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¡Gracias, mil gracias!

Hace algunas semanas, dolido por escribir algunas elegías para amigos queridos, me prometí no volver más al género.

Hoy empezó diciembre y es el mejor momento para recordar, es decir, para nombrar a buenos amigos que estuvieron presentes en estos meses del 2020; algunos, desde hace muchos años, pero que me regalan en el momento preciso su amistad, afecto y confianza. Todos, cada uno, me merecen los mismos sentimientos; o más.

Con el riesgo de olvidar, aquí los listo. Si se me escapó alguien, con justa razón mereceré un reclamo o mentada, pero luego de mi pena, los incluiré. Van sin más orden que el dictado por la memoria.

En Tecámac tengo tres buenos amigos: Jesús Andriano, Rita Yáñez y Silvia Curiel.

En San Luis Potosí encontré la hospitalidad virtual de Ricardo Barrios, Sergio Dávila, Lucy Nieto, Amaury Pozos y Kenia Crisóstomo.

En Celaya tengo una anfitriona estupenda: Katy Luna Meza. En la Universidad Autónoma de Coahuila me acogió de maravilla Mary Barrón.

En el ISENCO, la escuela normal de Colima, su directora, Martina Milagros, Katya Hernández, Julián Granados y Mariell Espinosa tienen sitio especial.

Del Instituto Ateneo de Colima en su momento obtuve el apoyo que requerí y hoy, conservamos los lazos con René López Dávila y Ale Meza.

Muy recientemente reencontré a un amigo que conocí hace algunos años en Colima. Es español de nacimiento, pero ya un poco mexicano: Fran Lozano.

La Universidad Multitécnica Profesional me trata mejor que en mi casa de estudios. No es queja, sólo constancia. Gracias al rector, Francisco Javier Valdez, a Mario de Anda y Ramón Solorzano.

En el Colegio Terranova, de Manzanillo, tengo un buen amigo que me invita cada cierto tiempo. Ahora pude estar a través de las pantallas: Miguel Ángel Castro Palomino. La Universidad CEPCE también fue amable en la persona de su rector, exalumno y amigo, Roberto Carlos Peña.

El Colegio de Ciencias y Humanidades de la UNAM me trata muy bien y me puso en la primera mesa de su coloquio hace algunos días. Gracias a Trini García, excelso amigo, y María Isabel Díaz del Castillo.

La Secretaría de Educación del Gobierno del Estado recibió con gusto nuestro libro sobre la pandemia en las escuelas de Colima. Gracias a su titular, Jaime Flores Merlo, por la oportunidad de lanzar ahí nuestra obra colectiva.

Con la Universidad José Martí abortamos una presentación de “Colima: avances y retos. Educación”, en el marzo en que suspendimos todo. Pero luego compartimos el nuevo libro. Gracias a Marcos Barajas y Joel Padilla.

La Universidad Pedagógica Nacional unidad Colima tuvo deferencias conmigo. Mi gratitud a su director, Oscar Sánchez, y a Rubén Martínez González.

En mi casa, la Facultad de Pedagogía, dos personas fueron amables con los libros que coordiné. El director, Francisco Montes de Oca, y Rodolfo Rangel Alcántar. De ahí muy cerca, la Asociación de Egresados de Pedagogía, agradezco a su presidenta, Fabiola Rojas Larios.

El Seminario Diocesano de Colima se ha vuelto una visita entrañable cada vez que aparece nuevo libro. Gracias a Juan Carlos Meza.

En el ámbito internacional estoy agradecido sin límites con Mariano Narodovski, por su generosidad para que le pusiera voz a la onceava tesis del decálogo sobre la educación en tiempos de pandemia, propuesto por Pansophia Project.

La Universidad Juan Agustín Maza, de Mendoza, Argentina, me invitó a las Jornadas de Innovación Educativa para sus profesores. Mil gracias a Estefanía Giorda, a quien conocí en su estancia como estudiante en Pedagogía de la Universidad de Colima, y a su jefa, Yamila Spada.

Puertabierta Editores y su fundación cultural son mi casa. Gracias a Salvador Silva Padilla y Miguel Uribe Clarín. Con Rogelio Javier Alonso coordinamos un libro que nos regaló muchas satisfacciones, dentro del infortunio de la pandemia. Rogelio fue un socio de valía extraordinaria.

Gracias. Gracias infinitas a cada una y cada uno. Por ustedes, y algunas otras razones, valió la pena este 2020, aunque nos llenó de dolor y luto.

La pandemia como maestra

El domingo por la mañana leí Los años de reparación, de Naomi Klein, periodista y escritora canadiense que se volvió indispensable para los movimientos sociales del mundo, a partir de la publicación de sus libros No logo y La doctrina del shock.

Los años de reparación es la conferencia que presentó en la Cumbre Inaugural de la Internacional Progresista, el pasado 18 de septiembre, editado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales.

Se trata de un texto con ideas provocadoras, repaso de la situación mundial provocada por, adjetiva, los hombres poderosos de nacionalismos machistas e identidades supremacistas, que tienen al borde del colapso a la Tierra, agravada con los efectos del COVID-19.

Dos ideas quiero destacar de la obra. La primera, está en el título. Debemos procurar tiempos para la reparación de los daños causados al planeta a través de un “Nuevo Acuerdo Verde”, lo cual implica “cambiar prácticamente todo con respecto a nuestros sistemas políticos y económicos”.

La segunda idea es no demonizar la pandemia, sino convertirla en maestra y entender las lecciones que nos enseña, como la valoración más adecuada del tiempo para vivir o la necesidad de reducir los sobreconsumos del 20 por ciento más rico.

Una frase en la página 35 me persigue desde que la pesqué: cuando nos apresuramos a vivir como lo hacíamos antes, también se acelera la propagación del virus. Es una advertencia inapelable.

Naomi Klein ofrece propuestas disruptivas. Afirma: En lugar de fingir que es posible subsanar décadas de austeridad en unas pocas semanas de vacaciones de verano, deberíamos cerrar esas escuelas durante un año entero y usar ese tiempo para repararlas y reimaginarlas… mientras tanto, los maestros, con ayuda de un cuerpo juvenil, podrían impartir las clases al aire libre.

Sí, sería fantástico, porque ante los graves problemas sólo caben grandes alternativas. Pero será un sueño, nada más. O tal vez no.

 

¡Hoy terminé un libro!

Con noviembre cierro ciclos, dije antes. Lo que no sabía hace tres horas es que también vería el final de un libro que nació hace 23 meses, sobre mi paso por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Recién terminé de revisar las terceras pruebas que me envió Miguel Uribe, de Puertabierta Editores. El trabajo de ellos ha sido impecable. Luego aparecerá alguna errata, ya se sabe, pero la encargada de la edición ha hecho su trabajo; el resto es mi responsabilidad.

Estoy feliz, por supuesto. Cumplir metas es estimulante. También me llegan nostalgias. Cuando un libro sale a las manos de los lectores, como saldrá pronto este en formato electrónico, no somos más dueños. Y sólo podemos mirar adelante.

No son muchos los días en que alguien como yo, profesor universitario, puede decirlo con su discreta alegría: terminé un libro.

Fin de ciclos

Hoy presentamos en dos momentos el libro 35 años de Pedagogía. Balances y perspectivas para la comunidad estudiantil de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima.

No sé si tiene algún impacto en los muchachos que cursan la carrera. Me gustaría pensar que sí. Por ejemplo, que se acercan al libro y husmean entre sus páginas. No me propongo una aspiración más compleja y lejana. Me bastaría con que elijan un capítulo u otro por el título, o sólo porque tienen unos minutos para la tarea. Luego, que pensaran algo a partir de la lectura.

Personalmente, con esa actividad cierro mi agenda del 2020. Es el final de varios ciclos.

Hoy grabé también mi última cápsula para Radio Recuerdo 102.1 FM. Al enviarla me informaron que será la última; que la sección donde participo entrará en pausa por las elecciones. Ojalá los análisis y discusiones por el tema educativo no sigan la misma lógica. Si algo nos falta, es que los ciudadanos discutamos más en serio, con pasión y argumentos, el tema educativo. Nunca que la pongamos en pausa.

Lunes 30. Último día del penúltimo mes. El fin de un ciclo siempre es el comienzo de otros. Siempre. Salud.

35 años de Pedagogía. Balances y perspectivas

El lunes 30 de noviembre presentaremos ante la comunidad de la Facultad de Pedagogía, en la Universidad de Colima, el libro conmemorativo con el título de esta columna. La tarea de coordinación fue de su director, Francisco Montes de Oca, y de quien escribe. A continuación, les comparto el texto introductorio.

Presentación
En 2015 la Facultad de Pedagogía cumplió 30 años. La primera escuela superior que fundó la Universidad de Colima fue Derecho, pero la primera con el rango de facultad es la nuestra, al ofrecer estudios de posgrado en educación. Conmemorar el acontecimiento ameritaba un ejercicio colectivo de reflexión. Así lo hicimos en el libro Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía en Colima, en el cual varios profesores escribimos capítulos desde diversos ángulos. Por su naturaleza no cabían todos los temas, pero dejamos constancia de progresos y desafíos.

En 2020 la Facultad sigue madurando: la licenciatura permanece como programa acreditado por su calidad; los resultados de los egresados en el examen general de egreso la mantienen en el padrón del Centro Nacional para la Evaluación de la Educación Superior, y a la oferta se sumó la Maestría en Innovación Educativa, incorporada recientemente al Padrón del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Los avances son notables, pero los desafíos también crecieron, especialmente en este año en que el mundo se sacudió y sigue perplejo ante los efectos devastadores de la pandemia provocada por el COVID-19, cuyo saldo en infecciones y muertes en el país desbordó todas las predicciones, incluso, las más catastróficas que suponía el Gobierno Federal.

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