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Entradas con las etiquetas ‘Infancia’

Niños diputados por un día

La idea de los cabildos o congresos integrados por niños un día me parece demagógica en extremo casi insoportable. Una suerte de mea culpa, de falsa corrección política, de inclusión fácil, de mercadotecnia política agotada.

Sucede cada año por estas fechas, ante la llegada del 30 de abril. En un síntoma de anemia mental, no hay nada nuevo cada año, a nadie se le ocurre imaginarse (y actuar) algo distinto, creíble, formativo, trascendente más allá de la nota efímera. No digo que no resulte (o pueda serlo) una experiencia inolvidable para los niños elegidos, pero no produce impacto alguno en la sociedad.

En el mundo se han ensayado ideas para atreverse a resonancias o apuestas mayores; por ejemplo, un cabildo infantil permanente, que sesione un día cada mes, una mañana o una tarde, integrado por representantes de las escuelas del municipio, con un encargado de coordinar, tomar notas, llevar seguimiento, ayudar en las gestiones. Ese cabildo llevaría a las sesiones el sentir de sus compañeros de los centros escolares, plantearía problemas, propondría soluciones, en suma, ejercería el derecho de los niños a opinar sobre los temas de interés colectivo.

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Lo que me enseñaron los niños 2

La semana pasada se publicó en este espacio la primera parte de un ejercicio colectivo con estudiantes del sexto semestre grupo A de la Facultad de Pedagogía en la Universidad de Colima. Cada uno escribió un párrafo a partir del enunciado que titula esta colaboración. Esta es la segunda mitad.

Los que nos enseñaron los niños

Los niños transmiten la alegría que a veces nos falta a para ver el mundo de colores. Siempre pueden enseñar tres cosas a un adulto: a ponerse contento sin motivo, a estar ocupado en algo y a exigir con todas sus fuerzas aquello que desea.

Los niños son el motivo para continuar luchando por el futuro; inspiran para trasmitir una sonrisa frente a situaciones adversas.Son la alegría de un salón de clases y se aprende de ellos, como ellos de nosotros.

Un niño es increíble; te pueden sacar mil sonrisas con el simple hecho de verlos, escucharlos, convivir, jugar, entenderlos. Cuando me preparo para trabajar con niños, en ocasiones entra mi desesperación por no saber qué actividades elegir, con la preocupación de que no les gusten. Mi hermana dice: “acuérdate de lo que te gustaba hacer cuando eras niña”; y aparecen ellos, porque tienen el poder de hacerte retroceder el tiempo, de hacerme pensar como cuando era niña para lograr comprenderlos; no es fácil, porque he trabajado tanto en ser adulto que me olvido que en algún momento fui niña, pero ellos lo consiguen.

Los niños me enseñan a vivir el presente; no les importa lo que pasará mañana o después. Disfrutan el momento y mientras vamos creciendo nos va importando más el futuro, tenemos más preocupaciones de qué sucederá y no disfrutamos el día a día.

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Lo que me enseñaron los niños

Propuse a los estudiantes del curso “Gestión y administración de la educación superior”, sexto semestre (grupo A) en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima, que escribiéramos un artículo colectivo. No dudaron y pronto hicieron su aporte. La idea surgió luego de observar el fragmento de una charla estupenda de José Antonio Fernández Bravo; es simple: uno de ellos, cualquiera, escribe el primer párrafo, luego los otros se suman, escribiendo del párrafo previo o agregando nuevas ideas. Así nació este artículo que, por su extensión, felizmente, dividiré en dos semanas. Al final aparecerán los nombres de los participantes en la grata experiencia.

Lo que nos enseñaron los niños

Los niños me enseñan a ser valiente, a querer y hacer las cosas sin miedo de qué dirán, a imaginar aventuras que sacan de la rutina, a conocer lo hermosa que es la vida, a dar amor y cariño sin esperar nada a cambio, a no juzgar, a comprender la causa de los comportamientos, y que formar parte de un equipo, como la familia, es lo más valioso que tenemos.

La familia es un elemento significativo para el desarrollo de cada uno de nuestros pequeños; ahí aprenden de nuestros buenos y malos ejemplos, es por ello que debemos actuar con acciones edificantes para que no se les dificulte asimilar el obrar con el bien, cuidando la pureza y bondad del infante.

Los niños no tienen prejuicios. Cualquiera puede ser su mejor compañero de juegos, no importa el color, el origen o si la persona tiene alguna discapacidad.  Con el tiempo pueden ser crueles, pero eso lo van aprendiendo de los adultos y el medio.

La escuela es su segundo hogar, donde pueden expresarse libremente y desarrollar sus habilidades; en ella el docente se transforma en una figura paternal y guía, va más allá de solo cumplir su trabajo, tiene vocación, que implica paciencia, creatividad, actitud, imaginación y, sobre todo, amor.

Los niños son la base primorial que generan ganas de seguir explorando conocimientos; transmiten paz, alegría y generosidad mediante sus actitudes.

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Sábado agridulce

Tengo varias razones para la alegría: anoche presenté nuevo libro en mi pueblo, allá donde todo comenzó; mi hija leyó un texto de su autoría con un contenido extraordinario; me reencontré con varios antiguos conocidos; esta mañana lo presenté en una Universidad con buenos amigos, escuché un par de comentarios estupendos y vi los rostros de los asistentes… podría seguir con un largo etcétera. No puedo omitir del recuento las malas: la burocracia delirante de los sitios donde trabajo, uno, que cambia las reglas y formatos horas antes de cumplir los tiempos, en franco desprecio a sus trabajadores, la otra, que insensata se empeña a empoderar al absurdo o la estupidez.

Todo se oscurece. Lo que me duele ahora es la noticia que leo en Diario de Colima. El hecho es terrible, tremendo, irritante. Sucedió en Suchitlán, en un preescolar. Un grupo de niños se encimaron en un compañero de 5 años y lo patearon, según declara el padre. Las consecuencias son inadmisibles: perforación de pulmón y traquea lastimada. ¿Por qué unos niños menores de 6 años golpean con tanta saña a otro igual?

No lo entiendo, y no puedo entenderlo. Me resisto a suponer que esto es natural, que los niños estaban jugando y lo sucedido fue algo intrascendente.

¿Dónde estamos perdiendo la batalla por la humanidad, por la sensatez y la sensibilidad? Quisiera, pero no puedo estar feliz.

Pedagogía del amor

El sábado anterior tuve oportunidad de conversar con un par de queridos colegas, esposos ellos, quienes me compartieron su experiencia en una escuela secundaria pública. Los ecos de la charla nocturna regresan en momentos y me revuelven la cabeza con inquietudes, y el estómago con dardos indignantes e indignados.

La escuela se ubica en una zona populosa de Villa de Álvarez, alimentada por niños de condiciones socioeconómicas precarias que, como puede suponerse, en el hogar carecen de las comodidades que los profesores solemos olvidar o menospreciar por insensibilidad o ignorancia.

En esa escuela, cuyo nombre omitiré, muchos niños llegan sin alimentos en la panza, con mochilas raídas y zapatos desastrados, olvidados o descuidados en el seno familiar, sin dinero para comprar en la tiendita; probablemente sin mayores ilusiones por lo que puedan aprender en su salón de clases.

Aunque sea una obviedad, hay que repetirlo: su frágil condición económica no es exclusiva; es parte de la vivencia cotidiana de miles de escuelas y millones de familias. En esos contextos, la vieja pregunta torna incesante y urgente: ¿es posible educar a los pobres, hijos de pobres? Las viejas respuestas o propuestas deben ser removidas para atisbar alternativas.

Es posible educar a los hijos de los pobres. Sí, sin duda, a condición de que la escuela construya un proyecto pedagógico incluyente, entendiendo que lo pedagógico es sustancialmente político.

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