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Días con magia

Algunas mañanas abro la puerta de mi estudio. A veces escucho, involuntariamente, las clases de Mariana, cuando no usa audífonos; o sus participaciones.

Así sucedió una mañana hace algunas semanas. Me sorprendió el tono y el contenido. Me asomé a la puerta con discreción y la vi absorta. La dejé y volví a mi silla. Al terminar la jornada le pregunté por aquello que había escuchado. Es un monólogo, me dijo. Me gustó, me gustó mucho, respondí. Aparentó no darle importancia. Entonces le propuse publicarlo. Se lo pedí para leerlo con calma y accedió.

Estuvo guardado en mi pantalla hasta que la semana pasada lo retomé. Corregí pocos detalles: alguna repetición, eliminé dos o tres palabras, puse un punto. La tarea normal de corrección. Se lo pasé y pedí su aprobación. Sí, si te parece, publícalo.

Hoy, en el portal de El Centinela, donde colaboro semanalmente, apareció y me sentí muy contento de ver su historia y luego, en Facebook, leer comentarios, palabras de aliento y felicitaciones para Mariana Belén.

No, no heredó nada mío. No tengo mayor mérito. Lo suyo fue creación pura. Lo mío es distinto. Es ella, sólo ella quien marcará metas y límites. Yo la seguiré, aplaudiré y festejaré cada pequeña o gran victoria. Seré el más orgulloso de los padres. Siempre. Y cuando el resultado sea distinto, estaré dos veces, las que sea necesario.

Nuevo semestre en la Universidad

Comienza un nuevo semestre en la Universidad de Colima. Como desde hace tres años, coordinaré el curso de Gestión y administración de la educación superior con un grupo de estudiantes de tercer año de la carrera de Pedagogía.

Son 24 los inscritos en este ciclo y espero que el trabajo vía remota, mejorado con la experiencia de los meses del largo confinamiento, produzca aprendizajes valiosos para los muchachos.

Me parece que el semestre anterior los resultados fueron más positivos que cuando volvimos después del parón, así que ahora, en un horizonte igualmente complejo, confío en que sigamos avanzando.

En estas semanas, cuando abrimos nuevos cursos y conocemos otros estudiantes, con la expectativa del semestre naciente, me gusta pensar cosas distintas a lo que tenemos. Ahora, entre las ideas que acaricio, es que los cursos universitarios pudieran estar abiertos a personas interesadas en tomarlos, sin ser alumnos regulares, como estudiantes de otras instituciones, personas dedicadas al ámbito laboral próximo, entre otros.

En esa opción de flexibilidad aprecio ventajas: interés por aprender y no por pasar materias, una enfermedad que a veces padecen los estudiantes; la riqueza de conocer otras perspectivas, nutridas por la práctica laboral o diversas disciplinas y carreras. Pero también, la concreción de la educación universitaria como un derecho, entendido en su sentido más amplio.

Estoy seguro que ganaríamos todos: estudiantes regulares, maestros e interesados en volver a las aulas o ingresar desde otras instituciones. Las universidades, por supuesto.

Ojalá un día sea posible.

Minicolumnas: nuevo reto

Esta semana comencé un ejercicio inédito en mi actividad bloguera: columnas breves, con menos de 150 palabras, sobre temas de la vida pública.

Aunque el año pasado intenté varios microrrelatos, esta vez es distinto. Se trata de un desafío de síntesis de ideas y concisión de palabras, para que en tres párrafos con pocas líneas quepan tema y conclusión o pregunta. Escribí dos ya y no me corre prisa por la siguiente. Irán saliendo de a poco. Espero.

Para mucha gente las columnas breves acusan flojera o falta de ideas del autor. Puede ser el caso, pero la brevedad clara es virtud en la redacción. En tiempos de redes sociales y predominio de pantallas es un guiño al lector.

Otro libro en puerta

Entre miércoles y viernes dediqué más de la jornada habitual de trabajo a la lectura y revisión de un nuevo libro que coordino con un dilecto amigo y colega. Por ahora, me reservo nombres del colega, colaboradores y del propio libro, hasta que hayamos avanzado un poco más y sea el momento de contarlo en esta página.

Lo que puedo decir ahora es el tema: la pandemia en las escuelas y sus implicaciones teóricas y prácticas.

Mi tarea es de lectura y revisión. La experiencia es siempre un desafío, más cuando los revisados son autores de solvencia sobrada. Así lo estoy disfrutando, aunque es extenuante.

Mientras ese proyecto avanza, en el horizonte tenemos el inicio del nuevo semestre en la Universidad y debemos preparar el curso, distinto a lo realizado hasta ahora.

Tiempos de trabajo intenso. Luego vendrán las cosechas, y si no, quedará el trabajo y las satisfacciones. Incluso las frustraciones, que también son un gajo del balón.

Una canción me trajo aquí

Este mediodía, luego de las labores universitarias, fui a mi pueblo. Destino único: la tumba de mi madre. Desperté así, con el ánimo en subibaja. Quería conversar con ella. La idea surgió súbitamente. No lo pensé mucho cuando decidí. Cerré la computadora, la casa y subí al auto. Manejé sin prisa, con ganas de disfrutar el viaje, la vuelta a la tierra que huele a caña y azúcar. Quería ver los cañaverales, la danza de sus espigas. Los volcanes. Respirar de nuevo aquellos aires. Así fue. Todo tal cual. Llegué al cementerio. Sólo estaban unos trabajadores que soldaban en alguna tumba cerca de la nuestra. El sol a plomo me obligó a entrar en la casita y desde ahí dialogué con doña Rosa. Los detalles no los cuento, bien sûr.

A la salida del panteón me entraron como una ráfaga los mil recuerdos que tengo de infancia y juventud. Primera juventud, disculparán. Y subí, porque en mi pueblo, como sabrán quienes son de allá o estuvieron por esos pagos, su sube y luego se baja, o viceversa. Entré y recorrí las calles entrañables. Pasé por la Eva Sámano, mi primaria y luego secundaria. Así me fui, sin tiempo fijo ni prisa. Recorriendo las calles y la película de mi vida, un pedacito.

Luego vinieron a la memoria mis amigos de esos años: Pancho Rivera y Alejandro Ochoa en la primaria; Mario Rodríguez, de secundaria, con quien compartí labores para ganarnos unos pesos vendiendo lo que podíamos, como periódicos o fotos de nuestro amigo Juan Bautista, “el fotógrafo”, como le apodaban quién sabe por qué extraña asociación; tan amigos Mario y yo que la chica a quien primero pedí ser mi novia, terminó en sus brazos y yo, sin rencor, le sigo apreciando, porque a los míos llegaron otros de cuyo nombre no debo acordarme. En la época del bachillerato tuve como amigo y compañero de equipo al “Urban”, o Urbanito, como apodaban algunos a aquel muchacho de más de 1.80 metros, mi querido Urbano Gómez.

Como ven, fue un doble viaje, o muchos viajes. Al pueblo y a mi vida en esos años en que, con poquito, éramos tan tan felices como no lo sabíamos.