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Cada mañana en las calles

Cada mañana disfruto más las caminatas. Antes he escrito que rehuyo los gimnasios y me aburre dar vueltas en una pista atlética. En Córdoba, Argentina, descubrí el gusto de caminar en las calles, paseando sitios con alguna tranquilidad en el tráfico; desde entonces abandoné la unidad deportiva y prefiero inventarme rutas para evitar el tedio. No puedo decir que soy corredor ni cerca; obligado a definirme, diría: deambulante.

En las últimas semanas solo la lluvia o el polvo, un compromiso temprano o circunstancia extraordinaria me alejaron de las calles. Resulta un ejercicio con tanta utilidad para el cuerpo como para ordenar ideas, prioridades y repasar compromisos, evaluar actuaciones personales y no pocas veces encontrar alguna luz.

A las bondades descritas he sumado otras. Me gusta ver gente y cosas mientras camino. Entre las cosas, mucha basura, deterioros materiales, abundancia de descuidos, zonas feas de la ciudad. No es que eso me guste; es que descubriéndolo encuentro las muchas falencias que tenemos en la cultura, en los hábitos. Es verdad que los gobiernos no hacen toda su tarea, o hacen muy poquita, pero es tan verdad, o mayor, que las personas poco cumplimos en los renglones donde nos toca firmar. Ambos salimos debiendo.

Los rostros de mucha gente se me vuelven familiares de a poco. Las mujeres de la tortillería hablando siempre casi a gritos por la música que les alegra y los ruidos de las máquinas; el hombre que barré afuera de sus oficinas con flojera y tirando hacia los vecinos; los vendedores de tacos que amontonan las hojas de los árboles en la puerta del negocio, la señora de los tacos en el jardincito que ya se apresta a colocar las viandas, el hombre que casi a diario lava sus autos con un afecto inverosímil, los hombres que esperan en grupos a que lleguen a contratarlos, un tramo que siempre me revuelve las entrañas al imaginar esa forma de vida, frágilmente sujeta a la suerte. Así, podría desfilar más personajes que cada mañana encuentro a mi paso.

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El privilegio de la estupidez

Los seres humanos tenemos un triste privilegio: siendo tan inteligentes, con frecuencia manifestamos comportamientos estúpidos. Así, más o menos, lo afirma tajante José Antonio Marina.

El año que comienza apenas agotó una veintena de días y su inicio contradice el deseo de que sea mejor que el finalizado.

No quiero ser pesimista ni agorero de desgracias, y faltan muchos meses para juicios y balances, pero extraño sabiduría (inteligencia puesta en acción para vivir una vida digna) en actos personales y gubernamentales.

El comienzo de 2018 sigue en la estela que nos movemos tiempo atrás. Entre nosotros, para no ir lejos, aumentos de precios en productos básicos, aunque se les disfrace con eufemismos técnicos; insensibilidad en gobernantes; muertes y violencia cotidianas, y una economía que puede prosperar en sus grandes indicadores, pero que está lejos, muy lejos de las condiciones familiares, de la mesa y el bienestar.
Al año nuevo le depara un reto mayor: la elección del presidente de la república, una circunstancia que abre la puerta a desgracias mayores, a juzgar por lo que vislumbran las precampañas.

Yo no espero nada de los años, ni les achaco culpas. Somos los ciudadanos, unos más, otros menos, responsables de lo que sucede a escala social o individual. No todo está en las manos de cada uno, pero ese margen es el que vamos a poner a prueba en los próximos meses. Veremos si algo aprendimos o estamos aprendiendo.

La peor bienvenida

En el más reciente viaje a la Ciudad de México recibí la peor bienvenida. Luego de pedirme documento de identidad, confirmar datos y firmar hoja de registro, la señorita de la recepción, cuyo nombre es irrelevante, me soltó los nosepuede de mi estancia. Nunca antes me sucedió. Perplejo, le miré curioso la cara, a los ojos y sonrisa amable, como orgullosa de haberme recitado sin errores el rosario de obligaciones del huésped. Estuve a punto de preguntarle a qué extensión tenía que llamar antes de usar la taza del baño, destapar una botella de agua o dormir en las dos camas de la habitación. El frío en la espalda por la corriente que entraba desde la avenida y el malestar por el hambre de varias horas, dictaron prudencia y buscar cena. Por cortesía, agradecí la atención y di vuelta rumbo a la 202.

Como la comida de los hoteles suele ser de dos estrellas, opté por cruzar la calle y enfilé a un restaurante dizque argentino. En la tele transmitían en diferido un partido de fútbol internacional; la música sonaba alta con un grupo de otra época, del gusto de los meseros ya poco juveniles. Los clientes que formábamos la parroquia departíamos tranquilos, con excepción de los borrachos del fondo a la derecha, que prolongaban la comida y soltaban risotadas constantes.

Los alimentos que invadieron la mesa me arrancaron la energía restante. El jugo de carne estaba casi frío; la dotación de cebolla y chile verde parecía achicharrada por el clima. Lo comí con prisa antes de que se congelara. Llegó la carne y mi juicio ensombreció. Parecía más apetecible cuando me la mostraron cruda. La probé y acerté, pero estaba cansado y no quería gastar palabras en reclamos.

Con excepción del pan caliente, todo iba mal. Creí que era el momento de volver al hotel y trabajar un poco en el artículo que daba vueltas por la cabeza. El frío en la calle golpeó el ánimo. Había sido mala idea salir. Aceleré el paso para salvar las calles oscuras y calentar un poco el cuerpo.

Antes de llegar encontré un Oxxo atendido por dos tipos torpes de modales. La espera me ayudó a cocinar la venganza. Un par de barras de chocolate. Sí, eso compraré. Me quitará con ellas el mal sabor de boca y ánimo. De paso romperé mi obligación de no introducir comida ni bebida. Pagué y salí. Volví al hotel con los chocolates en la mano, levantados como banderitas nacionales en desfile patrio. La chica simpática del rosario de obligaciones me miró sorprendida. Le regresé la sonrisa fingida y subí de prisa al elevador. No supe si me habló o quiso detenerme. Se cerró la puerta y mi bienvenida. Elegí el quinto piso, luego bajé caminando al segundo, donde me esperaba la cama y una vuelta a la página.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes

CON MARIANA BELÉN YÁÑEZ

Me gusta regalar libros a mis hijos. Al principio, cuando comenzaban su peregrinaje por el mundo de las palabras, era más insistente en los obsequios. Son niños normales, así que no es su regalo favorito, y ahora voy desgranándolos de a poco, buscando los que creo interesantes o, mejor, procurando que ellos elijan. No me corre prisa porque lean y menos jactarme de tener a dos lectores voraces, obsesivos, o presumirle a mis colegas de paternidad que en casa los más pequeños solo se divierten leyendo y nunca ven tele o cosas de menor prestigio.

Hay tiempo para todo, para todas las actividades posibles. Y hay prioridades: a la lectura sus momentos; al gusto, su proceso de maduración. Ya tienen en la escuela obligación de leer libros que no eligieron, así que en casa la cosa va por otros rieles.

Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes se me apareció frente a los ojos entre los pasillos de Walmart. No lo dudé. Lo compré y guardé para ocasión especial. Llegó. Mariana Belén lo trajo consigo varios días, incluso lo llevaba a la escuela y aprovechaba, dice, para leer en las pausas del trajín escolar. Cuando la vi enfrascada le propuse escribir una reseña para publicarla en mi Cuaderno. Dudó y dijo, tal vez sí, o algo parecido. Le insistí durante días y me cansé de evasivas. Supuse que tenía miedo. La atajé: ¿no te gustaría ver tu nombre en un artículo publicado? ¿Mostrarlo a tus amigas? No, disparó al instante. Dirán que soy presumida. No esperaba su respuesta, pero comprendí: naturalmente es tímida. La dejé un tiempo, le pedí prestado el libro y comencé a leerlo.

Desde las primeras páginas me gustó la obra de Elena Favilli y Francesca Cavallo. Era justo lo que me transmitió la portada: historias cortitas, bien escritas y bellamente ilustradas por mujeres artistas de todo el mundo. El gusanito de la inquietud me rebulló. Le insistí que escribiéramos juntos un comentario. Sin tanto convencimiento aceptó. Lo que sigue es el resultado.

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51 años, 51 momentos

Hoy cumplo 51. Con el motivo decidí escribir estas líneas que resultaron bastante largas, pero no son para quienes me lean, (menos para quienes me odian), ni para quienes me profesan afectos. El lector destino soy yo mismo, porque quiero recordarme algunos momentos que siguen presentes y, de alguna forma, en mayor o menor grado, hicieron lo que soy, llegar a donde estoy y en algunos casos equivocarme tantas veces como erré. De paso, rindo tributo íntimo y agradezco a muchas personas, con nombres y apellidos, o anónimas, que estuvieron conmigo, están y, deseo, estarán tiempo largo.

Aquí, un repaso de instantes que forman parte de esta película vital.

Aunque no tengo conciencia, obvio, el nacimiento habrá sido fecha feliz. Mi madre y yo debutamos en simultáneo. Como en ese año, supongo que nunca más tuve tantos abrazos y cariños. No me duró demasiado la suerte: 380 días después nació mi hermana Paty. El segundo lugar, sin embargo, jamás produjo rencores contra nadie.

De la primera infancia tengo recuerdos escasos. Habrá sido normal, pues traumas no he descubierto. Una foto de mi hermana y yo, apenas tratando de caminar, escasos de ropa, atravesando la calle, nos muestran como una pareja normal de infantes. Gracias a papá nunca faltó comida caliente en casa, ni abrigo. ¡Así habrán sido esos años!

Los primeros días en el jardín de niños fueron sufrimiento puro. A tirones mi madre me arrancaba de sus brazos para meterme a ese sitio que fue después la clínica del pueblo. ¡Quién diría que luego de esos dolorosos momentos nunca más saldría de la escuela!

Mi primer amigo, hermano de mi madre, murió muy pronto, cuando apenas comenzamos a cursar la escuela primaria. La muerte de Coco fue el primer contacto con la muerte. Tristísimo, sin duda, como son las muertes tan prematuras. Desde entonces las muertas tempranas me matan un poco.

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