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Paisajes de azúcar

Para diciembre mi agenda marcaba cuatro grandes compromisos de escritura. Hoy cumplí el tercero y enfilo hacia el último, primero en concepción, porque me lo propuse desde comienzos de 2019: el libro que reúne la investigación realizada en seis escuelas de Colima; tres en Cuauhtémoc, dos en Comala y una en Coquimatlán. En principio tenía un número mayor, pero en marzo debí posponerlo y poco después cerrarlo ante la imposibilidad de seguir el trabajo de campo. A ese cometido dedicaré la mayor parte de mis horas en los siguientes días.

Hoy entregué el prólogo que me solicitaron hace un mes y medio para un libro muy especial. Una experiencia emotiva y única. Este es el tercer o cuarto prólogo que me piden y como en cada ocasión, dediqué el mejor esfuerzo para que mis palabras estén a la altura de la confianza y del texto prologado.

El libro que ahora comento está escrito en español y traducido al náhuatl. No doy más datos, para que sea una sorpresa muy agradable.

Estoy seguro que, cuando salga, será bien recibido por la hechura y la profunda sencillez de sus palabras poéticas, producto de un trabajo extraordinario hecho por los autores con niñas y niños jornaleros agrícolas migrantes que llegaron a Colima para laborar en las zafras del azúcar.

Casi siempre las invitaciones honran, pero hay unas que, además, me hacen volver la cara para agradecer el privilegio. Este es el caso.

Balance de la educación en el 2020

El inédito año que termina nos deja una estela de lecciones y retos. Lo ocurrido formará uno de los capítulos más complejos para estudiar la historia de la educación y la gestión gubernamental.

En mi balance hay logros y desaciertos, partiendo de reconocer la dificultad de detener un sistema educativo tan grande como el mexicano, diseñar una estrategia frente al escenario convulso e impredecible y luego reactivar los servicios educativos en modalidades remotas de inciertos resultados.

La tarea gana en complejidad si faltan claridad y sentido de proyecto. Es el caso del gobierno federal, aunque los estatales deben asumir responsabilidades. Debemos admitir que México no ostenta el monopolio del desatino. Para Alejandro Morduchowicz los ministerios de educación en la región, en general, fueron superados por las circunstancias de la pandemia.

La prueba definitiva de este recuento gris de la Secretaría de Educación Pública es el anuncio de que Esteban Moctezuma, todavía secretario, tiene pasaporte a la embajada de Estados Unidos. No es un premio, ni una medalla por servicios prestados a la excelencia educativa.

En el año pandémico los desaciertos tienen un peso abultado: deficiencias constantes en la comunicación social, en la relación con el magisterio y los padres de familia; respuestas tardías, como se hizo evidente en la presentación de los lineamientos para la evaluación apenas unos días antes de realizarse la del primer trimestre.

Aprende en casa 1 y Aprende en casa 2 todavía deben ser evaluados de forma más consistente, pero es evidente la brecha entre los juicios autoelogiosos del secretario Moctezuma y lo que obtuvimos en otro tipo de estudios, sondeos e investigaciones.

Tengo por grave la ausencia de consultas a maestros, padres y madres de familia y estudiantes, para el diseño de las estrategias, con el resultado de ofrecer un planteamiento uniformizante que sólo podía dejar como consecuencia la reproducción legitimada de las desigualdades.
También hay aspectos positivos, por supuesto: el esfuerzo responsable de miles de maestros y maestras, acompañado de la voluntad de las familias, en especial, de las madres, que soportaron en gran medida la tarea.

Frente a la adversidad, el magisterio debió encarar las dificultades con los recursos a la mano, destinando de su dinero, porque tampoco el gobierno federal acompañó como era debido. En ese sentido, es un año de aprendizajes que merecerían reconocerse y convertirse en parte de la prometida Nueva Escuela Mexicana, que sólo podrá construirse con la adhesión crítica de las maestras y maestros, y observarse en los salones de clases, no en los discursos oficiales para los cuales, México ya avanzó en este año de pandemia.

Un poco de menos grandilocuencia y mucho más coherencia, un poco de menos incomprensión y más imaginación ayudarían a salvar el 2020 sin un déficit impagable para millones de estudiantes y miles de maestros.

Tengo COVID-19

Hoy recibí un correo por email. Más que correo, era una carta. La abrí con gusto, porque el remitente es buen amigo. La semana pasado tomamos un café juntos; él uno, yo otro, por supuesto. Me resistía a encontrarlo en persona, pero me lo pidió con insistencia. Apelando a la amistad, le conté que no quería salir, que prefería resolver nuestro asunto por teléfono. Que no quiero salir y prefiero cuidarme, que el coronavirus no es un invento, o si lo es, que prefiero no averiguarlo en carne propia, o que firmen un acta de defunción con mi nombre. Insistió; con pena, acepté. Estuvimos un par de horas, a la distancia que nos permitía la mesita de la plaza. Bebimos un café, luego otro; pedí también agua mineral. Desgranamos recuerdos, conversamos gozosos. Nos despedimos. Prometimos encontrarnos pronto.

Hoy recibí su correo, ya lo dije. No tengo la palabra precisa para definir mis sentimientos. Me cuenta que ayer, después de algunos malestares, se hizo una prueba para descartar COVID-19. Así lo dijo. Se había cuidado; me enfatizó. Y sus amigos y contactos con quienes se reunió, le confesaron que estuvieron todo el tiempo con precauciones. Cuando leí ese pasaje advertí lo que venía. La vena en mi sien izquierda se encendió; abrí los ojos y corrí más aprisa por entre las palabras.

Tengo COVID-19. Dijo eso y sentí un latigazo brutal en la espalda. Luego ya no, el latigazo cayó sobre mi cabeza, bajó al estómago y salió por mis piernas dejándolas heladas. Tengo COVID-19. Releí. Era cierto. Cerré los ojos y lo maldije. La puta madre… paré.

Volví a la lectura. Estoy en cuarentena, siguió. Perdóname. Perdóname totalmente. No sabía. Yo creí que estaba bien y creí que mis amigos también. Todos se estaban cuidando. Dijeron. Todos se están cuidando. Pero algo pasó, me dijo. Yo volví a las palabras altisonantes. Por favor, suplicó, hazte la prueba y que Dios te bendiga. Lo estoy pasando muy mal y ya me buscan espacio en un hospital…

No quise leer más. Cerré la computadora. Un frío me corrió por la espalda. Quise pensar que soñaba y despertaría al abrir los ojos. Quise llorar para espantar la imagen que me venía. Quise pero no pude; un temblor me rompió equilibrios.

No, por suerte, la carta no es real. Pero pudo ser. Podría ser. La escribí esperando que alguien después de leerla se abstenga de la pinche necesidad de salir de casa nomás porque está enfadado o ya se cansó. Ojalá nadie reciba un mensaje así. Ojalá.

Cambio en la SEP

¿Cómo interpretar la salida de Esteban Moctezuma de la Secretaría de Educación Pública?

No soy analista político, así que me alejo de esa cancha. Pero es inevitable referirse al cambio en una columna dedicada a temas educativos.

Esteban Moctezuma nunca me pareció el más preparado para dirigir la oficina que hace 99 años creo José Vasconcelos. Además de comunicador mediano, sus luces en materia pedagógica no iluminan un radio amplio. Más bien, lo contrario.

En sus discursos nunca encontré una idea brillante, un juicio sólido, un razonamiento que revelara conocimiento profundo de la materia. Alguna vez escribí, con evidente mala leche, que no aprobaría un examen de historia de la educación mexicana.

Soso, de repeticiones y formas edulcoradas, hoy paga una factura alta. Una embajada, así sea la de Estados Unidos, puede ser un premio de consolación para su salida del círculo más cercano del presidente.

¿Algo hizo mal Esteban Moctezuma? No lo sé. Su salida contradice el discurso de que vamos muy bien, de que la pandemia nos empujó a otra etapa de la educación nacional y nos brincamos a la educación digital. Que no hay problemas con el sindicato magisterial, ni huelgas. Que todo mundo trabaja satisfecho.

No sé si su cabeza fuera de la SEP es un pago a favores y alianzas, o un cobro por errores, sé, sin dudarlo, que su capítulo no será recordado por la brillantez de proyectos.

Los discursos principales de Moctezuma se caen a pedazos. No hay revalorización del magisterio, a menos que signifique aplausos virtuales y discursos amables. No hay más presupuesto para las escuelas que en los gobiernos neoliberales; por ejemplo, los presupuestos para escuelas normales y formación de maestros en servicio sufrieron reducciones notorias.

La red de universidades es una entelequia. Los programas de becas, salvo que se corrija la historia, serán ineficientes para producir resultados socialmente relevantes. El próximo año entrará en marcha el proyecto de la Nueva Escuela Mexicana, con un conjunto de ideas que no son originales ni en el nombre.

A pesar de todo esto, de mis reservas con Moctezuma, no me alegra la sustitución. ¿Quién vendrá? ¿Quién y qué hará? ¿Cuáles serán las prioridades del nuevo secretario?

Este es un momento trascendente. Quizá la mejor de todas las oportunidades para emprender la más profunda transformación del sistema educativo.

Pronto tendremos una prueba: con la designación sabremos si al presidente le importa la educación; si quiere restaurar lo que teníamos antes de la pandemia o una transformación como la prometida.

Humor perro

Colima Noticias, portal de periodismo local, me regala esta tarde una nota que no sé cómo interpretar desde el sentimiento. No sé, lo confieso sin mala onda, si reírme o llorar. Dice la nota que en playas de Tecomán no habrá servicio de salvavidas en las próximas semanas “porque las playas están cerradas”.

Por fin alguien resolvió mi duda, porque la Secretaría de Salud, muy responsablemente, no se ha detenido en mi pinche pregunta para contestarme en Twitter lo que ya hizo el director de Protección Civil de aquel municipio.

Zanjada esa duda presocrática, entonces vinieron otras: ¿si está prohibido el acceso a las playas para bañarse, porque se siguen ahogando, o casi? ¿A quién le toca vigilar? ¿Hay que confiar de nuevo en el pueblo sabio y bueno (y desmadroso e irresponsable)? ¿Si está prohibido, pero la gente sigue yendo a la playa a bañarse, y la gente lo sabe, porque los “ramaderos” reclaman servicio de guardavidas, y todo mundo lo sabe, en algún momento alguien tendrá la determinación de actuar?

¿Seguiremos jugando a ser responsables: el gobierno tapándose los ojos y los ciudadanos exhibiendo miseria en la materia?