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No, HSBC, así no

En la semana recibí tres llamadas de un ejecutivo (hombres y mujeres) del banco HSBC. No tengo bola de cristal, pero no fallo nunca. Cuando me llaman de bancos los interlocutores siempre tropiezan con mi apellido, gracias a la Ñ que no aparece en mi tarjeta. El saludo es más o menos así: Buenos días, ¿el señor Juan Carlos Yaez? Algunos, más torpes o inseguros varían la pronunciación con distintos énfasis y silencios entre las vocales del apellido paterno: ¿señor Juan Carlos Ya…ez? O, ¿señor Juan Carlos Yaaaeeez? Antes de continuar aclaro: luego de una grosería de mi parte a un empleado bancario me prometí siempre responder con toda la amabilidad posible, así que, resignado, pero amable, contesto: él habla, o sea yo, dígame. Y viene la sarta de saludos y palabras melifluas del otro lado: buenos días, buenas tardes, cómo se encuentra, nos da gusto saludarle… y zas, enseguida me recitan el banco donde trabajan y la promoción estupenda que tienen para mí, gracias, dicen de memoria, al maravilloso manejo que tengo de las tarjetas (en realidad, sólo tengo una y algunas de presentación que me sobraron de los cargos que ocupé). Les escucho y justo cuando me solicitan los datos para tramitar o activar la promoción, les digo que no, que muchas gracias, pero no. Entonces, frenados de súbito, me preguntan, con las mismas palabras, sea cual sea el banco: ¿me puede explicar por qué? En otras circunstancias, cuando no era el hombre afable que pretendo con empleados bancarios por teléfono, les respondía: no tengo ganas de explicarte, no quiero explicarte, no tengo tiempo de explicarte. Hoy no soy más gruñón con ellos y encontré una respuesta que los descoloca siempre:

-Porque no tengo necesidad.
A veces me invade el espíritu creyente y agrego algunas palabras.
-Gracias a Dios, no tengo necesidad.
-Pero es que, mire, déjeme repetirle que usted no va a pagar anualidad y tendrá una tasa de interés más baja, etcétera.
Yo, inmutable, repito:
-Ya te dije, muchas gracias, pero no la necesito.
-Es que usted no me entiende.
-Es que sí te entiendo, pero no tengo necesidad.
-Es que usted no se da la oportunidad…
Hasta que, harto, sin perder la amabilidad, les respondo con una variante:
-Mira, te voy a dejar que expliques de nuevo todas las bondades de su tarjeta, pero pondré mi teléfono en silencio y seguiré trabajando. ¿De acuerdo? Así, tu sigues trabajando y yo también. Cuando termines, cuelgas.

El último empleado, de HSBC, el tercero que me llamaba en la semana, no esperaba ese exceso de amable sinceridad y con un látigo castigador en la punta de la lengua me dijo que me borrarían para siempre por siempre de los beneficios de HSBC, y sin despedirse colgó. Quedé estupefacto. Pendejo, dicen en mi pueblo. Me sorprendió no el gesto grosero, sino la imposibilidad de agradecerle que, por favor, de verdad, me borren de su maldita lista de beneficiarios. Y, si no es mucha molestia, que su siguiente llamada sea para saludarme a su madre.

Paulo Freire en la terminal de autobuses

Como parte de mi programa de lectura hoy comencé un nuevo libro de Paulo Freire: Pedagogía de la autonomía. Saberes necesarios para la práctica educativa. Al escribir en mi cuaderno negro la ficha bibliográfica se volcaron recuerdos: Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2013. Como erupción vinieron imágenes a la memoria. Me invadieron nostalgias. Lo compré en la terminal de autobuses de Retiro, en Buenos Aires. Viajaba a Córdoba o Santa Fe, no lo sé, pero mientras paseaba en los andenes, esperando la hora de salida, me paré en un kiosco de periódicos, que es más que eso, y ahí estaban uno, dos, tres libros de Paulo. A la sorpresa de una escena inusitada en mi país, la siguieron la emoción de ver entre cuerpos semidesnudos de mujeres, revistas juveniles, deportivas y periódicos, un puñado de buenos textos. Pasé del puesto donde estaba al siguiente, de color azul también, y había más, y más en el siguiente. Y cada vez que viajaba a Santa Fe, Buenos Aires, Córdoba, Catamarca, me hacía un tiempito para hurgar en los kioscos, sin saber que un mediodía, muchos años después, esa imagen seguiría tan viva como aquella fría mañana de mayo.

Regalos de la vida

Nunca conmemoré el Día del Libro. Intento hacerlo todos los días: los respeto, cuido, limpio, a veces acaricio; los leo con la actitud que corresponde, a veces con fruición, otras con paciencia, explorándolos, con marcador, cuaderno y pluma para tomar notas. Así voy cada día, o casi todos los días. Ahora la fecha es especial.

Este mediodía entregué a Puertabierta el nuevo libro. Se llama La universidad que soñamos. Es un texto que esperó tres años para empezar su proceso editorial; que escribí, corregí, reescribí, rehice, hasta que dos lectores y críticos avezados me dieron el visto bueno.

En este proyecto hay muchísimos días de trabajo arduo, silencioso, y varios buenos momentos. Días felices, como pocos puede haber.

Será un libro distinto en mi cartera. Todos tienen un significado personalísimo, pero a éste le sumo varias razones íntimas, pues tengo la colaboración de mis hijos. Será el primero, deseo, de otros proyectos donde aparezcan sus firmas y genio.

Lecciones infantiles

Apenas dejar mi mochila en el restaurante, la necesidad me enfiló al baño. Le propuse a Juan Carlos que me acompañara para lavarse las manos. Sin retruécanos, se paró y caminó a mi lado.

Entramos y fui al área de urgencias menores. Él se quedó en los lavabos y empezó cauteloso, mirando a un lado y otro, buscando las llaves de agua y jabón. Lo miré de reojo. Su pelo largo se movía cuando ejecutaba la operación sanitaria. Salí de lo mío y fui a lavarme las manos. Él seguía en lo suyo. Terminé y me puse a su lado. Seguimos los dos, él con lentitud, yo con hambre. Dejé que la llave se apagara y fui por las toallas de papel. Él continuaba. Sin pensarlo le dije: me gusta como lavas tus manos. Giró levemente su cabeza y sin inmutarse confesó: sólo veo las instrucciones para lavarse las manos. Mientras, su cabeza me invitaba a ver el cartel pegado en la pared, junto al espejo.

Fue una de las lecciones más vívidas de la pandemia. Una lección infantil que los adultos científicos consideran indispensable, pero el resto no atendemos.

La pandemia en mi infancia

Esta noche, con la influencia de El profesor artesano, de Jorge Larrosa, y un tequila con hielo, para refrescar la noche, dejé las páginas del libro del profesor catalán para imaginarme como estudiante de primaria en una epidemia durante la ya remota infancia.

Tengo muchas imágenes de lo que sucede en este momento. He visto a Mariana y a Juan Carlos interminables horas escuchando sus clases a través de la pantalla. He conversado con varias maestras y maestros, con padres y madres, y sé, más o menos, cómo se vive hoy, pero lo que ocurriría entonces, no habría sido ni un poquito semejante. Creo.

El universo que intento recrear es de otro planeta temporal, de otra dimensión cultural y tecnológica. Sucedió en la década de los años setenta en el siglo pasado.

Entonces, en un pueblo de pocos miles de habitantes, el arsenal para nuestros aprendizajes era precario: provenía de los libros de texto gratuito, los paquetes de útiles escolares que nos regalaba el ingenio azucarero a los hijos de los obreros, los libros que mis padres compraron para la casa, luego llegó una máquina de escribir manual, y siempre, un puñado infinito de ganas de aprender y una madre atenta.

¿Si en aquellos años hubiera explotado la epidemia o la pandemia del COVID-1974, cómo habríamos vivido el ciclo escolar? ¿Habríamos tenido mejores o peores profesores que ahora? ¿Qué formas de comunicación tendrían las maestras con nuestras mamás? ¿Cuánto habríamos dejado de aprender? ¿Seríamos hoy peores ciudadanos o más incultos?

No lo sé. No tengo respuestas. No puedo imaginarme. Si mirar adelante me cuesta, en el pasado, a veces, me pierdo. Tal vez falta un tequila doble.