ¿La vacuna será un privilegio de los países poderosos, donde se produce? ¿Primero los niños, los adultos, las mujeres? ¿Los pobres, países y personas, alcanzarán vacunas?

Había cerrado mi ciclo de conferencias en este periodo, pero no pude negarme a la invitación del Instituto Tecnológico de Roque, Guanajuato, interesados luego de haber conversado con profesores del Tec. de Celaya y otras instituciones. Será mañana a las 11, así que debo estudiar. Hoy no habrá música ni cine. ¡Buenas noches!

Universidades y pandemia

Fin de semana de vacaciones en la Universidad. Días de ocio indispensable. Leo por la mañana un capítulo de Carlos Alberto Torres, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles. Se llama “Ciudadanía global y el papel de las universidades”, presentado en un seminario organizado en agosto de 2015 por la UNAM. Está incluido en el libro ¿Hacia dónde va la universidad en el siglo XXI?, coordinado por Humberto Muñoz García y publicado por Miguel Ángel Porrúa y el Seminario de Educación Superior de la máxima casa de estudios nacional.

Lo analizo con una clave doble: por un lado, el texto reciente que escribí sobre las universidades en el pasado y el presente; por otro, con la pandemia que hizo sucumbir también los modelos educativos de las universidades mexicanas.

Cuando se acerca al final, Carlos Alberto Torres afirma las funciones características de las instituciones de educación superior y las distinciones entre ellas y los otros niveles del sistema escolar. Pondera la producción de investigación científica pura y aplicada y la preservación del conocimiento de las civilizaciones; luego, la formación de personas y las comunicaciones. Su énfasis probablemente no me conmovería si las circunstancias fueran distintas, pero es imposible leer los textos sin los contextos, como nos enseñó Paulo Freire.

El profesor Torres escribe: “Éstas -las universidades- tienen responsabilidades clave en relación con las tecnologías de la información, sobre todo cuando vivimos en una ‘sociedad virtual’, y cuando los modelos de educación a distancia están creando nuevos modos de aprendizaje permanente. Las universidades han tenido una responsabilidad histórica en la difusión del conocimiento en la sociedad en general”.

Me detengo ahí. Con ánimo inquisitivo y curiosidad repaso lo que hicieron las universidades mexicanas frente a la pandemia; lo que están haciendo, las decisiones que públicamente se conocen. Antes que balbucear respuestas, deslizo preguntas: ¿las universidades, en estos tiempos inciertos y frágiles para la condición humana y los sistemas educativos, han hecho lo que les correspondía? ¿Cumplieron su papel? ¿En efecto, las universidades están creando otros modos de aprendizaje permanente? ¿Atendieron la responsabilidad histórica en un momento en donde fallaron los mecanismos instituidos y se desafía la imaginación?

¿Más allá de lo que pudieron hacer, les corresponde una tarea principal en la reorientación de los sistemas educativos pospandemia?

Me circunscribo al ámbito de Colima: ¿es posible construir un espacio de colaboración efectiva entre el sistema educativo estatal y las instituciones de educación superior donde se forman especialistas y se investigan los temas educativos? ¿Es deseable una colaboración distinta, inédita, más allá de convenios y formalidades, una que constituya a Colima, ahora sí, en un referente para México en materia pedagógica?

Esta podría ser la oportunidad que no buscábamos ni esperábamos, pero podríamos aprovechar.

 

 

Tiempo de biografías

Esta tarde abrí un nuevo libro: Edgar Morin. Vida y obra del pensador inconformista, de Emmanuel Lemieux, una estupenda edición de Kairós.

No sé cuándo ni dónde exactamente lo compré. Hoy le di vueltas a ambas preguntas mientras me preparaba, pero no encontré respuestas en la memoria. Las circunstancias de la adquisición sí las tengo claras. Cuando hurgo en las librerías hay unos libros que sé que voy a comprar apenas verlos, y ya los llevo conmigo, otros, que los reviso y dejo en su sitio, con la duda en la cabeza; sigo el paseo y vuelvo, y entonces, por los textos de la contraportada, los diseños, el precio o mi genuino interés, decido. Muchos se van conmigo, muchos se quedan. Esta biografía se fue conmigo desde el primer momento, aunque el precio inhibía buenas intenciones.

Comencé ya con las primeras páginas, refugiado del calor vespertino. Se revela un autor de oficio, que introduce sin piedad a los crudos días infantiles de Edgar Nahoum, su nombre entonces, cuando muere súbitamente la madre, Luna.

Son más de 500 páginas. Será larga la relación con el libro pero, intuyo, valdrá la pena cada hora invertida.

Es viernes…

Es viernes… pero el cuerpo no lo sabe. No lo sabe tampoco la cabeza, ni la memoria. No lo sabe ninguna parte de mí. Por primera vez, en mis años, no tengo conciencia del día que vivo. Solo cuando abro la agenda de papel o la del teléfono cobró alguna idea de los días que pasaron o vienen, de la fecha que vivo. Y a veces no estoy seguro, así que debo reconfirmarlo. La constatación de una vida tal no es placentera. Está bueno vivir sin ataduras cotidianas, pero luego me aterra la idea de la inconsciencia y no disfruto.

Hoy estuvo el presidente del país en Manzanillo. Aguanté un rato los tuits de sus fanáticos y sus adversarios. Estoy a punto de renunciar a mirar más. Es como vivir en dos mundos distantes y antagónicos. Ni uno ni otro los comparto, para ser sincero. En algún momento son insoportables.

Estoy a favor del juicio implacable y justo a Emilio Lozoya. Ojalá sea pronto. Y me gustaría imaginar que, entre tanta madeja enredada, alguna hebra conduce de Lozoya a alguno de los prominentes de Morena. También estoy inquieto por la escasez de dinero que se denuncia en el gobierno de la República. Pero no soy ingenuo. Creo.

Hoy es viernes, y habría preferido no saberlo, ni en cuerpo ni alma. Para esta noche tengo programada una película: Capitán de mar y guerra. Dura más de dos horas; no sé si aguantaré. Ya les contaré. O no.

Lecciones desoladoras

En las semanas recientes dedico menos tiempo de la jornada a las noticias sobre el coronavirus. Leer tanta desgracia ensombrece el ánimo.

Confieso sin rubor: ojalá el subsecretario López Gatell acertara una de sus predicciones, o que ya estuviéramos en el paisaje que dibuja el presidente en sus discursos. Tristemente la realidad no se moldea a base de conferencias.

Sigo las noticias con discreción y advierto señales en el horizonte. La pandemia ya deja muchas lecciones de la sociedad que somos, de dónde vinimos y podría augurar rumbos. Circunscribo mi opinión al ámbito colimense.

Los gobiernos demostraron ineficacia en comunicar sus mensajes. A la credibilidad del gobernador, reiterada en distintas mediciones de aprobación, se suma la falta de creatividad del aparato de comunicación, con boletines hechos en la pereza absoluta.

Los gobiernos municipales cantan muy mal las rancheras. Y si el mariachi es mediocre, sus voces no lo mejoran ni un poquito.

Antes me pregunté y me sigo cuestionando por la eficacia gubernamental en encarar el problema. ¿Tenemos suficiente o carecemos de la mínima? No tengo elementos para sustentar un juicio, sólo crecientes sospechas.

La ciudadanía es como es. Hay quienes sí colaboran, hay muchos que no. Hay quienes asumen conscientes, hay exceso de irresponsabilidad. Tampoco somos una raza culturalmente única: lo mismo pasó y pasa en otros países. Lo lamentable es que en este examen vital, donde nos jugábamos tanto, primero, miles de vidas, la calificación difícilmente será aprobatoria.