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Red de Evaluación Educativa en Colima

El 11 de febrero, en el Paraninfo de la Universidad de Colima, anunciamos la creación de la Red de Evaluación Educativa de Colima, con las adhesiones, a la fecha, de las instituciones más relevantes del panorama educativo local, entre ellas, por supuesto, la Universidad de Colima y la Secretaría de Educación del Gobierno estatal.

Las expectativas que teníamos cuando concebimos la Red se fortalecen con el entusiasmo y participación de un cada vez más amplio grupo de instituciones y personas interesadas en constituir un espacio plural, propositivo y convergente en el deseo de que la evaluación sea insumo valioso para la comprensión, el diálogo y la toma de decisiones que permitan la mejora en el sistema educativo colimense.

A continuación, expongo algunas partes del documento fundacional, preparado inicialmente por el profesor universitario Antonio Gómez Nashiki, con base en los acuerdos suscritos por las instituciones.

Durante el proceso nacional de difusión de la tercera convocatoria del Fondo INEE/Conacyt (agosto-septiembre de 2018), la Dirección General Adjunta en Colima del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación invitó a las instituciones de educación superior públicas dedicadas a la formación de maestros a conocerla y explorar posibilidades de desarrollar un proyecto conjunto, semilla de un esfuerzo interinstitucional inédito de colaboración académica en distintos planos.

La disposición de las instituciones participantes en las reuniones, el Instituto Superior de Educación Normal de Colima, la Universidad Pedagógica Nacional unidad 061, la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado y la Universidad de Colima, alimentaron distintas ideas sobre las actividades factibles, entre ellas, la creación de una red académica dedicada a investigar, estudiar y difundir la importancia de la evaluación como ingrediente vital para la comprensión y transformación de los sistemas educativos.

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El INEE en Colima

La semana anterior la consejera presidenta del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), Sylvia Schmelkes del Valle, inauguró las oficinas en Colima. El hecho se enlazó con la firma de sendos convenios con gobierno del estado y la Universidad de Colima. En ambos, los convenios oficializan acciones de colaboración que ya se realizan. En adelante, los compromisos se refuerzan y amplían perspectivas.

En el discurso de apertura, el coordinador de las direcciones en los 32 estados, José Roberto Cubas, recordó los siete ejes que las justifican:

-Facilitar y coadyuvar en la ejecución de las evaluaciones que realiza el INEE en los estados, lo que permite mayor acercamiento con actores locales.

-Facilitar y coadyuvar en la supervisión de las evaluaciones que regula el INEE en las entidades federativas, lo cual permite una aplicación más eficiente de los lineamientos del Servicio Profesional Docente y las evaluaciones que efectúan los estados.

-Contribuir al fortalecimiento de capacidades locales en materia de evaluación de la educación; una ventana con amplias posibilidades de desarrollo en Colima, si se conjuntan esfuerzos de varias instituciones dedicadas a la materia, como la propia UdeC, la UPN y el ISENCO.

-Impulsar el uso de los resultados de la evaluación para la mejora, que “promoverá el análisis de los resultados de las diferentes evaluaciones para establecer rutas que apunten a la mejora educativa en las escuelas, los programas y las políticas de la entidad”.

-Establecer canales de intercambio de información entre el INEE y las entidades federativas, sobre el estado de la educación y la evaluación.

-Participar en el seguimiento de compromisos establecidos por la autoridad educativa para la implementación de las directrices del INEE, dos en este momento, pero que pronto aumentarán.

-Mantener y mejorar la relación e imagen institucional con los actores de la educación en los estados: “Se pretende dar a conocer la labor que realiza el Instituto, en distintos medios locales, en espacios del ámbito educativo y en la comunidad en general”.

Los resultados de varias evaluaciones ofrecen lecciones insoslayables. Es claro, por ejemplo, que las escuelas ubicadas en condiciones de alta y muy alta marginación, comunidades pequeñas, de menos de 2,500 habitantes, presentan resultados desfavorables. El imperativo que se desprende es inapelable: mejorar la educación no es tarea solo de la escuela, es importante actuar sobre el medio social, sobre las condiciones o variables de la vida social y familiar. En Colima las condiciones de marginación no son extremas, si se comparan con otras entidades, pero también hay retos, y el gobierno que comienza podría encarar el desafío de avanzar en la calidad con equidad.

La evaluación no mejora la educación en sí misma, pero usar sus resultados es una condición que puede favorecer la mejora, si se analizan grupalmente, con sentido crítico, propositivo, responsable y asertivo. En este sentido, la conducción de la educación desde la Secretaría, y en cada escuela desde las direcciones, serán claves para construir un futuro promisorio a partir de movilizar el presente a favor de los niños y los jóvenes, de su educación y de la sociedad.

Colima reúne condiciones favorables también en educación. Es un estado propicio para la innovación educativa, con un clima y estabilidad en el sector en donde se pueden articular solidaridades profesionales y emprender una transformación ejemplar en el país. Ese es el reto.

 

 

Un examen a la evaluación

Envuelta en un halo casi mágico, la evaluación se ha convertido en una palabra y práctica estelares. Todos hablan de evaluación, la invocan y la procuran, porque así, supone el sentido común instalado, la educación será mejor. Los gobiernos e instituciones invierten crecientemente en exámenes, se extienden los rankings y se creó una industria evaluadora, plagada de departamentos que diseñan exámenes, cursos (para hacer pruebas e interpretarlas, de preparación para aprobarlas, para convertirse en evaluadores, para ser evaluados y preparar informes, etc.), expertos que evalúan y organismos que acreditan.

A la creencia mítica en la evaluación hay que someterla a riguroso examen, para conocer posibilidades y límites, aprovecharla y convertirla en medio. A continuación, algunos ítems para examinar la evaluación.

-La evaluación, entendida como exámenes, no es sinónimo de calidad. Es más usual crear un sistema de exámenes, modernizarlo y hacerlo cada día más sofisticado, que trabajar en salones de clases con los maestros para perfeccionar prácticas de enseñanza.

-¿Exámenes como control o como insumo para la reflexión del profesorado y autoridades? En la exigencia de evaluación hay por lo menos dos razones: una, propia de sociedades democráticas, es la responsabilidad de la rendición de cuentas; la otra es la desconfianza derivada de hechos que obligan a no dejar que las escuelas se conviertan en territorio de impunidad e irresponsabilidad, pero también la desconfianza prohijada por la incomprensión de los tiempos naturales del aprendizaje o los cambios educativos. La examinación no es tarea burocrática, debe convertirse en proceso pedagógico para comprender, no solo para premiar y castigar.

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La necesidad de unir nuestras verdades

Miguel Ángel Santos Guerra cuenta en su libro La evaluación: un proceso de diálogo, comprensión y mejora (Granada, Aljibe, 1995) que los alumnos de Lawrence Stenhouse, notable investigador educativo, en el campus de la Universidad de Norwich sembraron un árbol como homenaje póstumo, y colocaron una placa con un pensamiento central del maestro: “Son los profesores los que, al fin, podrán cambiar el mundo de la escuela, comprendiéndola”.

Esa también es mi convicción. A la escuela no la van a cambiar activismos estériles, desorientados o alentados por privilegios grupusculares; menos las modas o los dictados ministeriales o legislativos. Al mundo de la escuela lo podemos cambiar comprendiéndolo, pensándolo, y cuestionándonos cómo lo estamos pensando. Esto último me parece cardinal: reformar la escuela requiere, en primer término, reformar nuestros pensamiento, nuestra comprensión y las ideas sobre la escuela. No propongo un idealismo abstracto, sino una práctica inteligente y coherente.

Parece tan simple de enunciar como complicado de ejecutar, pero en el trabajo cotidiano de la escuela habitualmente no hay pausas para la reflexión, el diálogo, el coloquio, la discusión, incluso el disenso. Se pierde la riqueza de la escucha, de la expresión, del argumento divergente. Y así, se obstaculiza la comprensión. Leer más…

La evaluación educativa como espectáculo

Los anuncios recientes sobre la aplicación de las pruebas del PLANEA (Plan Nacional para la Evaluación de los Aprendizajes), reavivaron un conflicto incesante: el lugar de la evaluación en la realidad educativa y política del país.

Cuatro actores están en medio de la batahola: la Secretaría de Educación Pública, el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), organizaciones de la sociedad civil y un frente disperso de académicos e investigadores críticos que, con relativa facilidad, desnudan las falencias de la reforma e intenciones que se van desplegando.

La próxima edición del PLANEA difiere de las anteriores, grosso modo, porque la aplicación (y los aplicadores) serán internos y los fines solamente diagnósticos para las escuelas; eso provocó que algunos sectores, como Mexicanos Primero, se revuelvan furiosos para denunciar que no es el camino y precisa enmendarse la decisión como está marcado en la normativa: que los aplicadores sean externos y los usos de los resultados, públicos.

De la consejera presidenta del INEE, Sylvia Schmelkes, solo espero mesura e inteligencia; y ahora fue así. Inicialmente dijo lo que cualquier persona medianamente informada en el tema sabe: que los cambios educativos no se observan en lapsos cortos.

La decisión es sensata (si hubo recorte presupuestal es tema de discusión aparte): devolver a la escuela la confianza y la responsabilidad de que sean los maestros quienes apliquen las pruebas y utilicen los resultados para introducir cambios. ¿Con controles? Los indispensables, por supuesto. Hacerlo es un gesto que hoy no existe hacia los maestros, a quienes se dispara a la cabeza sin piedad con generalizaciones abusivas. Obvio reiterarlo: eso no descarta la exigencia de rigor y profesionalismo a los implicados, pues el autoengaño dañaría severamente el proceso.

Por otro lado, la obligación de transparentar resultados es irreversible; como lo es mejorar escuelas, diseñar políticas apropiadas, contratar maestros o formarlos adecuadamente, pero las auténticas transformaciones no vendrán dadas por los sesudos informes de Mexicanos Primeros o México Evalúa, o con periodistas exhibiendo sin análisis ni contextualizaciones. La educación no es un partido de fútbol ni un programa televisivo de chismes.

Los informes nacionales o estatales, las aplicaciones reiteradas de pruebas o resultados en rankings no resuelven problemas estructurales. Son coartadas para campañas propagandísticas o notas amarillas en prensa. Nada de eso falta. Lo que modificará la educación es lo que hagan los maestros con los alumnos en los salones de clases, en la escuela toda. Esa debe ser la prioridad. Lo que necesitamos es el máximo uso pedagógico de la evaluación, no convertirla en espectáculo mediático.