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Entradas con las etiquetas ‘Ciudad educadora’

Recuperar las calles

Nlogo-delegacion-derecha21o soy el alcalde de la ciudad, no lo seré, no tengo posibilidades ni pretensiones de serlo jamás, pero si lo fuera, o me preguntaran, no lo dudaría: cerremos las calles del centro de la ciudad, de las ciudades, de los pueblos. Con consensos, diálogo y proyectos, democráticamente, pensando en futuros mejores.

Sí, cerremos las calles al tráfico de vehículos, hagamos avenidas peatonales, sitios para caminar tranquila y gozosamente en las mañanas o en las tardes. Sembremos árboles allí donde hoy tenemos baches o adoquines, y pongamos bancas, jardines, flores. Llenemos de sombras y gente.

Recuperemos la ciudad para los niños, los viejos, para nosotros, los adultos que precisamos caminar más y estar menos tiempo frente a la televisión o la pantalla de la computadora.

Enterremos, con la fuerza de la razón, este vicio nuestro de llegar a todas partes en auto, de pararnos hasta la puerta y evitar el menor esfuerzo, estacionarnos en doble fila e irrespetar al peatón.

Aprendamos a conocer la ciudad, a reconocerla a través de nuestros pies. Por supuesto, tenemos el derecho de transitar libremente sin el temor de ser arrollados, pero también la obligación de respetar las calles, de mantenerlas limpias, de conservar lo que estando allí es público pero tiene dueño: todos, los que somos y los que vendrán.

Cerremos las calles de las ciudades y de los pueblos, para que abramos los ojos y volvamos a mirar lo que vimos antes, lo que muchos niños hoy no pueden ver.

Cambiemos el ruido y el humo de los motores por las risas de los niños y el aroma de los cafés, los gritos de la gente, y regresemos la vista cuando salimos de allí para desear volver mañana o el siguiente fin de semana.

Conquistemos las calles de la ciudad para la gente, reconquistemos el derecho y la posibilidad de educarnos a nosotros, a los niños. Hagamos una ciudad limpia, amable y educadora, y no solo de concreto, para motores. Revitalicemos las ciudades, repintemos el paisaje, humanicemos las calles.

 

¿CAÍDA LIBRE?

Casi todos los días viajo de mi lugar de trabajo, en el campus Villa de Álvarez de la Universidad de Colima, a la escuela de mis hijos. La ruta habitual en cierta hora pasa por la escuela secundaria Enrique Corona Morfín, y con frecuencia me detiene el tráfico de estudiantes que llegan o salen. A esas horas, en mediodías calientes y muy transitados, con la cabeza ocupada, acostumbro no perder la mirada en la avenida, y sólo en los altos observo el andar de gente y autos. La figura de hombres vestidos totalmente de negro, pertenecientes a la policía estatal, es parte del paisaje justo enfrente de la secundaria.

Los he visto muchas veces, parados en el camellón, con sus armas bastantes visibles, intimidantes, aunque nos hemos acostumbrado a esa postal que recuerda que no vivimos en una sociedad tan segura como desearíamos todos. Nunca reflexioné en ellos hasta hoy que el agente de vialidad me detuvo y esperé cuatro minutos a que pasaron los muchachos de ambos lados.

Estaba el policía de espaldas a mi auto, ancho, más alto de lo normal en estos lares. Mirándolo en esos fugaces momentos me vinieron preguntas a la cabeza, sombrías, desanimadas: ¿por qué nos hemos acostumbrado a verlos aquí, o en otros escuelas (supongo) a la hora en que salen o ingresan los niños de la escuela? ¿Somos conscientes de lo que significa su presencia allí? ¿Realmente nos dan seguridad, o simplemente constatan que la maldad sigue ganando la batalla, porque el miedo se instaló en lo más profundo de cada una, cada uno?

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DEFENDER LA CIUDAD RECUPERÁNDOLA

Leyendo el libro “Apuntes sobre educación” (Buenos Aires, Losada, 2012), del pedagogo italiano Francesco Tonucci, recordé las sensaciones que me produjeron las populosas calles de la ciudad argentina de Córdoba, por lo menos en la zona que habité: que las ciudades en manos de los ciudadanos que las transitan, se ejercitan, toman café o mate en las aceras, son ciudades menos proclives a la violencia. No es que Córdoba sea un paraíso de la convivencia, pero es que ciudades en manos de ciudadanos no estarán en manos de los delincuentes o las organizaciones criminales, o serán menos vulnerables.

El libro de Tonucci es un repaso de la educación y la vida en las ciudades a partir de los puntos de vista de los niños; eso lo hace un objeto preciado. No es solo la sabiduría de un viejo maestro, sino las opiniones que recogió en ciudades italianas y argentinas conversando con niños, complementadas con las curiosas preguntas que el propio Tonucci nos asesta para ponernos de cabeza y cuestionarnos las creencias que damos por sentadas de una vez y para siempre.

Tonucci nos recuerda que hay dos maneras de trabajar por la seguridad de una ciudad: con los sistemas de defensa (policías, alarmas, sistemas de vigilancia, cámaras, armas, patrullas), o con la participación ciudadana. La primera es ineficiente e insuficiente. Los ejemplos abundan, pero quizá el mejor caso (peor por sus efectos) sean los Estados Unidos. Enormes gastos militares, ejércitos poderosos aparcados en todas las esquinas del mundo, policías modernas, entrenadas, ciudadanos armados… y los resultados son cruentos. Ejemplifica: en 2001 murieron tres mil personas en las Torres Gemelas, pero treinta mil por armas de fuego.

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COLIMA: CIUDAD EDUCADORA

AICEEl fin de semana leí el libro Escuela ciudadana y Ciudad educadora en el marco del Bicentenario, un documento que contiene las conferencias magistrales, paneles y talleres del VI Foro que organizaron varias organizaciones educativas y sociales en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en octubre de 2010.

La iniciativa de los seis foros, realizados en distintas ciudades del conurbano conocido como Gran Buenos Aires, remite a conceptos clásicos: escuela ciudadana y ciudad educadora, inspirados en Paulo Freire y en la Asociación Internacional de Ciudades Educadoras; un movimiento nacido en 1990 en Barcelona bajo el liderazgo del alcalde Maragal con motivo del I Encuentro Internacional de Ciudades Educadoras, formalizado en Bolonia cuatro años después.

A la fecha son más de 400 ciudades del mundo las que pertenecen a esta red de gobiernos locales. En la región América Latina (con sede en Rosario, Argentina) son 13 países y 61 ciudades asociadas. México, Argentina y Brasil tienen el mayor número: 15 cada una. De nuestro país, entre otras, forman parte Cozumel, Ecatepec, Isla Mujeres, León, Guadalajara, Playa del Carmen y Tenancingo.

“Ninguna ciudad es esencialmente educadora per se, sino que deviene educadora a partir de su manifiesta intencionalidad”, afirma Analía Brarda, coordinadora técnica de Ciudades Educadoras en América Latina. No son las escuelas lo que las convierten en educadoras, sino la integración entre gobierno, sistemas escolares, instituciones sociales y los ciudadanos, con una nueva concepción y una práctica radicalmente diferentes. Así lo explica Moacir Gadotti: “Es la ciudad, como espacio de cultura, la que educa a la escuela y es la escuela, como palco del espectáculo de la vida, la que educa a la ciudad”.

La organización tiene un documento fundacional, la Carta de las Ciudades Educadoras, que describe los principios y compromisos de las adherentes. Sus objetivos son: promover el cumplimiento de los principios de la Carta, colaborar con otras ciudades, cooperar en proyectos y actividades con organizaciones de intereses afines,  profundizar el discurso de las Ciudades Educadores y realizar acciones directas, influir en la toma de decisiones de los gobiernos e instituciones internacionales en temas de interés para las Ciudades Educadoras así como dialogar y colaborar con organismos nacionales e internacionales.

Pero la membresía no es sólo un blasón, sino compromiso de alcance mayúsculo, progresivo por supuesto, que implica decisivas acciones gubernamentales de mediano y largo plazos con una indispensable colaboración ciudadana. El artículo 11 de la Carta es un buen ejemplo: “La ciudad deberá garantizar la calidad de vida de todos sus habitantes. Ello supone el equilibrio con el entorno natural, el derecho a un medio ambiente saludable, además del derecho a la vivienda, al trabajo, al esparcimiento y al transporte público, entre otros. A su vez, promoverá activamente la educación para la salud y la participación de todos sus habitantes en buenas prácticas de desarrollo sostenible”.

Entre las ventajas de pertenencia a la Asociación aparecen: formar parte de un conjunto de ciudades con una filosofía común que impulsen proyectos basados en la Carta; mostrar la ciudad, programas, experiencias y aportes a través de un Banco Internacional de Documentación; ser parte de la Asamblea General y contribuir  al desarrollo de la organización; pertenecer a redes territoriales y temáticas y tener acceso a información sobre programas, iniciativas y recursos de organismos internacionales, como la UNESCO, la Unión Europea o la Organización de Estados Iberoamericanos.

La capital de nuestro estado, Colima, podría enriquecerse y enriquecer con su experiencia a otras, participando en un foro de esta dimensión, dejando constancia de su compromiso porque la ciudad no sólo realice las funciones que le competen en los ámbitos político, económico, social y de prestación de servicios, sino también un decidido empeño por la formación y desarrollo de cada uno de sus habitantes, de los niños, jóvenes, adultos y ancianos. No únicamente de quienes asisten a la escuela.

El gobierno municipal, en manos del profesor Federico Rangel, dejaría magníficos precedentes con compromisos y acciones que transformaran el espacio urbano en una gran escuela abierta y ciudadana, porque una iniciativa de esa naturaleza (o en dirección semejante), bien planeada y mejor ejecutada, merecería la aprobación y la participación comunitarias.