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Sangría brutal en el sistema educativo

Esta mañana escuché las estimaciones de la organización Mexicanos Primero sobre el abandono escolar por la pandemia. En 6 millones calculan el número de estudiantes desconectados. La cifra aterra.

Por supuesto, México no es el único país que enfrenta el problema. Lo sufren los estudiantes y podrían padecerlo el resto de su vida, al verse impedidos del derecho a la educación. Las organizaciones internacionales, como Unesco o Unicef, observan con preocupación los saldos cruentos de la pandemia en América Latina.

El cálculo de Mexicanos Primero es peor que los escasos números proporcionados por el gobierno federal. Seguramente, como es habitual, dirán que tienen otros datos, pero no aparecen. Su ausencia agrava el panorama y funda sospechas.

Si las cifras de la organización privada se comprueban, el sistema escolar sufriría una terrible pérdida de incalculables daños personales y sociales. Equivaldría regresar a la matrícula de hace 20 años; o a borrar a todos los estudiantes de educación media superior.

Es el presente y el futuro lo que nos estamos jugando con las decisiones que se tomen sobre la escuela.

Carta de un padre a los docentes

Estimada maestra, estimado maestro:

En marzo del año pasado no imaginábamos lo que se venía para el mundo, la salud de las poblaciones y los sistemas escolares. Habíamos tenido una experiencia con otro virus una década atrás, de distintas dimensiones y consecuencias, pero tendemos a olvidarnos pronto o nos absorben los compromisos cotidianos.

El cierre de los sistemas educativos en más de 190 países, y unos 1 500 millones de estudiantes (y millones de profesores) fuera de las escuelas era impensable. Sucedió. Cuando nos acercamos al año de aquello, las dimensiones que cobra lo ocurrido nos desafían en todos los planos de la vida social y privada. Me temo que todavía nadamos en mares de dudas y debilidades. La lucecita al final del túnel sigue lejana.

Además de la alta contagiosidad del virus, los seres humanos damos muestras fehacientes, un día y otro también, de una osadía digna de mejores causas. En casi todo el mundo las imágenes de gente en las calles, sin protección ni respeto a los protocolos, paseando y de vacaciones, son un hecho que nos tendría que ruborizar un poco, por lo menos. La lógica del virus es muy simple: entre más se mueve la gente, sin protecciones, más se mueve el virus, se propaga y mata sin piedad.

Ustedes, los profesores de las escuelas públicas, todos, pero pienso ahora en quienes tienen su base en escuelas pequeñitas, en comunidades marginadas, en escuelas multigrado, con niños de contextos precarios cultural y económicamente, merecen nuestro absoluto reconocimiento. Ahí, en esas escuelas, o en las casas de esos niños, para ser precisos, donde los equipamientos tecnológicos y culturales son paupérrimos, ustedes son mensaje de esperanza.

Ustedes, los profesores de las escuelas públicas urbanas, con niños, familias y condiciones menos desfavorables, tienen la alta responsabilidad de continuar los procesos instructivos con el mayor esfuerzo posible. Ambos, quienes laboran en escuelas rurales o urbanas, no tienen acompañamiento suficiente. No estaban preparados para trabajar por vías remotas. Carecían de materiales adecuados o apoyos para la tarea de conservar la salud personal, del hogar, hijos y parejas.

Después de las vacaciones de Semana Santa y Pascua hubo que reconectarse con los estudiantes y familias a través de plataformas que muchos no habían usado jamás. Lo hicieron y el cierre de ese ciclo escolar dejó lecciones. Era evidente que sobraban entusiasmo y responsabilidad, pero también incertidumbre y entrenamiento. La improvisación afloró en mayor o menor medida, en parte, porque las autoridades no abrieron canales con las comunidades escolares confinadas para escucharles y tomarles en cuenta.

Esa es una de las lecciones más duras que debemos tomar. En una situación así, la palabra de quienes están en la trinchera, a veces en territorio comanche, son fundamentales. Primero, para hacerles sentir que importan, que su palabra cuenta, que sus ideas, críticas o sugerencias son indispensables, porque el acierto pedagógico más trascendente es el que se produce en la relación entre profesores y estudiantes.

En estos meses he observado o escuchado algunas de sus clases, veo comentarios de profesores desde su experiencia remota, leo detractores y defensores de la estrategia para enseñar y aprender desde casa y trato de mantener ecuanimidad. Ni la defensa a ultranza, porque hay profesores irresponsables, ni elogios baratos.

En estos meses hemos visto ejemplos que erizan la piel, por conductas que rayan en lo heroico, que exhiben lo mejor de cada casa, de cada persona. Hemos visto, también, ejemplos de docentes que se desmoronan ante la imposibilidad de sostenerse en la cruzada. Otros, en momentos de locura encararon e insultaron a sus estudiantes. Hemos visto de lo peor y de lo sublime, como la condición humana. Mientras la pandemia siga, veremos más, quizá de peor gravedad por desesperación y desesperanza de este prolongado aislamiento.

Resistan, queridos maestros, maestras. Necesitamos que soporten el esfuerzo, que sigan creyendo que la roca podrá quedarse en la cima, que las semillas caerán en tierra fértil, aunque quizá no veamos el fruto en estos meses. Soporten el agobio, el cansancio, la política de control, más preocupada por reunir evidencias que por los aprendizajes. Resistan y sigan dando el más grande ejemplo a los estudiantes.

Si al resistir, además, pueden atreverse a inventar, sería fantástico. Atrévanse. Reinventen la docencia. Trabajen con nosotros, con las madres y padres. Seamos socios. Vamos a ganar todos. Rehagan lo que han hecho durante los años del oficio docente. Imaginen otras formas, hablen entre ustedes. La comunicación es un combustible para resistir al aislamiento y alentarse a partir de reconocerse.

En tres palabras resumo mi deseo: resistan, reinvéntense, dialoguen.

Un abrazo fraterno con admiración y gratitud.

*Fragmento del artículo publicado en España por “El Diario de la Educación” en febrero.

El Seminario de Cultura Mexicana

El 31 de marzo cumpliré 10 años de mi ingreso al Seminario de Cultura Mexicana corresponsalía Colima.

Tengo los detalles frescos del preludio. Me llamó el doctor Fernando Alfonso Rivas Mira para invitarme a desayunar. Estaría también el licenciado Carlos de la Madrid; secretario y presidente del Seminario, respectivamente.

Acepté gustoso, aunque con las inhibiciones de encontrarme con dos hombres a quienes respeto personal y profesionalmente. Desayunamos en el restaurante Los Olivos. Comimos y de ese momento tengo presente la frugalidad del licenciado de la Madrid. Si Rivas Mira, como se le conoce en la Universidad, me caía muy bien, el ex gobernador de Colima me pareció un hombre simpático, inteligente, mesurado.

Luego de los alimentos, intercambios protocolarios y demás, fueron al asunto: me dijeron que querían proponerme para ser parte del Seminario. Aclararon: ellos propondrían y los miembros del Seminario tendrían que aprobar de forma unánime. Acepté. Envié mi currículum y luego recibí la feliz noticia de que había sido aceptado.

En aquella noche del 31 de marzo presenté un discurso de ingreso que titulé: La universidad, entre el pasado y el futuro. En la primera fila miraba al rector y algunos funcionarios mientras hilvanaba mis ideas. Era una crítica a la universidad como institución social, y algunas ideas de lo que yo pensaba que tendría que ser la institución educativa de los siguientes años. No hablaba de una en particular, pero las alusiones fueron incómodas por fragilidad epidérmica.

Aquel recuerdo es imborrable. Así lo conservo. Ahora el Seminario, en Colima, cumple 63 años, y refrendo mi gratitud, donde esté, a Carlos de la Madrid, y a Fernando Alfonso Rivas Mira. Ser miembro es un gusto. Y haberlo sido por su intercesión, un privilegio.

El desafío de los profesores ante el nuevo semestre

Esta semana comenzamos el semestre escolar en la Universidad de  Colima. Tercer ciclo lectivo en modalidades remotas, con los mismos retos y en un contexto con variables nuevas.

Para la Universidad el desafío es doble: primero, retener a la mayor cantidad de estudiantes, a contracorriente de lo que calcula la UNESCO para América Latina, y de las estimaciones que a cuentagotas proporciona la Secretaría de Educación Pública, pero que dibujan un abandono de proporciones descomunales.

El segundo desafío es consolidar una serie de plataformas y condiciones que no lastimen las oportunidades de aprendizaje, especialmente de los estudiantes con peores carencias familiares, culturales y socioeconómicas.

El reto para los maestros es extraordinario. Nuestro papel va más allá de transferir archivos digitales o asignar tareas. Tenemos que lograr, en la medida de lo posible, que cada sesión didáctica sea una experiencia provechosa, que cada contacto tenga sentido para los alumnos, que cada tarea sea ocasión de aprendizajes.

En la película de Ratatouille, el chef Gusteau habría escrito una teoría sobre la cocina: cualquiera puede cocinar, pero no cualquiera puede ser un buen chef.

Nunca como ahora es más claro también en la docencia: cualquiera puede dar clases, pero no cualquiera será un buen maestro, si no se compromete con su preparación y se entrega con generosidad al oficio magisterial.

Si en un salón de clases los estudiantes necesitan y merecen buenos maestros, en tiempos de confinamiento, los profesores no podemos eludir el compromiso social, profesional y ético con los estudiantes. No podemos olvidarlo: en cada experiencia pedagógica, nosotros somos la cara de la Universidad. La cara positiva o la pésima.

La docencia no es sólo un empleo. Lo aprendí hace muchos años con Federico Mayor Zaragoza, cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, siendo él director general de la UNESCO. No. La docencia no es una chamba: es una misión de transformación social y no puede ser epidérmica. Esa misión empieza en el mismo maestro.

Ese es el reto que tenemos las maestras y maestros de la Universidad y de todas las instituciones educativas. Ni más, ni menos.

 

De luto por Joan Margarit

Cuando buscaba libros del poeta catalán Miquel Martí i Pol encontré a Joan Margarit. Leí tres o cuatro poemas, una entrevista y vi varios videos. La fuerza de su figura, su voz teatral y la carnalidad de sus poemas me deslumbraron. Hice a un lado la búsqueda inicial y conseguí la poesía completa del premio Cervantes 2019, que no recibió en acto público por la pandemia.

Arquitecto y profesor, era considerada el mayor poeta vivo catalán, autor, además, de una obra escrita simultáneamente en español y la lengua de Cataluña; no son traducciones, defendía él, son poemas que se escriben en sus propios idiomas.

Hoy me desperté con la triste noticia de que murió Joan Margarit. Fue inevitable recordar aquellos versos del libro escrito a su hija, Joana, mientras se iba muriendo frente a sus ojos. Poemas desgarradores, de amor y dolor.

Por Joan Margarit, entre otras razones, empecé hace algunas semanas a estudiar catalán. Quería leerlo en su idioma y, de paso, a Miquel Martí i Pol, quien me condujo, involuntariamente, al territorio de su poesía. Lo haré un día, no sé cuando, pero estará frente a mis ojos.