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EN PIE DE PAZ

En-pie-de-paz2El fin de semana leí En pie de paz (1998-2006), poemario de Federico Mayor Zaragoza, ex director general de la UNESCO, político, profesor universitario y pacifista.

Mis expectativas eran altas. No conocía esa faceta de su producción intelectual, pero lo conozco a través de su blog del que recibo sus entradas donde suele comentar con regularidad del mundo y de España, especialmente ligados a los temas de la construcción de la paz.

El breve prólogo de José Saramago alentaba el interés:

Federico Mayor Zaragoza transforma en poemas los dolores y las angustias que trae en su conciencia. No es, lo sabemos, el único poeta que ha sido ha procedido, pero la diferencia, a mi entender, radica en que los poemas que conforman esta colectánea, prácticamente sin excepción, representan un apelo a la conciencia del mundo, apelo exento esta vez de los espejismos de un cierto optimismo que, de forma casi sistemática, parecía ser el suyo.

Me gusta el libro, además, ilustrado por Mercedes Gómez-Pablos. Pero, sobre todo, me gusta el ejemplo de un persistente luchador de sus ideales. Modelo descrito bellamente por el genio portugués de las letras:

Federico Mayor Zaragoza conoce la humanidad y el mundo como pocos, no es un voluble turista de las ideas, de ésos que dedican lo mejor de su atención a saber de qué lado sopla el viento y, luego, ajustar los rumbos siempre que lo consideren conveniente.

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OCTUBRE 18

Los grupos empresariales de Colima, envueltos en banderas de la sociedad civil, de un tiempo a la fecha, es decir, en periodos electorales, cobraron visibilidad en múltiples ámbitos de la vida pública, criticando malos gobiernos, levantando propuestas y exigiendo cargos para sus miembros.

¡Qué bueno por ellos! Es un derecho. Su capacidad de interlocución es incomparablemente superior a las de otras organización con fines sociales. Buenos empresarios, por tanto, podrían ser impulsores de cambios positivos, o agudos críticos de malas prácticas.

Pero su participación hay que juzgarla no solo por el protagonismo en ciertos tiempos, tampoco por intenciones declaradas; cuentan sus hechos y la coherencia.

Si en verdad les preocupa la gente, el destino de Colima, podrían dar muestras contundentes empezando donde hay que comenzar: en sus empresas, con sus empleados, en aquello que pueden realizar sin necesidad de alardes, sin difundirlo ni tener que pedir permiso.

Yo diría, por ejemplo, que los negocios que trabajan 24 horas podrían establecer otras condiciones para sus empleados: pagar más, ofrecer mejores prestaciones y aligerar mortíferas cargas laborales.

No entiendo, todavía, si se justifica que cada pocos cientos de metros tengamos una de esas tiendas, o una farmacia, para que los consumidores lleguen a comprar chucherías en horas de la madrugada. Sí, quien tiene antojo de papas o una coca cola sabe que siempre estarán frías y listas muy cerca, pero quien mira la cara de esos empleados, trabajando día y noche, noche y día, sin necesidad de ser médico, advertirá que el efecto sobre las vidas de esas personas puede ser funesto algunos años después.

Si enmiendan sus políticas laborales podríamos empezar a sospechar que sí tienen genuino interés por el bienestar de los otros. Con eso podrían darle solvencia ética a sus argumentos.

LA ESCUELA, LA VIDA, JUAN CARLOS

Caminamos al campus central de la Universidad, Juan Carlos al lado en el auto. Al pasar frente a la estancia infantil a donde asistió varios años, le pregunto:

-Aquí estuviste un tiempito. ¿Te acuerdas?

-Sí, me dice raudo.

-¿Te gustaba estar allí? Enemigo esta vez de los rollos, responde sin dudarlo.

-Sí.

-¿Qué fue lo que más te gustó? De nuevo, sobrio en las respuestas, me dejó primero perplejo, luego sonriente, finalmente desbordado por la risa de ambos.

-¡Que no aprendí nada!

Su picardía me obliga a mirarlo. Sabe que dijo algo inteligente y espera mi reacción. Le tiendo una mano para chocarlas. Avanzamos riéndonos.

Vuelvo a la carga metros adelante.

-¿Cómo que no aprendiste nada? Algo debiste aprender. ¿Qué aprendiste?

-No, nada. No había tareas. Solo jugaba y me divertía. Y no aprendía nada.

Aquí podría dejar mi relato. Y convocar a la reflexión de cada quien.

Pero no. Me parece que la respuesta de Juan Carlos es una veta para admirar un ángulo del significado que tiene la escuela para los niños.

Pequeñito ya, a sus hoy cumplidos seis años, logra establecer claras diferencias entre la vida y la escuela, entre la realidad y la ficción en que de alguna forma es el ritual de la escolaridad. A la escuela se va a estudiar, hay tareas, uniformes, obligaciones, calificaciones, regaños; en la vida se juega, se divierte, se pasan bien las horas en esas edades en que el máximo cometido no puede ser otro que ser niño y feliz.

¿Alguna vez lograremos que la escuela se parezca un poquitín a la vida, en que sea menos aburrida y estresante, y más divertida?

*

IMG_1209Como esbocé líneas arriba, el personaje de esta pequeña anécdota hoy cumplió seis años. Facebook me recordó las fotos y textos que escribí hace dos años, en Santa Fe, Argentina, cuando celebramos su fiesta en nuestro pequeño departamento, con escenografía, piñatas, pastel, comida, regalos, todo hecho por nosotros. Entonces compartí lo que ahora repito:

Seis años ha que nació el segundo de los soles que calientan mi planeta.

Seis años dirigido por un capitán llamado a enderezar el rumbo de mi nave.

Seis años ha.

Seis años.

Seis.

LECCIÓN DE KRISHNAMURTI

Jiddu Krishnamurti, el sabio hindú, entre muchas, muchísimas lecciones, enseñó que “No es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

Le creo. Más: estoy cierto que es así.

Rebelarse a la adaptación en una sociedad enferma es síntoma de salud. Significa renunciar a la inevitabilidad del nada puede cambiar, del todo será así por los siglos de los siglos (amén), del mejor callar.

Esa adaptación significa negar nuestra capacidad de transformación, la capacidad de evolución del ser humano; reconocer que el mundo no es, que está siendo, como demostrara otro viejo sabio, Paulo Freire.

Aquel pensamiento parece tan simple, pero su profundidad desafía la lógica de quienes alcanzaron una condición de bienestar, o a quienes se resignaron a la fatalidad por designio divino o porque los sátrapas que dirigen habitualmente no permitirían una inversión del estado de cosas.

Decir no a una sociedad enferma me parece uno de los actos más dignos de la especie humana.

Decir no en una sociedad violenta, empobrecida, injusta, mal educada o corruptamente gobernada, es un acto urgente.

Decir no es un acto de dignidad frente a la intolerancia, el cinismo, la frivolidad, la perversión, el autoritarismo.

Decir no y reiterar el sueño posible de una ciudadanía distinta y otra sociedad.

CINISMO CONTRA CIVISMO

Cinismo y civismo reúnen, en su antagónica posición, alguna parte de los contrastes entre discursos y realidades en las sociedades que vivimos. Gráficamente son casi idénticos; los distingue una minúscula línea. En los actos de mujeres y hombres son como el cielo y el suelo.

Cinismo en los congresos, en los hombres (y mujeres) del poder, en los gobernantes, en los representantes populares. Civismo en el currículum de las escuelas básicas, en los proyectos educativos, en los maestros, en su enseñanza; civismo en los aprendizajes, en las prácticas.

La cosa no es tan dramáticamente contrastante. En la escuela sus profesores no son santos, tampoco los directores o autoridades, ni entre sus dirigentes sindicales. También hay cínicos en el sistema escolar y farsantes y demagogos e imbéciles.

En el planeta de la política mexicana habrá algunos virtuosos, que se alejen del polo cínico. No creo que muchos. Para ser sincero, no estoy seguro de reconocerlos con alguna certeza. Creo haber conversado con algunos de ellos, pero son excepciones.

Con una sociedad dominada por el cinismo, el futuro como promesa tiene vida corta. Pero, tal vez, conviene discutirlo, para abrir resquicios aunque sea mínimos a la decente esperanza.

Cinismo, según la definición del diccionario de la Real Academia Española, tiene los siguientes significados: Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables./Impudencia (descaro, desvergüenza), obscenidad descarada./Doctrina de los cínicos, que expresa desprecio hacia las convenciones sociales, las normas y valores morales./Afectación de desaseo y grosería (desusado).

Sinceramente, deseo estar equivocado, totalmente equivocado.

Alguien que me lo demuestre.