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Cansancios felices

Estoy agotado, y apenamos rebasamos el mediodía del sábado previo al comienzo de este ciclo escolar incierto e insólito. La mañana fue intensa con el cierre de un curso doctoral y luego el registro del capítulo para un libro, del que hace dos meses no tenía planes.

El trabajo académico es desgastante, aunque haya quien piensa que estar sentado, como ahora, es cómodo y sin complicaciones. La docencia cansa, pero hay tipos de cansancio: el estéril e improductivo, de las instituciones que consumen la energía, que procuran tener la moral por los suelos entre sus profesores, con directores autoritarios e insensibles, con acuerdos que no se cumplen y apoyos que nunca llegan, con burocracias empeñadas en meter a la docencia en una tabla de Excel hasta el mínimo detalle. Pero hay otro tipo, el cansancio del colegiado estimulante, de acuerdos que se siguen, de ilusiones que se renueva, el que no evade los retos del aula y despierta con renovadas energías.

Estoy cansado pero el mío es de este segundo tipo. Es más, estoy exultante, porque luego de un reposo empezaré a revisar las primeras pruebas del libro conmemorativo por los 35 años de Pedagogía en la Universidad de Colima. Y por si me faltaran motivos, ya concretamos, por fin, las primeras tres fechas para presentar nuestro libro Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima. Serán dos el 5 de octubre, Día Mundial del Docente, y la tercera el 8, en la Universidad Multitécnica Profesional.

Cansancios felices, así podría titular esta página del Diario, aunque parezca paradójico.

La crueldad del fútbol: ¡adiós, Luis!

Este mediodía observé el video de 3 minutos con la despedida de Luis Suárez del Barcelona. Me conmovieron las palabras y la imagen.

Suárez llegó al club después de un escándalo mundial, cuando casi nadie sacaba la cara por él. Cuando todos juzgábamos con dureza su mordisco a un compañero de profesión. Entonces, el presidente de su país, Pepe Mujica, lo “bancó” retratando al ser humano, al muchacho sencillo y auténtico.

A pesar de la animadversión que generó, el Barça confío, lo contrató y en seis años se convirtió en el tercer mejor goleador de su historia, formando una alianza temible con Leo Messi en la cancha, sellada por una amistad familiar envidiable.

Con la llegada del nuevo director técnico, como sucedió muchas veces en la historia interminable del deporte negocio, se decidió que Luis no cabe más en el equipo.

Hoy se despidió y su salida será un episodio más de la crueldad del fútbol, una poderosa maquinaria de dinero, poder y corrupción. En su discurso de despedida, Luis recordó que no se va sólo el 9 del Barça, también una persona, un ser humano con familia e ilusiones, que lo pasó mal en momentos, pero preferirá los recuerdos maravillosos.

Aficionado al Barça, habría preferido seguir viendo en la cancha a Luis junto a Messi, pero no sucederá más. No volveré a cantar sus goles que, a veces, disfruté más que los de Messi, cuando los errores eran más que sus aciertos y necesitaba el alimento del goleador.

¡Adiós, Luis! Gracias por los 198 goles y tantas alegrías durante seis años inolvidables.

Las siestas y yo

No tengo buena relación con las siestas. A pesar de sus beneficios, confirmados por expertos y usuarios felices, mi romance con la siesta duró menos que los peces de hielo en el whisky de Joaquín Sabina. Las veces que lo intenté, el despertar fue amargo, peor que la intención.

Después de varios días de insomnio, hoy, cerca del mediodía, luego de terminar la conferencia que presentaré mañana, no pude más y cuando había rebasado 30 minutos de lectura, decidí que debía parar, escapar del trajín y continuar. El tío del espejo no me deja mentir.

La cosa no fue tersa. Primero, me costó mucho tiempo, bueno, un cuento de Juan Villoro de 57 páginas, así que fue tiempo bien invertido, pero que debía ocupar en otros menesteres. El despertar, una hora después, fue recibido con salvas en mi primer acto consciente, como el segundo despertar maravilloso de un día, pero con el paso de las horas, volvimos a la fría relación y aquí estoy, a las 20:59 h., apenas, tratando de escribir la página de mi Diario, leer los 35 minutos programados en lengua extranjera y el repaso preliminar de la conferencia.

No, no cabe duda que las disociaciones entre el cerebro y el cuerpo, o el corazón y la mente a veces son irreconciliables.

Lunes al sol

Hoy entregué para su primera revisión el capítulo de un libro. Es el cuarto de este largo confinamiento. El primero fue colectivo y mi participación secundaria. Uno lo había comenzado el año anterior y los dos restantes no estaban ni en proyecto cuando preparaba la agenda anual.

Concluir un proyecto es siempre satisfactorio, pero si el resultado complace al juez interior, la alegría es más completa. Contarlo no es un acto de fatuidad, aunque pueda interpretarse así. Si el lector lo cree, no refutaré.

Este es un Diario, el recuento personal de casi todos los días, y terminar el capítulo de un libro no es tarea irrelevante ni frecuente. No pasa todos los días, ni cada semana.

Llegar a ese resultado es posible después de muchas horas, unas tangibles, traducidas en una veintena de hojas, pero antes, en la idea que da vida a todo lo demás. No sé qué me complace más: parir la idea o escribir las veinte páginas que la concretan.

Mañana o pasado, algún día después, recibiré el juicio sobre el capítulo del libro. Por hoy, ha sido suficiente.

La vida no depende de escribir libros o capítulos, pero a veces, es lo que salva la suerte de cada día.

Senderos de la luna

Ayer por la tarde Salvador Alejandro me regaló su libro Senderos de la luna, apenas publicado.

Me alegró mucho leer su buena noticia pocos días antes, cuando lo anunció en Facebook. No creí que lo tendría tan pronto, así que lo agradezco doble.

Salvador Alejandro fue estudiante de Pedagogía en la Universidad de Colima, donde lo conocí y tuve oportunidad de conversar en varias ocasiones. Es una buena persona y amigo generoso, inquieto y valiente.

Leí hoy al comenzar la tarde su libro de poesía y reflexiones. Me sorprendió la frescura de algunos de sus versos, aunque no me concedo libertad para juicios poéticos, más allá de los que me producen las palabras que los escritores y poetas vacían al impulso de sus sentimientos.

Celebro que un chico joven se trace objetivos y los cumpla, que eluda timideces. Esta mañana, en mi curso, justamente hablaba de eso, de que la educación, como bien enseña Nuccio Ordine, no consiste en engordar pollos sino en formar herejes, esto es, personas que eviten los caminos trillados y tracen los propios, que se propongan itinerarios y se atrevan a recorrerlos.

En eso creo, por eso celebro la obra de Salvador Alejandro. La primera, porque estoy seguro de que llegarán otras, cada día mejores.