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Cuesta más un reo que un estudiante

Leo en “Milenio” que un preso en cárceles estatales y federales le cuesta diario al país 330 pesos y 50 centavos. Multiplicado por 365 días, arroja la cantidad de 120,632 pesos. No me sorprende la cifra. Tenía datos anteriores. La conclusión, si se quiere, es escandalosa: el país gasta más en presos que en estudiantes. El contraste es desproporcionado, pues hay en cárceles unos 200 mil reos o, debe decirse, “personas privadas de su libertad”, mientras más de 35 millones cursan algún tipo educativo.

Exploro datos para comparaciones. En el “Panorama de la Educación en México 2017”, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se consigna una cifra promedio de 3,703 dólares por estudiante, unos 70 mil pesos; mientras el promedio de la OCDE era de 10,759 dólares.

En el “Panorama Educativo de México”, elaborado por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, correspondiente a 2018, se presentan datos del “gasto federal por alumno en escuelas e instituciones con financiamiento federal” en el periodo comprendido entre 2008 y 2016. Las cifras son las siguientes: para educación básica se invirtieron recursos federales 20,312 pesos en 2008 y 22,524 para 2016; en educación media superior, 30,271 en 2008, y 34,780 en 2016, mientras que en educación superior las cantidades son de 54,801 y 54,731, respectivamente.

Por último, en el Sexto Informe de Labores de la Secretaría de Educación Pública, de 2018, el gasto promedio en el ciclo escolar 2017-2018 fue de 31.3 mil pesos. Desglosado, 18.7 mil para preescolar; 17 mil para primaria; 26.1 mil para secundaria; 35.7 mil en media superior y 79.9 mil para enseñanza superior.

Los datos son fríos y ameritan las interpretaciones que cada cual guste. A mí, sin dudarlo, me sigue pareciendo inevitable sostener que los problemas de la seguridad y la violencia en el país se resolverán desde la educación (no solo desde las escuelas), y que es mejor invertir en serio en escuelas que en prisiones.

Un año después

El 21 de diciembre de 2018, mientras limpiaba la antigua casa, preparando el espacio para revisar y corregir la probable reedición de un libro, tuve una extraña sensación. Me pregunté: ¿cuál es el balance de mi paso por el INEE? En ese momento tenía la certeza de que la iniciativa del presidente de la República lo desbarrancaría y había que imaginar un nuevo año con distintos proyectos.

Limpiando el polvo y ordenando libros revisé fugazmente lo hecho en tres años. Entonces, pensé que la tarea reclamaba tiempo. Decidí escribir un libro cuando se me apareció el título: Mi vida en el Instituto.

Sentí la urgencia de comenzar pronto a repasar esos años, al mismo tiempo estimulantes y traumáticos por el final. Empecé y en pocas semanas ya tenía un volumen respetable de páginas que rememoran y examinan, que recuerdan y dejan testimonios de gratitud, que hurgan en razones y desaciertos.

Pasó ya un año y en mi escritorio reposan las primeras pruebas editoriales; aguardan la llegada de las mañanas vacacionales. Antes de que cierre el año estarán listas para volver a la editorial y continuar el camino hacia la vida pública.

Cierre de presentaciones

Esta mañana, primer día de vacaciones en la Universidad, estuvimos en la preparatoria del Colegio Anáhuac para presentar nuestro libro Colima: avances y retos. Educación. Fue el cierre de una serie de siete presentaciones que arrancamos en noviembre, en el marco espléndido del Congreso Internacional organizado por el Instituto Superior de Educación Normal de Colima, y continuamos por otras instituciones educativas y públicas, como el ayuntamiento de Manzanillo y el pleno del Congreso del Estado.

Hoy, el Colegio dispuso el encuentro con profesores de secundaria y preparatoria, quienes escucharon atentos los comentarios de cuatro de sus colegas, Cristian, Ulises, Pastora y Norma, según aparecieron.

Para nosotros fue la inmejorable oportunidad de compartir un libro colectivo nacido de la intención de contribuir en Colima, desde el mirador de la educación, con una obra que se propone revisar con evidencias y rigor el presente y el futuro de la entidad, en algunos de los temas centrales de los sistemas educativos.

Cuando nació el proyecto, de la cabeza de Salvador Silva, me entusiasmo y emprendí la tarea con determinación, pero no imaginé que las repercusiones serían las que estamos alcanzando. Por supuesto, 40 días después de haber sido presentado, no ha cambiado nada ni hay una agenda pública, pero nosotros hemos decidido poner la mira en aristas sensibles y así seguiremos por un rato.

Por ahora, hacemos una pausa. ¡Ya veremos qué nos trae el nuevo año!

Ataques inauditos

Lo poco que sabía sobre ataques con ácido a mujeres era escalofriante, pero sucedía muy lejos de aquí. Lo lamentaba, pero bendecía vivir en otra esquina del planeta.

El caso de una joven saxofonista en Oaxaca, María Elena, me llevó a leer algunas notas y abrir los ojos a una realidad crudamente próxima.

Según leo, en distintos puntos del mapa nacional han ocurrido y aumentan.

Con la locura desatada en el clima de crispación que vivimos, me atemoriza que se instalen entre nosotros por la facilidad de cometerlos y la impunidad que nos asfixia, por la manera tan barata en que se cotiza dañar a otros, con motivos a veces superficiales.

María Elena fue agredida hace varios meses; dice la prensa que hay pruebas, acusado, y no ha pasado nada con la justicia, entre otras razones, porque no existe el delito como tal.

Como decía el clásico personaje de Héctor Suárez: ¿qué nos pasa? O un ciudadano medianamente indignado: ¿qué maldita sociedad estamos creando?

Mi curso de francés

Ayer presenté la tercera evaluación de mi curso de francés, nivel 1, en la Facultad de Lenguas Extranjeras. No sé el resultado, obvio, pero gané muchos aprendizajes.

La experiencia resultó gratificante por todos los ángulos. Cumplí un objetivo trazado a principios del año, cuando programé actividades generales; además, fue especial porque tuve como compañeros (de cursos y niveles distintos) a mis hijos, así que hicimos de los sábados un paseo por el campus.

La expectativa se cumplió por lo que toca al curso. Néstor, el joven profesor, fue un estupendo conductor, amable, comprensivo y ágil; los compañeros, discretos y respetuosos siempre, quizá inhibidos por la presencia de un adulto, el único del curso. Esa situación tan contrastante fue una de las circunstancias que estuvo a punto de hacerme abortar el proyecto, pues las dos primeras clases me resultaron un ejercicio tortuoso de acoplamiento a muchachos incluso más jóvenes que los estudiantes con que trabajo en Pedagogía. Probablemente de no haber estado mis hijos habría decidido buscar otro momento, pero aguanté. No sé cuánto pude haber influido en la dinámica y el comportamiento grupal, por las diferencias cronológicas, pero siempre estuve atrás.

El siguiente semestre, salvo razón extraordinaria, volveré a inscribirme. Espero encontrar más tiempo para dedicarme y obtener una preparación mejor que ahora. ¡Desde ya, es propósito!