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Entradas con las etiquetas ‘Infancia’

Sábado agridulce

Tengo varias razones para la alegría: anoche presenté nuevo libro en mi pueblo, allá donde todo comenzó; mi hija leyó un texto de su autoría con un contenido extraordinario; me reencontré con varios antiguos conocidos; esta mañana lo presenté en una Universidad con buenos amigos, escuché un par de comentarios estupendos y vi los rostros de los asistentes… podría seguir con un largo etcétera. No puedo omitir del recuento las malas: la burocracia delirante de los sitios donde trabajo, uno, que cambia las reglas y formatos horas antes de cumplir los tiempos, en franco desprecio a sus trabajadores, la otra, que insensata se empeña a empoderar al absurdo o la estupidez.

Todo se oscurece. Lo que me duele ahora es la noticia que leo en Diario de Colima. El hecho es terrible, tremendo, irritante. Sucedió en Suchitlán, en un preescolar. Un grupo de niños se encimaron en un compañero de 5 años y lo patearon, según declara el padre. Las consecuencias son inadmisibles: perforación de pulmón y traquea lastimada. ¿Por qué unos niños menores de 6 años golpean con tanta saña a otro igual?

No lo entiendo, y no puedo entenderlo. Me resisto a suponer que esto es natural, que los niños estaban jugando y lo sucedido fue algo intrascendente.

¿Dónde estamos perdiendo la batalla por la humanidad, por la sensatez y la sensibilidad? Quisiera, pero no puedo estar feliz.

Pedagogía del amor

El sábado anterior tuve oportunidad de conversar con un par de queridos colegas, esposos ellos, quienes me compartieron su experiencia en una escuela secundaria pública. Los ecos de la charla nocturna regresan en momentos y me revuelven la cabeza con inquietudes, y el estómago con dardos indignantes e indignados.

La escuela se ubica en una zona populosa de Villa de Álvarez, alimentada por niños de condiciones socioeconómicas precarias que, como puede suponerse, en el hogar carecen de las comodidades que los profesores solemos olvidar o menospreciar por insensibilidad o ignorancia.

En esa escuela, cuyo nombre omitiré, muchos niños llegan sin alimentos en la panza, con mochilas raídas y zapatos desastrados, olvidados o descuidados en el seno familiar, sin dinero para comprar en la tiendita; probablemente sin mayores ilusiones por lo que puedan aprender en su salón de clases.

Aunque sea una obviedad, hay que repetirlo: su frágil condición económica no es exclusiva; es parte de la vivencia cotidiana de miles de escuelas y millones de familias. En esos contextos, la vieja pregunta torna incesante y urgente: ¿es posible educar a los pobres, hijos de pobres? Las viejas respuestas o propuestas deben ser removidas para atisbar alternativas.

Es posible educar a los hijos de los pobres. Sí, sin duda, a condición de que la escuela construya un proyecto pedagógico incluyente, entendiendo que lo pedagógico es sustancialmente político.

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Paciencia de niño

Entre los atributos principales de los niños no destaca la paciencia. La etapa infantil se caracteriza por muchos otros, pero he descubierto, recientemente, que los niños suelen tener una paciencia a prueba de la terrible enfermedad del tiempo, que consume a los adultos y les hace creer que el implacable reloj debe dictar el ritmo de la vida y ellos seguirlo ciegamente.

Juan Carlos, mi hijo, me enseñó esta lección. Él, con seis años, es un niño normal, quiero decir, tiene dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, una inteligencia como los de su edad; y se diferencia de nosotros en convenciones en las que salimos perdiendo los adultos. Explico con dos ejemplos. Cuando no entiende, sin dudarlo lo confiesa y pregunta: ¿qué es eso, o aquello? Si la respuesta no es clara o convincente, repite el cuestionamiento. Cuando puede, léase casi siempre, sonríe con grados variables de sonoridad, a veces sin consciencia de los lugares silenciosos o inapropiados.

Pues con él descubrí ese atributo de la paciencia infantil. Ahora que aprendió pasa una hora, dos horas silbando una canción, la misma, sin variaciones. Estos días se le oye por toda la casa o en el auto con la canción de la guerra de las galaxias. Su música se escucha por todas partes y, confieso, después de diez minutos es cansado, pero él no se percata. Y sin parar de silbarla, juega con sus pequeñas piezas de lego en la mesita de plástico verde y bancas azules, en la cama, en el sillón de la sala. Arma, desarma, rearma, inventa, voltea, experimenta, descubre. No para de silbar, hasta que Mariana, un poco harta, le grita o reclama silencio. Él no escucha o ignora. Para mediar, le pregunto comedido: ¿hijo, no te enfadas de esa canción? Entonces me concede la gracia de existir, disculpa la interrupción, levanta la cabeza, entre los rulos que le caen en los ojos me dice, sin piedad y abundante inocencia: no. Y sigue en lo suyo, jugando y silbando la tarde completa.

¿Quién dijo que los niños no son pacientes?

¿QUIÉN EDUCA A LOS NIÑOS MEXICANOS?

Juan Marsé, escritor catalán, aseveró que en España el auténtico ministerio de cultura es la nefasta televisión. En México pasa lo mismo, y quizá de manera más cruda por ausencia de tal elefante burocrático que ya pretenden crear en un sexenio obsesionado con promover reformas.

Desde mi perspectiva, la cultura es todo aquello que queda cuando se agotaron las actividades programadas por la secretaría de cultura, o cuando se está lejos de la escuela. Es aquello que hace la gente por gusto en su intimidad, cuando nadie lo ve o para que los otros aprecien sus gustos. Allí, lejos de la parafernalia oficial, nuestros niveles culturales son inquietantes.

En una medición reciente del rating entre niños de cuatro a catorce años, el primer lugar lo ocupaban las telenovelas, enseguida, los reallity shows. Repito para escandalizar un poco: niños de entre cuatro y catorce años educan sus emociones con la maestra Laura en América y la basura que produce abundantemente la televisión mexicana, Televisa, principalmente.

Son ellas, Laura Bozzo y las telenovelas, las pedagogas más influyentes entre la gran mayoría de niñas y niños en este país. Ella son las educadoras emocionales de los niños de hoy, ciudadanos de mañana, futuros electores.

Según el Primer Informe para los Derechos de la Audiencia Infantil los niños mexicanos ven la televisión un promedio de cuatro horas y 34 minutos cada día. Y todo eso, durante siete días a la semana, tiene un poderoso efecto que sin duda compite (y combate) con la escuela. ¿Qué currículum es capaz de contraponerse a esos aprendizajes?

¿Le preocupa a la autoridades ese tipo de minucias, que no fueron tocadas ni por el pétalo de la más sensible reforma?

Una reforma educativa que desconoce, ignora o desdeña esa realidad, que niega la posibilidad de construir alternativas culturales y pedagógicas, es una reforma que está destinada al fracaso en lo más hondo: en los saberes de los niños y la transformación de las prácticas docentes.

Es esta una de las aristas por las que he sostenido que no tenemos una reforma completa, de largo aliento, pedagógica, centrada en la realidad y que conciba lo educativo en su más compleja dimensión: como un proceso que también ocurre en la escuela.

DIÁLOGOS INFANTILES

En sus habituales diálogos con niños, Francesco Tonucci, dibujante y pedagogo italiano, suele preguntarles: ¿cómo les gustaría que fuera su ciudad? Las respuestas suelen ser distintas, inteligentes todas, pero ahora traigo a colación una de ellas, dicha con determinación: queremos jugar gratis.

Sí, jugar gratis es algo de lo que muchos niños querrían para su ciudad. Algunos despreciarán: ¡niñerías! Pues sí, pero nada hay más sagrado en la etapa infantil que vivirla y disfrutar el derecho (y obligación) de jugar.

Parece tan simple. ¡Jugar gratis! ¿Pero es que ya no se juega gratis? Pues no, cada vez menos. Los muchos problemas en las ciudades van alejando a los infantes de los sitios públicos (si es que tenían y eran adecuados), por el predominio de autos manejados en forma apresurada en calles hechas para máquinas y no para peatones, la violencia, la inseguridad, la suciedad y las condiciones de la economía familiar que obligan a mamás y papás a trabajar y dejar a los hijos al cuidado de otras personas, de los hermanos mayores, familiares o solos.

Fuera de casa se agotan los espacios para jugar gratis. En cambio, ganan terreno los juegos que no son gratis, por los que se debe pagar: las maquinitas en las tiendas, los negocios donde se paga (habitualmente mucho) para disponer de juegos con caducidad (por tres, cinco minutos), las tabletas, las computadoras… etcétera.

Con ese menú infantil, son insensatos e incoherentes nuestros reclamos adultos por el aburrimiento en la escuela, la hostilidad de los alumnos o la precocidad de sus comportamientos. Y nada indica, tristemente, que haya vuelta de esa carrera desenfrenada a la nadería.