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ESCRIBIR DE EDUCACIÓN EN ESTOS DÍAS

En estos días es difícil escribir una columna periodística sobre temas educativos y no pronunciarse sobre alguna o algunas aristas del abominable caso de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa.

Es difícil encarar el trabajo pedagógico con el sentido político que intrínsecamente tiene la educación sin expresar, por lo menos, indignación. A partir de ese primer nivel de conciencia cada uno asciende los otros en función de sus convicciones.

Es doloroso no compadecerse, es decir, no sentir con los otros, los familiares, el profundo abismo que les carcome, las rabia que les sacude, la impotencia que puede conducir a comportamientos todavía impredecibles, o medianamente predecibles.

Es imposible (para mí) no conmoverse hondamente con las múltiples manifestaciones que se pronuncian enérgicas en todo el mundo reclamando al gobierno mexicano; denunciando la inocultable ineptitud policial y política, con visos de frivolidad y mucha insensibilidad.

Por las expresiones populares y las movilizaciones sociales, dentro del dolor, la pena, la conmoción, es alentador no sentir un viento fresco soplando en la cara por la esperanza en que este capítulo, ya escrito en páginas dolorosas, sea el último en una historia sangrienta, pero el primero de una nueva era más venturosa de conciencia política y ciudadanía plena.

El dolor, la impotencia, la desesperanza ya están clavados, pero tal vez sirvan, así lo deseo, para generar un sentido al mismo tiempo de conciencia y de fragilidad. Fragilidad y conciencia que nos induzcan a comprender que la sociedad se fortalece en la medida en que la habitan ciudadanos educados y comprometidos que, a su vez, consolidan la sociedad que formará mejores ciudadanos, en una vuelta incesante. Ojalá.

 Ciudad Universitaria, UNAM

PREGUNTAS INQUIETANTES. DIÁLOGO CON ABELARDO AHUMADA

En su columna “Periscopio” del 7 de agosto, el estimado Abelardo Ahumada externa dos preguntas pertinentes e invita a un diálogo con respuestas novedosas. Lo acepto, y aunque no estoy seguro de cumplir su condición, conviene seguir tejiendo en esa materia: la educación de los jóvenes, sus perspectivas a la puerta de los estudios superiores, así como el papel de las instituciones y el Estado.

Estoy de acuerdo con Abelardo: se precisan nuevas respuestas. Agrego: también otras formas de plantear el tema del ingreso a los estudios universitarios, distintas a como encaró históricamente el Estado mexicano el derecho a la educación superior, consagrado en el artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Mantener el tratamiento no resolverá el problema, porque las becas no son la solución estructural, sino la obligación mínima de los Estados frente a sociedades pobres y excluyentes.

Las preguntas de Abelardo son provocadoras para la reflexión. Primera: “Si fueron mil profesores los que presentaron a examen de oposición para disputar sólo seis plazas nuevas, ¿seguirán permitiendo las autoridades que el Isenco siga abierto y produciendo cada año decenas de nuevos candidatos al desempleo?”. Como no soy autoridad, no la responderé, y no sé que piensan ellas. Propongo otra manera de verlo a partir de una pregunta: ¿está cubierto en Colima el derecho a la educación constitucionalmente obligatoria? La respuesta es contundente y simple de expresar: no. Ni en Colima ni en el país. No en preescolar, tampoco en media superior, y la sangría que experimentan primaria y sobre todo secundaria es preocupante. Las cifras las leo en la estadística de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y en la SEP.

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LA PEDAGOGÍA DE DISNEY, PARTE 2

El libro que comenté en este mismo espacio hace algunas semanas, “Universidad Disney. Cómo la estrategia laboral y empresarial de Disney forma a los empleados más leales y competentes del mundo” (México, Aguilar, 2014), escrito por Doug Lipp, ofrece una reconstrucción de los principios para capacitar al personal de los parques de diversión más universales e ideas para reflexionar sobre su traducción a otros ámbitos.

Organizado en trece lecciones, al final de cada una presenta un “repaso de la lección”, con el resumen y preguntas para aplicar en los centros, empresas o instituciones de los potenciales lectores. Aunque están pensadas desde enclaves teóricas distintas, algunas de las interrogantes me parecen sugerentes incitaciones para analizar en una escuela la calidad de su funcionamiento, la participación de los actores o la responsabilidad de la gestión escolar. A continuación, les comparto algunas de las que me parecen más útiles en contextos como el nuestro.

¿Qué valores de tu organización no son negociables? ¿Qué beneficios proveen esos valores a la organización y a los empleados? ¿Cuáles son los valores más sólidos? ¿Y los más débiles? ¿Todos conocen los valores?

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DIRECTORES: SOLUCIÓN DEL PROBLEMA O PARTE DEL MAL

Guillem Balagué cuenta en su libro sobre Pep Guardiola (“Pep Guardiola. Otra manera de ganar. La biografía”, Barcelona, Roca Editorial de Libros, 2013), que el entrenador catalán explicó alguna vez que existen dos tipos de entrenadores: aquellos que creen que los problemas se resuelven solos y los decididos a resolverlos.

Con la alta probabilidad de que tal división esconda, uniforme o desconozca una más amplia gama, es útil para ilustrar dos de los grandes bandos que habitan en la escuela o toman decisiones que la afectan o benefician, y así reaccionan ante las abrumadoras complicaciones que enfrenta el aparato escolar.

Que haya una marcada heterogeneidad no debe sorprender a nadie. En general no existen cursos especializados para ser director de una escuela, ni preocupa demasiado que haya preparación previa. Por lo común prevalecen el empirismo, la improvisación y una cierta incomprensión frente a las tareas de gestión. Los efectos son desastrosos. Normalmente los directores suelen asumirse como representantes de la autoridad, no trabajan para convertirse en líderes de sus comunidades; suponen, y decirlo es una bobada, que con su nombramiento vienen incluidas sapiencia y liderazgo.

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LA POBREZA EN EL ADN

La pobreza es una marca congénita en México. La gesta de independencia dejó un país destrozado, empobrecido, explotado, como toda la América Latina después de varios siglos de salvaje colonización. Así queda claro en la historia, en obras magistrales como Las venas abiertas de América Latina (Eduardo Galeano).

No hay ninguna novedad en la recapitulación. Cuando se constituyó la nación la gran mayoría de la población mexicana era pobre; las cifras del analfabetismo, abrumadoras. A pesar de sus enormes potencialidades y riquezas, en su desarrollo la población se multiplicó en la pobreza y sigue sobreviviendo en las fronteras de la prosperidad, unos lejos, otros más lejos. Las cifras son inocultables, no hay forma de maquillarlas.

Se dice fácil y corto: presente y pasado pobres. El futuro no pinta de otro color. Sin cambio de rumbo, es decir, de prioridades, seguirá hundiendo en la pobreza a la mitad de su población. Los ejemplos hay que buscarlos en la historia, en la nuestra y en la de otros países de la región. El problema no es de colores partidistas. Es político, cultural, económico y ético.

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