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LOS COLORES DE LA BANDERA

BanderaEn la farmacia esperamos a que nos toque turno de pagar. Una familia (ahora hay que precisar: papá, mamá y dos hijos) entra para tomarle foto al hijo, o a la hija. La decoración de la tienda, convencional y pobre, tiene motivos patrios. Banderitas tricolores, un lazo de papeles coloridos, tequila barato envuelto en los colores de ocasión, etcétera. Distraído les observo un segundo y luego vuelvo la cabeza a la cajera esperando que avance de prisa. Adelante, dos clientes. Estoy cansado y quiero llegar a casa. El niño de la familia, de edad escolar entre secundaria y primer año de prepa, pregunta luego de observar: ¿mamá, la bandera es blanca, roja y verde, o verde, roja y blanca, o roja, blanca y verde o… cómo van los colores?

Me sorprende la seriedad del gesto. No acierto a comprender cómo, un niño de edad escolar, es tan absurdamente ignorante, o ingeniosamente juguetón. La cajera me llama y obliga a perder el hilo de la respuesta de su madre.

Camino a casa me pregunto: ¿es daltónico?, ¿en verdad no sabe cómo es la bandera nacional? ¿Puede alguien, a los 15 años, ignorar el orden de los colores de la bandera?

No sé. No sé qué responder. En todo caso, los VivaMéxico de esta fecha me resultan tan vacíos como un cementerio cualquier día a la hora de la comida.

PABLO LATAPÍ Y LA UNIVERSIDAD

Mañana la Universidad de Colima, mi casa como estudiante y profesor, cumple 75 años de existencia. La ocasión convoca reflexión. Lo haré en esta página y otras, pues estoy convencido que el pensamiento, la palabra, la deliberación son las vías más congruentes para honrar las casas de la cultura superior.

Las posibilidades analíticas que ofrece el tema son infinitas. Paseando por mi escritorio encontré un discurso memorable que leyó en 2007 Pablo Latapí Sarre, fundador de la investigación educativa en México, cuando recibió el doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma Metropolitana. Como don Pablo es también doctor honoris causa por la Universidad de Colima, quiero dejarles estos párrafos lúcidos y provocadores sobre el sentido de las universidades en momentos de turbulencias financieras, desazones políticas e incertidumbres sociales.

Hago propias las ideas del ilustre mexicano que hizo de nuestra alma mater, por un tiempo, su casa.

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¿QUÉ PODEMOS HACER LOS MAESTROS? ¡QUÉ PODEMOS HACER LOS MAESTROS!

¿Qué podemos hacer los maestros? Es una pregunta siempre viva, siempre urgente. Una interrogante que debemos introducir en los diálogos y discusiones con maestros o estudiantes que serán maestros.

En el libro de Cecilia Bixio, Maestros del siglo XXI. El oficio de educar. Un homenaje a Paulo Freire, encuentro una anécdota maravillosa que refleja el posible poder de la educación, aun en las más paupérrimas condiciones:

Estaba con un grupo de maestr@s de escuelas públicas muy humildes, en un país de Centro América. Interrumpe mi exposición un maestro y me dice: Maestra, todo lo que usted dice es muy bonito, pero los niños que tenemos nosotros, en las aulas, llegan con hambre, descalzos, mal dormidos, viven en situaciones de gran miseria. No pueden aprender porque no tienen ni sus necesidades básicas cubiertas.  

Escuché con detenimiento al maestro mientras hablaba. Miré los rostros de sus colegas que, en el más respetuoso silencio, asentían. Cuando hubo terminado, me acerqué y le pregunté:

-Maestro, si ese niño con sueño, hambre y descalzo llega a la escuela, tal vez camina muchos kilómetros sin calzado, por el monte, por alguna carretera pedregosa, y pese a todos esos inconvenientes, llega a la escuela, ¿usted se va a quedar mirando sus pies descalzos, su hambre, su cansancio, sus condiciones nefastas de vida para terminar diciéndole: “No puedo enseñarte porque no reunís las condiciones mínimas para aprender, porque no venís con tus necesidades básicas satisfechas”? ¿Se va a quedar mirando su hambre en lugar de mirar lo que él está deseando que vea, esto es, un niño que quiere aprender? ¿O acaso llega hasta la escuela esperando un plato de comida, ropa, calzado? En su escuela, maestro, no hay comedor escolar ni ropero escolar, por lo tanto, ese niño no espera de usted nada más que lo que usted sí tiene, y puede ayudarle a conseguirlo: algunos conocimientos para afrontar con alguna esperanza sus trágicas condiciones de vida.

¡Qué podemos hacer los maestros! ¡Cuánto podemos lograr!

Y CUANDO DESPERTÉ…

El mal fin del día pasó factura nocturna. Desperté en la madrugada de incómodo sueño. O, tal vez, desperté para observar mi sueño. Como espectador sentado frente a la televisión que transmite la imagen del espectador observado por la cámara… O eso creo.

El oído se me aguzó a extremos inusitados. Me taladraban los ruidos intermitentes de la noche. Cuando se abría el silencio, era estruendoso. Desde la tierra emergía el sonido del militarizado caminar de las hormigas que destrozaban las más tiernas hojas del árbol que atisbo desde la ventana. Un enorme aleteo apagó por un instante la luz de la calle. Apenas vi los ojos encendidos del murciélago chillando tras un grillo zigzagueante, víctima inminente. El ejército de termitas seguía destrozando el viejo mueble de madura donde decidieron hospedarse y a donde vuelven, tozudas, una y otra vez. Una mosca zumbona me destrozó el oído izquierdo y casi pierdo el equilibrio. Un mundo ignoto.

La penumbra y los habitantes de esa escenografía despertaron primeras sospechas. Mi cabeza giró 360 grados buscando orientación. El mundo abierto ante los ojos era inquietante, poco familiar. De la sorpresa pasé al temor, luego a la impotencia. Busqué pies y manos. No había nada. La agitación me removió una parte y fui a estrellarme justo frente al espejo del tocador de mi mujer. Quise moverme y la viscosidad me atrapó a la superficie. Con esa pista terrorífica moví la cabeza en automático. Allí estaba ella, mi mujer, dormida; silenciosa la habitación. Inmóvil. Un vértigo me sacudió al mirar hacia el piso. Lejos, muy lejos quedaban los zapatos, la camisa tirada en la esquina, el libro de anoche apenas podía distinguirlo. Fue dolorosa la constatación. Era un bicho, un bicho como Gregorio Samsa. O una reencarnación.

LAS PALABRAS

Las palabras pueden ser un insulto, una ofensa, o la promesa, el anuncio esperanzador.

Las palabras son un puente que une, fusiona, acerca; las mismas palabras son un pozo profundo donde se entierra cualquier posibilidad de aproximación.

Las palabras pueden ser un paño de seda, una caricia; pero pueden convertirse en bala de cañón.

Con Ivonne Bordelois aprendí que las palabras son gratis. También con ella, en su sabiduría, descubrí que son lo que queda, cuando los objetos se nos perdieron.

Las palabras están poseídas por la magia, y tienen la magia para el encanto o la maldición.

Las palabras son tan indispensables como el silencio.

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