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Entradas con las etiquetas ‘Estupidez’

EL LUJO DE LA INTERACCIÓN

Nuccio Ordine, filósofo italiano, ha sido uno de los hallazgos más gratos en mi vida profesional de los años recientes. He leído solo dos libros de su autoría: La utilidad de lo inútil y Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal. Suficientes para aquilitar lo sugerente de su pensamiento y las aportaciones para enriquecer mi perspectiva pedagógica y vital. Es también una de las motivaciones mayores para el incipiente aprendizaje del idioma italiano, pues me encantaría leerlo en su lengua.

Esta mañana leí un artículo que publicó en El País. Lo titula: El lujo de la interacción humana. Dos de sus ideas me revolotearon a lo largo del día: el lamento por los cambios pedagógicos que podrían afectar las relaciones cara a cara con los estudiantes; ¿cómo volver a las clases, se pregunta, sin poder mirar a los ojos de los estudiantes mientras les leo? La otra idea es una cosa tan simple, que deslumbra: la interacción humana en tiempos de la pandemia se ha vuelto un bien escaso, caro, un lujo. ¿Lo valoraremos después en la justa dimensión que hoy lo estamos padeciendo?

En el Diccionario de la estupidez, de Piergiorgio Odifreddi, leo lento, un día para cada letra del abecedario. Hoy tocó la M. Encontré dos joyas que comparto sin explicación previa, pero que vienen como anillo al dedo (sic y más sic) en estos tiempos de pandemia y su manejo gubernamental: “lo mejor que cabe esperar es evitar lo peor”, de Italo Calvino. La otra es de Odifreddi: “Una de las formas en que se manifiesta la estupidez es la incapacidad de colocarse en el lugar del otro para poder juzgar desde su punto de vista aquello que dice o hace”.

El privilegio de la estupidez

Los seres humanos tenemos un triste privilegio: siendo tan inteligentes, con frecuencia manifestamos comportamientos estúpidos. Así, más o menos, lo afirma tajante José Antonio Marina.

El año que comienza apenas agotó una veintena de días y su inicio contradice el deseo de que sea mejor que el finalizado.

No quiero ser pesimista ni agorero de desgracias, y faltan muchos meses para juicios y balances, pero extraño sabiduría (inteligencia puesta en acción para vivir una vida digna) en actos personales y gubernamentales.

El comienzo de 2018 sigue en la estela que nos movemos tiempo atrás. Entre nosotros, para no ir lejos, aumentos de precios en productos básicos, aunque se les disfrace con eufemismos técnicos; insensibilidad en gobernantes; muertes y violencia cotidianas, y una economía que puede prosperar en sus grandes indicadores, pero que está lejos, muy lejos de las condiciones familiares, de la mesa y el bienestar.
Al año nuevo le depara un reto mayor: la elección del presidente de la república, una circunstancia que abre la puerta a desgracias mayores, a juzgar por lo que vislumbran las precampañas.

Yo no espero nada de los años, ni les achaco culpas. Somos los ciudadanos, unos más, otros menos, responsables de lo que sucede a escala social o individual. No todo está en las manos de cada uno, pero ese margen es el que vamos a poner a prueba en los próximos meses. Veremos si algo aprendimos o estamos aprendiendo.

Elogio de la estupidez

cipollaHace seis años y un mes publiqué el contenido de este artículo. Varias señales en el horizonte me hicieron volver la vista al pasado y creer que es buen momento para repasarlo y, en la medida posible, prevenirnos de la estupidez.

En una vieja librería del sur de la Ciudad de México conseguí un libro que me sedujo por el título y la portada. Se llama Allegro ma non troppo, escrito por Carlo M. Cipolla, profesor e historiador en universidades europeas y norteamericanas. La obra, publicada inicialmente en Italia a finales de los ochenta, fue traducida al español e impresa en 1991 por la estupenda Editorial Crítica, con sede en Barcelona.

De la obra conviene ofrecer algunas referencias que tomo de la solapa: los dos ensayos que componen el libro fueron escritos en inglés no para ser publicados ni vendidos, sino para compartir a los amigos. El gusto que provocaron originó que se reprodujeran masivamente en fotocopias e incluso manuscritos. Cipolla no tuvo más remedio que publicarlo; en dos semanas se agotó la edición inicial, y 50 mil ejemplares en pocos meses.

El primero de los ensayos se titula “El papel de las especias (y de la pimienta en particular) en el desarrollo económico de la Edad Media”. El segundo, al que aludiré, “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”; contenido excepcional, pero desacertado el nombre, pues no creo que se pueda calificar como estupidez los comportamientos animales o de otras especies, solo atribuibles a los humanos.

El ensayo sobre la estupidez es un espléndido ejercicio humorístico: “El término humorismo –dice Cipolla– deriva del término humor y se refiere a una sutil y feliz disposición mental sólidamente basada en un fundamento de equilibrio psicológico y de bienestar fisiológico.” En otras palabras, “es, claramente, la capacidad inteligente y sutil de poner de relieve y destacar el aspecto cómico de la realidad. Pero es también mucho más que eso. En primer lugar, tal como escribieron Devoto y Oli, el humorismo no debe suponer una posición hostil, sino más bien una profunda y a menudo indulgente simpatía humana”.

Enfatizo: humorístico y no irónico. La diferencia es sutil en la escritura pero radicalmente distinta en actitud: el irónico se ríe de los demás; el humorístico se ríe con los demás. Este es un texto humorístico sobre la estupidez: “una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana”.

Cinco son las leyes fundamentales de la estupidez, a saber:

1) “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. Quizá la mexicana expresión “un chingo” pueda ayudar, pero siempre será ambiguo el cálculo. Ciertamente, dice Cipolla, el número de personas estúpidas no es infinito, porque es finito el número de personas vivas.

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CHESPIRITO Y YO

Chespirito-Diego-Maradona-Florinda-EFE_CLAIMA20141128_0333_27Sería un exceso de arrogancia jactarme de que no vi a Chespirito, que no reí muchas veces con alguno de sus múltiples personajes, o en la película “El chanfle”. Por supuesto que lo hice.

En casa familiar teníamos una televisión común y las opciones eran escasas. Cuando viví en el Distrito Federal, a principios de los años noventa, en la casa de huéspedes de la colonia Narvarte no tenía televisión, pero me refugiaba con frecuencia en el cuarto de mi viejo amigo Pedro de Alba y allí, él, conectado a su tanque de oxígeno, pasaba las horas mirando su pequeño aparato blanco y negro; por las noches, cuando tomábamos café o una cerveza caliente (porque entraba a mediodía de contrabando), solíamos ver también al Chavo del ocho.

Todo eso es verdad, aunque nunca fue un personaje entrañable como lo es para millones de personas. Tampoco valoraba su ingenio y ocasionalmente habré sido despectivo con sus personajes, pero descubrir el enorme respeto y cariño que le profesan en Argentina y Chile me cambió la perspectiva en años más recientes. Roberto Gómez Bolaños apareció invariablemente en diálogos con colegas universitarios, con taxistas o meseros. Al reconocer o saber de mi nacionalidad, saltaban referencias cariñosas al Chavo del Ocho, el Chapulín colorado o sus otros personajes. Y siempre con expresiones muy elogiosas. Fue, es un personaje que vieron abuelos, padres, hijos y siguen disfrutando los nietos, porque siguen repitiendo capítulos de aquellos programas.

En ambos países fue habitual encontrar camisas impresas con las caras de Don Ramón y la CH encerrada por el corazón del Chapulín. Las vi en puestos de ropa en la calle y en la espalda de chilenos y argentinos. Hasta me resultaba familiar en aquellos pagos, lo confieso.

He escuchado a quienes sostienen que la imagen difundida de los mexicanos era poco halagüeña, pero nunca sentí que me trataran como el bobo ingenuo que representaba el Chavo del Ocho, ni que me juzgaran chiflado solo por ser mexicano. Y qué pensar cuando personas tan polémicas, críticas y poco complacientes como Diego Armando Maradona le prodigan enorme cariño, confiesan haber reído con él y lo consideran su ídolo.

Ahora con su muerte no siento un dolor personal, o que me arrancaron una parte, pero sí me parece un exceso de mal gusto que alguien escriba en tuiter insultos pocas horas después de muerto, acusándolo de imbécil o propagandista en su tiempo de políticos entonces y ahora impresentables. Ese gesto poco valiente sí me parece una imbecilidad, una respetable pero abusiva imbecilidad.

Elogio de la estupidez

Hace varias semanas quería escribir este artículo, pero no encontraba la oportunidad ni el clima para redactarlo. Hoy los tengoEl propósito es simple. Quiero compartir con ustedes algunas ideas de un breve libro que conseguí en una vieja librería de la Ciudad de México. Se llama “Allegro ma non troppo”, escrito por Carlo M. Cipolla, profesor e historiador en universidades europeas y norteamericanas. La obra, publicada inicialmente en Italia a finales de los ochenta, fue traducida al español e impresa en 1991 por la estupenda Editorial Crítica, con sede en Barcelona.

De la obra conviene ofrecer algunas referencias que tomo de la solapa: los dos ensayos que componen el libro fueron escritos en inglés no para ser publicados ni vendidos, sino para compartir a los amigos. El gusto que provocaron originó que se reprodujeran masivamente en fotocopias e incluso manuscritos. Cipolla no tuvo más remedio que publicarlo; en dos semanas se agotó la edición inicial, y 50 mil ejemplares en pocos meses.

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