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Entradas con las etiquetas ‘Calidad de la educación’

Licenciaturas Mickey Mouse

En cadena española leo una situación que podría parecer simpática si no fuera una denuncia dramática. Una estudiante, Pok Wong, tomó el curso de “Estrategia en negocios internacionales” en la Universidad Anglia Ruskin, cuya dirección principal se asienta en Cambridge.

Decepcionada de la que, juzgó, mala calidad de la enseñanza, denunció a la universidad por “incumplimiento del contrato y tergiversación fraudulenta”, dado que no es, como profesa, un “centro de excelencia reconocido”.

El hecho ocurrió en 2013. La señorita Wong obtuvo su título, pero, dijo: “es un título de Mickey Mouse”. Y advirtió que las universidades deberían tener más cuidado con sus promesas.

El litigio culminó con un acuerdo entre Pok y la Universidad, mediante el cual recibirá como compensación 70 mil euros.

Algunos suponen que la victoria de la estudiante podría ser el punto de partida para que otros realicen maniobras legales semejantes y denuncien a sus universidades por faltar a sus promesas de “alta calidad en la enseñanza”.

No quiero hacer comparaciones odiosas, ni entre alumnos, maestros o universidades. Solo quería consignar el hecho en un día donde me hacía falta encontrarme con un gesto de digna indignación.

La nueva educación: ¿de calidad o excelencia?

La iniciativa enviada por el presidente de la República para la reforma constitucional de los artículos 3º, 31 y 73 introdujo conceptos o elementos novedosos, omitió aspectos torales y abrió un proceso inusitado de debate convocado por el Congreso de la Unión en forma de audiencias públicas con participación plural de distintos actores, así como en otras instancias, entre ellas, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

Novedosa es la propuesta anticipada por el senador Martí Batres para establecer la obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza superior, cuya puesta en marcha requeriría un monto que Imanol Ordorika estima en 14 mil millones de pesos, que las instituciones públicas dejarían de percibir por las cuotas que pagan los estudiantes. Nueva, y grave, es la omisión de la educación inicial como parte del sistema educativo.

La supresión más delicada y potencialmente peligrosa es la de la autonomía universitaria, suprimida inexplicablemente del texto constitucional, que ni los gobiernos más represores en el país se atrevieron a tocar.

En afán de desmarcarse y trazar un punto y aparte con la reforma alentada por el Pacto por México, decidieron trocar los conceptos para adjetivar la educación: de la calidad, a la excelencia. Así está presente en la exposición de motivos, y en la redacción propuesta para el artículo 3º, desde el primer párrafo, como uno de los principios que deben caracterizar la educación, junto con los de universal, gratuita, laica, obligatoria, democrática, integral y equitativa.

Si bien el término calidad, con sus ambigüedades, resulta controvertido, ha sido paulatinamente aceptado en el contexto internacional como un concepto amplio que puede explicarse a partir de algunas dimensiones, como relevancia, eficacia, pertinencia y equidad. El término “excelencia”, por su parte, es menos aceptado y ampliamente refutado.

Pablo Latapí Sarre, en ocasión de la memorable conferencia que presentó cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, en febrero de 2006, disertó sobre el tema. Su discurso, publicado en libro de colección, se titula: Una buena educación: reflexiones sobre la calidad.

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El absurdo de las tareas escolares irrelevantes

07-06-16-tareasUna querida colega, irritada, me confiesa: ¡es absurda la cantidad de tareas que deben llevar los hijos a casa! Entre paréntesis debo agregar: los suyos, como los míos, estudian en distintos colegios de paga; así que el incordio no es generalizable pero sí bastante común.

Por ese tipo de razones sostengo, tiempo atrás, que la escuela debe cambiar primero reformando la manera en que estamos pensándola y diseñándola. Entiéndase entonces el contenido de este artículo: no es la crítica a una, dos, tres escuelas, sino a una concepción que permea de forma casi generalizada y no admite alternativas.

Hecha la advertencia, explico una veta: a las 7 de la mañana estamos dejando a los hijos en la escuela para salir a las 14 horas (o más). Con tiempos justos, entre el traslado y la comida, a las 15:30 o 16 horas estarán terminando su comida. La cordura impondría un poco de reposo, pero a veces no se puede, porque hay actividades vespertinas, deportivas o de otros tipos, unas obligatorias por la escuela, otras que decidimos en casa.

Si solo tienen una actividad extracurricular, a las 6 regresamos, a bañarse o directo a las tareas. Una o dos horas, aunque, según contaba una profesora universitaria, su hijo, en secundaria tenía más actividades que los alumnos en la universidad y su jornada se prolongaba hasta la noche.

Con moderación, a las 19 o 20 horas los hijos estarán libres para cumplir el más sagrado de sus derechos: ser niños, esto es, para jugar, husmear, inventar, ver la televisión, sin mandatos externos, sin orientaciones ni prescripciones, eligiendo lo que ellos quieran. Sí, tienen menos tiempo libre que nosotros, ya lo recordarán los de mi edad y cercanos. Luego, cenar y dormir. Y así, cada día o casi todos los días, 200 al año.

Las comparaciones son odiosas, dicen, pero inevitables, y necesarias a veces. Un documental breve que circula en redes sociales de Michael Moore cuenta la visita a Finlandia para conocer por qué los habitantes de ese país sorprendieron al mundo con sus resultados escolares, y porque se le considera uno de los referentes mundiales.

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DE LAS CALIFICACIONES EN LA ESCUELA

Esta tarde pasé por el colegio de Mariana Belén para recoger sus calificaciones del primer bimestre en el cuarto año de primaria.

Camino a casa, con la sonrisa por los resultados, divagué acerca de las conversaciones que solemos tener en las mañanas. Le inquieta el valor que tienen las calificaciones y yo, no me canso de repetirle, con palabras diferentes y buscando nuevas argumentaciones, que sacar 10 no es el motivo más importante, que el 10 no es la medida del éxito escolar que persigo en la escuela, ni para ella ni para su hermano. Que un 10, obtenido sin el máximo esfuerzo y aprendizajes, no merece aplausos o felicitaciones. Así pienso que debería funcionar la escuela.

Es verdad, en esta época en que la escuela pondera las estrellas, las competencias y la competitividad, el individualismo o las medallas de oro en lectura, hay que tener mucho cuidado en el mensaje para no provocar disonancias incapaces de resolver los niños con sus medios.

A contracorriente, le insisto, no tengo obsesión por hijos de 10 en las escuela, o máximas calificaciones con esfuerzos regateados, ni quiero como meta ser mejores que los demás. La medida de la comparación es siempre uno mismo, si se trata de compararse.

La educación, si la entendemos como el proceso de formación de las personas y no se reduce a la escuela, trabaja con personas y no con objetos o mercancías, por tanto, es mucho más compleja e interesante, más delicada y requiere de un sentido común que hoy es elementalmente escaso.

PREGUNTAS INQUIETANTES. DIÁLOGO CON ABELARDO AHUMADA

En su columna “Periscopio” del 7 de agosto, el estimado Abelardo Ahumada externa dos preguntas pertinentes e invita a un diálogo con respuestas novedosas. Lo acepto, y aunque no estoy seguro de cumplir su condición, conviene seguir tejiendo en esa materia: la educación de los jóvenes, sus perspectivas a la puerta de los estudios superiores, así como el papel de las instituciones y el Estado.

Estoy de acuerdo con Abelardo: se precisan nuevas respuestas. Agrego: también otras formas de plantear el tema del ingreso a los estudios universitarios, distintas a como encaró históricamente el Estado mexicano el derecho a la educación superior, consagrado en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mantener el tratamiento no resolverá el problema, porque las becas no son la solución estructural, sino la obligación mínima de los Estados frente a sociedades pobres y excluyentes.

Las preguntas de Abelardo son provocadoras para la reflexión. Primera: “Si fueron mil profesores los que presentaron a examen de oposición para disputar sólo seis plazas nuevas, ¿seguirán permitiendo las autoridades que el Isenco siga abierto y produciendo cada año decenas de nuevos candidatos al desempleo?”. Como no soy autoridad, no la responderé, y no sé que piensan ellas. Propongo otra manera de verlo a partir de una pregunta: ¿está cubierto en Colima el derecho a la educación constitucionalmente obligatoria? La respuesta es contundente y simple de expresar: no. Ni en Colima ni en el país. No en preescolar, tampoco en media superior, y la sangría que experimentan primaria y sobre todo secundaria es preocupante. Las cifras las leo en la estadística de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y en la SEP.

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