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El Festival del Volcán y Davide Arena

Conocí el Festival del Volcán antes de su erupción. El autor intelectual, Davide Arena, entonces director de Cultura del Ayuntamiento de Colima, me buscó para invitarme a participar en la experiencia desde un ángulo distante a los espectáculos que se instalan en el corazón de la capital y trastocan gozosamente la vida pública, por lo menos durante algunos días, aunque la persistencia podría resultar un definitivo punto y aparte en el horizonte cultural colimense.

Pocas semanas antes del anuncio, en su oficina, Davide me mostró los primeros carteles del Festival, el programa general y los detalles de la gestación. Me pareció un proyecto formidable y la historia breve lo confirma. La manera como lo idearon y concretaron es un caso para reconocerse públicamente.

A Davide lo conocí gracias a un querido amigo, Pedro Vives, argentino, quien nos reunió, como a muchos otros, en unos de sus cumpleaños para festejarse con un asado espectacular en el restaurante donde comí y cené durante varios años la mejor carne de Colima, siempre con agradable compañía y tangos en el sonido ambiente.

Davide fue el creador del Festival del Volcán que, felizmente, sobrevivió a la nueva administración. Su nombre tendría que ser distinguido, porque el triunfo, se dice, tiene muchos padres y patrocinadores, pero la iniciativa es única y la valentía para sostenerla, admirable.

Ojalá el Festival siga siendo de todos y no para el lucimiento individual del alcalde en turno y que en esta edición, o en las próximas, reconozcan a quienes tuvieron la idea y la realizaron.

Desde aquí un abrazo solidario y admirado a Davide, mientras llega la ocasión de hacerlo personalmente.

Lecciones estimulantes en Ocotlán

Ayer estuve en Ocotlán, Jalisco, para presentar una conferencia a estudiantes y maestros del Cbtis 49, José Santana. La amable invitación del director, Guillermo Bueno, me pareció indeclinable, pues era la segunda vez que me lo proponía, aunque resultara pesado manejar casi tres horas, descansar unos minutos, comer un poco, la conferencia, y luego el regreso a Colima, con el cansancio acumulado de la semana y la jornada. El retorno en soledad, en algunos pasajes con la música del auto, me dio oportunidad de repasar la experiencia, gracias también a una carretera tranquila.

Con tantos años en el mundo de la educación tengo cierta habilidad para dirigirme al auditorio, alguna capacidad para intuir puntos donde puedo conectar y buenos ejemplos que lo rematen, y me funciona casi siempre cuando el público es adulto, profesores o directores. No puedo decir lo mismo cuando el auditorio es juvenil y las caras de los chicos recuerdan a mi Mariana Belén. Los públicos estudiantiles me imponen temor, entre más jóvenes, más temores.

Por fortuna, el grupo de estudiantes que escuchó la conferencia se portó maravillosamente. Escucharon atentos, sin inquietarse demasiado, sin gritos ni barullos excesivos; si durmieron, tuvieron la delicadeza de hacerlo con ojos bien abiertos. Regresé contento por haber sorteado el reto y conectado con ellos, por lo menos con un puñado.

El final de este tipo de actividades suele ser la mejor retroalimentación: las personas que se acercan, saludan, preguntan, piden una firma, una opinión, un consejo. Esta vez el aliento provino de dos estudiantes que intuyo muy dedicados, por el respeto y la forma inteligente en que preguntaron. Un chico y una jovencita. Buenos estudiantes, imagino, o tal vez incómodos para profesores rancios.

Con reacciones así, el regreso a casa después de la larga jornada se vuelve estimulante y es uno quien agradece la ocasión de pararse en la estación para rellenar el tanque de las ilusiones. No me cabe duda, a pesar de las adversidades propias o del entorno, la escuela sigue alentando el potencial de la inteligencia, la rebeldía y la transformación.

Derecho a la educación: punto de partida

Con un esfuerzo inusitado, contra el reloj, pude enviar hoy mi colaboración al Diario de la Educación, en España. El tema es un primer intento de analizar aspectos de la reforma educativa del nuevo gobierno en México. En realidad, apunto algunas ideas para ponderar las propuestas hechas en el cuerpo del texto constitucional aprobado ya por la mayoría de los congresos estatales.

En estos días he escuchado, de manera profusa, un comercial de la Cámara de Diputados de Colima, que celebra la aprobación y lista algunas de las ventajas de los cambios que avalaron de forma expedita. Me gustaría ser tan optimista como ellos, pero la historia de la educación y mi experiencia de varios años me anticipa que todavía habrán de pasar algunas primaveras para cumplir lo prometido.

Mi artículo para el Diario de la Educaciónestá basado en un documento hecho por el Instituto Internacional para el Planeamiento de la Educación, de la Unesco, en su sede de Buenos Aires. Algunas cifras me reconfirmaron problemas o rezagos que padece nuestro país y dificultarán concretar la promesa de una educación con equidad y calidad, si no hay estrategias estructurales distintas y un esfuerzo financiero descomunal.

Me detendré solo en un rubro, central en las reformas educativas de América Latina y México: el derecho a la educación de buena calidad, especialmente en los niveles medio superior y superior.

Las tasas de escolarización (2015) en el grupo de 15-17 años colocan a México, con 75.2 %, en un grupo de países distantes de los más avanzados, encabezados por Chile (95.5 %), seguido de Argentina (88.5 %), Bolivia (86.8 %), Costa Rica (85.7 %), Brasil (85.2 %), Ecuador (83.9 %) y República Dominicana (83.9 %).

El otro indicador es el porcentaje de jóvenes de 25-35 años con nivel secundaria terminado, (2015). México, con 45.1 %, se ubica lejos de Chile (84.3 %), Argentina (69.7 %), Colombia (68.2 %), Brasil (62.6 %), Venezuela (60 %) y Bolivia (59.2 %).

Son estos, entre otros indicadores, los que habrán de dar cuenta del progreso educativo de México en algunos años, y no otros  ficticios sacados de alguna manga mágica.

 

Revalorización del magisterio

La reforma a los artículos 3º, 31 y 73 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se consumó con la aprobación de la mayor parte de los congresos locales. Todavía habrá de escribirse la historia del fin de la reforma anterior, las complejas negociaciones para lograr las votaciones suficientes y los acuerdos políticos con los sectores implicados, especialmente con las organizaciones sindicales reacias a los cambios.

Una de las bondades que se promueven con la reforma es la muerte de la evaluación docente con “fines punitivos” y la instauración de una nueva escuela mexicana; otra etapa, donde se reconozca la importancia social del oficio magisterial, cuyo eje se centrará, dicen, en la formación y no en la evaluación. El cambio es notable; los resultados, dependerán. Suponer que con decretar la revalorización del magisterio y colocarla en la Carta Magna ya comenzará a surtir efectos positivos es un acto de ingenuidad. El prestigio social o la importancia de una profesión se construyen, son producto de políticas y hechos, de una cultura y prácticas consistentes y perdurables.

Una medida necesaria, para muchos urgente, es la reforma de las escuelas normales; sobre el tema, en este proceso de discusión, se ha escrito mucho y sugerido ideas para una transformación sustancial. Veremos de qué calado son las estrategias gubernamentales.

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A los maestros: palabras de estudiantes

Seis estudiantes de la licenciatura en pedagogía de la Universidad de Colima, del sexto semestre grupo A, accedieron a compartir una reflexión, algunas palabras sobre la docencia y los buenos maestros, los avatares del ejercicio pedagógico, la incomprensión que a veces lo rodea y los perennes resultados que produce. Le cedo la palabra a Paty Calvillo, Martín Moya, Cristi Márquez, Monserrath López, Neltzy Rosas y Karolina Ávila. Suscribo con ellos el ánimo festivo por el Día del Maestro, sin olvidar jamás que cualquiera puede dar clases, pero no cualquiera es una buena educadora, un buen maestro.

No sé porque en un día se felicita o agradece a aquellas personas que acompañan a nuestros hijos, hermanos, sobrinos o primos en su proceso de enseñanza. Creo que siempre debemos ser agradecidos todos los días, pienso que también es una buena forma de dar las gracias cada día a los maestros apoyando a nuestros hijos en su formación académica. Algunas personas califican a esta profesión como muy mala porque se basan en el aspecto económico y el tiempo dedicado; sin embargo, es una profesión excepcional, porque la recompensa emocional es incomparable.

Los maestros nos hacen mejores personas y nos ayudan a ver el mundo de manera diferente. No encuentro una profesión que tenga mayor deseo de ayudar a crecer a los demás que el maestro, por eso debemos agradecerles siempre, porque todos nos han ayudado en cada etapa de nuestra vida a ir avanzando y siendo cada día menos imperfectos. Un buen maestro no se limita a enseñar los contenidos de su clase, se preocupa porque sus alumnos lleguen a ser cada día personas íntegras.

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