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El principio del año

5 de enero
Acontecimientos inesperados e involuntarios me obligaron a cancelar dos invitaciones en este principio de año. No son la mejor forma de arrancar laboralmente, pero no tuve opción.

En la primera se trataba de escribir el capítulo de un libro con dos colegas de otros estados, pero un cambio de tema lo puso distante de mi órbita; la segunda era para una conferencia que debía presentar a una audiencia nacional de directores de secundaria.

Me pesa la doble decisión, pero sopesé factores individuales, cargas de trabajo, proyectos y prioridades. Supongo que es una señal de madurez, y del paso de la edad que arrolla la necesidad de decirle a todo que sí, a veces a costa de uno mismo.

6 de enero
Un 6 de enero nacieron dos buenos amigos. Rubén Carrillo Ruiz, a quien conocí en la Universidad de Colima como director de Información, hace un montón de años, y con quien trabé amistad y proyectos comunes desde la infancia de nuestra relación. Hoy persiste. Es un severo juez de mis libros y proyectos cuando están en el taller de escritura; siempre asertivo e instigador. Conversador diestro de casi todo y generoso en las ideas.

También un día como hoy nació otro querido amigo, Josué Reyes Rosas Barajas, quien se nos adelantó dolorosamente por la pandemia hace pocos meses. En días así pasamos veladas increíbles de alegría y amistad sin imaginar que alguna vez, más temprano de lo deseable, estaría él en otra parte y yo lamentando su triste partida frente a mi pantalla, recordando sus risas sonoras y consejo agudo.

¡FELICIDADES, CHE!

Pedro VivesNació en General O’Brien, provincia de Buenos Aires. De esa pequeña ciudad, con menos de tres mil habitantes, salió (como el Che Guevara) para recorrer primero su país, luego buena parte del continente, con estancias en distintos países, hasta llegar a México. Residió en algunas ciudades, como Villahermosa y Guadalajara, y desde hace quince años, en Colima.

En su pueblo estudió en la Escuela Primaria No. 20 “Domingo Faustino Sarmiento”; en Buenos Aires, en la “Florentino Ameghino”, y otras. No fue a la universidad, pero no tengo duda: lee mejor y más que muchos maestros y directivos universitarios que conozco, aunque rechine la confesión. Y de su cultura, ni hablar. Su memoria es prodigiosa.

Después de ejercer varios oficios en su Buenos Aires y por doquier, llegó a la cocina. A la parrilla, para ser preciso. Y en Colima no probé –y probé todos más de una vez- mejor asado que el suyo, primero en su restaurante, allá por el Diezmo, donde le conocimos Laura y yo un 24 de enero; luego, nosécuántasveces, unas en su casa, otras en la nuestra, que también es suya. Pero la calidad de su asado es comparable a cualquier otra en la ciudad que elijan.

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LAS MEDIAS TAMBIÉN PUEDEN SER COMPLETAS

Pocas horas apenas en Colima, unos metros recorridos en la Universidad, lugar de mi trabajo, me dieron suficientes motivos para venir a estos parajes virtuales a contarles el beneplácito por la recepción que me regalaron en dos días de la semana anterior un puñado de buenas amigas, amigos, colegas universitarios.

A riesgo de ser inmodesto, intuía que en mi haber acumulaba varios buenos amigos, por los años de amistad o por relaciones laborales, pero las horas que pasé entre premuras por la revisión de urgencias y tareas pendientes me desmintieron: fueron más que varias (en la contabilidad íntima: muchas) las personas que al mirarme o escucharme pudieron quedarse en sus oficinas o pasar de largo con disimulo. A ninguno habría reprochado. Pero salieron a saludarme o se detuvieron al paso, y el gesto lo valoro en grado sumo.

Su respuesta fue de espontaneidad, generosidad y fraternidad que superó mis mejores pronósticos (en realidad, no tenía ninguno). A ellas, ellos, les agradezco también por aquí, públicamente, su calor y las palabras de bienvenida. En verdad, por eso y un poquito más, me siento bienvenido a casa.

Si hace tiempo ya estaba cómodo en el ambiente de la UdeC por muchas razones, entre ellas, la calidad humana de muchísimos de sus integrantes, mi regreso a ella después de una estancia lejana en la geografía, desconectado de su vida interior, agrega una motivación en el nuevo proyecto personal y profesional que simbólicamente arranca con el nuevo semestre escolar. Hoy.

Además del alimento para la satisfacción, me confirman, aunque no hacía falta, que la amistad firme y franca, la amistad, a secas, está por encima de diferencias y mezquindades. Debo confesar que también vi caritas de sorpresivo desagrado y alguna de repugnancia. ¿¡Qué se le va a hacer!?

Gracias también a estos últimos, porque engrandecen los afectos y respetos por aquellos primeros.

No me cabe duda: una media semana puede ser completa.

¡Hasta pronto!

¡HASTA SIEMPRE, ARTURO!

Fuimos vecinos de barrio, pero las edades nos separaban como para ser amigos. Yo casi niño; él ya un joven estudiante, desde entonces, barba tupida, mirada tranquila y actitud reposada. No tuve el placer de conversar con él jamás. Una palabra nunca cruzamos y lo lamento hoy. Apenas hace 24 horas le propuse encontrarnos en nuestra tierra natal, para conversar de sus historias fantásticas de Quesería, esas que él recogía y que yo, algunas, escuché en mi infancia. Anoche imaginaba ese encuentro entre dos que se habían cruzado muchos años después en redes sociales, habiendo vivido a metros de distancia. Pensaba que sería allí cerca de donde ambos vivíamos, en la Loma, mirando los cañaverales allá abajo, con un café caliente en las manos, los volcanes a las espaldas, y pasando una tarde grata. Escucharlo, era lo que desearía. Aprender de su paciente oficio de recolector de afectos e historias. Descubrir en su mirada tranquila el pozo de su sabiduría. De paso, regresar al tiempo ido al lado de mis hermanas, de mi madre también ausente ya. 

No fue posible el encuentro, no será jamás.

La noticia de su partida me rompió en pedazos esta noche caliente en Córdoba. A miles de kilómetros de distancia no pude soportar el ramalazo que las palabras leídas por mis ojos le dictaron al corazón. Un vuelco me trajo a nuestro último intercambio por Facebook, ayer. Como habrán hecho muchos, entré a su muro, para encontrar sus imágenes, textos  nuevos, pero no están más. Sólo encontré las muestras de dolor y cariño de mucha gente que lo conocía y lo tuvo cerca. La noticia era cierta y dolorosamente cruda.

Generoso siempre, amable siempre, correcto siempre en sus mensajes. Así fueron sus últimas palabras que no me atrevo a mirar más. Arturo Cuevas deja una pena en su familia, un dolor que no se reparará jamás. Lo que ahora digamos sirve poco para el alivio, pero el tiempo hará que su ejemplo convierta en una sonrisa, aunque sea tímida, lo que hoy es llanto y dolor. ¡Que así sea!

¡Hasta siempre, Arturo!

PEQUEÑOS OFICIOS, GRANDES PERSONAS

 A mi Mariana Belén, por sus ocho años

 

Entre los oficios y profesiones unas gozan de máxima estima y honores en nuestra sociedad. Las razones son históricas, culturales, académicas. Si son justas o no, es tema aparte. Existen aunque no pocas veces sus oficiantes contradicen la dignidad social que disfrutan. En esa taxonomía de las profesiones los médicos, los arquitectos, los abogados son la primera categoría. Luego vienen otras. De todas las demás no hablaré para no herir susceptibilidades y porque su jerarquía es menos clara. Fuera de ese escalón aparecen los pequeños oficios, los que probablemente nadie querría desempeñar, salvo vocaciones precoces o un padre en la actividad.

La jerarquía no es ficticia. Normalmente se asocia al dinero, a las consideraciones sociales, al prestigio que ostentan los títulos. Conociendo con el paso de los años a gente que desempeña unas y otras ocupaciones, tengo claros los criterios de mi amistad. Me honran estupendos amigos médicos, arquitectos, abogados. Algunos de tres o más décadas y a prueba de casi todo.

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