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La sociedad del cansancio: ¿destino inevitable?

El sábado por la tarde, mientras la lluvia caía generosa sobre la ciudad, escribí la opinión para esta mañana. La madrugada del domingo, entre delirios e insomnio, cambié de tema.

Me propongo hablar de la sociedad del cansancio. Horizonte hacia el que, parece, nos dirigimos con la prolongación de la pandemia y la dolorosa inflación cotidiana en la estadística mortal.

Esa expresión, sociedad del cansancio, la tomo del libro escrito por Byung-Chul Han, filósofo surcoreano que ocupa sitio prominente entre los pensadores del siglo 21.

En otros momentos he aludido a un escenario que advierto cercano y peligroso para muchísimos profesores y maestras que asumen con profesionalismo las tareas de enseñar y aprender desde casa.

Evitaré la generalización de que todos los profesores ejercen su oficio de esa manera. No, no son todos, por supuesto, para desgracia de los niños y adolescentes que tienen ese infortunio.

A las muchas tareas que ya realizaban los docentes, con la pandemia se multiplicaron y se extendió su jornada laboral. Los roles que deben jugar, especialmente ellas, crecieron: maestras, mujeres, madres, esposas, hijas, hermanas, en un contexto de riesgos sanitarios y complicaciones emocionales.

Todas las épocas tienen sus enfermedades emblemáticas, afirmó Byung hace 10 años. En el comienzo del siglo 21 son las enfermedades neuronales: depresión, trastorno por déficit de atención con hiperactividad, síndrome del desgaste laboral, entre otros.

Vivimos en la sociedad del rendimiento, que produce depresivos y fracasados.

Lo más desafiante de las ideas del filósofo, es que dicha situación ocurre por un fenómeno que llama de “autoexplotación”. Somos verdugos y víctimas.

Me temo que algo de eso ocurre con muchos de nosotros en época de confinamiento, porque sentimos mayor libertad para decidir, porque tenemos tiempo en casa, pero decidimos que lo invertiremos en la competencia productiva y nos vamos agotando de a poco, pero sin cesar.

Me pregunto, les pregunto: ¿la sociedad del cansancio es un destino inevitable? ¿Será una de las consecuencias silenciosas pero peligrosas de la pandemia? ¿Nuestros niños también padecerán este cansancio?

Algún día volveremos a las aulas…

Algún día volveremos a las aulas. Un día estaremos juntos de nuevo maestros y alumnos. Un día será posible vivir como si afuera no pasara nada, como si sólo existieran los problemas de siempre en las escuelas: maestros fastidiosos, niños aburridos, rituales absurdos, exámenes inútiles, recreos anhelados, evaluaciones que no evalúan, padres que se olvidan de los hijos.

Un día, claro, también volverán las escuelas emocionantes, directores comprometidos, maestras apasionadas, maestros que encantan a los estudiantes. La dedicación de miles de educadores que cada mañana y cada tarde dejan un pedazo de sí en la compleja tarea de ayudar a otros más jóvenes a prepararse para la vida y, de paso, aprender matemáticas, lectura, ciencias, historia, geografía.

Alguna vez pasará todo eso. Mientras, algunas preguntas vienen a la cabeza.

Cuando eso pase: ¿a qué escuela volveremos? ¿Será distinta o la misma, sólo con gel antibacterial, un termómetro en las puertas, menos alumnos en el salón, jabón en los baños y medidas higiénicas severas?

Más preguntas: ¿los profesores seremos distintos? Quiero decir, mejores, porque enseñamos mejor.

¿Las autoridades harán bien su parte? Quiero decir, mucha comprensión, programas y políticas adecuadas y recursos suficientes.

¿Tendremos claro que cada estudiante es único y sus circunstancias pueden ser adversas?

¿Estableceremos alguna relación pedagógica con la familia? ¿Los directores, entenderán, de una vez y para siempre, que madres y padres no son sólo receptores de información?

En esta materia tengo dudas. Me gana el escepticismo. Para las escuelas públicas, para muchas, el padre puede ser incómodo o inexistente. Y servir sólo para organizar actividades recreativas u obtener recursos.

En las escuelas privadas, madres y padres son otra versión de la educación bancaria del pedagogo brasileño Paulo Freire: una tarjeta de crédito.

La pandemia es oportunidad para reinventar lo que hicimos por costumbre, inercia o comodidad. O para la simulación.

Ahora comenzamos Aprende en casa II y no tenemos una evaluación pública de lo sucedido el ciclo escolar anterior. ¿No la hicieron las autoridades? ¿No saben que es indispensable? ¿No importa?

¿Cómo se puede planear un ciclo escolar tan insólito, sin una evaluación confiable, sin recoger voces de los implicados? ¿Cómo se puede planear sin aprender de la experiencia?

Con este Aprende en casa II, sin libros de textos todavía en las manos de los niños, con mucha televisión, juzgada muy polémicamente, no parece que los responsables estén pensando, en serio, en el presente y futuro de esos millones de niños.

Ojalá me equivoque. Si así fuera, celebraré mi desvarío.

Heraldo. Opinión 1

Morir en el aula

Cuando llegó la pandemia me propuse escribir con el tono más optimista posible, sin caer en cursilerías. Era una manera personal de abrir un espacio lejos del miedo o la tensión de jugarse la salud cada vez que sales de casa. A veces no se puede: he tenido que contar hechos tristes o duros. Hoy es uno de esos días.

Si un gesto de heroísmo dramático hacía falta en el gremio docente, ocurrió en Argentina. Mientras daba clases a sus alumnos en Zoom, Paola Regina De Simone perdió la vida ante las miradas estupefactas de sus alumnos en la Universidad Argentina de la Empresa.

La noticia sacudió a la sociedad bonaerense y conmueve más allá, especialmente a los educadores. Es una obligada invitación a detenernos un momento, por lo menos, para reflexionar sin anestesia.

Los hechos funestos de enfermeros, médicos y personal de salud que perdieron la vida en todo el mundo son incomparables, sin duda; en esa contabilidad, se sabe, México es campeón del mundo. Pero en otras profesiones los riesgos también son altos, como la docencia, sobre todo cuando volvieron las clases a las aulas. Ahí están los ejemplos recientes de Francia, o los debates en España por el retorno a las escuelas.

Paola Regina De Simone no es la única maestra que pierde la batalla contra el coronavirus, pero el escenario que la rodeó en los últimos instantes alcanza dimensiones terribles. Además, el hecho duele y conmueve por solidaridad gremial. En esas derrotas no hay segundas oportunidades.

Me gustaría no escribirlo, ni siquiera pensarlo, pero Aprende en casa, y la propia pandemia, podría causar daños emocionales (y físicos) tremendos a profesores sometidos a jornadas extenuantes, bajo presiones externas y controles a veces absurdos, sin entrenamientos indispensables ni acompañamiento; incluso, con escasa comprensión en muchos momentos.

Pienso, como he escrito antes, en la instrucción que dio el secretario de Educación Pública para que los maestros se pongan de acuerdo con los padres y se comuniquen cuando las familias puedan. Siendo loable, es tremenda la carga laboral y emocional para un docente que podría empezar su jornada laboral a las 7 de la mañana y terminarla a las 11 de la noche, sólo en la relación con padres y madres. ¿Y qué tienen a cambio los profesores por parte del gobierno o los sindicatos?

Ya conozco los casos de varias colegas y amigos que siguen trabajando sábados y domingos en estas circunstancias. No es para aplaudirse. No son héroes lo que necesita la educación, solamente profesores que cumplen sus trabajos en horarios y condiciones dignas. Nada más.

Es verdad que la pandemia cambia las circunstancias, pero justamente la adversidad tiene que conducirnos por los rumbos de la cordura y, en estas condiciones, el imperativo categórico es la vida, la buena salud.

Pongamos aparte el caso del personal sanitario, que merece otras condiciones. La docencia también es una profesión de riesgo. No hacen falta más víctimas para reflexionar en la vulnerabilidad de una profesión ejercida con mucha voluntad de sus practicantes; ella es necesaria, pero no suficiente.

El nuevo ciclo escolar y los maestros

Ayer comenzó el nuevo ciclo escolar en condiciones inéditas.

Estoy seguro que mis colegas maestros, la gran mayoría, asumirán el compromiso con seriedad, aunque al final, no sé si podríamos cuestionarles resultados insatisfactorios. Muchas expectativas oficiales, insuficientes apoyos e incertidumbres no son la mejor fórmula para arrancar.

La docencia es una profesión desgastante física y emocionalmente. Ejercerla en condiciones extraordinarias, como ahora, demanda un esfuerzo superior. Las maestras y maestros, además de profesionales de la enseñanza, tienen otras funciones ineludibles: esposas, hijos, madres, hermanos…

Este nuevo ciclo desafiará su condición mental y corporal. ¿Los demás somos conscientes de ello? ¿Valoramos la capacidad que las maestras y profesores deben poner en juego para trabajar cada mañana o tarde con un puñado de estudiantes?

En momentos así, debemos ponderar la docencia, aunque los resultados son impredecibles. ¿Cómo exigirle a un maestro que sus alumnos aprendan, cuando en casa las prioridades están en otra parte? ¿Cómo esperar resultados notables cuando las condiciones en muchos lugares aplastan esfuerzos?

La educación es un acto ético, porque en él ponemos en juego nuestra capacidad de actuar o no, nuestra manera de educar en un sentido o en otro, o de escaparnos a la tarea. Ofrecemos el mejor esfuerzo o no. Hacemos lo que creemos correcto al máximo o sólo procuramos lo mínimo.

¿Cómo van a comportarse cada uno de los profesores en los meses por venir? ¿Qué harán para educar: cumplirán al máximo?

Deseo que cada una y cada uno asuma la responsabilidad cabal; porque parte de las posibilidades de aprendizaje de los alumnos están en sus manos. No todo depende de ellos, pero sin ellos, aprender para millones o miles, cientos o unos pocos alumnos será posible o imposible.

 

¿Cambiará la escuela? ¿Cambiaremos nosotros?

Hace cuatro meses el gobierno de Colima adelantó la decisión de suspender actividades escolares presenciales por la pandemia. La incredulidad mezclaba con otros sentimientos, como el gozo de comenzar antes las vacaciones de Semana Santa.

A juzgar por lo que sucedía en el mundo, era complicado esperar un regreso pronto a las aulas. No volvimos nunca y no sabemos cuándo volveremos.

Ya estamos en vacaciones otra vez. En unas semanas comenzaremos los preparativos para el siguiente ciclo escolar, con incertidumbre en el horizonte. Tengo claro que no volveremos pronto, ni todos ni al mismo tiempo.

El bicho invisible, el coronavirus, cambió al mundo en la medicina, la ciencia persigue respuestas y soluciones, convulsiona la economía, destroza el turismo, fractura la política en países, enluta familias, deshace rutinas cotidianas.

Viajo del mapamundi al territorio de la escuela mexicana.

Si la pandemia amenaza con transformar todos los órdenes de la vida social global, ¿cambiará la escuela también?

¿Cambiará estructural, pedagógica y positivamente?

¿La docencia será otra, más relevante y sensible a la diversidad e inequidad?

¿Habremos comprendido que, ante la vulnerabilidad de la escuela, debemos reforzarla y no debilitarla?

¿Lo habrán entendido los gobiernos o pensarán que con YouTube y unos guasaps lo tenemos todo fríamente controlado?

¿Los profesores habremos integrado en el ADN profesional que la escuela lo es porque asisten niños y jóvenes y nosotros colaboramos con ellos para aprender y enseñar?

¿Habremos entendido que la escuela tiene sentido sí y solo sí para educar a los más jóvenes, y no para emplear gente?

¿Estaremos ya convencidos que la familia tiene que jugar siempre en el mismo equipo que la escuela y los maestros?

No tengo duda de que el paisaje de las escuelas, cuando volvamos, podría ser distinto al que conocimos. Tendremos controles sanitarios, gel y jabón, distancia entre alumnos en las aulas y no más amontonamientos, menos cercanía física, más actividades no presenciales y menos horas de clase, pero ¿el fondo será también otro, mejor?

Ahí no lo tengo claro. No soy pesimista porque ser educador me obliga al optimismo, y la tengo con cautela, porque al final de cuentas somos nosotros, los mismos que antes, quienes daremos vida a otra nueva escuela, o a la misma, con maquillaje distinto.