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Sábado sin página del Diario

En una pausa entre capítulos de un nuevo libro empecé a escribir la página del Diario. Era una forma de despejarme de las tribulaciones de juzgar ideas ajenas y refrescar la pantalla mental. Tenía clara la intención pero no el inicio ni el final, así que la expectativa no era alta. Comencé. Salieron solas las palabras, algunas tropezaron, otras brincaron por encima y saltaron a la mesa desordenada, algunas se ahogaron en mi tacita de café. Una llegó hasta la puerta del estudio y saltó al jardín. La vi perderse en el verde. Con las que reuní llegué al final. Unas 200 palabras. Suficientes, pensé. Leí para corregir. El tono me gustó, y empecé a mover las palabras, a darles otro orden, a elegir aquellas que podrían funcionar mejor escuchadas que leídas. El resultado me satisfizo. Me quedé sin la página del sábado, pero gané la séptima cápsula de mis participaciones en radio. El martes la conocerán, si no se fugan otras palabras.

¿Una clase o cinco clases?

Ayer tuve oportunidad de presentar una conferencia ante poco más de 300 profesores de la Universidad Autónoma de Coahuila, a través de la plataforma Teams y más de 280 personas en Facebook. Apuntar el dato no es presunción, sino los lectores a los que pretendería llegar con estos párrafos.

Luego de la conferencia fui a la página de Facebook para conocer la valoración de los participantes. Había más de 500 comentarios, para la primera conferencia del día [una profesora argentina] y para la segunda, que titulé “Enseñar en la Universidad en tiempos de pandemia”.

Leí con mucho interés y donde correspondía, agradecí, saludé o dejé algunos comentarios.

Leyendo a varios profesores me percaté que pude propiciar una confusión y heme aquí, dispuesto a zanjarla.

En alguna parte de la charla comenté que hay posturas que señalan la necesidad de abandonar las clases largas y cambiarlas por otras más cortas, que es preferible cinco clases de 10 minutos a una clase de 50 minutos; aquí, el término “clases” no lo referí a la unidad temporal de organización del trabajo escolar, el horario o dosificación curricular [decimos: tengo cinco o seis horas de clase por semana en mi materia], sino a la parte de la misma en la que los profesores hablamos, hablamos y hablamos.

En otras palabras: cuando digo, cambiemos una clase de 50 minutos por otras más cortas, no me refiero a la organización escolar, sino a la organización didáctica, de tal suerte que el profesor hable menos y los alumnos hablen más o, depende de materias y carreras, que los profesores hablen menos y los alumnos hagan más y participen mejor.

El principio de todo esto es que no hay recetas, que no existen soluciones universales o genéricas. No me atrevería a expresar que en medicina, ingeniería, biología o contaduría las horas-clase deben durar tantos minutos, o que la clases-actividades en el aula deben organizarse de tal o cual forma; eso ya corresponde a los profesores en lo individual, pero sobre todo, a los equipos docentes.

No sé si la aclaración ha sido clara, perdón la redundancia: nunca pretendí decir que el maestro debe estar 15-18 minutos en un aula y luego salirse al siguiente grupo, cuanto que el tiempo que dure en cada una, no puede estar disertando todo el tiempo, ni la mayor parte [aunque, repito, dependerá de la materia, nivel, objetivos de aprendizaje].

Las clases tradicionales, el profesor hablando parado frente al grupo, no se van a jubilar con pandemia o sin pandemia, pero es indudable: cada vez son menos efectivas como la herramienta principal para promover aprendizajes. De eso podríamos hablar largo y tendido, pero he dicho que desaconsejo las peroratas largas, y debo ser congruente.

El privilegio del oficio docente

Las últimas horas laborales, es decir, todas las de la semana, han sido de una intensidad que no había experimentado en muchos años. La carga de tareas por calificar fue inmensa, con solo 23 estudiantes en el grupo de licenciatura donde trabajo. No me resisto a que cada uno de sus reportes merezca de mi parte menos atención de la que, creo, pusieron ellos; así que no puedo solamente pasar los ojos por las hojas como si revisara un papel sucio que va directo a la basura. Cada uno merece atención, comentarios, correcciones.

La carga fue considerable durante semanas, para ellos y para nosotros. Mi primer pensamiento luego del viacrucis es que, habiéndolo hecho con seriedad para cerrar el ciclo escolar en curso, los profesores debemos redoblar el esfuerzo si el próximo semestre trabajaremos parcial o totalmente en línea, para dosificar mejor contenidos y ofrecer las actividades más relevantes que produzcan aprendizajes.

Algunos alumnos tendrán que hacer examen ordinario, inevitablemente, por desempeños deficientes o por falta de cumplimiento de tareas. Conste: no soy partidario de convertir a la docencia en una carrera de obstáculos para alumnos. Muchas veces escuché, sigo escuchando a colegas o amigos que me dicen: ¡ponles 10 a todos! Y yo sería feliz poniéndole 10 a todos, porque esa tendría que ser la meta de todos los profesores, que cada estudiante sea capaz de demostrarnos que logró aprender lo que propusimos, o que fue capaz de otros aprendizajes más relevantes. Sí, lo digo sin pudor: los profesores tendríamos que buscar que todos los estudiantes obtengan un 10 bien entendido, como resultado de aprendizajes y no por flojera del maestro.

Ayer terminó mi periplo de calificar más de 100 trabajos en pocas horas, no sé cuántos cientos de páginas; el esfuerzo descomunal me dejó exhausto, pero no tenía tiempo de parar a mirar el cielo o caer la lluvia. Hoy me esperaba una conferencia con los colegas de la Universidad Autónoma de Coahuila. Pasó ya y aunque quisiera descansar, en un ratito nada más tengo mi última sesión de ese curso que imparto en la Universidad. Luego vendrá una pausa brevísima para dar paso a lo que sigue, entre otras cosas, un panel este viernes por la tarde.

Estoy cansado mentalmente, sí; estoy exhausto de tantas horas que pasé sentado, pero siento la emoción que concede el privilegio de practicar un oficio extraordinario que nos ofrece la oportunidad, cada día, de sufrirlo o vivirlo como una aventura. No sé si tengo que contarles cuál fue mi respuesta.

¡Salud!

Políticas regresivas contra las escuelas públicas

Me entero, pasmado, que se reducirá el número de escuelas de tiempo completo en Colima por incumplir las reglas de operación.  Leí la nota de Afmedios y luego la declaración del secretario de Educación, pero me quedan dudas sobre otros detalles. Según entiendo, el próximo ciclo serán ocho centros escolares menos y luego seguirá la disminución.

El anuncio me parece una pésima noticia. Perderán todos, maestros, alumnos y familias; ganarán las reglas de operación. ¿Eso tiene sentido?

Las evidencias en distintos estudios muestran que las escuelas de tiempo completo ofrecen resultados favorables; progresos quizá no espectaculares, pero sí avances en términos del logro de aprendizajes, así como otras ventajas para docentes en su adscripción laboral y alumnos en sus condiciones pedagógicas y alimentarias.

Es extraña la política y sus designios: que las escuelas sean afectadas, en lugar de fortalecerse, con programas que muestran sus bondades, con imperfecciones, por supuesto. A veces, cuando sucede, casi me declaro derrotado. Casi.

Espero que mañana tengamos algunas razones para el optimismo e izar de nuevo las banderas esperanzadas.

Periodismo y educación

La educación como oficio, disciplina y pasión ha sido la compañía y sostén de mi vida laboral. A través del ejercicio pedagógico cumplo una tarea que concibo como privilegio, actitud vital y compromiso social.

Probablemente por eso también he vivido cerca de los medios periodísticos desde el comienzo de la útima década del siglo 20. Porque el periodismo es un vehículo que circula en las vías públicas y se desarrolla en los espacios colectivos para informar, analizar, registrar, denunciar y convocar a la reflexión y el debate; permite concretar el compromiso de trabajar en una universidad pública y darle un sentido social a la academia.

La educación tiene una naturaleza esencialmente política y adjetivamente pedagógica, decía Paulo Freire. Por eso tituló uno de sus libros como La naturaleza política de la educación. Escribir en medios es entenderla y practicarla así, apostar por un tipo de sociedad u otra.

Disfruto la docencia o la investigación académica, como la escritura que sale de mi teclado a distintos medios que acogen mis columnas y colaboraciones. Lo segundo es un componente de mi concepción del ser universitario, que no se restringe al claustro y aborda asuntos de la plaza pública. Ser universitario es asumirse ciudadano, implicado en la vida de la ciudad y los otros.

A lo largo de estos años he tenido la suerte de colaborar en varios medios de Colima y otros lugares. Desde hace un tiempo, fuera de México; hoy, para El Diario de la Educación, en España. No tengo la lista de todos los que me han acogido, ni viene al caso, pero entre ellos, El Comentario, el periódico de la Universidad de Colima, es la casa de mayor permanencia.

Escribo en sus páginas desde los años de 1990, y solo por lapsos me retiré, cuando la agenda lo impedía o alguna circunstancia extraordinaria lo complicó. La estancia vale la pena, sin duda. El primer libro lo preparé y fui publicando en El Comentario, luego lo firmé como Figuras y paisajes de la educación en 2011.

Este fin de semana El Comentario cumplió 46 años de vida. Es joven todavía, un joven maduro del cual cabe esperar resultados todavía más promisorios en las tareas de informar el acontecer colimense, de la vida universitaria y en la, quizá, más relevante de todas: la formación de nuevos periodistas, más inquisitivos, mejores en la escritura y el razonamiento, apasionados del oficio que, siendo dignos, dignifican su profesión.

¡Felicidades a El Comentario, a su dirección y equipo de colaboradores!