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Buenas y malas prácticas académicas

El jueves pasado asistí al ISENCO para la instalación del Comité Dictaminador del Congreso Internacional de Investigación y Evaluación Educativa, que celebrarán en el marco del 179 aniversario de la escuela normal de Colima, con el respaldo del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación de la UNAM.

La sesión, presidida por la directora, Martina Milagros Robles, nos permitió conocer la convocatoria, objetivos y líneas temáticas del Congreso, y conocernos en la diversidad personal e institucional. Una veintena de profesores y profesoras escuchamos y expresamos deseos de colaboración.

La realización del Congreso ya es buena noticia. Habrá mucha información en los siguientes días y semanas, seguramente. Ahora quiero detenerme en el gesto de uno de los asistentes, cuyo nombre me reservo. Antes de firmar el compromiso, el profesor jubilado habló y se disculpó. Nos contó en donde se ubican ahora sus intereses profesionales y líneas de investigación; pidió, respetuosamente, que se le dispensara de participar, dada su “falta de actualización” en los temas y subtemas del congreso. Advirtió que se sentía desautorizado para juzgar a otros.

La confesión merece ovación. Si antes lo miraba con respeto, sumo admiración. La honestidad es un valor en fuga cuando la cuentofrenia se apoderó del mundo académico universitario y hay que producir, producir y producir, aunque la calidad sea precaria y nulos los lectores, así como participar en congresos, comisiones, estancias, evidencias múltiples de la “productividad”.

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¿Nacido para perder?

Leo con mezcla de sentimientos las circunstancias en que transcurre la elección de los responsables del organismo que sustituirá al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

La indignación y preocupación que advierto en Twitter reafirma mi hipótesis inicial, que Esteban Moctezuma avaló en su visita al ex INEE el 17 de mayo: un organismo a modo, capaz de cuadrar los datos cuando sea preciso. No abundo. Quisiera estar rotundamente equivocado.

El anuncio de las listas de los aspirantes a la Junta Directiva y al Consejo Técnico me sorprendió, no por el anuncio, claro, sino por los nombres. Esperaba una relación que desmontara aquella hipótesis. No conozco a la gran mayoría, a los que sí, tampoco me inspiran entusiasmo.

La segunda decepción personal vino con el conocimiento del centenar de candidatos que no fueron admitidos a los concursos, luego, el descubrimiento de irregularidades y trampas de algunos aceptados. Es inaudito. ¿Quién hizo las listas difundidas? ¿Con qué criterios?

La negativa a reponer el proceso de selección, sin argumentos ni transparencia, es la peor señal que podría enviar el Senado, empeñado, parece, en anidar desconfianzas que terminarán por deslegitimar a los eventuales elegidos y, sobre todo, el organismo.

Discutía con un colega acerca de las razones de la trampa y la desinformación del caso. Él, desde el terreno de la comunicación; yo, de la educación, cada quien con sus énfasis, pero coincidíamos en un punto del intercambio: la irrelevancia de la educación para quienes tienen en sus manos, en alguna medida, el rumbo del país y el diseño del futuro sistema educativo.

Triste panorama.

Escuelas de Colima

Hoy volví a la carretera en busca de historias para contar en mi proyecto “Las escuelas de Colima”. Es la cuarta escuela primaria pública que visito; el pueblo, El Remate, en Comala. No conocía y suponía que estaba más cerca. Calculé mal y llegué varios minutos tarde.

Después de una pausa involuntaria de algunas semanas, disfruté casi todo el camino. La ruta a Comala fue rutinaria; conozco cada curva y recta. De Comala a La Caja son 6 kilómetros, según los carteles, y me distraje pensando en la presentación del proyecto a la directora. En ese pueblo paré en el primer sitio donde vi gente, una tienda de abarrotes. Me indicaron que siguiera dos calles y doblara a la izquierda. Otros 6 kilómetros de un paisaje montañoso espectacular, que lo será más en las próximas lluvias, con los verdes de la arboleda. No soy afecto al volante, ni a concentrarme en las líneas blancas de la carretera. Disfruté la vista y solo por eso habría valido la pena estar sentado en el auto.

La primera impresión de la escuela Vicente Guerrero, con su única maestra, Bety Romero, fue gratificante, otro premio en mi búsqueda. Descubrí por qué varias personas tienen una opinión parecida. No es este el espacio para contarlo.

Reconfirmé: en todas las escuelas suceden cosas extraordinarias. Mi misión ahora es encontrarlas y, algún día, narrarlas de la mejor forma posible.

Licenciaturas Mickey Mouse

En cadena española leo una situación que podría parecer simpática si no fuera una denuncia dramática. Una estudiante, Pok Wong, tomó el curso de “Estrategia en negocios internacionales” en la Universidad Anglia Ruskin, cuya dirección principal se asienta en Cambridge.

Decepcionada de la que, juzgó, mala calidad de la enseñanza, denunció a la universidad por “incumplimiento del contrato y tergiversación fraudulenta”, dado que no es, como profesa, un “centro de excelencia reconocido”.

El hecho ocurrió en 2013. La señorita Wong obtuvo su título, pero, dijo: “es un título de Mickey Mouse”. Y advirtió que las universidades deberían tener más cuidado con sus promesas.

El litigio culminó con un acuerdo entre Pok y la Universidad, mediante el cual recibirá como compensación 70 mil euros.

Algunos suponen que la victoria de la estudiante podría ser el punto de partida para que otros realicen maniobras legales semejantes y denuncien a sus universidades por faltar a sus promesas de “alta calidad en la enseñanza”.

No quiero hacer comparaciones odiosas, ni entre alumnos, maestros o universidades. Solo quería consignar el hecho en un día donde me hacía falta encontrarme con un gesto de digna indignación.

La escuela deseable y posible

Concluida la última semana escolar de abril, Juan Carlos estaba muy contento. Los viernes suele ser así, porque sabe que tiene por delante dos días de descanso y por su clase de ajedrez, un gusto que le persiste felizmente todo el año lectivo.

En la conversación rumbo a casa le pregunté por lo evidente: ¿por qué te gusta tanto esta semana? Su respuesta me sorprendió, concreta y contundente: porque no llevamos uniforme, porque no hay tareas y porque tenemos más libertad. ¿Qué había de peculiar? La semana de festejos del día del niño, por supuesto, que convierte a la escuela en un sitio y ambiente distintos.

No sé qué piensan otros niños, ni cómo se vive en otras escuelas esa fecha. Pero tengo como hipótesis que la contestación de mi hijo es un diagnóstico certero de la vida escolar en muchas escuelas, quiero decir, de cómo experimentan muchos niños la vida en muchos centros escolares. El resultado, sin el aliento de la familia y la fortuna de buenas maestras, puede ser funesto: odio al ritual de la escolarización, enfado, animadversión, aburrimiento…

La respuesta de Juan Carlos no tiene sentido como una valoración puntual, sino como pista para comprender la naturaleza de la institución educativa y su condición obligatoria: un espacio de reclusión forzosa, como la cárcel, el manicomio o el hospital, a donde uno, en condiciones normales, no elige asistir.

Acudir a clases durante 190 días (como será el próximo año escolar) implica un esfuerzo arduo de maestros y alumnos, una rutina que debe experimentarse como desafío permanente, con ocasiones diarias para el descubrimiento, pero también para el aprendizaje a partir de los errores, para el impulso al trabajo colectivo, así en alumnos como maestros, para la oportunidad de volver a comenzar después de un fracaso.

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