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Nueva etapa en la UdeC

En veinte días la Universidad de Colima comenzará formalmente otra etapa en su historia, con el rectorado de Christian Torres. En una periodización distinta, basada en los acontecimientos mundiales y locales, esa etapa se podría ubicar nueve meses atrás, con el confinamiento que paralizó las actividades de más de 1,500 millones de estudiantes en la mayor parte de los países.

La pandemia exige a las universidades mexicanas replantearse a fondo en un escenario global y nacional inéditos, con factores que desafían su sobrevivencia, entre muchos, con el diseño de modelos pedagógicos alternativos, sin menoscabo de la calidad o el rigor formativo.

No será suficiente con las medidas anunciadas para mantener la continuidad a mitad del año pasado. Se requieren nuevas formas, no variaciones sobre el mismo molde, rebasado por las circunstancias desde hace tiempo, pero que la pandemia exhibió. El debate sobre el sentido de la universidad en el siglo XXI es anterior, pero cobra mayor relevancia hoy.

Un entorno económico precario reta a las universidades a cumplir sus funciones sin perspectivas de crecimiento presupuestal. Esa condición no es privativa de México, pero la petición que recientemente hizo el presidente de la República a las universidades, de aumentar la capacidad de ingreso de estudiantes, sin exigir más recursos, sino mejorando esquemas y reduciendo ineficiencia o despilfarro, deja claro que es vano esperar aumento de recursos financieros en el sexenio. Las universidades no podrán darle vuelta a este llamado, por la aprobación de la educación superior como derecho de los personas y obligación del Estado.

La Universidad de Colima habita la misma burbuja. La coyuntura del nuevo rectorado es una buena oportunidad para valoraciones profundas e identificar los logros, en especial durante la última década, así como los desafíos para construir la institución de calidad y avanzar en el tablero global de las instituciones educativas.

Los puntos cardinales del mapeo de problemas y avances son claros, desde mi punto de vista. Abrevio. El bachillerato como punto de partida de cualquier proceso de transformación de la Universidad, pues es de ahí de donde egresan la mayoría de sus estudiantes de licenciatura. Un salto cualitativo en la enseñanza superior, replanteando la formación con base en las necesidades sociales; el vertiginoso desarrollo científico, tecnológico y profesional, así como la vinculación con el mundo laboral.

En la investigación científica la Universidad tiene nichos de excelencia que debe consolidar, al mismo tiempo que empuja otros. El compromiso social de la Universidad, es decir, su tercera gran función sustantiva, la extensión y difusión de la cultura, precisa formas novedosas. Esta función implica que los beneficios del trabajo universitaria sean accesibles para la sociedad, con mecanismos no ensayados todavía.

En todos esos ámbitos, las lecciones de la experiencia aquí y en otras latitudes son inestimables. Habrá que abrevar de ellas con humildad y apertura, con ganas de inyectar vitalidad.

Todo eso será posible por la convocatoria del rector entrante a construir un proyecto de largo aliento, donde quepan todas las opiniones y se admitan distintas interpretaciones. Miguel Ángel Aguayo, en su rectorado, solía decir una frase que tiene mucho sentido: en la universidad cabe todo, menos lo absurdo. El proceso de confección del plan de desarrollo institucional será propicio para un acuerdo que renueve compromisos. El ejercicio a que convocó Carlos Salazar Silva es buena muestra.

Las finanzas de la Universidad son tema crucial, por lo dicho antes, y por el problema (también nacional) de las pensiones y jubilaciones que padecen varias universidades. Ingenio, honestidad, mucha capacidad y disciplina deben conducir el rediseño de las estrategias.

El nuevo rectorado es plataforma para la transformación que exigen las condiciones actuales. Será posible por el liderazgo del rector, su tino en la elección del equipo cercano y por la participación de quienes laboramos en la Universidad.

La responsabilidad no es sólo con el presente. La universidad es siempre un compromiso con el futuro. La universidad colimense de los próximos veinte años será producto de lo hecho en el rectorado que termina pero, sobre todo, de la historia que empezará a escribirse unos días antes, cuando se conforme el equipo que conducirá la Universidad en un momento incierto.

El nuevo gobernador(a) y la educación

Hace algunas semanas, en este mismo espacio, escribí sobre los candidatos al gobierno del estado de Colima y la relevancia que podría tener para ellos la educación. Entonces, sólo sabíamos quiénes tenían interés por ocupar una candidatura. Hoy, con las cartas sobre la mesa, es posible reflexionar con algunos elementos adicionales.

En la baraja muchos aspiran y algunos serán ungidos por sus partidos; pero con posibilidades de contender seriamente por la gubernatura, las opciones se reducen a los dedos de una mano, según creo.

En el orden que vienen a mi cabeza: Indira Vizcaíno, Mely Romero, Joel Padilla, Leoncio Morán y Virgilio Mendoza. Como sabemos, uno será descartado entre Joel y Virgilio; también, que Mely debe jugarse la nominación con Martha Sosa.

Sus trayectorias no se fraguaron cerca de la educación, con excepción de Joel Padilla, por el trabajo desarrollado en los Cendis, las prepas Tierra y Libertad y ahora la Universidad José Martí. Conoce el medio educativo local y de otros contextos, a través de las redes del Partido del Trabajo y su participación actual en la Comisión de Educación del Senado.

Indira, desde su cargo en la delegación de programas sociales, estuvo cerca de la apertura en Armería de la Universidad Benito Juárez, pero poco sabemos de lo que ahí sucede. Hace un año prometió que estaría listo el edificio en tres meses. No sucedió. Luego anunció que estaría en octubre, pero no hay registros en prensa al respecto.

En los otros candidatos no encuentro algún hecho relevante. De Virgilio y Locho Morán, como alcaldes, no hay algo digno de contar en sus gestiones. En general, los municipios se abstienen de participar en la función educativa, aunque el artículo tercero de la Constitución Política los hace corresponsables. La mira de Mely ha estado en otros terrenos, próximos a su origen partidario.

Por supuesto, a Joel su cercanía con la educación no le concede ventajas con el sector magisterial, ni a los otros los castiga en el mismo sentido. Sí tengo claro, en cambio, que la educación ha sido el trampolín desde el cual se ha proyectado el actual senador Padilla, y que difícilmente veríamos un menosprecio al gremio y a la educación.

Es temprano todavía para más juicios; primero, veremos el arranque de las campañas y los pronunciamientos. Ojalá ahí los candidatos (y candidatas) ofrezcan propuestas frescas e innovadoras, capaces de transformar al sector, porque Colima puede ser un estado modelo en educación. Y ella puede ser detonante del desarrollo en distintos ámbitos. Veremos si se aprovecha o perderemos una década crucial después de la pandemia.

Tengo COVID-19

Hoy recibí un correo por email. Más que correo, era una carta. La abrí con gusto, porque el remitente es buen amigo. La semana pasado tomamos un café juntos; él uno, yo otro, por supuesto. Me resistía a encontrarlo en persona, pero me lo pidió con insistencia. Apelando a la amistad, le conté que no quería salir, que prefería resolver nuestro asunto por teléfono. Que no quiero salir y prefiero cuidarme, que el coronavirus no es un invento, o si lo es, que prefiero no averiguarlo en carne propia, o que firmen un acta de defunción con mi nombre. Insistió; con pena, acepté. Estuvimos un par de horas, a la distancia que nos permitía la mesita de la plaza. Bebimos un café, luego otro; pedí también agua mineral. Desgranamos recuerdos, conversamos gozosos. Nos despedimos. Prometimos encontrarnos pronto.

Hoy recibí su correo, ya lo dije. No tengo la palabra precisa para definir mis sentimientos. Me cuenta que ayer, después de algunos malestares, se hizo una prueba para descartar COVID-19. Así lo dijo. Se había cuidado; me enfatizó. Y sus amigos y contactos con quienes se reunió, le confesaron que estuvieron todo el tiempo con precauciones. Cuando leí ese pasaje advertí lo que venía. La vena en mi sien izquierda se encendió; abrí los ojos y corrí más aprisa por entre las palabras.

Tengo COVID-19. Dijo eso y sentí un latigazo brutal en la espalda. Luego ya no, el latigazo cayó sobre mi cabeza, bajó al estómago y salió por mis piernas dejándolas heladas. Tengo COVID-19. Releí. Era cierto. Cerré los ojos y lo maldije. La puta madre… paré.

Volví a la lectura. Estoy en cuarentena, siguió. Perdóname. Perdóname totalmente. No sabía. Yo creí que estaba bien y creí que mis amigos también. Todos se estaban cuidando. Dijeron. Todos se están cuidando. Pero algo pasó, me dijo. Yo volví a las palabras altisonantes. Por favor, suplicó, hazte la prueba y que Dios te bendiga. Lo estoy pasando muy mal y ya me buscan espacio en un hospital…

No quise leer más. Cerré la computadora. Un frío me corrió por la espalda. Quise pensar que soñaba y despertaría al abrir los ojos. Quise llorar para espantar la imagen que me venía. Quise pero no pude; un temblor me rompió equilibrios.

No, por suerte, la carta no es real. Pero pudo ser. Podría ser. La escribí esperando que alguien después de leerla se abstenga de la pinche necesidad de salir de casa nomás porque está enfadado o ya se cansó. Ojalá nadie reciba un mensaje así. Ojalá.

Humor perro

Colima Noticias, portal de periodismo local, me regala esta tarde una nota que no sé cómo interpretar desde el sentimiento. No sé, lo confieso sin mala onda, si reírme o llorar. Dice la nota que en playas de Tecomán no habrá servicio de salvavidas en las próximas semanas “porque las playas están cerradas”.

Por fin alguien resolvió mi duda, porque la Secretaría de Salud, muy responsablemente, no se ha detenido en mi pinche pregunta para contestarme en Twitter lo que ya hizo el director de Protección Civil de aquel municipio.

Zanjada esa duda presocrática, entonces vinieron otras: ¿si está prohibido el acceso a las playas para bañarse, porque se siguen ahogando, o casi? ¿A quién le toca vigilar? ¿Hay que confiar de nuevo en el pueblo sabio y bueno (y desmadroso e irresponsable)? ¿Si está prohibido, pero la gente sigue yendo a la playa a bañarse, y la gente lo sabe, porque los “ramaderos” reclaman servicio de guardavidas, y todo mundo lo sabe, en algún momento alguien tendrá la determinación de actuar?

¿Seguiremos jugando a ser responsables: el gobierno tapándose los ojos y los ciudadanos exhibiendo miseria en la materia?

Otro día negro

Otra vez se rompió el récord de infecciones por día en México. En el mundo sucedió lo mismo, con infectados y fallecidos.

Si la nueva ola está resultando más fatídica que la primera, lo que viene en enero puede ser peor. En Colima la gente parece respirar con calma, pues ven cierto control de los números oficiales, pero es engañoso. Los hoteleros de Manzanillo sonríen porque se incrementa la ocupación, así, garantizan que en semanas aumente la ocupación en hospitales y funerarias.

En Colima fuimos en la cola siempre, en infectados y fallecidos; en algunas semanas subiremos de nueva cuenta y, si se repiten patrones, el sistema sanitario colapsará.

Cuando más determinación de las partes se necesita, los mensajes oficiales siguen contradictorios, como el dislate del doctor López-Gatell, desdeñando el semáforo epidemiológico para aplicarlo en Ciudad de México.

Las variables se mantienen, por eso los resultados: irresponsabilidad ciudadana y torpeza gubernamental. La pandemia de la muerte cabalga más viva que nunca. Ella sí puede decir, si fuera político: vamos muy bien.