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El Diego es eterno

Primer tiempo
Hace algunos meses, cuando la pandemia nos había robado el futbol en vivo, la televisión, pródiga en satisfacer deseos e inventarnos otros, repitió partidos de todas las calidades y para variados gustos. Sólo uno vi completo. Fue por azar dominical. En el calor del mediodía, harto del trabajo semanal, me planté frente al aparato, encendí el ventilador y puse los pies sobre otra silla. Busqué y busqué, hasta encontrar la voz de uno de esos viejos narradores que fueron habituales en la televisión pública de otras décadas. En la primera impresión creí que la imagen fallaba, por la nitidez de la transmisión. Miré el control y luego froté los ojos. No mejoraba la señal. Enseguida, fui reconociendo de a poco a los futbolistas, el público, los equipos, el sonido ambiental. Era la final del México 86, el trepidante Alemania contra Argentina, jugado a las 12 del día en la altura del entonces llamado Distrito Federal.

¡Este es, este quiero! Apenas habían sonado los himnos y comenzaban a rodar las emociones de dos naciones futboleras en el mítico estadio Azteca, el único escenario donde ganaron una copa del mundo los reyes del fútbol: Pelé, en 1970, colocándose solo la corona mientras levantaba la Jules Rimet, y Diego Armando Maradona, el Diego, 16 años después, echándose encima al equipo y a un país incrédulo.

Busqué a Juan Carlos, de 10 años, en el improvisado salón del quinto grado grupo B, en el huequito de la escalera. Ahí estaba, infaltable, con los pies encima de la mesa blanca, sus audífonos y jugando en la tableta. Le llamé de inmediato. No escuchó. Repetí. ¡Ven, por favor! De mala gana se sentó a mi izquierda. Con emoción le conté qué partido era y que ahí estaba el Diego. Me hizo tres preguntas casi de golpe: ¿y cómo quedaron? No te diré, le contesté. Velo conmigo. Hizo un gesto de resignación y luego le pedí que observara el partido. ¡Ahí está, ahí está, ese es Diego! ¿Maradona, ese es Maradona? Sí, ese es. Su gesto fue de sorpresa; remachó: ¿y qué le pasó? Seguramente había visto las imágenes más recientes del Diego, en las condiciones tan lastimosas que aparecía ya desde su paso por Dorados de Sinaloa. Así era Diego, hijo, así era cuando Dios bajó a la cancha para hacernos felices.

Segundo tiempo
Leo Messi, poco afecto a gastar palabras, escribió una despedida a Diego y su mensaje en Instagram se replicó por todas partes: Nos deja, pero no se va, porque el Diego es eterno.

Leo es argentino, pero no porteño; es rosarino, como el Che Guevara, Roberto Fontanarrosa y Fito Paez. Diego, de barrio pobre bonaerense, verbo prolijo, ingenioso dentro y fuera de la cancha, generoso hasta el exceso; por eso vivió al límite la fiesta y el fútbol, la política y sus convicciones. Pero Diego es ya universal.

La frase de Leo, genio definiendo la inmortalidad del genio que tuvo como ídolo, es una de las que quedarán para siempre en esta canchita de la vida, el futbol, que parece menor, pero conmociona y atrapa sin igual la atención mundial, como constatamos ahora.

Por eso, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, escribió un texto impecable por la partida del Diego, que la Casa Rosada tiene en su portal. Por eso, los textos bellísimos que hemos leído en estas horas, de Juan Villoro, por ejemplo; y las palabras que le dirigieron algunos de los personajes mayúsculos del fútbol, como su compatriotas Diego Simeone y Jorge Valdano, Pep Guardiola y Zinedine Zidane, o el mensaje de Pelé, quien lo despidió con el deseo de encontrarse en el cielo para jugar al balón. O el papa Francisco.

Diego, ave tempestuosa, vivió entre el Olimpo de la victoria y el lodo de los escándalos por drogas o sus relaciones sentimentales, pero en estas horas la unanimidad se centra en su legado al futbol de cancha y contra los poderes que lo gobiernan. De lo otro, ¿quién tiene la autoridad moral para juzgar al prójimo?

Quizá la mejor despedida para el Diego, además de lo dicho por Leo Messi, es una pancarta que encontró Pep Guardiola en Buenos Aires el año pasado y lo contó ayer: “No importa lo que hayas hecho con tu vida, Diego, lo que importa es lo que has hecho por las nuestras”. Ese es el Diego, el Diego de la gente, como titula a su autobiografía.

¡Gracias, Diego!

La crueldad del fútbol: ¡adiós, Luis!

Este mediodía observé el video de 3 minutos con la despedida de Luis Suárez del Barcelona. Me conmovieron las palabras y la imagen.

Suárez llegó al club después de un escándalo mundial, cuando casi nadie sacaba la cara por él. Cuando todos juzgábamos con dureza su mordisco a un compañero de profesión. Entonces, el presidente de su país, Pepe Mujica, lo “bancó” retratando al ser humano, al muchacho sencillo y auténtico.

A pesar de la animadversión que generó, el Barça confío, lo contrató y en seis años se convirtió en el tercer mejor goleador de su historia, formando una alianza temible con Leo Messi en la cancha, sellada por una amistad familiar envidiable.

Con la llegada del nuevo director técnico, como sucedió muchas veces en la historia interminable del deporte negocio, se decidió que Luis no cabe más en el equipo.

Hoy se despidió y su salida será un episodio más de la crueldad del fútbol, una poderosa maquinaria de dinero, poder y corrupción. En su discurso de despedida, Luis recordó que no se va sólo el 9 del Barça, también una persona, un ser humano con familia e ilusiones, que lo pasó mal en momentos, pero preferirá los recuerdos maravillosos.

Aficionado al Barça, habría preferido seguir viendo en la cancha a Luis junto a Messi, pero no sucederá más. No volveré a cantar sus goles que, a veces, disfruté más que los de Messi, cuando los errores eran más que sus aciertos y necesitaba el alimento del goleador.

¡Adiós, Luis! Gracias por los 198 goles y tantas alegrías durante seis años inolvidables.

Messi es un perro

Uno de los cuentos más célebres y celebrados de Hernán Casciari, escritor argentino, se llama así: Messi es un perro. O mejor, dice Hernán: un hombre perro.

El cuento relata las actitudes de Totín, el perro tonto del juvenil Casciari, que no ladra ni cuando roban la televisión de la sala, pero enloquece cuando ve la esponja patito amarilla del baño. Como Messi con el balón de fútbol.

Igual que Totín, Messi con la pelota en la bota zurda disfruta y se olvida del mundo. Corre, lo tocan, se levanta, cae, lo golpean, sigue, lo jalan de todas partes, sigue, lo tiran, vuelve a levantarse, brinca, dispara, mira, sonríe de pronto, pero siempre tiene en la mente la esponja patito amarillo, el balón, y lo busca para embocarlo en el arco contrario.

Hoy pasó de nuevo en el partido de la Champions entre el Barcelona y el Napoli. En la jugada del segundo gol, Messi entra al área del equipo italiano, dribla una vez, dos, luego lo tiran, y cuando todos los futbolistas se habrían tirado al suelo, gritando y contorsionándose, exigiendo penal y expulsión, Leo se levanta, y casi desde el suelo dispara con una puntería que la mayor parte de los jugadores profesionales no tienen en su pierna izquierda, ni en la derecha. La bola, obediente al mejor de sus amantes, toma una trayectoria mortal con dirección al ángulo más complicado del portero colombiano. El resultado fue eso: gol, golazo, como se quiera cantar.

El resto no lo sé. Escribo estas líneas en el medio tiempo del partido. Messi, quién puede dudarlo hoy, es un perro, un hombre perro. El perro Totín de Casciari, la alegría de casi todos los que amamos el buen fútbol.

¡Bienvenido el fútbol!

Sin buscarlo, a la hora de la comida, encontré en la tele el partido del regreso de la liga española de fútbol. ¡Y qué partido! Claro, en otras circunstancias. Jugaron Sevilla y Betis, el clásico de la capital andaluza. Lo vi con gusto, no todo, porque había otros compromisos, pero con júbilo inusitado.

Me alegra muchísimo la vuelta del fútbol a ese país, sobre todo, porque reconfirma la remontada a la época negrísima que les sacudió en las semanas pasadas, convulsionados entre las disputas políticas y los actos heroícos de sus médicos y enfermeras, de todo su personal sanitario.

Más allá de que volveré a disfrutar los partidos del Barça y Messi, celebro la reanudación del asunto más importante entre los menos esenciales.

¡Bienvenidos el fútbol, los goles y la indispensable alegría de cada fin de semana!

ALUMNOS O ESTUDIANTES

En México se celebra hoy el Día del Estudiante. La ocasión es propicia para la reflexión sobre ellos, desde un ángulo inédito: estudiantes sin escuela, estudiantes en casa, estudiantes con enseñanza remota en situación de emergencia.

Jorge Larrosa, en un estupendo libro, P de profesor, diferencia entre jóvenes, estudiantes y alumnos. Desde su punto de vista la frontera es nítida: la juventud es una condición biológica, una edad, una etapa de la vida. Crítica la “juvenilización” de los jóvenes, como un proceso “por el que algo o alguien se convierte en un cliché, en una máscara, en una imagen, en una especie de doble convencional de lo que es”.

Los alumnos lo son a partir de que se inscriben a la universidad (ese es el ámbito de sus reflexiones, pero podríamos extenderlo): “es una condición puramente administrativa. Y se constituyen en alumnos, también, en el momento en que atraviesan la puerta de la sala de aula y ocupan su lugar”. Les preocupa su calificación, la forma en que deben presentar sus trabajos; toman la materia como trámite.

Estudiante es una condición “existencial y pedagógica”, a la cual debe llevar el profesor a los alumnos, quienes ya en ese papel asumen una actitud y compromiso más allá de notas y pruebas.

Aplicado al lenguaje nacional, caricaturizaría: el alumno se conforma con pasar de panzazo y solo por cumplir requisitos o cubrir créditos.

Con esas disquisiciones, podríamos concluir: alumnos son todos, ser estudiante es un proceso o un camino.

¡Felicidades a los estudiantes!

La nota color esperanza

El fútbol alemán volvió a las canchas la semana pasada, sin aficionados. Hoy la nota genial la brindó el club Borussia Mönchengladbach, en su estadio, el Borussia-Park: 13 mil aficionados del club pagaron 19 euros para apoyar a su equipo con su fotografía pegada a un cartón en el graderío. Para darle un tono más delirante a la idea, abrieron también espacio para aficionados del equipo contrario que, en menor proporción, también estuvieron presentes y sonrientes. Hoy cambio mi concepto de la frialdad con que conocí a la poderosa maquinaría teutona.