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GRACIAS A MIS MAESTRAS Y MAESTROS

En varios libros escribí sobre algunos de mis mejores maestros, desde la primaria hasta el doctorado; también de los que, sin haberme dado clases, desarrollaban una práctica docente que me inspiró en algún momento de la carrera cuando supe o vi cómo lo hacían.

Hoy, en este día tan especial, donde abundan discursos y parabienes, quiero recordar a otras maestras y profesores que tuve y nunca antes recordé.

Aunque hice y sigo haciendo esfuerzos, no recuerdo el nombre de la maestra que me enseñó a leer en la primaria. Recuerdo a dos de aquellos maestros primeros que tuve, pero  quien me enseñó el oficio en el cual baso buena parte de mi trabajo es un personaje anónimo, lamentablemente.

En la secundaria tuve maestros comprometidos, aunque algunos me daban materias que quería pasar rápido y sin dolor, como química. Gracias a la claridad magistral de Paulino aprendí lo que necesitaba para pasar los exámenes, pero supe entonces que biología y química no eran para mí.

En el bachillerato tuve maestros extraordinarios y abominables. A los primeros he agradecido ya, pero a los segundos no, porque también les debo gratitud. Aunque entonces no imaginaba que dedicaría mi vida a la educación, los tuve presentes siempre como antimodelo, como aquello que no querría ser jamás en la vida. Con los profesores de la carrera me pasó más o menos lo mismo.

Si a veces he logrado parecerme a los buenos maestro que admiro, me espanta la idea de convertirme en los que aborrezco. Unos y otros me inspiraron, por eso les guardo gratitud, con contenidos distintos, por supuesto.

Hay otros maestros que no tuve, pero que me inspiraron e inspiran. Maestras y maestros que admiro por su paciencia, generosidad y dedicación. Gracias a todos ellos porque son un modelo al que quiero acercarme en esas y otras virtudes.

Cualquiera puede dar clases, pero no cualquier práctica nos convierte en buenos maestros.

¡Feliz día a las buenas y buenos maestros!

No todas las maestras son ignorantes

Escribo estas líneas apenas observar un video de solo dos minutos y 20 segundos en el cual la reportera, sarcástica sin piedad, exhibe las inadmisibles ignorancias de un grupo de maestras a las cuales entrevista con preguntas que cualquier ciudadano medianamente instruido tendría que conocer: la capital de los Estados de México o Chiapas, el nombre del primer presidente mexicano, una división matemática o el pretérito del verbo amar. Las respuestas fueron, en todos los casos, desacertadas, algunas grotescamente.

El video, de Imagen Televisión, es un buen producto de ese estilo tan habitual para escandalizar y mofarse, aunque sea fugazmente: sin contextos, sin análisis, sin contrapesos, sin respeto a las personas, exhibiendo a las maestras frente a sus alumnos.

Lo que esconde la nota evita la comprensión: ¿cuántas maestras fueron entrevistadas en total? ¿Las tres o cuatro que aparecen, o diez, veinte? ¿Ninguna respondió correctamente alguna pregunta? La conclusión es peligrosa y falsamente simpática: “todas las maestras son ignorantes y no saben ni lo que deben enseñar”; “las maestras son un costal de ignorancia”; “en estas manos se deposita la instrucción de los niños mexicanos”, y perlas de racionalidad semejante.

El desconocimiento de dichas maestras es elemental, y lamentable, tanto como el estilo periodístico, la rudeza de las formas, el descrédito sin piedad, la preeminencia del chisme, la visión miope. Lo que este estilo busca no es acercar elementos para la comprensión, menos la verdad (si existe), solo una nota de impacto, titular de escándalo, un poco de gasolina a la cretina hoguera de la incomprensión.

Es claro: con maestros iletrados, sin una base cultural mínima, el esfuerzo para que la educación sea un proceso de salvación de la barbarie social está prácticamente cancelado, pero no son las maestras las culpables. La responsabilidad es compartida y muchos los interpelados: las instituciones formadoras de maestros, las políticas de contratación que alimentaron las aulas de educación básica, las componendas, las prácticas oscuras y corruptas, las decisiones que se tomaron lejos del interés pedagógico y un largo etcétera que, reitero, no pretende disculpar lo imperdonable.

Admitamos que a la prensa le corresponder encender la luz para apreciar las zonas feas o sucias, o que en su decálogo no tiene como prioridad informar verdades sino noticias; sin embargo, un rincón no es suficiente para descalificar una profesión donde no sobran zafiedad e indiferencia, pero abundan docentes brillantes, comprometidos y generosos.

 

LA ENSEÑANZA COMO UN VIAJE DE ESPERANZA

Mi primera lectura de la mañana es sobre estudiantes aburridos y la crisis de la escuela, expresada en su desvalorización social.

Las hipótesis de la autora, Cecilia Bixio, son plausibles para reflexionar, pero me queda la impresión de que en nuestros contextos el problema (si se lo plantean) y las alternativas de los políticos y de quienes toman decisiones no circulan por esos carriles, ni siquiera próximos. Afirma:

Cuando, desde ciertas políticas neoconservadoras se pretende resolver la crisis educativa con cursos de capacitación e innovación exitosas, sólo se logra taponar, obturar la posibilidad de pensar y desviamos la atención hacia caminos secundarios.

Pienso justamente lo mismo cuando leo o escucho que las autoridades educativas declaran, orgullosas, que la meta en que están empeñados es mejorar los resultados de los alumnos en los exámenes estandarizados. Las ramas, no el árbol, menos el bosque se aprecian con esa miopía.

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LA COHERENCIA DE LOS PROFESORES

En estos días he recordado las enseñanzas del maestro Paulo Freire sobre las virtudes de los educadores. Una en particular reaparece a cada instante: la coherencia. La coherencia absoluta es imposible, decía Paulo Freire, pero los educadores progresistas tienen la obligación de buscarla. Deben aspirar a la coherencia entre su pensamiento, sus palabras y sus hechos.

La falsedad, la demagogia o la corrupción no son buenas aliadas de la educación. El profesor no podrá mantener en secreto sus razones ocultas, pues los estudiantes, más temprano que tarde, las detectarán y el descrédito será difícilmente revertido.

No se educa desde la impostura. Se puede engañar un tiempo, pero difícilmente a todos durante un ciclo escolar completo, aunque experimentos como el llamado “Efecto Fox” desnudan fragilidades y confusiones entre la buena docencia y la charlatanería.

Pero cuidado, la coherencia no es una virtud a desarrollar sólo en los salones de clases o en los recintos donde se interactúa con los estudiantes. También es una exigencia de la práctica en los actos públicos y en sus expresiones políticas. Por eso es tan difícil. Por eso, probablemente, Freire no postula la obligación de serlo, pero sí de intentarlo. Es una virtud cara, y necesaria de reconocer en quienes la promueven cada día de su vida en el desempeño de la tarea formativa. Por eso es tan deplorable en quienes profieren un discurso y actúan en otros sentidos.

Estos días que corren son, tristemente, abundantes en ejemplos de esa incoherencia que lastima a la educación, a las escuelas y perdió a quienes la practicaron voluntaria e impunemente.

Otra vez “maestros reprobados”

Con un titular de esos que gustan a la prensa en busca de escarnio, leí en “La Jornada” (04.12.12) el siguiente: “Reprueban alumnos de tercer año de primaria a maestros”. Así tal cual. La nota alude a una “encuesta de contexto” de la prueba Excale (Exámenes para la Calidad y el Logro Educativos) que aplica el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE).

La encuesta recoge las opiniones de los niños acerca de un conjunto de temas que deben ser usados en las escuelas, por los maestros y directivos, y por los expertos en el tema docente y la educación básica, para profundizar reflexiones sobre el significado de las percepciones estudiantiles.

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