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La crueldad del fútbol: ¡adiós, Luis!

Este mediodía observé el video de 3 minutos con la despedida de Luis Suárez del Barcelona. Me conmovieron las palabras y la imagen.

Suárez llegó al club después de un escándalo mundial, cuando casi nadie sacaba la cara por él. Cuando todos juzgábamos con dureza su mordisco a un compañero de profesión. Entonces, el presidente de su país, Pepe Mujica, lo “bancó” retratando al ser humano, al muchacho sencillo y auténtico.

A pesar de la animadversión que generó, el Barça confío, lo contrató y en seis años se convirtió en el tercer mejor goleador de su historia, formando una alianza temible con Leo Messi en la cancha, sellada por una amistad familiar envidiable.

Con la llegada del nuevo director técnico, como sucedió muchas veces en la historia interminable del deporte negocio, se decidió que Luis no cabe más en el equipo.

Hoy se despidió y su salida será un episodio más de la crueldad del fútbol, una poderosa maquinaria de dinero, poder y corrupción. En su discurso de despedida, Luis recordó que no se va sólo el 9 del Barça, también una persona, un ser humano con familia e ilusiones, que lo pasó mal en momentos, pero preferirá los recuerdos maravillosos.

Aficionado al Barça, habría preferido seguir viendo en la cancha a Luis junto a Messi, pero no sucederá más. No volveré a cantar sus goles que, a veces, disfruté más que los de Messi, cuando los errores eran más que sus aciertos y necesitaba el alimento del goleador.

¡Adiós, Luis! Gracias por los 198 goles y tantas alegrías durante seis años inolvidables.

Messi es un perro

Uno de los cuentos más célebres y celebrados de Hernán Casciari, escritor argentino, se llama así: Messi es un perro. O mejor, dice Hernán: un hombre perro.

El cuento relata las actitudes de Totín, el perro tonto del juvenil Casciari, que no ladra ni cuando roban la televisión de la sala, pero enloquece cuando ve la esponja patito amarilla del baño. Como Messi con el balón de fútbol.

Igual que Totín, Messi con la pelota en la bota zurda disfruta y se olvida del mundo. Corre, lo tocan, se levanta, cae, lo golpean, sigue, lo jalan de todas partes, sigue, lo tiran, vuelve a levantarse, brinca, dispara, mira, sonríe de pronto, pero siempre tiene en la mente la esponja patito amarillo, el balón, y lo busca para embocarlo en el arco contrario.

Hoy pasó de nuevo en el partido de la Champions entre el Barcelona y el Napoli. En la jugada del segundo gol, Messi entra al área del equipo italiano, dribla una vez, dos, luego lo tiran, y cuando todos los futbolistas se habrían tirado al suelo, gritando y contorsionándose, exigiendo penal y expulsión, Leo se levanta, y casi desde el suelo dispara con una puntería que la mayor parte de los jugadores profesionales no tienen en su pierna izquierda, ni en la derecha. La bola, obediente al mejor de sus amantes, toma una trayectoria mortal con dirección al ángulo más complicado del portero colombiano. El resultado fue eso: gol, golazo, como se quiera cantar.

El resto no lo sé. Escribo estas líneas en el medio tiempo del partido. Messi, quién puede dudarlo hoy, es un perro, un hombre perro. El perro Totín de Casciari, la alegría de casi todos los que amamos el buen fútbol.

¡Bienvenido el fútbol!

Sin buscarlo, a la hora de la comida, encontré en la tele el partido del regreso de la liga española de fútbol. ¡Y qué partido! Claro, en otras circunstancias. Jugaron Sevilla y Betis, el clásico de la capital andaluza. Lo vi con gusto, no todo, porque había otros compromisos, pero con júbilo inusitado.

Me alegra muchísimo la vuelta del fútbol a ese país, sobre todo, porque reconfirma la remontada a la época negrísima que les sacudió en las semanas pasadas, convulsionados entre las disputas políticas y los actos heroícos de sus médicos y enfermeras, de todo su personal sanitario.

Más allá de que volveré a disfrutar los partidos del Barça y Messi, celebro la reanudación del asunto más importante entre los menos esenciales.

¡Bienvenidos el fútbol, los goles y la indispensable alegría de cada fin de semana!

ALUMNOS O ESTUDIANTES

En México se celebra hoy el Día del Estudiante. La ocasión es propicia para la reflexión sobre ellos, desde un ángulo inédito: estudiantes sin escuela, estudiantes en casa, estudiantes con enseñanza remota en situación de emergencia.

Jorge Larrosa, en un estupendo libro, P de profesor, diferencia entre jóvenes, estudiantes y alumnos. Desde su punto de vista la frontera es nítida: la juventud es una condición biológica, una edad, una etapa de la vida. Crítica la “juvenilización” de los jóvenes, como un proceso “por el que algo o alguien se convierte en un cliché, en una máscara, en una imagen, en una especie de doble convencional de lo que es”.

Los alumnos lo son a partir de que se inscriben a la universidad (ese es el ámbito de sus reflexiones, pero podríamos extenderlo): “es una condición puramente administrativa. Y se constituyen en alumnos, también, en el momento en que atraviesan la puerta de la sala de aula y ocupan su lugar”. Les preocupa su calificación, la forma en que deben presentar sus trabajos; toman la materia como trámite.

Estudiante es una condición “existencial y pedagógica”, a la cual debe llevar el profesor a los alumnos, quienes ya en ese papel asumen una actitud y compromiso más allá de notas y pruebas.

Aplicado al lenguaje nacional, caricaturizaría: el alumno se conforma con pasar de panzazo y solo por cumplir requisitos o cubrir créditos.

Con esas disquisiciones, podríamos concluir: alumnos son todos, ser estudiante es un proceso o un camino.

¡Felicidades a los estudiantes!

La nota color esperanza

El fútbol alemán volvió a las canchas la semana pasada, sin aficionados. Hoy la nota genial la brindó el club Borussia Mönchengladbach, en su estadio, el Borussia-Park: 13 mil aficionados del club pagaron 19 euros para apoyar a su equipo con su fotografía pegada a un cartón en el graderío. Para darle un tono más delirante a la idea, abrieron también espacio para aficionados del equipo contrario que, en menor proporción, también estuvieron presentes y sonrientes. Hoy cambio mi concepto de la frialdad con que conocí a la poderosa maquinaría teutona.

TRISTEZAS SILENCIOSAS

Soy aficionado al fútbol por mi padre. Él lo jugó y me enseñó a querer los colores de un equipo, el más mexicano, como reza uno de los refranes de las Chivas. Desde pequeño, aunque jugara otros deportes, de lo poco que podía probarse en mi pueblo, volvía siempre a la cancha verde y enorme del Carlos Septién para ver al Sección 82 y, cuando llegó el momento, vestirme el uniforme a rayas verde y blanco en todas sus categorías, hasta la máxima, los domingos a las 4 de la tarde, hora estelar.

No tuve la fortuna de ver jugar el “Campeonísimo”, el legendario equipo que alguna vez podía repetir de memoria, desde la portería del “Tubo” Gómez hasta la temible delantera de Héctor Hernández o Chava Reyes, entre otras figuras superlativas. Cuando se cerraba su ciclo, nací, pero mi padre lo recordaba y crecí con ellos.

Este mediodía entré a Twitter y vi la triste noticia de la muerte de uno de aquellos ídolos: Tomás Balcázar, mundialista que más gente joven conoce hoy por ser el abuelo de Javier Hernández, “el chicharito”. Tampoco lo vi anotando goles, por supuesto, porque se retiró una docena de años antes de mi acta de nacimiento. Él ya no jugó en el Campeonísimo, pero auxiliaba desde la banca.

Cuando leí la noticia hoy pensé en mi padre. Fue mi primera imagen, con un huracán de recuerdos. Estará triste si ya lo sabe. Si lo ignora, no quiero darle la noticia triste. Don Carlos no dirá mucho. Siempre ha sido así: tímidamente feliz en la victoria; silencioso en la derrota o la tristeza. Hoy estará triste y yo también por partida doble, por don Tomás y por mi padre.