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ROBERTO BOLAÑO

Esta tarde, en un intento de olvidarme del mundo y sus pandemias, busqué al azar algún programa o concierto que me distrajera mientras llega la hora de dormirme. En YouTube encontré una entrevista al escritor chileno Roberto Bolaño. No sé porqué apareció. Dudé. La dejé correr unos minutos; total, si no me gusta, la cambio. El sol moría con sus últimos destellos rojizos cuando escuché la lectura de un poema de Gabriela Mistral. Luego, el entrevistador presentó al escritor fallecido a los 50 años. Se trata de una conversación en la feria del libro de Santiago, Chile, cuatro años antes del triste desenlace. Me deslumbró la concisa lucidez de Bolaño, su sapiencia y la serenidad con la cual hilaba respuestas, sin alardes ni florituras. No lo he leído y no me ruboriza confesarlo, pues aunque innumerables veces encontré alguno de sus libros en mis paseos por librerías, nunca tuve ganas de comprarlo. Esta vez sucedió lo que casi nunca. Primero leí los libros, luego tuve oportunidad de escuchar a sus autores. Ahora será distinto. No pronto, pero lo leeré. Elegí ya “Los detectives salvajes”.

No me olvidé del mundo, ni de las pandemias, ni los malos pensamientos. Ni será una noche menos amarga. Pero el tiempo pasó y cumplí mi objetivo.

 

 

Libertad de movimiento

antonioskarmeta2Conocí a Antonio Skármeta a principios de los años noventa. El escritor chileno, nacido en Antofagasta, vivía momentos jubilosos con Ardiente paciencia, libro dedicado a Pablo Neruda, convertido en una bellísima película italiana con el título de Il postino o El cartero de Neruda.

La mañana en que Skármeta estaría en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM llegué más temprano de lo habitual. Busqué de inmediato el acceso al aula magna y todavía con muchos asientos vacíos elegí uno cerca del fondo. Allí aguardé paciente. La imagen del escritor en su arribo se me grabó para siempre. Su mirada tranquila tras las gafas, con la sonrisa bonachona desataron una bienvenida con aplausos y gritos amistosos, mientras él recorría con la vista el auditorio, depositaba sus libros en la mesa y agradecía la calidez. Se sentó y no recuerdo mucho más, excepto aquel sentimiento de orgullo por el privilegio de haber conocido en la UNAM, en tan poco tiempo, a personajes como Mario Benedetti o Carlos Fuentes.

A partir de aquel encuentro con la literatura de Skármeta leí, sigo leyendo toda la obra suya que conozco o tengo al alcance. Y casi siempre me reconforta con la escritura, con la vida, con ciertos sentimientos que no sé describir pero que experimento en sus obras, que pueden ser desgraciadas, pero no me sumen en la tristeza porque dejan abierto los hilitos para seguir sonriendo, como en Los días del arcoíris.

El más reciente libro es una colección de relatos cortos llamado Libertad de movimiento. Historias de chilenos que se van de su país o retornan, con matices humorísticos, dulcemente amorosos o irónicamente críticos. Un texto para disfrutar en pocas horas pero que vale la pena no agotarse de un solo trago, para seguir saboreando la alegría de palabras vivificantes.

Si piden elegir, me quedo con el primero de los cuentos. La historia de un niño de doce años con el corazón destrozado, obligado por la familia a volver de Buenos Aires a Santiago, que sueña con la madre y la hermana de su mejor amigo, mientras ellas le piden regresar cuando tenga veintiún años y bigote. Un escritor amado al que honro por sus profundos sentidos del amor y del humor.

INDECENCIA Y AGUANTE DE CLASE MUNDIAL

Nuestros niveles de decencia (o indecencia) son asombrosos; y la capacidad de aguante en la raza nacional, infinita.

En Japón no anduvieron por las ramas ante la sombra de duda en el arreglo de partidos de fútbol, en los que aparecía implicado su entrenador nacional, el mexicano Javier Aguirre. El hoy ex entrenador está en serios problemas legales; y los nipones, con la honra a salvo en la materia.

En Chile, frente a un escándalo que implicaba a la esposa e hijo de la presidenta Bachelet, la conclusión es la esperable en sociedades donde impera la decencia. El nene renunció. La presidenta declaró, firme pero compungida: es mi hijo y me duele, pero como presidenta, aquí la línea es pareja. Palabras más, palabras menos.

En México los casos se suman y se suman. Solo en este sexenio la cifra es escandalosa, de la Casa Blanca presidencial al helicóptero de la CONAGUA. Y de aquí nadie sea ha ido, nadie se fue y, por lo visto, nadie se irá, ni será expulsado.

Chile: rumbo al Primer Mundo

Chile había comprado boleto al Primer Mundo, según Andrés Oppenheimer. Subió al avión con apenas una porción minoritaria de su población y mientras unos pocos despertaron en el Palacio de La Moneda o en las grandes capitales del orbe, la mayoría, millones de chilenos, estaban en las calles protestando por el sueño falso, con una mezcla de rabia y dignidad.

Andrés Oppenheimer, según la solapa del libro que comento, es “uno de los periodistas más influyentes de la lengua española”. Con importantes reconocimientos y una vasta experiencia en medios estadounidenses e ingleses, ha escrito también ya varios libros, el más reciente (o uno de sus más recientes) “¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves del futuro”. Presumía, como Francis Fukuyama, poseer la varita mágica para enterrar la historia y salvarnos del atraso intelectual.

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El movimiento estudiantil chileno y sus enseñanzas

Chile, el laboratorio más avanzado de las políticas neoliberales, orgullo del Fondo Monetario Internacional, parece hoy el laboratorio más perfecto para experimentar en campo ajeno. Las lecciones que de allí se desprenden son una hipótesis sobre el futuro posible o indeseable. En el centro de los cuestionamientos del movimiento estudiantil está la enseñanza superior, presa de tendencias a las que se suma nuestro país desde hace algunos años.

En México se analizan en estos días, en diversos espacios, temas álgidos, como el derecho a la educación y el presupuesto para la enseñanza, especialmente para las universidades públicas. Ambos tienen su especificidad, pero también lazos imposibles de disolver: de los recursos depende, en buena medida, una educación de calidad para todos.

Los jóvenes chilenos protestan porque el progreso económico en sus grandes indicadores no se tradujo en una sociedad equitativa. ¿Qué quieren los estudiantes y una porción considerable de la sociedad chilenas? Exigen derecho a una buena educación, mayor inyección de recursos públicos al sistema escolar, ayudas a estudiantes, más acceso a las universidades, no promover una educación elitista y excluyente, y sí otra que sea una plataforma de movilidad social.

Los rectores de las universidades públicas mexicanas están demandando, como el movimiento social chileno, presupuesto y una comprensión distinta de la educación pública. Aquí, como allá, el fondo no es de dinero, es de proyectos; no es de economía, es de ética. Lo que está en juego es la contestación a preguntas como qué tipo de nación queremos, qué tipo de mexicanas y mexicanos vamos a formar. De las respuestas dependerá el país del presente pero, sobre todo, el que seremos en 20 años.

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