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LECCIÓN DE KRISHNAMURTI

Jiddu Krishnamurti, el sabio hindú, entre muchas, muchísimas lecciones, enseñó que “No es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

Le creo. Más: estoy cierto que es así.

Rebelarse a la adaptación en una sociedad enferma es síntoma de salud. Significa renunciar a la inevitabilidad del nada puede cambiar, del todo será así por los siglos de los siglos (amén), del mejor callar.

Esa adaptación significa negar nuestra capacidad de transformación, la capacidad de evolución del ser humano; reconocer que el mundo no es, que está siendo, como demostrara otro viejo sabio, Paulo Freire.

Aquel pensamiento parece tan simple, pero su profundidad desafía la lógica de quienes alcanzaron una condición de bienestar, o a quienes se resignaron a la fatalidad por designio divino o porque los sátrapas que dirigen habitualmente no permitirían una inversión del estado de cosas.

Decir no a una sociedad enferma me parece uno de los actos más dignos de la especie humana.

Decir no en una sociedad violenta, empobrecida, injusta, mal educada o corruptamente gobernada, es un acto urgente.

Decir no es un acto de dignidad frente a la intolerancia, el cinismo, la frivolidad, la perversión, el autoritarismo.

Decir no y reiterar el sueño posible de una ciudadanía distinta y otra sociedad.

INTENSAMENTE

IntensamenteSi vieron la película más reciente de los genios de Pixar será más fácil entender mis contradictorias sensaciones.

Como en la cabecita de Riley, en la mía combaten la alegría y la furia. Pero no quiero amargar los minutos de quien me siga, así que empezaré (y terminaré brevemente) con la segunda, la mala. Hoy, después de un año, tronó el proyecto que permitiría llevar mi libro Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docencia a otros estados del país. No profundizaré ni daré detalles. No vienen al caso exhibiciones públicas de asuntos privados. Punto y aparte.

La buena. La alegría. Esta tarde, luego de varios meses de intenso trabajo, coordinando un equipo de colegas, profesores de la Universidad, hemos terminado de corregir nuestro libro colectivo Memoria y presente. Tres décadas de Pedagogía, homenaje sentido, comprometido, a la primera facultad universitaria en Colima.

Estoy muy contento con el esfuerzo, el proceso y el resultado. Siempre pueden ser mejores las actividades, los productos, pero los razonables límites que debemos fijarnos inducen satisfacción.

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¿LOS PUEBLOS TIENEN LOS GOBIERNOS QUE MERECEN?

Que los pueblos tienen los gobernantes que merecen parece una definición burlona y grosera. Lo peor es que se reafirma con frecuencia indeseable, para que no perdamos tiempo en soñar demasiado, ni ser utopistas o ilusos.

La realidad política suele ser condenadamente infalible a la hora de destrozar esperanzas populares. Los mexicanos sabemos mucho de eso, es decir, sufrimos a raudales sus efectos. Y los colimenses hoy somos una caricaturizada expresión cuyas consecuencias permanecerán como las de la enfermedad de moda.

En verdad parece que no tenemos memoria, que cada tres o seis años nos tragamos el cuento imbécil que nos venden en campañas, y si no lo tragamos, volteamos para otro lado, como si no nos afectara. Y a la primera (o segunda oportunidad), se vuelve a votar a otra pandilla de rufianes especialistas en saquear arcas públicas. Es verdad, también hay excepciones, pero son tan pocas y de corto plazo, que confirman la costumbre de elegir personajes dañinos, o que se transforman con la parcelita de poder y los millones que administran temporalmente.

Cuando pienso que aquella afirmación tópica es falsa, los abundantes ejemplos asesinan mi optimismo cauto. Qué se puede esperar, me digo, de un pueblo más preocupado por la suerte del Piojo Herrera y la selección de fútbol que la situación de la reforma educativa; o que las reformas en materia de salud nos pasen por encima en nuestra condición de súbditos de la tribu. O que la televisión pública siga ofreciendo una oferta miserable. Aquí dejo un espacio en blanco por si alguien quiere agregar otros de su particular interés.

No sé si la página tiene vuelta. Si hay un punto y aparte en la historia. En todo caso, hoy me consuela testimoniar que en algún momento, por lo menos, la dignidad asoma y el desprecio público a un gobernante se convierte en el mínimo pero doloroso castigo que debiera sufrir.

 

Lecciones de dignidad

Terminaba de leer las últimas páginas de la más reciente andanza del capitán Alatriste, personaje del escritor español Arturo Pérez-Reverte (autor de “La reina del sur”), cuando me enteré del ataque contra Michel Ventura, Mitch, británico de nacimiento, mexicano por decisión propia.

Imposible no ser conmovido por su historia final. Imposible no dolerse por la muerte ajena cuando se trata de un hombre así, a quien lo definen sus hechos postreros.

No tuve la suerte de conocerle, mirar sus ojos o estrechar sus manos; de cruzar palabras con él, pero para admirarle, no me hizo falta. Lamento su muerte y me duele por él, por su esposa y por sus hijos.

Dentro de la terrible tragedia del sábado por la noche, hay lecciones imborrables de las que pocos hombres y mujeres pueden ser ejemplo tan contundente.  Y por eso, sólo por eso merecen ser recordados por familiares y la sociedad. Gestos valientes como el suyo confirman que, por fortuna, hay quienes siguen creyendo y practicando valores a veces perdidos, a veces despreciados, como la palabra de honor o la generosidad.

La partida de Mitch suscita interpretaciones diversas; algunas escuché: que una camioneta no vale una vida, que debió mantenerse al margen… pero estoy cierto que para un bravo como él, que pudo elegir entre meterse en su vehículo o enfrentarse, no era disyuntiva. Lo mismo habrá hecho muchas veces antes como bombero, arriesgando su vida por otras desconocidas.

Hombres dispuestos a dignificar el pedazo de tierra que pisan saben que cada día es una oportunidad para actuar o no. En su genética y en su biografía estaba hacer lo que hizo. En la nuestra, por lo menos, agradecerle y, en la medida de cada uno, enaltecerle.

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