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Tarde de pantallas

Pasé algunas horas de la tarde frente a la pantalla. Es poco común, pero el agotamiento dictó prisión preventiva en la cárcel del ocio.

Vi primero el documental producido por Michael Moore y dirigido por Jeff Gibbs, del cual me había enterado apenas en la mañana. Se llama, para quienes ignoran, El planeta de los humanos, cuestionamiento severo y controvertido a las industrias de “energía limpia” y algunos personajes conspicuos de ese movimiento, como Al Gore. Vale la pena la inversión de tiempo.

Luego dormí una hora, poco más, poco menos, y seguí en la pantalla de la computadora. Esta vez disfruté la entrevista que la psicóloga Violeta Esteban sostiene con Boris Cyrulnik, para BBVA y El País, una muy recomendable colección de charlas y entrevistas con personajes extraordinarios. Cyrulnik, con una historia infantil estremecedora, tiene una lúcida perspectiva que nos viene muy bien en momentos como los que vivimos en confinamiento, sometidos a estrés y angustia, pero también, un conjunto de ideas para repensar el trabajo docente y la propia vida.

Después de la segunda sesión tocó el turno del aseo y esas minucias. Leí algunas páginas de Amares, de Eduardo Galeano, y ahora seguiré pegado una u dos horas, mientras la noche se escapa.

Lectura a sorbitos

A veces corro sobre las páginas y luego, cuando paro, me pregunto qué leí. Con frecuencia no lo recuerdo. Me regreso al último punto en la memoria o cierro para mejor ocasión; en ocasiones, drástico y aburrido, para siempre.

A veces leo de a poquito, como una taza de café caliente pero sabroso. Eso me pasa con Eduardo Galeano. Y después de que murió, más. Atesoro cada uno de los recientes y los navego lentamente, porque sé que no habrá más.

Así voy ahora con “Amares”, antología de sus mejores textitos, elegidos por él. Así los disfruto y se termina la noche, pero se me quedan bailando sus personajes, a los que rezo para espantar el insomnio.

Lectura de madrugada

Desperté de madrugada, más temprano que de costumbre entre semana. El cuerpo es sabio, para bien y para lo que sea. Me había dormido temprano, así que cuando el reloj vital marcó las horas habituales, abrí los ojos como autómata. Ya no pude pegarlos de nuevo, por más santos que invoqué.

Contra la prescripción médica, abrí el iPad y empecé a leer. No lo pasé mal. Tengo en proceso El escritor y su oficio, de Ariel Rivadeneira. En la página 76 del formato elegido, se aparece Eduardo Galeano: Cuando está de verás viva, la memoria no contempla la historia, sino que invita a hacerla. Más que en los museos donde la pobre se aburre, la memoria está en el aire que respiramos.

La frase aparece perfecta. Mi duda es dónde colocarla: en el capítulo en proceso sobre la pedagogía en la Universidad de Colima, o en mi libro en revisión sobre el Instituto al que dediqué tres años de vida. Galeano es siempre una de esas apariciones gratas, lúcidas, provocadoras. Solo después de leerlo, agradecí al reloj del cuerpo la gracia concedida.

La final de Rusia con Galeano

Al silbatazo del árbitro solo seguí viendo la televisión el tiempo que tardé en recoger mi taza con restos de un café frío. Después del beso de los presidentes, chau. Mi candidato a la Copa Mundial era Croacia. Las razones eran todas sinrazones, puras emociones.

Los equipos llegaron con méritos indudables. La contundencia de los franceses era notable y fue mortífera hoy; pero la alegría y el desparpajo de los croatas, con jugadores menos dados al exhibicionismo y el escándalo, me gustaban para campeones. La historia de la Cenicienta en el deporte más globalizado y millonario del orbe era una pequeña bofetada a las grandes ligas de contrataciones estratosféricas.

Practicante del incordio, enarbolé el uniforme de manteles románticos parisinos. El primer tiempo de los croatas me ilusionó con el milagro, aunque el infortunio jugaba a favor de los azules. Se impuso la historia y la eficacia.

Me vino a la cabeza entonces la figura de Eduardo Galeano, el sabio uruguayo que clausuraba su casa un mes para concentrarse en las copas mundiales de fútbol. Lo imaginé viendo el final del partido, el 4-2 que parece inapelable. Le pregunté: ¿qué dice usted, Eduardo? ¿Cuál es el balance del partido? Me miró con sus ojos penetrantes, luego levantó la copa, sorbió el resto del tinto y frunciendo el ceño meditó su respuesta mirando al techo o a no sé dónde.

Eduardo me contó, o eso entendí, que habría preferido un marcador distinto. Que era un poco excesivo. Disfrutó la alegría heroica de los guerreros croatas, una nación joven y valiente, con futbolistas hijos de las guerras, refugiados en su infancia en tierras extrañas de donde volvieron con sus padres para fundar un país que hoy se sentirá orgullosa de deportistas que desparraman talento por los clubes más poderosos, como el Madrid o el Barça. Celebra también que su presidenta sea mujer y aficionada sin rubores, una hincha más y no una joven vieja de cartón piedra. Sobre los franceses prefiere callar. No puede olvidar que despacharon del Mundial primero a Argentina y luego a nuestro Uruguay. Respeto su silencio y mi pesar. Bebemos en silencio de nuestras copas.

Es la victoria de la diversidad étnica y la revuelta de los esclavos; me sorprende en sus palabras finales. Los croatas suman nacionalidades distintas, pero nadie como los franceses y todas las naciones que nutren a la selección gala, hijas de la explotación. Sus futbolistas tienen la suerte de ser amados por negros y blancos, pero los distintos, los otros que vienen de donde nacieron aquellos morenos y negros, siguen siendo repudiados y expulsados de las costas francesas y europeas. Sí, una pequeña victoria de esa diversidad, en una batalla todavía inconclusa y a la que le restan muchos capítulos, me dice con su convicción que forjó en una vida de lucha sin tregua. Pero ganaremos algún día, que ya no veremos, tú no, menos yo, martilla.

Lo de la Copa Mundial de Rusia es fútbol, pero no solo deporte. Es un espejo a escala de las sociedades mundiales que hoy vivimos, con sus alegrías y dolores, con sus bajezas y maravillas, con sus tristezas y glorias.

Con Eduardo Galeano abrí estas páginas y hoy las cierro. Espero escribirlas de nuevo en Qatar.

¡Hasta entonces, hasta siempre!

Uruguay: el paisito del fútbol, el mate y los amigos

Mañana juega Uruguay en Rusia. Aunque no tendré oportunidad de verlo en televisión, deseo que venza nuevamente, sin tanto sufrimiento como el viernes pasado contra Egipto.

Desde hace un tiempo las personas y cosas entrañables del paisito se me revuelven y me brincan, juguetonas, en cualquier cancha. Si leo a Eduardo Galeano se me antoja prepararme un mate y disfrutarlo como hace Luis Suárez antes de los partidos del Barça. Si escucho a Alfredo Zitarrosa las canciones me llevan por las calles de Montevideo. Si escucho al Pepe Mújica quiero volver a leer su biografía, o disfrutar a Mario Benedetti leyendo poemas con Daniel Viglietti. Si escucho a Galeano la imaginación me ubica sentado frente a él en el Café Brasilero, con su copa de tinto, observando la calle bulliciosa con mirada penetrante.

Cuando los pienso, ahora, me resulta imposible sentarme en la sala de la casa de Galeano, mientras conversan sonrientes, copas de por medio, con Serrat y Sabina.

Cuando veo un partido de la selección uruguaya de fútbol se me mezclan todos esos personajes, lugares, libros, bebidas y quiero, con vehemencia, que ganen de nuevo y se vayan colando de a poquito hasta los primeros, es decir, hasta los últimos en volver a casa, con el talento que les sobra y el enorme corazón con el que aplastaron a 200,000 en el Maracana y millones en el campeonato mundial de Brasil en 1950.