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La crueldad del fútbol: ¡adiós, Luis!

Este mediodía observé el video de 3 minutos con la despedida de Luis Suárez del Barcelona. Me conmovieron las palabras y la imagen.

Suárez llegó al club después de un escándalo mundial, cuando casi nadie sacaba la cara por él. Cuando todos juzgábamos con dureza su mordisco a un compañero de profesión. Entonces, el presidente de su país, Pepe Mujica, lo “bancó” retratando al ser humano, al muchacho sencillo y auténtico.

A pesar de la animadversión que generó, el Barça confío, lo contrató y en seis años se convirtió en el tercer mejor goleador de su historia, formando una alianza temible con Leo Messi en la cancha, sellada por una amistad familiar envidiable.

Con la llegada del nuevo director técnico, como sucedió muchas veces en la historia interminable del deporte negocio, se decidió que Luis no cabe más en el equipo.

Hoy se despidió y su salida será un episodio más de la crueldad del fútbol, una poderosa maquinaria de dinero, poder y corrupción. En su discurso de despedida, Luis recordó que no se va sólo el 9 del Barça, también una persona, un ser humano con familia e ilusiones, que lo pasó mal en momentos, pero preferirá los recuerdos maravillosos.

Aficionado al Barça, habría preferido seguir viendo en la cancha a Luis junto a Messi, pero no sucederá más. No volveré a cantar sus goles que, a veces, disfruté más que los de Messi, cuando los errores eran más que sus aciertos y necesitaba el alimento del goleador.

¡Adiós, Luis! Gracias por los 198 goles y tantas alegrías durante seis años inolvidables.

Las siestas y yo

No tengo buena relación con las siestas. A pesar de sus beneficios, confirmados por expertos y usuarios felices, mi romance con la siesta duró menos que los peces de hielo en el whisky de Joaquín Sabina. Las veces que lo intenté, el despertar fue amargo, peor que la intención.

Después de varios días de insomnio, hoy, cerca del mediodía, luego de terminar la conferencia que presentaré mañana, no pude más y cuando había rebasado 30 minutos de lectura, decidí que debía parar, escapar del trajín y continuar. El tío del espejo no me deja mentir.

La cosa no fue tersa. Primero, me costó mucho tiempo, bueno, un cuento de Juan Villoro de 57 páginas, así que fue tiempo bien invertido, pero que debía ocupar en otros menesteres. El despertar, una hora después, fue recibido con salvas en mi primer acto consciente, como el segundo despertar maravilloso de un día, pero con el paso de las horas, volvimos a la fría relación y aquí estoy, a las 20:59 h., apenas, tratando de escribir la página de mi Diario, leer los 35 minutos programados en lengua extranjera y el repaso preliminar de la conferencia.

No, no cabe duda que las disociaciones entre el cerebro y el cuerpo, o el corazón y la mente a veces son irreconciliables.

Hoy no hay página del Diario

Hoy no habrá página del Diario 2020. He pasado la mañana enfrascado en lecturas para la conferencia que debo presentar el jueves en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima.

Cuando me pidieron el título, con escasa imaginación, decidí enviarles el que da nombre a nuestro libro colectivo: Cuando enseñamos y aprendimos en casa. Luego añadí el más que convencional en estos tiempos: Lecciones de la pandemia; además, pretensión grandilocuente. Pero no tenía más tiempo para darle vueltas.

Con el deseo de no repetir lo que vengo diciendo en estos meses, me propuse armar otras ideas. La cosa no es nada fácil, cuando tantos han escrito y hablado tanto sobre el gran tema del confinamiento y las escuelas.

Al final, he decidido un ejercicio de síntesis con los tiempos y ritmos de hoy: 15 lecciones en 30 minutos, dos minutos en promedio para cada una. La exigencia no es menor, porque de algunas se pueden decir muchas cosas, ahí el reto: sólo procurar lo esencial y nada más que lo esencial.

Hoy tengo el guion. Mañana armaré la presentación y luego a estudiarla. En eso se fue el día, mientras la lluvia no para de remojarnos.

La sociedad del cansancio: ¿destino inevitable?

El sábado por la tarde, mientras la lluvia caía generosa sobre la ciudad, escribí la opinión para esta mañana. La madrugada del domingo, entre delirios e insomnio, cambié de tema.

Me propongo hablar de la sociedad del cansancio. Horizonte hacia el que, parece, nos dirigimos con la prolongación de la pandemia y la dolorosa inflación cotidiana en la estadística mortal.

Esa expresión, sociedad del cansancio, la tomo del libro escrito por Byung-Chul Han, filósofo surcoreano que ocupa sitio prominente entre los pensadores del siglo 21.

En otros momentos he aludido a un escenario que advierto cercano y peligroso para muchísimos profesores y maestras que asumen con profesionalismo las tareas de enseñar y aprender desde casa.

Evitaré la generalización de que todos los profesores ejercen su oficio de esa manera. No, no son todos, por supuesto, para desgracia de los niños y adolescentes que tienen ese infortunio.

A las muchas tareas que ya realizaban los docentes, con la pandemia se multiplicaron y se extendió su jornada laboral. Los roles que deben jugar, especialmente ellas, crecieron: maestras, mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas, en un contexto de riesgos sanitarios y complicaciones emocionales.

Todas las épocas tienen sus enfermedades emblemáticas, afirmó Byung hace 10 años. En el comienzo del siglo 21 son las enfermedades neuronales: depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, síndrome del desgaste laboral, entre otros.

Vivimos en la sociedad del rendimiento, que produce depresivos y fracasados.

Lo más desafiante de las ideas del filósofo, es que dicha situación ocurre por un fenómeno que llama de “autoexplotación”. Somos verdugos y víctimas.

Me temo que algo de eso ocurre con muchos de nosotros en época de confinamiento, porque sentimos mayor libertad para decidir, porque tenemos tiempo en casa, pero decidimos que lo invertiremos en la competencia productiva y nos vamos agotando de a poco, pero sin cesar.

Me pregunto, les pregunto: ¿la sociedad del cansancio es un destino inevitable? ¿Será una de las consecuencias silenciosas pero peligrosas de la pandemia? ¿Nuestros niños también padecerán este cansancio?

Lunes al sol

Hoy entregué para su primera revisión el capítulo de un libro. Es el cuarto de este largo confinamiento. El primero fue colectivo y mi participación secundaria. Uno lo había comenzado el año anterior y los dos restantes no estaban ni en proyecto cuando preparaba la agenda anual.

Concluir un proyecto es siempre satisfactorio, pero si el resultado complace al juez interior, la alegría es más completa. Contarlo no es un acto de fatuidad, aunque pueda interpretarse así. Si el lector lo cree, no refutaré.

Este es un Diario, el recuento personal de casi todos los días, y terminar el capítulo de un libro no es tarea irrelevante ni frecuente. No pasa todos los días, ni cada semana.

Llegar a ese resultado es posible después de muchas horas, unas tangibles, traducidas en una veintena de hojas, pero antes, en la idea que da vida a todo lo demás. No sé qué me complace más: parir la idea o escribir las veinte páginas que la concretan.

Mañana o pasado, algún día después, recibiré el juicio sobre el capítulo del libro. Por hoy, ha sido suficiente.

La vida no depende de escribir libros o capítulos, pero a veces, es lo que salva la suerte de cada día.