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Cubrebocas y sana distancia

Después de varios meses leyendo a diario, casi como obseso, todo lo que se podía encontrar de la pandemia, de escuchar las conferencias vespertinas y repasar las estadísticas fatales de México y Colima, hice una pausa y decidí poner sana distancia. Estaba infoxicado y necesitaba otras noticias, sobre todo, para cambiar el estado depresivo a que me llevaba el caudal informativo por el panorama sombrío.

Ahora dedico poco tiempo al recuento terrible, aunque es suficiente para constatar que seguimos incapaces, ciudadanos y gobernantes, de poner un alto contundente al tsunami de contagios. Mis lecturas, más selectas, atienden algunos temas y cambio de canal pronto.

Con la sana distancia me fijé el cubreboca para callarme y hablar poco de la actuación gubernamental. Tengo diferencias con enfoques y énfasis en los temas donde navego con relativa familiaridad, pero me abstengo, salvo que sea verdaderamente necesario.

Hoy vuelvo al tema por la confesión que hizo el presidente de estar infectado de COVID-19. Preciso: por el barullo mediático que se formó alrededor de la noticia y el nuevo capítulo de la división virulenta entre sus seguidores y opositores.

Cuando parece que las aguas alcanzaron un nivel y se estabilizarán, circunstancias como la referida desbordan filias y odios. Me parece indeseable para una vida democrática sana que el insulto y la grosería sean la fórmula de cortesía para referirse a quien piensa distinto.

Es verdad que tengo diferencias y críticas al desempeño del presidente, aunque aprecio algunos esfuerzos. Pero esas discrepancias no hacen que albergue, ni por un momento, la idea de celebrar que enferme; menos, que se agrave.

Ojalá pronto se recupere y que la convalecencia le sirva para reflexionar si en verdad el gobierno está haciéndolo tan bien o es tiempo de enderezar decisiones.

Ojalá pronto vuelva a sus mañaneras, aunque yo no le dedique un minuto.

Lección de humildad e inteligencia

Hace muchos años, en una de las primeras conversaciones con don Pablo Latapí Sarre, aprendí una de las lecciones que recuerdo siempre en la vida profesional. La uso en la docencia o en la toma de decisiones, cuando tuve oportunidad de ocupar un cargo.

Antes de describir la sencilla y poderosa lección de don Pablo, tengo que advertirles a los lectores legos quién es el autor: figura prominente en la pedagogía mexicana. Reconocido como fundador de la investigación educativa nacional y hombre de generosidad intelectual sin par. Creador de instituciones, representante de México en el extranjero y formador de investigadores. Fue Premio Nacional de Ciencias Sociales en 1996.

En agosto de 2008 recibió en la Universidad de Colima el doctorado honoris causa, en cuya ocasión dictó una memorable conferencia magistral, luego publicada por la Universidad, precedida de un discurso estupendo de Manuel Gil Antón. Con esa ceremonia, explicó don Pablo, sellaba un pacto de amistad con la comunidad universitaria de Colima, porque en 1997 había recibido el nombramiento de maestro universitario distinguido. Obtuvo también la medalla Comenius por la UNESCO y reconocimientos de otras importantes instituciones nacionales, como el CINVESTAV.

Queda advertido el lector que, con esa trayectoria, la lección brevísima pero lúcida de don Pablo merece ser reflexionada. Es fácil de recordar: el que no piensa como yo, me ayuda. Eso dijo. El tema era sus relaciones con el poder, con los secretarios de Educación Pública, pues fue asesor de varios de ellos.

En esas pocas palabras imprimió su talante humanista. Contrario al sentido común profundo de don Pablo, nuestros políticos, incluidos los universitarios, acostumbran suponer que quienes no piensan como ellos son enemigos o están en contra.

La lección de don Pablo alienta la diversidad y hasta la discrepancia. No asume que su verdad es única; sus ideas, las mejores y sus posturas, las únicas defendibles. Pensamiento único es un contrasentido, nos enseñó José Saramago. El pensamiento, por definición, es múltiple, decía el escritor portugués.

Sabias lecciones que conviene aprender a quienes toman decisiones, a quienes deben analizar distintas opiniones o tienen el privilegio de conducir una institución.

No me la pidieron, pero quise dejar constancia de esa lección que aprendí de un hombre bueno, firme y sabio, ahora que iniciamos otro periodo en nuestra alma mater. Ojalá el nuevo rector, con sus hechos, nos demuestre que, en efecto, en el campus universitario la heterogeneidad vale más que el discurso monocorde y un séquito de serviles.

Fin de aventuras escolares

Una parte de este fin de lo semana lo dediqué a calificar los trabajos finales del curso que imparto en la Universidad y las evaluaciones que hicieron los estudiantes. Aunque estoy pasando horas complicadas porque debo terminar el capítulo de un libro, el tiempo para leer a los estudiantes fue enriquecedor. Estimulante.

Cuando comencé el curso tenía serias dudas. Me inquietaba la posibilidad de conectar con los estudiantes para cumplir los objetivos. El semestre anterior nos había dejado insatisfechos. La deuda con ellos era enorme. Se trataba de un semestre donde debían realizar prácticas en escuelas, entrevistar directores, palpar el territorio pedagógico.

¿Cómo haremos los profesores, la Universidad, para resarcir lo que no pudimos realizar en estos meses?

Es verdad que hacemos un gran esfuerzo, unos más que otros, pero hay déficits que no sé cómo podremos pagar.

Vuelvo. Después de leer una veintena de opiniones de los estudiantes confirmo mi percepción de que fue una experiencia de aprendizajes positiva. Pudo ser mejor, sin duda. Además de sus opiniones, me gustó mucho leer sugerencias de cómo podría trabajar algunos aspectos para que a los estudiantes del siguiente curso les vaya mejor.

Los finales no siempre son felices. Pero hoy sí. Valió la pena intentarlo.

Imagino que la lectura un día…

En los últimos días he dedicado mis horas de lectura libre a la autobiografía de Stefan Zweig y a la colección completa del mayor poeta catalán vivo: Joan Margarit.

Stefan Zweig es un escritor fascinante. La cuarentena fue ocasión para leer varias de sus excepcionales biografías. Ahora, disfrutó los años esplendorosos en París y Viena, previos a la Primera Guerra Mundial.

Es otro modo de percibir los acontecimientos de la historia, contada no desde un libro de texto o una investigación en archivos y libros, sino por un contemporáneo, desde otros ángulos más personales o íntimos.

Muchas veces pienso que la biografía y la autobiografía de actores clave sería muy interesante para aficionarse a la historia, sin la retahíla de fechas distantes y acontecimientos fríos; descrita desde las entrañas, en medio de los periódicos y libros del momento, de lo que recorría las calles, de los teatros y la música de la época, de los miedos y debilidades humanas.

Estoy convencido de que podrían ser un complemento incluso lúdico para los estudiantes de secundaria o bachillerato. Para los maestros, por supuesto.

A Joan Margarit llegué por accidente, lo confieso. Perseguía otro poeta catalán pero empecé a leerlo y ahora también a escucharlo. Su poesía me conmueve, por las marcas de su vida y compromisos.

Muchos de sus poemas serán leídos cuando ya no esté con nosotros, como La libertad o De senectute, y en un tono desgarrador, los que dedica a Joana, su hija muerta a los 30 años.

Joaquín Sabina, poeta también, cuando habla de Joan Margarit nos recuerda que en tiempos de confinamiento los libros nos permiten sentirnos siempre acompañados, viajando lejos y viviendo, de alguna forma, otras vidas.

Estas horas de lectura por gusto, que transcurren al despertar o antes de dormir, son algunas de las disfrutables cada día. Por eso, por los beneficios de la lectura, preferiría que los niños pasaron un poquito más tiempo leyendo en clases, que escuchándonos a los maestros. No haríamos una revolución pedagógica, pero sí, mejores personas. Eso creo.

Adiós a La Medusa

Esta noche pasé por La Medusa, el restaurante que se ubicaba en Ignacio Sandoval. Se ubicaba, dije bien. Me sorprendió ver que está desmontada la terraza y cerrado. Otra víctima de la pandemia.

Lamenté el cierre por los buenos recuerdos en los poco más de 20 años en que, en ciertos momentos, lo visité.

Lo lamenté, sobre todo, por los probables desempleados que dejó y por su dueño, Memo Santana, a quien respeto y estimo.

Fue imposible no revivir momentos ahí o en su sede original, por Sevilla del Río.

En los años más recientes La Medusa se había convertido en sitio donde pasé muchas horas con Rubén Carrillo y, con frecuencia, nos encontramos para, entre mil temas, contarle de mis esbozos de libros y luego, cuando fructificaban, revisar las correcciones de estilo implacables que realizaba.

Puedo decirlo sin fatuidad: ahí se parieron las versiones definitivas de más de un libro y, por eso, a mi lamento, sumo una dosis de tristeza.