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Perspectivas para la educación

La inconclusa aprobación de la reforma constitucional que haría obligatoria y gratuita la educación media superior no es suficiente para mirar con optimismo la educación mexicana en 2011.

Siendo insuficiente, fuera de ella no encuentro otro signo alentador ante la urgente y rancia necesidad de transformar el sistema educativo nacional: las variables fundamentales siguen intactas para suponer cambios en el mediano y largo plazos. Estamos perdiendo, seguimos agotando el tiempo para mejorar la formación de los niños que hoy están en la puerta del sistema escolar.

Pero el cuadro es aún más crítico. Si la situación no apunta a su corrección, tampoco hay certidumbre de que se conserve. Puede ser peor, sin duda, particularmente frente a dos poderosos factores que definen la vida nacional: la economía y la política, es decir, los progresos tímidos que se esperan en el ámbito económico y el candente año preelectoral, de cara a 2012, con las adelantadas campañas, que dejarán casi todo en posición secundaria.

El único signo positivo tampoco es aval medianamente fiable. Aunque algunos agoreros cantan victoria, hacer obligatorio y gratuito el tipo educativo conocido imprecisamente como bachillerato podría elevar el déficit, pues la promesa en ciernes no hay forma de cumplirla sin un giro radical en la historia y apoyar al más desatendido de todos los niveles.

En efecto, en el pasado reciente las reformas constitucionales en México no han garantizado la concreción de lo decretado, así sucedió con el porcentaje del financiamiento para educación en general, y superior en particular, así sucede con la educación básica, cuya referencia es incuestionable en este momento. Ejemplifico; al hacerse obligatoria la educación básica (primaria y secundaria) y constituirse en un derecho para todos los mexicanos, no se avanzó sustancialmente en el cumplimiento de la promesa: hoy, 17 millones de mexicanos mayores de 15 años no han concluido su ciclo secundario, cifra enorme que representa la mitad de la matrícula global del sistema educativo.

No, no parece que 2011 sea un año alentador para la educación mexicana, menos si hacemos caso a una voz preclara como la del novelista Carlos Fuentes quien dijo, recientemente, que el sexenio ya terminó.

Fuente: Periódico El Comentario

Por qué cambiar la Universidad

La invitación para una conferencia en Manzanillo, en el marco de las VI jornadas de internacionalización, me dio la oportunidad de reflexionar en torno al proceso de transformación en marcha en la Universidad de Colima, particularmente en las razones del cambio.

Con frecuencia he escuchado opiniones distintas pero que convergen en un mismo argumento: por qué cambiar si la Universidad es una de las mejores del país. En efecto, con base en los indicadores de la Secretaría de Educación Pública la máxima casa de estudios colimense se ubica entre las primeras, por sus buenos resultados durante un lapso ya largo. Si es así, dicen, para qué la queremos cambiar.

En las preguntas y críticas que algunos formulan anida una apreciación errónea: para cambiar, supondrían, hay que estar mal, tener problemas o una obligación externa. No. El cambio no debe ser una respuesta reactiva, que va después del problema o de un estallido. El cambio es una constante en la sociedad de nuestro tiempo, que se debe traducir en un proyecto sistemático para ordenar los factores que afectan el desempeño de un sistema o una institución y construir las condiciones para optimizarla. Eso es lo que se hace ahora en la Universidad.

Por qué cambiar, dirán otros, cuando el rector está en su segundo periodo rectoral. Un cuestionamiento que deriva de la tradicional forma de ejercicio político en el país. Los gobernadores, los políticos, los rectores, como ahora hace el doctor Aguayo, no deben pensar en hacer un trabajo de lucimiento personal y válido durante los cuatro, seis u ocho años que duren frente a un cargo público. Voy a explicarlo de otra forma, con el apoyo de Hugo Casanova, uno de los expertos de la educación superior en México, quien hablando de la UNAM nos dice: “La universidad de 2010 no la construimos nosotros; la hicieron quienes nos precedieron. Nuestro papel es construir la de las próximas tres, cuatro o cinco generaciones.”

Eso, justamente es lo que explica la actitud del rector Aguayo: el reconocimiento de que la Universidad de Colima hoy es la universidad edificada por el esfuerzo y el talento de mucha gente a lo largo del tiempo, destacadamente de sus últimos tres rectores. Y ahora a él, a nosotros nos toca construir la Universidad para el 2030.

Finalmente, a mi juicio, tres razones sintetizan por qué transformar la Universidad de Colima. Las explico en forma sucinta. Primera: la universidad debe evitar la autocomplacencia, conformarse con lo alcanzado, siempre imperfecto y siempre perfectible; quienes en ella trabajamos tenemos la obligación de la reflexión crítica y la autocrítica. Tenemos la obligación de construir visiones más ambiciosas. Segunda: no se requiere estar en crisis para cambiar; incluso, el cambio puede ser más complicado en situaciones convulsas. Tercera: la universidad debe aprovechar su estabilidad laboral, la conjunción de objetivos (con las diferencias propias de una entidad donde se piensa) y fortalecer un proceso de cambio incluyente.

Las comunidades universitarias tienen la obligación, decía Derrida, de discutirlo todo, pero cuando se ha discutido tienen la obligación de hacerlo todo, lo que acordaron y conviene para cumplir sus misiones. Esa es la responsabilidad histórica que tenemos. Es hora de dar un paso adelante, porque es nuestra tarea, por las generaciones que vendrán a educarse a las aulas universitarias.

Fuente: Periódico El Comentario