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Tarjetas navideñas

tarjeta navideñaA veces me da por pensar lo contrario de la marea humana. Hoy, por ejemplo, repaso los sitios más tristes para vivir la noche de la Navidad. No quiero ser un aguafiestas, y no lo seré, pero tampoco me pasa por la cabeza intentarlo.

Más que dónde pasaré esa noche, o los regalos de mis hijos, me dio por reflexionar en dónde no quisiera pasar una navidad, y no porque me derritan las campanitas, las músicas de temporada o los arbolitos fosforescentes.

Iré al grano. Creo que una prisión, un campo de guerra o un hospital son los peores sitios. En cualquiera de sus variantes: como recluso o internado, o sufriendo la pena de una persona querida.

No, en verdad no quiero insistir, pero a veces hacerlo es una forma inigualablemente perfecta de valorar la libertad, la salud, la alegría.

Ojalá nadie de los que me lea tenga que experimentar una pena así, y si la tiene, que pronto salga del trance.

Cuatro minutos bastan para enamorarse

Leía a Carmen Guaita, filósofa y pedagoga española, cuando encontré un pensamiento que me detuvo y zumbó el resto del día: Cuatro minutos mirando a los ojos de otra persona son suficientes para enamorarse.

¿Es posible? ¿Será cierto? Mascullé ideas en torno a la afirmación tan corta de palabras pero extensamente provocadora.

Rememoré entonces que sí, que alguna vez, lejos ya en el tiempo y en la memoria, fui consciente de que un cruce de miradas durante cuatro, tres, cinco minutos había provocado un aguijonazo memorable en el corazón, o alguna parte difícil de explicar. Fueron los ojos quienes se cruzaron, pero fue también una instantánea que se me untó en la retina, con los rubios bellos de ella, de su brazo derecho, levemente azuzados por el viento suave.

El recuerdo se fue abriendo, como si descorriera el velo pesado de los años. Lo reviví jubilosamente: el mundo cambió, algo se movió en aquel instante. Supe que allí, mirándome en sus ojos, me enamoré para siempre de una chica de la cual ahora no puedo siquiera recordar el nombre.

Lección de Lincoln

En una charla para TED, realizada en 2010, Ken Robinson leyó un texto que habría escrito Abraham Lincoln en diciembre de 1862. Las palabras no son clarividentes sino intemporales.

El décimo sexto presidente de los Estados Unidos habría dicho:

“Los dogmas del pasado silencioso son inadecuados para el presente tempestuoso. La ocasión es una montaña de dificultades y debemos crecer con la circunstancia. Como nuestro caso es nuevo tenemos que pensar de nuevo y actuar de nuevo. Debemos desencantarnos nosotros mismos y así podremos salvar a nuestro país”.

 La frase aplica para México, por supuesto, y para Colima. La circunstancia que vivimos es inédita, y las recetas del pasado repetidas sin imaginación son una expresión de la locura, afirmó Albert Einstein.

Quede claro para quienes tienen poca apertura o disfrazan su personalidad con los colores partidarios: no hablo de partidos o candidatos, sino de esquemas mentales, proyectos de sociedad, proyectos de presente y futuro, de la semilla de otra ciudadanía.

No es el retrovisor donde debemos mirar.

No es pensar como siempre y actuando igualmente.

¿Seremos capaces?

Fútbol de madrugada

BarcaA las 4:25 estaba programado el despertador. Llegué a la televisión cuando terminaban de saludarse los jugadores y a instantes del comienzo del partido River Plate contra Barcelona, en la final de la Copa Mundial de Clubes. Hora inusual para nosotros, pero el dinero manda y Japón es el amo.

Como sucede habitualmente, terminan disputándola los campeones de Sudamérica y el de Europa, luego de pasear a los campeones del resto de los continentes. Por el poderío de los rivales, también suelen conquistarla los europeos, con excepciones notables, como aquel histórico Boca Juniors de Juan Román Riquelme y Martín Palermo, cuando derrotaron al galáctico e incrédulo Real Madrid.

Hoy el partido prometía cosas especiales. Leo Messi de nuevo contra un equipo argentino, como la final que apenas pudo ganarle a Estudiantes de La Plata. Y el morbo de verlo contra aficionados argentinos, ante los cuales despierta amor y rechazo, que le reprochan al oriundo de Rosario que no cante el himno nacional y, sobre todo, que no haya ganado nada todavía con la selección del país. Además, River es un equipo soberbio y pura entrega.

La final estuvo plagada de jugadores sudamericanos. A los argentinos de River, que suman colombianos y uruguayos, súmense los muchos del Barça. Fue un inicio de ese talante, con estilo intenso y presión por toda la cancha, con tensión y golpes cuando hacía falta. Los primeros minutos se jugaron como quería River, mientras los catalanes buscaban acomodarse. En los primeros cincuenta minutos del partido nada estaba escrito, y la sensación que provocaban la rapidez de los argentinos es que podían desmoronar la fragilidad defensiva blaugrana.

Pero jugar contra tres de los más fantásticos jugadores que hoy tenemos la suerte de admirar tiene un costo alto casi siempre. Conectados Messi, Neymar e Iniesta, no hay equipo que se resista. Y River se derrumbó contra la máquina: Mascherano revivió en la defensa; Busquets, pese a la fragilidad física, le compite con fuerza a cualquiera y les gana a todos en astucia; Iniesta, mago del balón; Neymar provocando jugadas monumentales y exhibiendo la precariedad de un sucio Mercado, mientras Messi volvió a ser el mismo que parte de la mitad de su campo para un slalom que solo pudieron detener a patadas. Adelante, el uruguayo Luis Suárez falla una o dos oportunidades, pero no deja de hacer goles impresionantes, esta vez con la cabeza.

Tres cero, pero fácilmente pudo ser un marcador de partido de tenis: 6-1, 6-0. Fue el triunfo del fútbol, remató en su nota El País.

A las 6.25 volví a la cama, un poco frustrado por no poder cantar los goles para no despertar a la familia, solo con el desagradable sabor de la narración que recetó Fox Sports. Frotándome los ojos de contento, seguro de que estamos viendo un puñado de futbolistas que aparecerán en los libros de historia de este deporte, cuando hayan pasado muchos años. Un equipo legendario ya.

Canción para un sin-memoria

Escrita al ritmo de “¡Al ladrón, al ladrón!”, de Joaquín Sabina.

 

Parece, por lo que escribes,

que sigues preparando posiciones

rumbo al poder.

 

Parece que no eres más

aquel funcionario, de cuello blanco

y alma de autista.

¡Qué buenos tiempos los del ayer!

 

Parece, por lo que escribes,

que has olvidado aquella memoria,

¿valores?, eso no creo

tú no tenías, ahora se ve.

 

Parece, por lo que exhibes,

que tus textitos huelen a pólvora

cual gatillero, como coimero,

como pequeñoburgués.

 

Tú nunca fuiste de compromisos,

de rebeldías, de indignación,

lo tuyo, público ya,

era tirar, para cosechar

una chequera, otras prebendas,

aplausos, una nueva nómina

y ¡al diablo la dignidad!