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Declaración solemne

Juan, un antiguo y viejo colega cuyo nombre es ficticio, me contó el secreto de su lozanía. Mientras esperábamos la reanudación de las actividades en el congreso nacional de investigación educativa, en Chihuahua, con su amena conversación me explicó a qué atribuye su buen estado anímico.

Un hobbie como coleccionista de objetos de su oficio le mantiene entretenido. De sus últimos hallazgos me habló emocionado. El segundo hecho es no leer diariamente noticias. Solo dos veces por semana, no más, enfatizó. Lo primero me sorprendió gratamente, lo segundo primero me dejó perplejo, después pensando y confundido.

La confesión puede ser políticamente incorrecta, o como quieran calificarla, pero en el oficio de un investigador educativo de importancia, entre sus colegas más recalcitrantes podría merecerle denostaciones, por eso me guardo el nombre.

Dos semanas estuve mascullando aquella conversación. Ya tenía conmigo esa sensación de que en este lugar del mundo, el periodismo más abundante lo alimentan las declaraciones de los políticos, y como no rezuman inteligencia, sabiduría o buen humor, poca gracia tienen ellos, sus declaraciones y las noticias.

Además, leer lo mismo en estos tiempos de boletines de prensa y periodismo barrial, o escuchar la noticia que primera es entrevista, luego declaración y al día siguiente noticia de lo ocurrido, la tarea de estar informado es muy aburrida y, francamente, pérdida de tiempo.

Frente al alud que nos viene encima con las nuevas campañas hoy declaro, solemnemente, que seguiré el consejo de mi amigo Juan al pie de la letra. No aspiro a ser feliz con ello, ni a cambiar el mundo, solo a mantener mi desadaptación a una sociedad con preocupantes síntomas de enfermedad.

El recorte a las universidades estatales

El impacto del recorte a las universidades públicas estatales será paralizante en muchas áreas y actividades centrales.

El 2 de noviembre un grupo de rectores, mediante desplegado en medios, reclamaron dos reducciones anunciadas: una ya aplicada del 30% en el Fondo para Elevar la Calidad de la Educación Superior, y otro, por lo menos del 66%, en el Programa de Fortalecimiento de la Calidad en las Instituciones Educativas (Profocie), popularmente conocido desde su origen como PIFI.

El recorte se había previsto desde agosto, según puede constatarse en medios periodísticos. La postura de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) en voz del secretario general fue inmediata ante el anuncio: rechazo y petición de incremento.

La respuesta del secretario de Educación en septiembre y hace cinco semanas había sido negativa: no habrá reducciones. El 25 de noviembre pasado pidió acatar el “inevitable recorte”.

El financiamiento que las universidades reciben para desarrollar sus proyectos con el fondo extraordinario del Profocie podía representar el cinco por ciento de su presupuesto. Parece marginal, pero habida cuenta de la forma como la maquinaria universitaria consume el presupuesto en salarios y prestaciones, ese porcentaje dedicado a actividades académicas, como la movilidad de profesores y estudiantes, la publicación de libros o la realización de cursos para maestros, el apoyo en la reestructuración de planes de estudio, conformará un escenario adverso.

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Confesiones íntimas (de aprendiz)

Esta tarde presentamos el libro Las escuelas: desolación y encanto en la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga. La noticia la conté ayer. No la repetiré, pero las confesiones que siguen me las incitó el hecho.

El año ha sido venturoso, repleto de momentos estimulantes. Las invitaciones que recibí para estar en alguna escuela o congreso, en Colima o fuera, me permitieron el privilegio de hablar varias decenas de horas y dejar todo en cada una. No sé el resultado, porque se medirá por el efecto, pero la continuación de diálogos por otras vías me hace suponer que no fue malo, aunque la autocrítica tiene mapa completo y puntos críticos.

Escribo un diario, un blog o libros no para ser famoso, feliz o un prestigiado investigador educativo o social. Confieso que sí, que releo lo hecho y publicado. Casi siempre lo ratifico, me gusta. Pero no sigo empecinado en mirar atrás. Tengo miedo a quedarme atrapado en la sonrisa efímera que produce un artículo, un post o libros siempre imperfectos. Prefiero mirar adelante, proponerme un reto más alto, exigirme otro poco.

¿Entonces, para qué escribo? Me respondo sin pudor: para ser leído y compartido, para provocar complicidades, indignaciones, reflexiones, interrogantes; críticas también, aunque las preferiría de frente. Escribo para colocar a la educación como tema de discusiones abiertas y argumentadas, en un marco de pluralidad y libertad. Escribo porque creo en lo que pienso, porque actúo como pienso o lo más cerca, o por lo menos lo intento. Escribo para aprender.

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Momentos imborrables

Facebook me recordó que hace un año presenté en el Archivo Histórico de la Universidad el libro Las escuelas: desolación y encanto. Ocasión personalmente memorable, por la compañía en la mesa y entre el público, por el espacio y el marco del Seminario de Cultura Mexicana que organizó la velada.

Casi todos los detalles los tengo tan vivos, como si no hubiera transcurrido una vuelta completa del calendario.

Ese libro se escribió en poco tiempo, con gran alegría y sentimientos inéditos. La apertura y profesionalismo de la editorial, Puertabierta, me permitió manufacturar el libro querido.

Me animaba el deseo de compartirlo, que fuera leído y discutido, criticado y bien recibido. Quizá la palabra que mejor define el origen sea necesidad: de escribirlo, de decantar mis cuestionamientos sobre la escuela y abrir la agenda para un segundo libro que ya debiera estar cerca del final, pero todavía es proyecto.

Traigo el recuerdo y los comentarios ahora, no por fatuidad, sino porque un año después, cuando creí que no volvería a abordarlo en público, mañana por la tarde será el tema de nuestra conversación con la comunidad estudiantil y docente de la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga.

Como hice en cada ocasión en que tuve oportunidad, disfrutaré hablando de él y provocando un diálogo sin el cual, escribirlo y presentarlo no tiene sentido. Ese será mi reto, como fue durante este año.

Fin de clases y proyectos

La próxima semana finaliza el periodo de clases en la Universidad y termino una experiencia desafiante. Me correspondió coordinar un módulo denominado “Práctica Pedagógica Intermedia I”, cuyo eje principal es la docencia como actividad formativa en los estudiantes de la licenciatura en pedagogía.

Con el trabajo realizado en colectivo con otros profesores, principalmente con los maestros que imparten el mismo curso, replanteamos el programa y modificamos la propuesta de contenidos y organización.

Habrá tiempo para evaluar los resultados, detectar aciertos, dificultades y ajustar para ocasiones posteriores. Mi balance se va definiendo sin vacilación, y aunque luego he de contrastarlo, las satisfacciones que recibo son desde ya estimulantes.

Además del desarrollo de las sesiones a lo largo de las semanas, de mis apreciaciones colectivas y los intercambios con Rita y Paulina, ayudantes en el curso, hoy tuve la oportunidad de conocer las autoevaluaciones de los alumnos y las valoraciones hechas por los profesores donde este grupo estudiantil hizo sus prácticas entre septiembre y noviembre.

Estoy muy contento por el resultado global, especialmente cuando leo las conclusiones del reporte parcial hecho por los estudiantes, y encuentro no solo el repaso descriptivo, sino torrentes de emoción y alegría por la experiencia que tuvieron al observar un salón durante varias semanas y realizar un par de clases frente a ese grupo.

Contento y motivado. Así voy cerrando este semestre y año.

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Con la página de hoy concluye el onceavo mes de este ejercicio de escritura que llamo Diario 2015. El final llega. Empiezo a sentir la nostalgia de que se agota el ciclo y no podré repetirlo, o por lo menos no estoy claro que pueda hacerlo, frente a los retos que me propongo en 2016. Tampoco sé si estas más de 350 páginas servirán para otros propósitos o quedarán como testigos del esfuerzo y la voluntad empeñada. No lo sé, y no tengo prisa por saberlo.