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Fin de la amabilidad

Mientras observo un seminario web sobre pandemia, desigualdad y educación en América Latina, recibí una llamada de esos números extraños que, sin embargo, no dejo de contestar por amabilidad. Era un empleado bancario. Me preguntó cómo estaba y yo, un poco enfadado por el pésimo sonido de la profesora brasilera, le dije que muy bien. A la voz masculina del otro lado le dio mucho gusto, confesó, para reconfirmarme su gentileza. Me expuso entonces las virtudes de una tarjeta de crédito, mezclando explicaciones de las bondades de su empresa y las perversiones de las otras, con preguntas que solo tenían como respuesta probable de mi parte que sí, que él tenía razón y soy víctima de los feroces colmillos de los bancos. Lo escuché con atención, sin interrumpirle ni una sola vez. Tres o cuatro minutos duró su soliloquio que, debo reconocer, era digno de mejor cliente. Cuando llegó el momento de darle mi aprobación, no dudé en responderle con absoluta franqueza, en los siguientes términos, con más o menos palabras: mira, muchas gracias, pero no pierdas tu tiempo, no tengo ningún interés en cambiar la que tengo y menos en contratar otra. La uso poco y con eso me basta.

Me habrá escuchado con vehemencia, a tal grado que ya ni siquiera se despidió. Se abrió un silencio total y no escuché más. Me sorprendí. Retiré el teléfono y entonces miré la pantalla. Había cortado. Es verdad que me hizo caso: no perdió su tiempo, pero pudo despedirse. Esta vez, discúlpenme, señores empleados de bancos, pero estoy ofendido. Les escuché, les respondí amable y no merecía un cortón tan grosero. Prometo, juro, que no tendrán más de mi un comportamiento ejemplar. La de hoy, repito, ha sido la última en que les dejaré terminar su discurso. La siguiente y todas las llamadas de ese tipo, juro, no tendrán final feliz ni amable. ¡Es cuanto!

¿Cambiará la escuela? ¿Cambiaremos nosotros?

Hace cuatro meses el gobierno de Colima adelantó la decisión de suspender actividades escolares presenciales por la pandemia. La incredulidad mezclaba con otros sentimientos, como el gozo de comenzar antes las vacaciones de Semana Santa.

A juzgar por lo que sucedía en el mundo, era complicado esperar un regreso pronto a las aulas. No volvimos nunca y no sabemos cuándo volveremos.

Ya estamos en vacaciones otra vez. En unas semanas comenzaremos los preparativos para el siguiente ciclo escolar, con incertidumbre en el horizonte. Tengo claro que no volveremos pronto, ni todos ni al mismo tiempo.

El bicho invisible, el coronavirus, cambió al mundo en la medicina, la ciencia persigue respuestas y soluciones, convulsiona la economía, destroza el turismo, fractura la política en países, enluta familias, deshace rutinas cotidianas.

Viajo del mapamundi al territorio de la escuela mexicana.

Si la pandemia amenaza con transformar todos los órdenes de la vida social global, ¿cambiará la escuela también?

¿Cambiará estructural, pedagógica y positivamente?

¿La docencia será otra, más relevante y sensible a la diversidad e inequidad?

¿Habremos comprendido que, ante la vulnerabilidad de la escuela, debemos reforzarla y no debilitarla?

¿Lo habrán entendido los gobiernos o pensarán que con YouTube y unos guasaps lo tenemos todo fríamente controlado?

¿Los profesores habremos integrado en el ADN profesional que la escuela lo es porque asisten niños y jóvenes y nosotros colaboramos con ellos para aprender y enseñar?

¿Habremos entendido que la escuela tiene sentido sí y solo sí para educar a los más jóvenes, y no para emplear gente?

¿Estaremos ya convencidos que la familia tiene que jugar siempre en el mismo equipo que la escuela y los maestros?

No tengo duda de que el paisaje de las escuelas, cuando volvamos, podría ser distinto al que conocimos. Tendremos controles sanitarios, gel y jabón, distancia entre alumnos en las aulas y no más amontonamientos, menos cercanía física, más actividades no presenciales y menos horas de clase, pero ¿el fondo será también otro, mejor?

Ahí no lo tengo claro. No soy pesimista porque ser educador me obliga al optimismo, y la tengo con cautela, porque al final de cuentas somos nosotros, los mismos que antes, quienes daremos vida a otra nueva escuela, o a la misma, con maquillaje distinto.

Día de descanso

Cien días de después de comenzar el largo confinamiento no abrí la computadora para trabajar, ni leí para tomar notas y agregar líneas a alguna de mis tareas pendientes. Hoy fue un día de descanso absoluto.

Ayer cerré un proyecto que me absorbió varias semanas y decidí que hoy no habría actividades. Cumplí hasta aquí; mañana creo que la vuelta es inminente.

Hoy leí, como todos los días, pero por placer. Comencé con Victoria, la novela de Joseph Conrad y luego las páginas penúltimas de De animales a dioses, de Yuval Noah Harari.

No fue el día más placentero. Uno al mes debo dedicarme a cumplir trámites en bancos u otras oficinas. Me tocó en el ayuntamiento de la ciudad y luego el periplo por dos bancos. Por fortuna no hubo mucha gente y pude volver pronto al encierro.

Seguiré con la jornada de autoconfinamiento sólo un poco. No hacer nada es más difícil de lo que parece.

Placeres egoístas

Hoy tenía que enviar mi opinión radiofónica quincenal. Es la octava. Hace dos meses estoy al aire. A diferencia de los ocasiones previas, ahora no tenía ni avances ni idea. El fin de semana lo pasé integrando los capítulos de un nuevo libro y el agotamiento me venció pronto. Este lunes desperté temprano para concluir mi compromiso y, por suerte, la madrugada me regaló las líneas iniciales. Lo demás fluyó relativamente fácil. El resultado ya lo juzgarán los escuchas o sus lectores mañana.

Reconfirmé que me gusta tener un espacio en radio y por eso vale la pena el esfuerzo de intentarlo, a pesar del cansancio. El reto desamodorra, expulsa de la conformidad y viene bien.

Escribir para radio es un ejercicio distinto a hacerlo para un periódico o portal informativo. Las palabras tienen sonoridades distintas, se engarzan diferente si las pronunciaré o el lector se las verá con ellas en silencio. Tengo la impresión de que no hay muchos escuchas, pero con absoluta sinceridad ya me importa poco.

Hay un momento donde la escritura es un ejercicio para salvarse a sí mismo. Como hoy.

Programa Sectorial de Educación: ¿a dónde vamos?

Tarde se publicó el Programa Sectorial de Educación 2020-2024, sin justificación del retraso. Roberto Rodríguez, en su columna para Campus Milenio, escribió que el programa se entregó a finales del año pasado y probablemente lo detuvieron en las instancias donde deben aprobarlo: Secretaría de Hacienda y Comisión Nacional de Mejora Regulatoria.

El documento que leí, de 176 páginas en formato PDF, desarrolla seis objetivos prioritarios, 30 estrategias prioritarias y 274 acciones puntuales.

Inicia con un diagnóstico incompleto titulado “Análisis del estado actual”, sin datos, sin evidencias, solo con enunciados que afirman intenciones y descalifican a las administraciones pasadas. Después, en la explicación de las prioridades de cada uno de los seis objetivos, ya agregan indicadores en los renglones donde colocan la atención, en especial, en materia de inequidad de acceso, resultados y condiciones.

Emitido cuando el gobierno cumplió 18 meses pudo contener el resumen de las acciones emprendidas (supongo que habrá) para subsanar o comenzar a atender problemas; ruboriza leer, por ejemplo, que no hay un censo de las condiciones físicas de las 12 mil escuelas públicas de educación media superior y mil escuelas de educación superior. Eso ya lo sabíamos, debieron saberlo ellos hace un buen rato: ¿qué hicieron en estos meses?

El mismo déficit aparece cuando aluden al objetivo prioritario 5: garantizar el derecho a la cultura física y la práctica del deporte, para combatir los graves problemas de sobrepeso, sedentarismo y obesidad infantil, que colocan a México como campeón del mundo. Afirman que la SEP y la CONADE “trabajarán conjuntamente en el diseño e implementación de programas que fomenten la actividad física y el deporte…”. Desarrollarán también, expone, un modelo integral y multisectorial por nivel educativo para propiciar hábitos saludables en tres componentes: alimentación, hidratación y actividad física. De nuevo, confiesa no disponer de un inventario de infraestructura deportiva e instalaciones.

¿Cuándo vamos a tener dichos programas? ¿Cuándo los aplicarán? ¿A la mitad del sexenio? ¿Era tan complicado haber presentado ya primeros avances de dicha tarea? Ya sé que es un programa y no un informe, pero como digo, nos acercamos al primer tercio, y hace dos años comenzaron los trabajos del equipo que hoy dirige la Secretaría de Educación Pública.

Las lagunas son notorias en uno de los renglones donde se supone que los gobiernos que se declaran progresistas no darán pasos atrás: la infraestructura para hacer válido el derecho a la educación. Denunciado el abandono y la corrupción, traducido en carencia de condiciones, afirman que el recurso será insuficiente y, además, estarán concentrados en resolver los problemas derivados de los sismos de 2017 y 2018. ¿Entonces?

“El marco normativo que ha regido al SEN no ha estado a la altura de los retos resultantes de los constantes cambios sociales y mucho menos de los desafíos del siglo XXI”, afirma al explicar la relevancia del objetivo 6. Aquí la pregunta se desliza sola: con la nueva Ley General de Educación y las leyes secundarias adoptadas, ¿ya tenemos el marco para el siglo XXI?

El Programa pondera en todos los casos la búsqueda de la equidad y la inclusión; el énfasis es loable. Hay repetición de propuestas inconclusas, como la creación de un espacio común de educación superior; y otras interesantes, como la “democratización de la lectura” o “garantizar el derecho a gozar de los beneficios del desarrollo de la ciencia y la innovación tecnológica”. También omisiones tremendas: a punto de cumplir 100 años, las misiones culturales fundadas por José Vasconcelos no tienen una mención siquiera: ¿desaparecerán?

Vimos y seguiremos observando la congruencia entre las herramientas, condiciones, recursos y las pretensiones del Programa, porque algunas parecen inalcanzables, como el combate al grave problema del abandono escolar en media superior con distintos programas de tutorías y acompañamiento, en escuelas donde no existen profesores de tiempo completo o pagados para realizar esas actividades.

Las metas son, como es habitual, ambiciosas, pero luego se acompañan de una nota: “el cumplimiento de la meta está sujeto a la disponibilidad presupuestal”. Hay algunas deseables pero desmesuradas, como aumentar la cobertura de educación superior de 39.7% en 2018 a 50% en 2024, por tres razones, al menos: por el financiamiento que se precisaría, por la ampliación de cupos y la solución del grave problema de abandono en ese tipo educativo.

Desde el voluntarismo y la declaración de buenas intenciones alcanza para resolver algunas cuestiones, pero no los problemas estructurales. Ojalá las etapas porvenir sean más convincentes en lo que prometieron la transformación más profunda del sistema educativo.