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LAS ESCUELAS: DESOLACIÓN Y ENCANTO

Portada EscuelasEn el marco de las actividades del Seminario de Cultura Mexicana, corresponsalía Colima, este jueves 27 de noviembre, a las 20 horas, se presentará mi libro “Las escuelas: desolación y encanto”, en el Archivo Histórico de la Universidad de Colima. Dos personas con quienes me unen viejas amistades y a quienes respeto entrañablemente hará los comentarios: Víctor de Santiago y Salvador Silva Padilla; con la moderación de otro respetable colega, Mario Rendón y Lozano. ¡Una alineación de lujo! A continuación les comparto el Prólogo que abre el pequeño librito.

PRÓLOGO. En el campo educativo, los territorios complacientes y triunfalistas están conquistados e invadidos por optimismos de ocasión: desinformados, bienintencionados o interesados por subordinaciones mundanas. Por ese superávit, niebla que estorba la perspectiva, este pequeño texto está alejado de la indulgencia y tampoco se detiene a la hora de fustigar a quienes promueven ese tipo de escuela o universidad que Ortega y Gasset describió repleta de chabacanería, que promete dar y exigir lo imposible por incompetencia o el cinismo actual.

Este manuscrito es parte de un proyecto más amplio sin punto final a la vista, por eso comparto un avance y lo someto al escrutinio crítico del público que se atreva a leerlo y comentarlo, discutirlo, refutarlo e, incluso, difamarlo. El proyecto se llama “La enfermedad de la institución escolar”; el pre-juicio, desde su título, quizá explique tono y contenido.

Más que sumarme a los enterradores de la escuela, busco pistas para la ilusión y el entusiasmo prudentes, que dignifiquen a la otra escuela posible, hospedada en la imaginación de muchos en el pasado y en prácticas contemporáneas, aunque marginales. Dicha exploración es inviable en el vacío o intentando borrar historia y circunstancias.

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Razones para continuar

La educación es un proceso social complejo, y la transformación de los sistemas escolares o de las instituciones educativas una tarea que reclama, además de lucidez y recursos, una enorme perseverancia y la confianza en que, pese a tantos argumentos en contra, ella sigue siendo un instrumento confiable para cambiar a las personas.

No es fácil mantener la esperanza, pero un profesor que no la tiene tampoco educa. Alguna vez leí en Fernando Savater que los pesimistas pueden ser buenos domadores, pero no buenos educadores. Lo creo, sin duda, pues sin esperanza no hay educación y tampoco transformación.

Una lista de las objeciones hacia la educación podría ser interminable. Habrá algunas que no sean desdeñables, como erróneas políticas, escasos recursos, magros resultados, pésimos diagnósticos, autoridades poco profesionales o francamente irresponsables, dirigentes sindicales corruptos, profesores flojos y sin convicción por su tarea, en fin. Pero luego de la indignación por todo eso, o precisamente por eso, debe renacer con mayor fuerza la esperanza, la necesidad de armarse y disponerse a las batallas cotidianas para sacar lo mejor, o ayudar a sacar lo mejor –como cada uno prefiera- de los estudiantes con quienes trabaja y a quienes tiene la obligación de educar.

Entre más tiempo paso entre escuelas y conviviendo con profesores, o leyendo y analizando experiencias, más claro tengo que, como decía Paulo Freire, el cambio es difícil pero es posible. Hace un par de semanas lo ratifiqué de nuevo en la Universidad de Guadalajara, a donde asistí invitado al segundo encuentro regional de tutorías organizado por la región centro occidente de la Asociación Nacional de Universidades. El tema que abordé fue la docencia y las tutorías. No voy a repetir lo que dije, sino a compartir la emoción que me produce conversar con colegas profesoras y profesores, el brillo de sus ojos cuando comparten un comentario o una idea, la generosidad con la que se acercan al final, te piden una opinión, agradecen o te saludan para expresar su beneplácito.

Ahora fue en Guadalajara, como dije, pero una semanas atrás fue algo semejante con estudiantes de la escuela normal de Colima, un grupo selecto como pocos y al que debemos cuidar como a nadie, porque representan la renovación de la docencia, pues en sus manos, en su inteligencia y sensibilidad estará el futuro de nuestros hijos y nuestra sociedad.

Ese brillo, la actitud de los estudiantes y los profesores, sus preguntas o comentarios, los “papelitos” que envían con algún mensaje, la sugerencia de qué libro leer son, en mi balance, argumentos para creer en el presente y en el futuro de la educación, para confiar y tener la esperanza en la tarea educadora, difícil pero posible. Por eso vale la pena seguir.

Fuente: Periódico El Comentario