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Pasos hacia la mejora docente

La semana anterior asistí a ceremonias públicas en que los nuevos maestros de educación básica eligieron las plazas donde laborarán durante el inminente ciclo escolar. Fue mi primera ocasión; y el balance personal, satisfactorio. Algunas de las causas del juicio me parecen dignas de remarcarse.

En primer lugar, todas las personas que eligieron plazas, dentro del abanico disponible, lo hicieron por méritos basados en resultados de la evaluación docente. Nadie les regaló la plaza, no la heredaron, no tuvieron que recurrir a mecanismos execrables como fueron usuales y, esperaríamos, ya desterrados del sistema educativo. Son plazas que obtuvieron por concurso y el solo hecho es encomiable.

En segundo lugar, las edades de los jóvenes son una gran oportunidad para la mejora que reclama el sistema educativo, o para los cambios deseables. No es que ser docente maduro descalifique, pero ser joven concede virtudes propicias, como el entusiasmo por comenzar una trayectoria, ilusiones por llevar a la práctica lo aprendido en las aulas o la energía vital que abunda en los años mozos.

El carácter público de las sesiones, la información ofrecida a los asistentes y el clima cordial son inéditos también; por supuesto, deben potenciarse, perfeccionarse, arraigarlos en la cultura laboral del magisterio, es decir, de los maestros y las autoridades, de frente a una sociedad que debe tener la certidumbre de quiénes educan a sus hijos.

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Magia entre champiñones y lechugas

ChampiñonesJornada habitual. Gris, exasperante. Estaba harto en grado extremo. La enésima llamada de atención de un pendejo con el cargo de jefe me puso del humor más perro que no recordaba en meses. Por error ajeno me impuso el castigo de repetir la tarea catorce veces. Por qué, pensé interrogativo con el último aliento del desplomado ánimo. Y luego, el demonio que me bisbiseaba respondió socarrón: ¿por qué no lo mandas al carajo y te largas de una maldita vez de ese mugroso empleo?

Subí al viejo auto que recordó la pobreza espiritual y material que me rondaba. El ruido del motor, tan cansado como yo, me distrajo unos minutos. En el primero semáforo en rojo encendí el estéreo. Doble terapia: no escuchar el motor, ni mis fantasmas.

Camino a casa las tripas ardientes recordaron la vieja gastritis y el hambre. También me trajeron a la memoria la alacena vacía. La imaginación se relajó mientras recreaba escenas con el acompañamiento musical. Los pájaros de Portugal es una de las canciones que más disfruto visualmente. No sé por qué. Tal vez porque en la juventud cada día más lejana me habría gustado tener una aventura como aquella, o una novia guapita, o mejor, un poquito de la delirante rebeldía para largarte del lugar donde no quieres estar más. Así seguí, entre calles semivacías y la tarde que moría un sábado otoñal.

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El INEE en Colima

Hace cuatro meses asumí la dirección general en Colima del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). Es un lapso breve para desarrollar un programa de actividades que ya pueda ser visible, pero suficiente para ir acomodando piezas en un tablero comprensivo de las posibilidades para sumarse al engranaje educativo colimense, y contribuir a los mandatos que guían el actuar del Instituto, en la entidad y con las direcciones estatales homólogas.

Solo recientemente pudo completarse el equipo humano que conformará al INEE en Colima; desde entonces estamos ya instalados en un edificio apropiado y muy decoroso. Con el hecho, inicia una segunda etapa de este naciente e ilusionante proceso.

Los aprendizajes de los primeros meses han sido significativos; los logros auspician el optimismo. El respeto al Instituto es palpable. La confianza y expectativas que tienen muchísimos actores infunden ánimos y alertan sobre las responsabilidades.

La tarea es compleja, amplia y desafiante. La ignorancia no es obstáculo, pero sí una primera señal que ilumina el horizonte más cercano. Apenas enterarse de la designación que la Junta de Gobierno hizo en mi persona, recibí innumerables felicitaciones. Eso es anecdótico; el síntoma preocupante deriva del desconocimiento. Varios me preguntaban si estaba instalado en las oficinas de la Secretaría de Educación local; o si dependía de la delegación federal de la SEP. Alguno, con aviesa intención, en redes sociales me injurió por ser parte del equipo del gobernador. Un científico me cuestionó, medio en broma medio en serio, si ya era parte del lado oscuro, como en las películas de Star Wars.

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La enfermedad del tiempo

El tiempo es un bien tan preciado, que no siempre lo cuidamos como es debido. Nos abruman los compromisos, el reloj avasalla, la prisa nos dicta el impulso cardíaco. Nunca alcanzan las horas. El trabajo es inagotable.

El tiempo vivido frenéticamente es una enfermedad, diagnosticada así por un médico estadounidense hace algunos años.

Enfermos del tiempo matamos, sin piedad (sin saberlo, muchas veces), una parte de la solución, la más importante de todas: la que depende de nosotros. Enfermos del tiempo ejecutamos actividades que la agudizan, que nos asfixian.

Enfermos del tiempo por exceso de trabajo, creemos que la solución es la misma que la causa: más y más trabajo, hasta reventar el ánimo y extenuar el cuerpo.

Hace días recomendé a un grupo de colegas un libro que leía, sin otra intención que distraerlos de las jornadas laborales. La respuesta de algunos fue como un abucheo. No tenemos tiempo. Eso o algo así, tan escueto como contundente.

Suelen abundar las respuestas de ese tipo. No tenemos tiempo es un argumento casi perfecto para engañarnos. Y menos tiempo tenemos para perderlo en algo que nos distraiga, nos libre del estrés o provoque más efectivamente el sueño reparador.

Aquella respuesta inicialmente me sonrojó. ¿En verdad propuse una estupidez? Me saltó la pregunta. Puede ser. Dudé.

En todo caso, pensé después, si no tienes tiempo para vivirlo, es decir, para leer un libro, para conversar con tus hijos o tu mujer, o con quien deseas, para caminar sin sentido, para bailar o ejercitarse, para tomar una cerveza o cuatro con tus amigos, ¿para qué entonces sirve el tiempo? ¿Para seguir trabajando como un autómata programado nada más que para trabajar y trabajar y trabajar y trabajar sin reposo?

¿Tiene sentido no tener tiempo en la vida para dedicarlo a lo esencial, y el escaso dedicarlo solo a lo que imponen los relojes, las obligaciones?

Libertad de movimiento

antonioskarmeta2Conocí a Antonio Skármeta a principios de los años noventa. El escritor chileno, nacido en Antofagasta, vivía momentos jubilosos con Ardiente paciencia, libro dedicado a Pablo Neruda, convertido en una bellísima película italiana con el título de Il postino o El cartero de Neruda.

La mañana en que Skármeta estaría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM llegué más temprano de lo habitual. Busqué de inmediato el acceso al aula magna y todavía con muchos asientos vacíos elegí uno cerca del fondo. Allí aguardé paciente. La imagen del escritor en su arribo se me grabó para siempre. Su mirada tranquila tras las gafas, con la sonrisa bonachona desataron una bienvenida con aplausos y gritos amistosos, mientras él recorría con la vista el auditorio, depositaba sus libros en la mesa y agradecía la calidez. Se sentó y no recuerdo mucho más, excepto aquel sentimiento de orgullo por el privilegio de haber conocido en la UNAM, en tan poco tiempo, a personajes como Mario Benedetti o Carlos Fuentes.

A partir de aquel encuentro con la literatura de Skármeta leí, sigo leyendo toda la obra suya que conozco o tengo al alcance. Y casi siempre me reconforta con la escritura, con la vida, con ciertos sentimientos que no sé describir pero que experimento en sus obras, que pueden ser desgraciadas, pero no me sumen en la tristeza porque dejan abierto los hilitos para seguir sonriendo, como en Los días del arcoíris.

El más reciente libro es una colección de relatos cortos llamado Libertad de movimiento. Historias de chilenos que se van de su país o retornan, con matices humorísticos, dulcemente amorosos o irónicamente críticos. Un texto para disfrutar en pocas horas pero que vale la pena no agotarse de un solo trago, para seguir saboreando la alegría de palabras vivificantes.

Si piden elegir, me quedo con el primero de los cuentos. La historia de un niño de doce años con el corazón destrozado, obligado por la familia a volver de Buenos Aires a Santiago, que sueña con la madre y la hermana de su mejor amigo, mientras ellas le piden regresar cuando tenga veintiún años y bigote. Un escritor amado al que honro por sus profundos sentidos del amor y del humor.